El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 25.
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Hoy vamos a visitar Las Palmas de Gran Canaria, que es la capital de la isla.

Yo pensaba que se llamaba Las Palmas a secas, pero según me han explicado eso es el nombre de la provincia, que solo incluye varias de las Islas Canarias.

Y tampoco hay que confundirlo con La Palma, que es otra isla, esa donde explotó el volcán, pero que se encuentra en otra provincia.

Y eso por no mencionar Palma, la capital de Mallorca, que está en las Baleares.

Un lío de cojones, la verdad. ¿Es que no había más palabras o qué?

La temperatura no podría ser más agradable. Visitamos varios lugares emblemáticos de la ciudad, incluida la zona antigua, y después vamos a la playa. Aquí hace más fresco que en el sur de la isla, y de hecho el día está bastante nublado, pero al menos así habrá menos peligro de quemarnos.

Como siempre, Fran se queda leyendo bajo la sombrilla mientras los demás vamos a bañarnos.

En parte, tengo que decir que me alegro: últimamente, parece que mi polla está empeñada en empalmarse cada vez que veo su cuerpo, y sería bastante incómodo que ocurriera si estamos bañándonos con el resto de la familia.

Sinceramente, no sé a qué viene todo esto.

Nunca me han gustado los chicos. Sin embargo, Fran tiene algo, algo especial que no sé cómo definir exactamente.

Es algo que despierta en mí cosas que no sabía que existían, y todavía no sé cómo interpretarlo.

Yo no soy gay, eso lo tengo claro. Me gustan las tías.

Mucho. He estado con dos, aunque no pasara de los besos con ninguna, y tengo claro que me gustaban.

Pero Fran… Joder, es que no lo sé. ¿Es posible que me guste? ¿Es posible que sea…?

Me cuesta pensarlo siquiera. No conozco a nadie de mi círculo cercano que sea…

en fin, eso. Y tampoco sé cómo se lo tomarían si yo fuera diferente.

¿Cómo se lo tomarían mi padre y mi hermana?

No tengo ni idea; en casa jamás ha salido el tema.

Aunque ellos saben que Fran es gay; él jamás lo ha ocultado.

Y, si no tienen ningún problema con él, ¿por qué deberían tenerlo conmigo?

Pero me estoy adelantando. En realidad, ni siquiera tengo claro que me guste.

Joder, que tengo diecinueve años. Soy perfectamente consciente de lo que hacen las hormonas a través de mi cuerpo.

Ya me masturbaba todas las noches antes de compartir pared y habitación con Fran, ya era prácticamente una necesidad fisiológica.

En realidad, nada ha cambiado, salvo que ahora tengo compañía.

A lo mejor no es más que eso, un puro instinto animal. Y a lo mejor solo lo asocio a Fran porque últimamente siempre compartimos estos momentos juntos, al igual que los compartía con Andy cuando éramos amigos, pero eso no tiene por qué significar nada, ¿verdad?

En cualquier caso, hay algo que sí tengo claro: me gusta estar con él.

Me gusta mucho. Me gustó ver una película con él en casa, y me han gustado todos los momentos que estamos compartiendo aquí.

No solo las pajas, sino todo lo demás: pasar el día juntos, jugar en la piscina, caminar por la montaña y hacernos fotos, lanzarnos pullas durante las comidas…

Y, por supuesto, dormir juntos. Y ducharnos juntos. Y…

Mierda.

De nuevo, pienso en Andy. Él era mi mejor amigo y, aunque ninguno llegó a tocar el cuerpo del otro como sí lo estamos haciendo Fran y yo, nuestra relación sí que era muy parecida en todo lo demás, llena de momentos compartidos, de intimidad.

A lo mejor es eso lo que echo de menos: tener un mejor amigo.

Y, contra todo pronóstico, a lo mejor Fran podría llegar a convertirse en ese amigo, a pesar del odio tan evidente que sentía hacia mí.

Pero ya no lo siente; eso lo tengo claro.

Tú no te pajeas con alguien a quien odias. No le pajeas. No te tragas su semen.

Pero será mejor que no piense en cómo se tragó mi semen si quiero evitar reacciones inapropiadas de mi cuerpo, así que trato de desterrar ese pensamiento de mi cabeza y continúo chapoteando por ahí, procurando vaciar la mente. Sin embargo, la imagen de Fran no deja de aparecer en ella.

Al cabo de un rato me doy cuenta de que lo echo de menos, así que salgo del agua y voy hacia él.

—¿Ya no quieres seguir bañándote? —me pregunta cuando estoy a un par de metros de distancia.

No se me escapa el hecho de que sus ojos me recorren de arriba abajo, y eso me gusta.

—Me apetecía venirme contigo un rato —contesto con sinceridad y me tumbo junto a él sobre mi toalla.

Él permanece unos instantes en silencio antes de contestar.

—Oye, Marcos. —Se gira hacia mí, pero parece como si no supiera qué era lo que me quería decir—. ¿Te pongo crema? Te vas a quemar.

—Eh… claro.

Sonrío y le alcanzo el protector solar que ha dejado su madre cerca de nosotros.

Entonces, me siento de espaldas a él. Lo oigo abriendo el tapón y echándose un poco en las manos, y entonces me tenso al notar la crema fría sobre mi piel.

La extiende cuidadosamente por mis hombros y mi nunca, y entonces pasa a mis brazos.

El contraste entre el ligero calorcillo del día y el frescor de la crema me provoca una serie de agradables escalofríos que se extienden por todo mi cuerpo.

Y, mientras Fran desciende por mi espalda, tengo la impresión de que a él también le está gustando esto.

—¿Me pones por delante? —le pido; puedo hacerlo yo solo, pero no quiero que deje de tocarme.

—Claro. Date la vuelta.

Hago lo que me pide y me sitúo frente a él, clavando los ojos en los suyos.

Fran sonríe tímidamente, haciéndome sonreír también mientras acerca las manos a mi pecho para ponerme la crema.

Nunca me había tocado de esta manera. Nunca nadie me había tocado de esta manera.

Mis pezones se endurecen bajo sus dedos, y me gusta la sensación.

Observo su cara; está concentrado en lo que está haciendo, con los ojos clavados en mi cuerpo.

Baja hasta mi tripa, y al principio me da vergüenza que la toque, que sus dedos se deslicen por mis michelines, pero entonces lo hace y no parece darle importancia, como si mi cuerpo estuviera bien, como si yo estuviera bien.

No tarda en terminar. Sin embargo, no quiero que el momento acabe; necesito más.

—¿Quieres que te ponga? —le pregunto.

—Vale.

Fran me tiende el bote y yo me lleno las manos de crema, ansioso por tocar su cuerpo.

Extiendo el protector solar por su cuello, por sus hombros, disfrutando de la sensación de su piel bajo mis dedos.

Bajo hasta su pecho y, cuando noto que sus pezones se endurecen, sonrío mientras los pellizco suavemente.

Le echo un vistazo a la cara y me doy cuenta de que se ha puesto un poco rojo.

Sigo bajando por su pecho en dirección al vientre y me aseguro de cubrirlo todo bien.

La cinturilla de su bañador se tensa de forma provocativa, y a mi mente vuelve el recuerdo de esta mañana en la ducha, de mi mano alrededor de su polla.

No sé por qué, pero me gustaría volver a hacerlo, sentir cómo crece entre mis dedos.

—Date la vuelta —le pido antes de empezar a empalmarme. Empiezo a esparcirle la crema por la nuca, y pronto me doy cuenta de que hay algo duro bajo su piel—. Tienes una contractura.

—Ya, siempre tengo.

—A ver, déjame.

Utilizo ambas manos para hacerle un masaje.

No es que sea ningún experto, pero hace muchos años mamá me enseñó a hacérselos cuando le dolían el cuello y la espalda después de las largas horas de trabajo.

Después se los he seguido haciendo a papá y a Natalia esporádicamente, así que no he perdido práctica.

Fran está bastante agarrotado; tiene la nuca y los hombros llenos de nudos, así que me esfuerzo por deshacerlos, por aliviar la tensión y el dolor.

Es evidente que está tratando de controlar los gemidos, aunque se le escapa alguno de vez en cuando, y eso provoca reacciones en mi cuerpo muy poco apropiadas.

No sé cuánto tardo en ocuparme de todos, pero cuando paro ya ha pasado un buen rato y me duelen las manos.

—Oye, quería decirte una cosa —dice Fran. Sus palabras me hacen preocuparme al instante.

—¿Qué pasa?

—A ver. Antes que nada, quiero que sepas que no me arrepiento de lo que pasó ayer.

—Yo tampoco —le aseguro.

—Pero tengo que hacerte una pregunta, y necesito que seas sincero conmigo.

—Eh… Bueno, vale. —Frunzo el ceño—. ¿Qué pasa? ¿Qué pregunta?

—Necesito saber si te has hecho pruebas.

—¿Cómo que pruebas? ¿De qué?

—Pues ya sabes. De ITS, enfermedades y esas cosas.

Enrojezco ligeramente al comprender sus palabras.

—No.

—Joder. —Fran cierra los ojos y se los cubre por las manos—. Pues de puta madre.

—¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? —Mira a nuestro alrededor y continúa, bajando la voz—: Que ayer me tragué tu lefa, tío. Si nunca te has hecho pruebas…

Espera. ¿No pensará que yo…? Casi me entran ganas de reír.

—Creo que no tienes que preocuparte por eso, Fran.

—Pero vamos a ver, Marcos. Si me he tragado tu semen…

—En serio —le aseguro—. No tienes que preocuparte por nada.

—¿Estás seguro?

—Estoy completamente seguro —confirmo, aunque con cierta timidez. ¿En serio no se ha dado cuenta?—. ¿Recuerdas que te dije que eras la primera persona que se lo tragaba?

—Sí.

—Bueno, pues eso.

No quiero tener que decirlo en voz alta porque igual me muero de la vergüenza, pero espero que al menos entienda lo que estoy tratando de expresar. Parece que sí, porque suelta un suspiro de alivio que suena muy sincero.

—Perdona. Es que me había rallado un poco, y pensaba que…

Desvía la mirada, y parece casi tan avergonzado como yo me siento.

—Pues lo dicho. No tienes nada de lo que preocuparte.

—Joder. Pues qué alivio, la verdad.

Me río, aunque un poco nervioso.

—Tranquilo, Fran. —Lo miro y levanto una ceja, sonriendo—. Puedes tragarte mi semen siempre que quieras.

Apenas puedo creer que me haya atrevido a decirlo, pero lo he hecho. Fran enrojece de golpe, y juraría que ahora mismo está tan empalmado como yo.

—Bueno, pues ya sabes —dice—. Por mí, encantado.

No puedo esperar a que llegue la noche. Pero antes vamos a tener que superar la tarde y la cena y, sinceramente, no sé cómo vamos a sobrevivir.