24.
Cuando despierto, la habitación se encuentra completamente en calma. No está sonando la alarma de Fran; hoy me he despertado yo primero.
Miro hacia mi derecha y ahí está, durmiendo plácidamente de cara a mí, tal como hace todas las noches desde que compartimos habitación.
Está abrazado a la almohada y, como siempre, su rostro delata una calma y una paz que me llenan de ternura.
Tiene los labios ligeramente entreabiertos mientras respira profundamente y, al verlo, el mismo pensamiento de ayer pasa por mi mente: quiero besarlo.
Sigo sin saber cómo ha pasado esto, sigo sin saber por qué, pero sé que quiero hacerlo.
Pero es que no lo entiendo. A mí no me gusta Fran.
Joder, no me gustan los chicos. Nunca me han gustado.
Tengo muy claro que me gustan las chicas, jamás me he planteado otra cosa.
Pero, entonces… ¿por qué ejerce esa atracción extraña sobre mí?
¿Por qué no puedo dejar de mirar sus labios, sin dejar de preguntarme cómo sabrán, qué se sentirá al rozarlos con los míos.
No tengo tiempo para seguir preguntándomelo, porque de pronto comienza a sonar su alarma. Fran se despierta al instante y se gira para apagarla mientras yo me desperezo.
—Ey —digo, incapaz de contener una sonrisa mientras lo miro.
—Ey —responde. Se gira para mirarme—. ¿Qué pasa?
—Nada, que estoy muy a gusto aquí.
—¿Ya estabas despierto? —me pregunta, y asiento con la cabeza—. Pues venga, que tenemos que levantarnos ya.
Trata de tirar de la sábana, pero yo la sujeto para que no pueda quitármela.
Riendo, nos ponemos a forcejear, y entonces le sujeto el brazo y tiro de él, siguiendo un impulso repentino.
Fran pierde el equilibrio y cae sobre mí, apoyando una mano sobre el colchón.
Sin embargo, la otra cae sobre mi pecho, y yo a su vez no le he soltado el brazo. Nunca habíamos estado tan pegados.
De nuevo, está tan cerca que la idea de besarlo se me pasa por la cabeza otra vez. Podría hacerlo. Quiero hacerlo, joder. Pero no me atrevo, y de todos modos sé que no debería, por razones más que evidentes, así que trato de aferrarme a cualquier cosa que pueda alargar este momento a solas con él.
—Cinco minutos más —digo con mi mejor imitación del gato de Shrek, aunque lo más probable es que me confundan con Asno.
—Vale. Pero ni uno más.
Sonrío y, sin planearlo ni planteármelo, tiro de su brazo para atraerlo a mí. Fran se deja caer y apoya la cabeza sobre mi pecho, pero me doy cuenta de que su cuerpo se tensa por completo. Se me acelera el corazón de inmediato. ¿Me habré pasado? ¿Y si me manda a la mierda?
Estoy a punto de soltarle el brazo para liberarlo cuando su cuerpo se relaja.
Lo miro y veo que cierra los ojos, así que me obligo a dar un paso más: le suelto el brazo, pero para rodearle la espalda, para abrazarlo.
Es la primera vez que hacemos algo como esto, y no podría gustarme más la sensación: su cuerpo cálido a medias sobre el mío, su cabeza sobre mi pecho, mi brazo a su alrededor.
Cierro los ojos yo también y me permito disfrutar de la sensación, consciente de un cosquilleo agradable en la tripa que no sé muy bien cómo interpretar.
Un ligero ronquido me hace salir del duermevela. Cuando miro mi reloj de muñeca, me doy cuenta de que ha pasado casi un cuarto de hora. Mierda. Vamos a llegar tarde.
Fran está respirando profundamente; no sé si se habrá dormido también, pero no parece haberse dado cuenta del tiempo que ha pasado.
—Fran… —le susurro para no sobresaltarlo, y su cuerpo se estremece ligeramente.
—Dime.
—Ya han pasado más de diez minutos.
—¿En serio? —se extraña; debe de haberse quedado adormilado también.
—En serio. Ya son casi y cuarto.
—Mierda.
De pronto, una idea se me pasa por la mente.
—Podemos ducharnos juntos —sugiero con cierta esperanza—. Así tardamos menos.
—Ni de coña —responde de inmediato, aunque algo me dice que la idea no le parece tan mala como pretende hacer ver.
—¿Por qué?
—No sé… —comienza—. Porque me da vergüenza.
—Te recuerdo que ayer te tragaste mi semen. —Fran se pone rojo al instante—. Si ahora te va a dar vergüenza esta chorrada…
—No es lo mismo.
Me río.
—Venga, no seas tonto. Es lo más rápido. ¿Vamos?
Él suspira y asiente con la cabeza.
—Pero tengo que mear antes. Yo solo.
—Vale. Pues ve yendo tú y me avisas cuando termines.
Lo observo mientras se pone en pie y entra en el cuarto de baño. Mientras tanto, me quito los bóxers, los dejo con la ropa sucia y saco unos limpios de la maleta.
—Ya está —me avisa.
Fran ya se está metiendo en la bañera cuando entro en el baño. Voy a orinar, tratando de no fijarme en su cuerpo desnudo al otro lado de la mampara transparente, en cómo se desliza el agua por su piel. Cuando termino, entro con él, algo nervioso.
La bañera no es pequeña, pero lo parece ahora que somos dos personas dentro, sobre todo cuando estamos tratando de no tocarnos. Miro de reojo a Fran y veo que su cuerpo ya está completamente mojado, así que señalo el cabezal de la ducha.
—¿Me lo pasas?
Él me lo acerca y comienza a enjabonarse mientras yo me mojo el cuerpo.
El agua está algo fresca pero tampoco demasiado; la temperatura perfecta para un día de calor.
Es una lástima no tener más tiempo para disfrutar de esto.
Lo bueno es que eso significa que no voy a tener tiempo de empalmarme, porque eso sería bastante incómodo en esta situación.
—¿Quieres gel? —me pregunta, y yo asiento con la cabeza—. A ver, vente.
Le tiendo el cabezal de la ducha y él se aparta para dejarme alcanzar el dispensador de gel de la pared.
De forma inevitable, nuestros cuerpos se rozan, y entonces comienza: un cosquilleo en la parte baja de mi vientre, un calorcillo en un lugar nada apropiado en este momento.
Mi polla comienza a crecer entre mis piernas, y toda esta situación no ayuda en absoluto.
Tierra, trágame.
Por suerte, Fran no parece darse cuenta mientras se pone el champú.
Observo su espalda desnuda y enjabonada, su cintura estrecha y sus caderas que se ensanchan hacia sus nalgas.
Unas nalgas bonitas y redondeadas; parecen blanditas, pero también firmes.
Mi polla ha seguido creciendo y lo rozo sin querer, pero me aparto de inmediato. Trago saliva, tratando de controlarme.
—¿Me dejas que pille champú? —le pido a continuación, tratando de ocultar mi nerviosismo.
—Claro.
Fran vuelve a apartarse, aunque esta vez se mantiene de espaldas a mí, y me pregunto si será porque él también se ha empalmado. Comienza a aclararse el pelo mientras yo me esparzo el champú por el mío. Mi erección ha comenzado a remitir, pero necesito agua fría si quiero que lo haga del todo.
—¿Me haces hueco? —pregunto.
—¿Qué?
—Bajo el agua. Para ir más rápido y tal.
—Eh… Vale.
Se aparta y yo me coloco junto a él, debajo del chorro de agua, aunque ahora está más tirando a templada.
De pronto es como si algo se apoderara de mí y, sin pararme a pensarlo, le pongo las manos sobre los hombros y lo hago girar para quedarnos cara a cara.
Su rostro está lleno de emociones que no sé descifrar, y sus labios están tan cerca de los míos que…
No. No puedo pensar eso.
—Yo te enjuago a ti y tú me enjuagas a mí —le propongo, a ver si cuela—. Así terminamos antes.
No se niega, así que comienzo a aclararle el pelo, con cuidado de que no le caiga espuma en los ojos.
Él se queda inmóvil, y por un momento pienso que esta vez sí que la he cagado, que esta vez me he pasado de verdad.
Pero entonces levanta las manos y empieza a aclararme el pelo mientras yo bajo hasta sus hombros.
Después, introduzco las manos bajo sus axilas para no dejarme nada y paso a su pecho, donde puedo notar su corazón palpitando con fuerza, tanto como el mío. Sonrío sin poder evitarlo.
Fran me imita mientras nos enjuagamos mutuamente, zona por zona.
Al fin, llego hasta su cintura y sus caderas y bajo despacio, dándole la oportunidad de detenerme si quisiera.
Pero no lo hace, y cuando llego hasta su polla, no me sorprende que esté medio dura.
Es la primera vez que la tengo en la mano y me gustaría poder alargar el momento, disfrutar de esto, pero trato de actuar con normalidad mientras continúo lavándosela, y entonces la mano de Fran se cierra también alrededor de mi erección.
Nos detenemos más de la cuenta en esta zona; eso está claro.
Sin dejar de mirarnos a los ojos, nos permitimos entretenernos durante unos cuantos segundos, prácticamente masturbándonos mientras nuestras erecciones crecen.
Puedo sentir su respiración sobre sus labios, y de nuevo vuelven esas ganas de besarlos, de acariciarlos con los míos, de saborearlos.
Pero no podemos seguir así mucho más tiempo, de modo que me obligo a soltar su polla y deslizo las manos hasta sus nalgas para terminar de enjuagárselas. Él parece dudar un instante, pero entonces suelta también la mía y sigue imitando mis movimientos.
Antes de lo que me gustaría, terminamos y cierro el grifo.
—Un momento —le pido.
Abro la mampara, salgo de la ducha y cojo la toalla de Fran. A pesar del calorcillo del día, después de salir de la ducha la sensación es fresca, así que lo envuelvo con la toalla para que no pase frío. Después, me rodeo con la mía y empiezo a secarme.
—¿Qué hora es? —me pregunta, señalando mi smartwatch .
—Y veintiséis. Justo a tiempo.
Terminamos de secarnos tan rápido como podemos antes de vestirnos en tiempo récord y logramos salir al pasillo justo a las y media, a la vez que los demás.
Sin embargo, mientras bajamos al restaurante para desayunar con nuestra familia, mi mente sigue en nuestra habitación, en esa ducha donde hemos compartido algo todavía más íntimo que lo que hacemos por las noches.
No puedo evitar preguntarme lo que habría pasado si no hubiéramos tenido prisa.
¿Habríamos seguido masturbándonos mutuamente?
¿Habríamos acabado corriéndonos los dos juntos en la ducha?
¿O tal vez habríamos llegado más lejos? A fin de cuentas, Fran se tragó mi semen anoche.
¿Tal vez habría querido hacer algo más, tal vez habría querido chupármela?
Me pareció ver deseo en sus ojos, ¿pero de verdad habría querido hacerlo?
No tengo respuestas para mis propias preguntas, pero se me endurece la polla solo de pensar en que me la chupa.