El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 26.
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Volvemos al hotel en autobús… perdón, en guagua.

Esta vez, Fran y yo nos sentamos juntos, aunque no hablamos demasiado; los dos estamos cansados después del día y solo nos apetece descansar un rato.

De hecho, Fran está apoyado contra la ventana, con los ojos cerrados, y su pecho sube y baja de forma regular.

Aun así, nuestros brazos se rozan de forma agradable, y cada uno de esos roces es un recordatorio de lo que hacemos por las noches, de lo que podría ocurrir esta noche.

Una vez más, pasamos por nuestra habitación para ducharnos y cambiarnos de ropa antes de bajar a cenar. Me siento tentado a proponerle a Fran que volvamos a ducharnos juntos, pero ahora no hay ninguna excusa, así que nos turnamos como solemos hacer.

—¡Esta noche hay espectáculo de Halloween en el bar! —dice Natalia durante la cena, entusiasmada—. ¿Vamos a verlo?

Al principio me extrañan sus palabras, pero ahora que me fijo, hay guirnaldas de calabazas y murciélagos adornando el techo del restaurante.

Parece imposible que sea Halloween con estos días de playa y calorcillo, pero así es.

Todos estamos de acuerdo en ir al espectáculo; el horario de las cenas termina temprano, y tampoco es que tengamos nada mejor que hacer después.

Bueno, me corrijo. Creo que a Fran y a mí se nos ocurrirían cosas mejores que hacer en nuestra habitación, pero ninguno de los dos menciona la posibilidad de marcharnos antes de lo habitual.

Así pues, nos vamos con nuestra familia al bar, mucho más decorado que el restaurante, y enseguida estamos todos riendo con el teatrillo espeluznante pero familiar que han montado.

Me aseguro de tomarme todas las copas que nuestros padres nos permiten a Fran y a mí; sé que me van a hacer falta.

Al fin, el espectáculo de Halloween termina y volvemos todos a nuestras habitaciones. Al cerrar la puerta, Fran y yo no podríamos estar más tensos. Los dos sabemos lo que queremos hacer, los dos sabemos lo que va a pasar esta noche, y esa idea hace que se me endurezca la polla bajo la ropa.

Cuando salgo del baño me doy cuenta de que me está mirando con cierto disimulo, así que me detengo cerca de él y finjo que me rasco el paquete como si tal cosa, para atraer su atención. No se me escapa la mirada de deseo que me dirige.

Trago saliva y me lanzo.

—¿Te apetece? —le pregunto, y Fran asiente con la cabeza.

Comienzo a quitarme la ropa y a dejarla sobre la silla, sin dejar de mirarlo a los ojos. Sus mejillas se vuelven rojas al instante. Entonces, se dirige hacia la cama sin quitarse el pijama, le echa un vistazo al móvil y se mete entre las sábanas. Yo hago lo mismo unos segundos más tarde.

Fran está tumbado casi en el centro de la cama, así que decido tomármelo como algo deliberado y hago lo mismo. Nuestros brazos y piernas se rozan, y me da la impresión de que se estremece. Lo miro con una sonrisa y sugiero:

—¿Quieres que pongamos algún vídeo?

—Vale, pero con una condición.

Frunzo un poco el ceño; esto es nuevo.

—¿Cuál?

—Que tiene que ser de los que a mí me gustan.

Está de coña, ¿verdad? Los vídeos que a él le gustan son de sexo gay, y yo no he visto uno de esos en la vida.

—¿Qué? —digo simplemente.

—Pues lo que has oído. Ayer tocó porno hetero, ¿no? Pues hoy toca porno gay.

Sinceramente, no sé si es muy buena idea.

—Pero yo no soy gay, Fran —le recuerdo, un poco nervioso.

—Bueno, no pasa nada. Pero, entonces, yo veré lo mío en mi móvil, ¿vale? A mí el hetero me da bastante pereza, la verdad.

—No, espera.

—¿Qué pasa?

¿Por qué cojones habré dicho nada? Me quedo en silencio unos segundos, tratando de averiguar qué decir a continuación. Y lo único que se me ocurre es la verdad.

—Es que me gusta ver porno contigo —admito.

—¿En serio? —pregunta Fran; de repente parece cohibido.

Me encojo de hombros, tratando de aparentar indiferencia.

—A ver, lo pasamos bien y tal, ¿no?

—Sí. La verdad es que sí. —Él suspira antes de sonreír—. Entonces… ¿te atreves a ver porno gay? Prometo que no va a ser nada demasiado bestia.

Me lo pienso durante unos segundos. Si las cosas que hago con Fran me gustan, un vídeo con dos chicos tampoco puede ser tan malo, ¿verdad?

—Bueno, vale —respondo, no del todo convencido—. Pero, si no me gusta, nos quedamos cada uno con nuestro móvil, ¿vale?

—Me parece bien.

Me acerco un poco más a Fran, y él me imita. Nuestros brazos y piernas se rozan de nuevo. La sensación es agradable, y algo me dice que a él también le gusta.

Observo a Fran mientras coge el móvil de la mesita de noche y toca la pantalla unas cuantas veces. Entonces, sujeta el móvil sobre su pecho para que yo también pueda verlo y toca el play .

Hay dos amigos sentados en un sofá, muy concentrados mientras juegan a algún videojuego entre risas y piques.

Tras un par de minutos, suena el móvil de uno de ellos, que deja el mando en el sofá para contestar un mensaje.

Entonces, al ir a pillar el mando de nuevo, agarra sin querer el paquete de su amigo.

Me quedo de piedra. Estas cosas no pasan en la vida real, ¿verdad?

Sea como sea, soy incapaz de apartar los ojos de la pantalla.

En lugar de enfadarse, el otro chico deja su propio mando a un lado y observa a su amigo mientras le masajea la polla.

Continúan así durante un rato hasta que, al fin, el primero le baja los calzoncillos.

Tiene la polla enorme, mucho más grande que la mía o la de Fran.

Sin embargo, el primero se la mete entera en la boca sin ningún esfuerzo y comienza a chupar.

Casi sin darme cuenta, me llevo la mano a los bóxers y comienzo a masajear mi propia polla, que ya ha empezado a crecer. Sin apartar la mirada de la pantalla, no puedo evitar preguntarme cómo será la sensación, qué se sentirá con una boca dándome placer de esa forma...

Empiezo a estar demasiado acalorado, así que me bajo los bóxers mientras Fran se quita el pijama junto a mí.

Mientras me masturbo, sin dejar de rozar su brazo con el mío, continúo haciéndome la misma pregunta una y otra vez: ¿qué se sentirá cuando alguien te la chupa?

Pero tengo a Fran junto a mí, así que la pregunta no tarda en transformarse: ¿qué se sentirá si Fran me la chupa?

Joder. Quiero que lo haga. Necesito que lo haga.

Continúo masturbándome mientras las pocas inhibiciones que todavía me quedan siguen desapareciendo, hasta que al fin consigo dar el paso.

—Oye, Fran —lo llamo. Él suspira antes de contestar.

—Dime, Marcos.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Venga, dime.

—Cuando te tragaste mi semen anoche… —Venga, Marcos, ya casi lo tienes—. ¿De verdad que te gustó?

—Claro, si ya te lo dije —responde tranquilamente.

Pero eso no sacia mi curiosidad del todo.

—¿Siempre sabe igual?

—Qué va. El mío, por ejemplo, no me gusta tanto, aunque no está mal. Pero también estuve con un chico que… uf. Mejor no contarte, la verdad. Me quedo mil veces con el tuyo.

Sus palabras me hacen sonreír mientras lo miro.

—Parece que te ha gustado mucho.

—La verdad es que sí.

Fran también está sonriendo. Parece receptivo, de modo que decido dar un paso más.

—¿Y piensas hacer algo al respecto?

Lo oigo tragando saliva, pero después permanece en silencio unos segundos. Al fin, me mira y responde:

—No me importaría volver a tragármelo.

Nos miramos fijamente en la penumbra, y es todo tan intenso que me siento como si estuviera a punto de explotar.

Me fijo en sus labios, esos labios ligeramente carnosos que ahora están entreabiertos.

¿Cómo será sentirlos alrededor de mi polla?

Aunque, ¿es eso lo único que quiero? No.

Una vez más, no puedo evitar preguntarme también cómo será saborearlos.

—Pues puedes volver a hacerlo cuando quieras —respondo al fin, susurrando.

Fran no responde. Seguimos masturbándonos en silencio mientras continuamos con el vídeo. Uno de los chicos se la está chupando al otro con un ansia casi voraz, lo que hace imposible que se me quite esa idea de la cabeza.

Al fin, decido tratar de dar un paso más.

—Oye, Fran…

—Dime, anda.

—Nada, es solo que… —Mierda. Tendría que habérmelo pensado mejor. ¿Qué voy a decirle exactamente? Sé más o menos lo que quiero expresar, pero no encuentro las palabras apropiadas.—. Nada, déjalo.

—Siempre haces lo mismo, tío —protesta—. Ahora me lo dices.

—Es que… —Sigo viendo el vídeo, esa mamada que tantas ganas despierta en mí—. Dicen que los tíos la chupan mejor.

Él tarda un instante más de la cuenta en responder.

—Bueno, eso dicen.

—¿Sabes si es verdad?

—¿Supongo? —dice, aunque sin comprometerse demasiado—. No lo sé.

—Ah. Vaya.

—A ver, en parte supongo que tiene sentido. Si tú también tienes polla, supongo que es más fácil saber cómo estimularla. Aunque algunos lo hacen fatal de todos modos. —Hace una pausa, y entonces—: A mí siempre me han dicho que se me da muy bien, la verdad.

—Interesante —respondo con una calma que no podría ser más fingida.

El silencio me permite oír a Fran tragando saliva a mi lado.

—¿Es que te gustaría que te la chupara un tío o qué?

Buena pregunta. ¿Me gustaría que me la chuparan, así en general? Supongo que sí. Qué cojones, si lo estoy deseando. Pero… ¿me gustaría que lo hiciera un tío? Esa es la auténtica cuestión y, aun así, no llega a generarme el rechazo que habría cabido esperar. Pero, si el tío en cuestión es Fran…

—No lo sé. Puede ser.

—¿Y se te ocurre quién podría hacerlo? —me pregunta—. Si quieres comprobarlo de verdad, tiene que ser alguien que sepa hacerlo.

El corazón me da un vuelco. ¿Me lo está preguntando con segundas? Porque por supuesto que se me ocurre, y juraría que Fran también lo está deseando. Pero algo me dice que él no va a dar el paso directamente, así que trato de darle un empujón.

—Bueno, tú dices que se te da bien, ¿no?

—¿Quieres que te la chupe? —susurra.

—Puede ser —repito.

—Pero eres hetero.

Parpadeo un par de veces, confuso. ¿A qué ha venido esto? ¿Es que no quiere hacerlo? ¿Me habré pasado presionando?

—¿Y qué? —pregunto, tratando de averiguar a qué se refiere.

—Pues que los heteros no follan con tíos y tal. Por algo sois heteros.

—A ver, que solo es una mamada… —Me encojo de hombros—. Tampoco es para tanto.

—No, perdona. —¿Se está haciendo el ofendido?—. Te aseguro que mis mamadas sí que son para tanto.

Me río sin poder evitarlo.

—Vale, vale. Usted perdone.

—Perdonado.

—Entonces, ¿qué?

—¿Qué pasa? —pregunta, haciéndose el tonto. Le doy un golpecito con el hombro.

—Vas a obligarme a decírtelo, ¿verdad?

—Obviamente.

Se me escapa una risita, y entonces lo miro antes de continuar.

—Que si quieres comerme la polla, Fran.

Él me devuelve la mirada y, por un momento, es como si nuestros ojos estuvieran conectados. Cuando habla, no hay ni un ápice de duda en su voz.

—Sí, Marcos. Quiero comerte la polla.