27.
Trago saliva, tratando de asimilar sus palabras.
—¿Seguro?
—Claro. ¿Tú estás seguro?
Buena pregunta. ¿Lo estoy?
—Sí, supongo.
—¿Supones?
—Sí, no sé. —Trato de encontrar las palabras adecuadas; es como que me cuesta un poco expresarlo—. Tengo ganas, pero también se me hace un poco raro.
—No tenemos que hacer nada que no quieras.
—A ver, ya te has tragado mi semen —señalo, y siento un calorcillo agradable al recordarlo.—. Normalmente la gente hace eso después de comerse una polla, así que, ya que estamos…
—Ah, vale, así que ahora tú eres el experto en mamadas.
Me río y le doy otro golpe con el hombro.
—Idiota.
—Seré un idiota, pero tú estás deseando que te la chupe.
—Pues sí —respondo con total sinceridad.
—¿En serio?
—¿En serio qué?
—¿En serio lo estás deseando?
Suspiro largamente. ¿Por qué parece que le encanta obligarme a decir estas cosas?
—Pues sí, ¿qué pasa? —admito—. Me puso cachondísimo que te lo tragaras ayer. Si te soy sincero, no he podido dejar de pensar en eso en todo el día.
Ya está. Ya lo he dicho. No hay vuelta atrás.
—Bueno. Pues si a ti te parece bien, por mí no hay problema.
—Lo dices como si no tuvieras muchas ganas. A ver, que si ves que no te apetece, tampoco hace falta que…
—Cállate ya, anda.
Entonces, se acerca a mi polla y la rodea con ambas manos, como si la estuviera sopesando. Fran tiene la mirada fija en ella, pero yo tengo los ojos clavados en su cara, hipnotizado mientras absorbo todas y cada una de sus microexpresiones. Le gusta. Su cara lo dice muy claro: le gusta mi polla.
Aparta una mano y comienza a deslizar la otra de arriba abajo, una y otra vez.
Empieza despacio, pero de vez en cuando acelera la velocidad y me arranca gemidos de placer antes de volver a bajar el ritmo.
Dejo de controlar mis jadeos; no tendría ningún sentido tratar de hacerlo.
Como siempre, comienzo a lubricar, y Fran aprovecha el líquido viscoso para untarlo por mi glande, deslizando el dedo y provocándome un gemido tras otro.
El torrente de sensaciones es indescriptible.
—Joder… —susurro.
—¿Qué pasa?
—Eres… un… cabrón —gimoteo mientras él desliza el dedo por mi glande, provocándome estremecimientos de puro placer.
De repente, se detiene por completo.
—¿Quieres que pare?
—¡No! Joder, no. Sigue, porfa.
Por suerte, no me obliga a suplicar. Vuelve a acercar la otra mano, y comienza a darme placer de esa forma suya tan inesperada, jugando con la velocidad y la fuerza y manteniéndome siempre en tensión, jadeando constantemente, soltando un gemido tras otro que no soy capaz de controlar.
El tiempo parece dilatarse y contraerse al mismo tiempo. No sé cuánto tiempo habrá transcurrido desde que empezó, pero esto está empezando a ser una tortura. Necesito más.
—Por favor… —susurro—. Chúpamela ya, anda…
—¿Y si no lo hago?
—¿Qué? —pregunto, alarmado.
—Ahora mismo, tu polla está bajo mi control. —Como para demostrarlo, hace un fuerte movimiento que me hace gemir sonoramente—. ¿Y si no lo hago? ¿Y si no te la chupo? ¿Y si te pajeo bien fuerte hasta que te corras y te dejo con las ganas de que te la chupe?
Lo miro a los ojos, horrorizado. Él esboza una sonrisa diabólica. ¿No será capaz…?
—No… Por favor, Fran —suplico—. No seas, cabrón, anda… Me has dicho que me la ibas a chupar.
Él continúa mirándome fijamente. A continuación, se acerca la mano a la boca y comienza a lamerse mi líquido preseminal de los dedos, uno a uno.
Cada vez estoy más desesperado. No puedo dejar de mirarlo, incapaz de creer que de verdad esté pasando todo esto.
Es como si fuera a despertarme de un momento a otro.
—¿Cómo se piden las cosas? —me pregunta cuando termina.
—Por favor…
—¿Por favor qué? —insiste.
—Por favor, Fran… chúpamela.
Estoy desesperado, pero no me importa. Fran tiene el control, él mismo lo ha dicho. Mi placer depende de él, y estoy dispuesto a hacer lo que me pida con tal de que siga proporcionándomelo. Nuestros ojos no se separan ni un segundo.
—Venga, vale. Pero solo porque me lo has pedido bien.
Entonces, acerca la cabeza hasta mi polla, y yo sigo el movimiento con la mirada. Continúa bajando, cada vez más, y por un momento temo que solo me esté provocando, que vaya a negarse en el último momento y dejarme con las ganas.
Por suerte, no lo hace. Y entonces, por fin, saca la lengua y la desliza por mi glande, ya húmedo a causa del líquido preseminal.
Entre esto y lo que ha hecho con los dedos hace unos segundos, está claro que le gusta.
Lo observo mientras lame, como si quisiera asegurarse de no desperdiciar ni una sola gota.
Sujeta el tronco de mi polla con la mano y, de pronto, desliza la lengua por debajo del prepucio, arrancándome unos gemidos lastimeros de puro placer desenfrenado.
Tras torturarme de esa manera unos instantes, comienza a bajar la boca por mi polla, milímetro a milímetro, hasta que noto algo blando, húmedo y carnoso que debe de ser su garganta, y eso me excita aún más.
Me doy cuenta de que algo se contrae en su interior, y supongo que debe de estar aguantando el reflejo de la arcada. Eso me excita todavía más.
Continúa chupándomela de esa forma unos segundos, arrancándome una serie de gemidos desenfrenados antes de volver a alejar la boca.
Pero no llega a sacársela del todo, sino que sujeta mi glande entre sus labios y comienza a succionar de una forma que me hace retorcerme de puro placer.
Todo mi cuerpo tiembla por la oleada de sensaciones que me invaden por completo.
—Fran… —logro decir a duras penas entre el frenesí de gemidos—. Tío… qué pasada.
Él se la saca de la boca y pregunta:
—¿Te gusta?
—Joder, me flipa —responde, y entonces comienza a succionar de nuevo—. Joder… creo que me voy a correr.
Pero Fran vuelve a sacarse mi polla de la boca, y yo trato de contener un gruñido de frustración.
—Todavía no, campeón —dice—. Que yo ni siquiera he empezado todavía.
Lo miro mientras coge mi polla con la mano izquierda y la suya con la derecha. Comienza a chupar de nuevo mientras se masturba de forma casi furiosa. Observo su polla dura e hinchada, y una oleada de curiosidad me invade por completo.
—¿Quieres que te ayude? —le pregunto sin planteármelo siquiera.
Él se saca mi polla de la boca y me mira a los ojos. Parpadea un par de veces, y por un momento no sé si me arrepiento de lo que acabo de decir.
—¿Quieres chuparme la polla?
—No —digo a toda prisa—. Lo siento… Pero no me veo capaz de hacer eso.
—No pasa nada —responde, aunque parece decepcionado—. No hace falta que me ayudes, tranquilo. Estoy bien así.
—Ya, pero a ver… —No sé cómo expresarlo. ¿Qué es lo que quiero hacer exactamente? No lo tengo muy claro, pero la idea de tocarle la polla me resulta demasiado atractiva—. Puedo ayudarte pajeándote un poco y tal. Si quieres.
—Eh… Bueno, vale. Pero… No sé, ¿estás seguro? Recuerda que no tienes que hacer nada que no quieras, ¿eh?
—Sí, sí, tranquilo —respondo—. A ver, lo de chupar y tal me da como cosita, la verdad, pero con las pajas tengo práctica…
Él se ríe y yo me uno a él. Una vez más, ahí está esa especie de colegueo que siento en ciertos momento con él, una complicidad que no podría gustarme más.
—Está bien —dice.
—¿Cómo nos ponemos?
—Buena pregunta… —Me mira y permanece en silencio unos segundos antes de responder—. A ver, mira… Túmbate de lado, mirándome a mí.
Lo observo mientras cambia de posición para quedarse con las piernas en dirección a la almohada y su polla mucho más cerca de mí. Entonces me recuesto sobre mi costado derecho y acerco mi propia polla a su boca. Miro la suya, sin saber muy bien qué hacer ahora. Me siento torpe, demasiado torpe.
—Bueno… ¿Pues empiezo? —le pregunto.
—Venga, vale —responde, y se mete mi polla en la boca.
Entonces, rodeo la suya con mi mano. No es la primera vez que lo hago; ya la tuve entre mis dedos en la ducha.
Pero ahora es diferente, ahora está completamente dura y palpitante.
Su glande está ligeramente húmedo, aunque su nivel de lubricación no tienen nada que ver con el mío.
Comienzo a masturbarlo despacio, aunque al principio me cuesta hacerlo de forma fluida.
Es muy diferente hacerlo uno solo que hacérselo a otra persona.
Mientras tanto, Fran me la chupa con entusiasmo, haciéndome gemir y jadear.
Yo trato de devolverle el placer, y pronto encuentro la postura para poder mover la mano de forma fluida, lo que le hace gemir contra mi polla en su boca.
El placer que siento comienza a crecer de forma exponencial, y apenas han pasado unos minutos cuando sé que ya no voy a poder seguir conteniéndome.
—Fran… No aguanto más…
Él se saca mi polla de la boca y me siento mitad agradecido y mitad frustrado.
—¿Te quieres correr?
—Sí… ¿te importa?
—No, tranquilo. Pero tú pajéame fuerte, ¿vale?
Sin esperar respuesta, continúa chupándomela con más ganas que nunca, y yo sigo masturbándolo tan rápido como puedo.
Pronto, el placer es tan intenso que ya no puedo aguantar más, y siento que todo mi cuerpo se tensa en el instante previo a la liberación.
Con un largo gemido, comienzo a correrme dentro de su boca, todo ello sin detener la velocidad de mi mano, hasta que Fran gimotea también y unos chorros de ese líquido cálido se deslizan también sobre mis dedos.
Me cuesta creer lo que acaba de pasar. Lo hemos hecho. Fran me la ha chupado. Nos hemos corrido juntos. Y ha sido increíble.
Permanecemos unos segundos en silencio, respirando trabajosamente. Tengo el corazón tan acelerado que es como si quisiera escapar de mi pecho. Entonces, Fran se acerca un poco más a mí.
—Ven, dame —dice, tomándome la mano.
—¿Qué haces?
Pero no responde. Simplemente acerca mi mano a su boca, me mira a los ojos y empieza a lamerme los dedos uno por uno, tragándose todas y cada una de las gotas de su propio placer.
No aparto la mirada en ningún momento, y verlo me pone cachondo al instante.
No diría que estoy preparado para una segunda ronda tan pronto, pero joder… Ganas no me faltan.
Cuando Fran termina, soy absolutamente incapaz de hablar ni de apartar la mirada de él.
—¿Qué pasa?
—Joder —digo.
—¿Eso es que te ha gustado?
—¿Tú que crees? —le pregunto, señalándome la polla.
De forma inesperada, Fran me la coge con la mano. Y no me voy a quejar, la verdad.
—¿Es que te apetece otra o qué?
—Uf… No me tientes.
—Ya sabes que solo tienes que pedírmelo —dice con una sonrisa.
La oferta es demasiado tentadora, pero sé que no es buena idea.
—Ya, bueno. Pero, si nos ponemos de nuevo, creo que voy a tardar como una hora en correrme, y mañana tenemos que levantarnos temprano.
—Cierto.
—Pero podemos repetir mañana —le propongo, sonriendo.—. Si quieres.
—Estaría bien.
—Me ha gustado mucho, por cierto —añado, algo cohibido.
—Gracias, supongo.
—No, gracias a ti, en serio —insisto—. Me ha encantado.
—Y a mí, idiota.
—¿De verdad?
—Pues claro —me asegura.
—Bueno… ¿pues nos vamos a dormir ya? Es tarde.
—Vale. Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, Fran.
Él se gira hacia mí y se abraza a su almohada, tal como lleva haciendo todas estas noches. Y yo, por primera vez, hago algo nuevo: me giro para mirarlo también, sonriendo ligeramente. Fran me devuelve la sonrisa mientras nos miramos a los ojos, y en este momento, todo es absolutamente perfecto.
Pero el sueño sigue tratando de apoderarse de mí, así que vuelvo a tumbarme boca arriba y cierro los ojos.
A mi lado, Fran suelta lo que parece un suspiro de satisfacción.
Me concentro en el sonido de su respiración tranquila, tan relajante, y apenas tardo unos instantes en quedarme dormido, completamente en paz.