29.
Como hoy es nuestro último día aquí, hemos decidido repetir el plan del primer día.
Así pues, después de desayunar volvemos a la playa que hay cerca del hotel.
En esta ocasión, Fran y yo caminamos juntos, pero ninguno de los dos dice nada.
A juzgar por su expresión, parece sumido en sus pensamientos, y lo cierto es que yo también lo estoy: el momento del abrazo en la cama se niega por completo a desaparecer de mi mente.
Cuando llega la hora de comer, nos dirigimos hacia el mismo restaurante italiano que el primer día.
Esta vez, nadie de la familia habla; todos estamos sumidos en el mismo aire melancólico.
A fin de cuentas, hoy es nuestro último día de vacaciones aquí.
Mañana tendremos que volver a casa, lo que significa renunciar a este paraíso y volver a la jungla de cemento, coches y ruido de la ciudad. No me apetece demasiado, la verdad.
Al igual que tampoco me apetece separarme de Fran.
Estos días hemos pasado mucho más tiempo juntos que nunca, y parece que he conseguido mi objetivo: que dejara de odiarme, que empezara a abrirse más a mí.
La parte del sexo ha sido totalmente inesperada, pero ni siquiera es imprescindible.
Si en casa podemos seguir siendo amigos, ya no necesitaré nada más.
Pero ya no volveremos a dormir juntos, y esa idea me escuece mucho más de lo que esperaba y, desde luego, mucho más de lo que debería.
Durante la comida, ninguno hablamos gran cosa; está claro que cada uno tenemos la cabeza en un sitio. Por suerte, nuestros padres deben de achacarlo a la melancolía generalizada que se ha apoderado de la familia, así que no nos hacen ninguna pregunta incómoda al respecto.
Al terminar de comer, volvemos a la playa, dispuestos a disfrutar de unas cuantas horas más antes de tener que volver al hotel.
Todos se tumban en las toallas para descansar, pero yo estoy tan lleno después del plato enorme de pasta que me he metido entre pecho y espalda que prefiero ir a caminar un rato.
—Me voy a dar un paseo por la orilla ahora que está nublado, ¿vale? —les digo—. Así bajo un poco la comida.
—Vale, campeón —responde papá.
—Ten cuidado de no alejarte demasiado, cariño —añade Belén.
—Tranquila.
—¿Puedo ir contigo? —me pregunta Fran, y el corazón me da un vuelco. Mis labios se curvan en una sonrisa.
—Claro.
Siempre prefiero sentir la arena directamente bajo mis pies, así que dejo las chanclas junto a mi toalla y camino con Fran hacia la orilla. Lo observo mientras respira hondo, y yo hago lo mismo. Voy a echar de menos el olor del mar cuando volvamos.
Echamos a andar en silencio por la orilla, en el lugar preciso para que las olas nos bañen los pies cada pocos segundos.
Me siento tan cómodo con él que no puedo evitar preguntarme cómo serán las cosas en casa.
¿Seguiremos haciendo cosas juntos? ¿O volveremos cada uno a nuestra independencia anterior, cada uno en su propio cuarto y cruzándonos solo a las horas de las comidas o para ir al baño?
Sinceramente, espero que no. El problema es no saber lo que él quiere, porque su rostro siempre es inescrutable.
Debemos de llevar poco más de un cuarto de hora caminando cuando veo unas rocas lisas a unos pocos metros de distancia, y una idea aparece en mi cabeza.
—¿Nos tumbamos allí un rato? Seguro que se está muy bien.
Fran sigue la dirección de mi dedo y asiente con la cabeza.
—Vale.
Juntos, nos dirigimos hacia allí y nos tumbamos sobre las rocas húmedas, disfrutando del agradable frescor. Cerramos los ojos y nos quedamos unos minutos así, sumidos en un silencio agradable.
—Se está muy bien aquí, ¿verdad? —le pregunto.
—Pues sí. —Tras unos segundos, añade—: Me da pena que tengamos que irnos a casa.
—Ya. A mí también.
De nuevo, nos quedamos en silencio un rato.
—Oye —dice de pronto—. Creo que deberíamos hablar.
—Dime.
Abro los ojos y me tumbo de costado para mirarlo, y Fran me imita. Ahora, nuestras caras están muy cerca. Demasiado cerca. Veo cómo traga saliva antes de hablar.
—Ayer te la chupé.
Parpadeo un par de veces, confuso.
—Sí.
—Y te gustó.
—Sí —repito.
¿A qué viene todo esto? ¿Es que se arrepiente o qué? Se me calientan las mejillas, y veo que él también se ha sonrojado.
—A mí también me gustó hacerlo —dice, llenándome de alivio.
—Pues entonces, todo bien, ¿no?
Empiezo a imaginarme por dónde va todo esto, pero lo cierto es que ahora mismo no me apetece demasiado hablar del tema.
—Vamos a ver, Marcos… ¿No se supone que tú eras hetero?
Eso pensaba yo. Y supongo que lo sigo siendo, ¿no? Lo que hemos estado haciendo estos días no significa nada.
¿O sí?
—¿Y qué? —replico para ganar tiempo.
—Pues que a un tío hetero no le suele gustar que otro tío se la chupe.
—Una mamada es una mamada. —Me encojo de hombros con falsa indiferencia, aunque no me lo creo ni yo—. Además, estaba oscuro.
Él abre mucho los ojos, incrédulo.
—Venga ya, Marcos, no me jodas. Que lo de los heteros curiosos ya no cuela a estas alturas.
Por algún motivo que no alcanzo a entender, sus palabras son como un bofetón.
—Entonces, ¿qué quieres que te diga? —pregunto; sinceramente, no sé qué más decir.
—Quiero que me digas la verdad.
En serio, ¿a qué viene todo esto ahora? ¿Es que se arrepiente de lo que hemos hecho y ahora quiere echarme la culpa a mí o algo por el estilo?
—Pensaba que lo habías hecho porque a ti te apetecía —señalo en voz baja—. Si no quieres que sigamos haciendo nada, tampoco hace falta que…
—No es eso —me interrumpe—. De verdad, Marcos, no tiene nada que ver con eso. Claro que lo he hecho porque me apetecía, y claro que quiero seguir haciéndolo.
Tiene las mejillas rojísimas, así que supongo que debe de estar diciendo la verdad.
—¿Entonces?
—Esta mañana me abrazaste —señala—. En la cama.
—Tú me abrazaste primero —replico, sin saber a qué viene esto ahora.
—¡Estaba dormido! No me di cuenta.
—Ya, bueno. Pero me abrazaste tú primero —insisto.
—Joder, Marcos, que esto no es una competición por ver quién abrazó a quién primero.
El caso es que los dos nos abrazamos, sí, pero tú lo hiciste de forma consciente.
Me dijiste que llevabas cinco minutos despierto, y eso significa que estuviste cinco minutos abrazándome a propósito. ¿Por qué lo hiciste?
Por supuesto, fue mucho más de cinco minutos, pero eso no se lo pienso decir ni de coña.
El problema es que no sé qué responder. ¿Por qué lo abracé?
Soy consciente de que ha sido raro, no soy ningún idiota.
Pero, si los dos lo hicimos, si los dos estábamos bien así, ¿por qué hay que darle más vueltas?
—Yo qué sé, Fran. —Me encojo de hombros—. Todavía seguía medio dormido, estaba a gusto y me salió así, sin más. Tampoco hay que darle más vueltas.
—Pero eso no es todo.
Me giro para colocarme boca arriba y poder apartar la mirada de él. Cierro los ojos y me presiono las sienes con las manos; está empezando a dolerme la cabeza.
—No sé qué quieres que te diga.
Él se incorpora un poco, y entonces, por primera vez, coloca una mano sobre mi mejilla.
Su mano cálida casi me provoca un estremecimiento, pero trato de controlarlo.
Entonces, Fran me gira la cara para que vuelva a mirarlo, y veo que sus ojos están llenos de un fuego intenso.
Estamos tan cerca que nuestra respiración se entremezcla, y me siento tan nervioso que me tiemblan los labios.
—Quiero que me digas la verdad —repite.
De pronto, ya no puedo evitarlo. Los sentimientos que he estado tratando de mantener a buen recaudo se desbordan, y mis ojos se humedecen. Quiero llorar, pero ni siquiera sé muy bien por qué.
—De verdad que no lo sé, Fran. Te lo juro.
—La voz se me rompe en esta última palabra—.
Estoy intentando no pensar mucho en ello, ¿vale?
Pero, cuando estamos juntos por la noche y hacemos esas cosas…
—Trato de encontrar las palabras adecuadas—.
No sé, es como que siempre me siento muy a gusto contigo.
Nunca me había sentido tan cómodo con nadie.
Y me gusta lo que hacemos. ¿Tan malo es?
Una lágrima escapa antes de que pueda contenerla, pero Fran la atrapa con la mano que todavía sigue sobre mi mejilla.
Las ganas de llorar me invaden ahora por completo, pero no puedo hacerlo, tengo que contenerme.
Ponerme a llorar como un crío delante de él sería un desastre que no puedo permitirme, así que me esfuerzo por tragarme las lágrimas que siguen esperando a derramarse.
—Claro que no es malo, Marcos —susurra, tan cerca de mi boca que su respiración me hace cosquillas en los labios—. Lo que estamos haciendo no tiene nada de malo. Y podemos seguir haciéndolo siempre que quieras. Pero entiendes por qué tenía que preguntártelo, ¿verdad?
Asiento con la cabeza, aunque no digo nada.
No sé cuánto rato nos quedamos así, pero al final aparta la mano de mi cara y hace ademán de tumbarse de nuevo. Antes de que puedo hacerlo, le sujeto el brazo.
—No —le pido—. No te alejes.
—¿Qué quieres que haga?
Dudo un instante, sin saber muy bien cómo expresarlo. Sé perfectamente lo que quiero, el problema es que no sé cómo pedírselo.
Pero supongo que lo mejor es ir al grano, y solo hay una forma de hacerlo.
—¿Me abrazas? —le pido al fin, cohibido y temeroso.
—Claro que sí —responde, y una oleada de alivio me invade por completo.
Entonces, se tumba junto a mí y me pasa el brazo por encima del pecho, igual que hizo por la mañana.
Y, también igual que lo que hice yo, le rodeo los hombros con mi propio brazo, para acercarlo más a mí.
Soy consciente de que el corazón me late a toda velocidad, y de que él podrá notarlo sin ningún problema con la mano sobre mi pecho.
Pero estar así con él me resulta tan agradable, tan relajante, que enseguida mis latidos comienzan a volver a la normalidad.
Permanezco en silencio durante unos minutos, tratando de encontrar algo más qué decir. Sé que necesita una respuesta y, en el fondo, sé que yo también la necesito.
—Todo esto es nuevo para mí —digo al fin, más tranquilo que antes—. No he querido darle muchas vueltas, pero no sé… Estoy un poco confuso, supongo.
—Es normal, Marcos. Pero yo estoy a tu lado, ¿vale? Podemos hablar de esto cuando quieras.
Sus palabras casi hacen que empiece a llorar otra vez, pero me limito a asentir con la cabeza.
—Pero… Todavía no, ¿vale? —le pido—. Necesito tiempo.
—Claro. Lo que necesites.
Y así, abrazados, cerramos los ojos y nos quedamos aquí tumbados, con el aroma del mar impregnando nuestras fosas nasales y el sonido de las olas rompiendo como telón de fondo.
Trato de concentrarme en la respiración de Fran, que se va volviendo cada vez más profunda hasta que estoy seguro de que se ha dormido.
Entonces, muevo el brazo ligeramente para empujarlo más hacia mí, y él se mueve en sueños hasta colocar la cabeza sobre mi pecho.
En este momento, siento que podría estallarme el corazón de pura felicidad.
Sin embargo, no puedo evitar pensar en la conversación que hemos mantenido. Lo que le he dicho es la verdad: he tratado de no darle vueltas al tema durante estos días. Pero, visto lo visto, supongo que tal vez debería empezar a aceptar las evidencias, a aceptar lo que ya debería ser obvio.
Tal vez debería empezar a tener en cuenta la posibilidad de que me guste Fran…
de que me gusten los chicos. Y, sinceramente, no sé cómo sentirme a4l respecto.
Una parte de mí está aterrorizada, pero otra parte, la que ahora mismo está abrazando a Fran con fuerza, me obliga a plantearme una pregunta: ¿tan malo sería?