23.
No decimos nada más; tan solo nos quedamos contemplando las vistas en silencio. Nada especial, pero estoy a gusto. Cada vez me siento más cómodo con Fran, como si la hostilidad estuviera cada vez más lejos. Ojalá se quede ahí y no vuelva nunca.
Al cabo de un rato suelta un suspiro, como si tuviera algo en la cabeza, aunque al principio no dice nada. Pero al fin, tras varios minutos de silencio…
—Oye, Marcos —dice al fin.
—Dime.
—Quería hablar contigo de una cosa.
—Eh… —Trago saliva. ¿Será lo que me he estado preguntando estos días? ¿Será ahora cuando me diga que se arrepiente de lo que hemos hecho estas dos noches?—. Vale. ¿Pasa algo?
—No, no. Tranquilo.
—Pues venga, dime.
Me devuelve la mirada, pero se apresura a apartarla. Está claramente nervioso, y yo también. Se aclara la garganta como para comenzar, pero la voz de Natalia suena desde la distancia antes de que pueda decir nada.
—¡Marcos! ¡Fran!
—¿Qué pasa? —pregunto a gritos.
—Venid ya, que os vais a perder.
No nos habíamos dado cuenta, pero los demás ya están muy lejos. Miro a Fran, encogiéndome de hombros, y echamos a caminar a paso rápido. Quiero preguntarle qué me iba a decir, pero parece que no es un buen momento, así que me quedo en silencio.
Supongo que tendré que esperar hasta la noche para saberlo.
Durante el resto de la tarde no dejo de darle vueltas al tema, preguntándome qué querría decirme Fran.
Sin embargo, después de cenar en familia volvemos al bar del hotel y me tomo unas cuantas copas más de la cuenta, así que al regresar a nuestras habitación me siento mucho más desinhibido que de costumbre. Y también cachondo, por qué no decirlo.
Tras turnarnos para ir al baño, decido ir directo al grano.
—Bueno… ¿Te apetece?
—Vale —responde mientras pone el móvil a cargar.
Lo miro ahí plantado junto a la mesita de noche, con su pijama habitual.
Verlo así me hace pensar en las noches anteriores, y eso hace que mi polla comience a crecer ligeramente dentro de mi ropa interior.
Me da la impresión de que está tratando de no mirar, pero quiero que lo haga. Me gusta que lo haga.
Me quito la ropa hasta quedarme en bóxers, tal como hago todas las noches, y mi primer impulso es meterme así en la cama.
Pero Fran ya me ha visto desnudo. Joder, si hasta me ha hecho una paja.
No va a ver nada que no haya visto ya, y yo quiero verle la cara, así que me quito también los calzoncillos.
Ahora sí que lo tengo claro: aunque trata con todas sus fuerzas de no mirar, me doy cuenta de que lo está haciendo con el rabillo del ojo.
Me llevo la mano a la polla y comienzo a acariciarme ligeramente, mirándolo a los ojos.
Su garganta se mueve; está tragando saliva.
Y la situación me resulta tan excitante que comienzo a lubricar de inmediato.
Sus pantalones se abultan por debajo de la cintura, y ya no puedo esperar más.
—¿Apagas la luz? —le pido.
Fran asiente con la cabeza en silencio y lo hace mientras yo me meto en la cama. Entonces, enciendo la linterna del móvil para alumbrarle el camino.
De forma muy consciente, estoy casi en el centro de la cama, buscando el contacto. Me gustó demasiado lo de ayer. Fran se acerca también a mí y, cuando nuestras piernas se rozan al fin, me percato de que todo su cuerpo está temblando ligeramente.
Con el móvil en una mano, me acaricio la polla mientras él hace lo mismo junto a mí. Escojo un vídeo y le muestro la pantalla.
—No te importa, ¿no? —pregunto.
—No, no. Tranqui.
—¿Tú vas a ver algo, o…?
—Es que tengo el móvil cargando.
Hago una pausa.
—Ah, vale. —Me lo pienso durante un momento, y entonces añado—: ¿Quieres ver algo conmigo?
—Bueno, vale.
No me esperaba la respuesta, pero no voy a decir que me queje.
—Pues venga, acércate.
Ahora estamos más pegados que nunca, con nuestros brazos completamente en contacto.
Coloco el móvil sobre mi pecho, le doy al play y me concentro en la pantalla.
Juraría que Fran está fijándose más en mi cara que en el vídeo, pero no digo nada.
En lugar de eso, sigo masturbándome y dejo que la desinhibición se apodere de mí, sin tratar de contener los jadeos que se me escapan.
Aun así, y aunque trato de concentrarme en el vídeo, no puedo dejar de pensar en Fran junto a mí, en lo que hicimos ayer mismo. Y entonces recuerdo algo que me pone la polla más dura que nunca. Trato de ignorarlo, pero la curiosidad es demasiado fuerte.
—Oye, Fran… —digo.
—¿Qué pasa ahora, Marcos? —pregunta con una falsa indiferencia que ya estoy empezando a calar bien.
—A ver… Sobre lo que hablamos ayer…
No sé cómo terminar, la verdad.
—Tío, ya te he dicho que la tienes bien. No te rayes más, anda.
—No, joder, que no es eso. Es… sobre una cosa que dijiste.
—¿El qué, exactamente?
Me lo pienso un instante, pero creo que ni siquiera el alcohol que corre por mis venas basta para dar el paso.
—Da igual, déjalo.
—Los cojones, ahora me lo dices.
Pauso el vídeo y dejo el móvil sobre mi pecho, nervioso, mientras trato de encontrar las palabras adecuadas. Entonces, trago saliva, me aclaro la garganta y me lanzo.
—A ver… Me refiero a lo de que no te importaría meterte una polla como la mía.
Fran tarda un instante en responder.
—Dime.
De nuevo, trato de escoger las palabras con cuidado, algo temeroso de su reacción.
—Nada, es solo que tenía curiosidad.
—¿Curiosidad en qué plan?
—En plan… ¿por qué te gusta? Que te la metan y tal, digo.
Fran se ríe.
—Sabes que los tíos tenemos el punto G ahí dentro, ¿verdad?
—Venga ya —digo, con una risita nerviosa.
—Es en serio. ¿No lo sabías? —Nuestras miradas se cruzan, y entonces niego con la cabeza. Él continúa—: ¿Nunca te has metido nada? ¿Un dedo o algo?
—Ni de coña —respondo de forma casi automática.
—Pues oye, igual deberías probar. A lo mejor te gusta y todo.
—Ni de coña —insisto—. Te recuerdo que yo no soy gay.
—Ya, bueno, pero eso no tiene nada que ver. —Se encoge de hombros—. Al final es una parte más de la anatomía, no tiene nada que ver con la orientación sexual. Hay muchos tíos cisheteros a los que les gusta que le metan dedos al follar.
—Si tú lo dices… —respondo entre risas.
—A ver, que yo no voy a intentar convencerte. Aunque una cosa sí que te digo: nunca me corro tan fuerte como cuando tengo algo dentro.
Esas simples palabras me excitan de una forma que no esperaba.
Mi polla se hincha, dura como una roca, y una vívida imagen aparece en mi mente de pronto: Fran corriéndose mientras le follan el culo…
concretamente, mientras yo le follo el culo.
Nunca se me había pasado por la cabeza siquiera hacer algo así, pero ahora mismo no podría excitarme más.
Quiero hacerlo. Quiero follarle el culo.
Quiero ver su cara cuando se corra mientras lo hago.
Cuando quiero darme cuenta, soy yo el que está a punto de correrse. Y ya no hay vuelta atrás.
Bajo la velocidad y llevo la mano libre a la mesita de noche.
—Mierda —murmuro.
—¿Qué pasa?
—Me voy a correr y no tengo pañuelos.
—Pues córrete en los calzoncillos, ¿no?
Dejo la mano inmóvil, pero ya es demasiado tarde. Es como si unas oleadas de placer invadieran mi cuerpo y estuvieran a punto de rebosar por completo.
—Están lejos —alcanzo a decir, con la polla palpitante.
—¿Y si vas a por ellos?
—No puedo —mascullo mientras me aprieto la polla para tratar de impedir lo inevitable, pero soy incapaz de contenerme—. Joder… me corro.
Todo ocurre muy rápido.
Mi polla se hincha, dispuesta a bombear con fuerza.
Pero, antes de que pueda hacerlo, Fran cierra la boca justo alrededor de mi glande.
Noto algo cálido y húmedo sobre el glande, tal vez su lengua, y entonces el placer me invade por completo y suelto un gruñido mientras comienzo a correrme, un chorro tras otro, todos ellos dentro de su boca.
A juzgar por los temblores que recorren su cuerpo, él se está corriendo también.
Siempre me corro mucho, y esta vez estoy tan excitado que tiene que haber sido un récord.
Es imposible que Fran haya podido contenerlo todo en la boca sin tragar, y confirma mis sospechas cuando lame con la lengua las gotas de semen que han escapado de sus labios para caer a lo largo de mi polla.
Esta no deja de palpitar por la excitación; soy incapaz de creer que de verdad haya hecho lo que acaba de hacer.
Entonces, se saca mi polla de la boca y yo contengo un gruñido de frustración mientras se aparta un poco.
En serio, ¿qué cojones acaba de pasar? ¿Y por qué me ha excitado tanto?
Me quedo en silencio y con los ojos cerrados, tratando de asimilar lo ocurrido pero profundamente satisfecho mientras trato de recobrar la respiración.
—Joder —digo simplemente.
—¿Qué pasa?
Me encojo de hombros antes de sonreír.
—La verdad es que así es mucho más cómodo.
—¿No te molesta lo que he hecho? —me pregunta, preocupado.
—¿Qué? —Abro los ojos al fin para mirarlo—. ¿Por qué iba a molestarme?
—Pues no sé… —dice con cierta ironía—. A lo mejor porque me he tragado tu semen y tal.
—Ya, bueno. —Vuelvo a encogerme de hombros—. Pero, si no lo hubieras hecho, ese semen nos habría cubierto a mí, a ti, y posiblemente también parte de la cama. Así que gracias.
—Bueno… pues de nada. —Se encoge de hombros él también; tenemos que parecer idiotas—. Sí que es verdad que te corres bastante.
—Ya, bueno —respondo con una sonrisita—. Me da un poco de vergüenza el tema, la verdad.
—¿En serio? ¿Por qué?
—No sé… Por un lado, porque es un engorro y tal, ya lo has visto. Pero aparte, no sé… ¿no es un poco asqueroso y tal lo de correrme tanto?
Él sonríe también.
—Bueno, al menos sabía bien.
—¿En serio? —Fran asiente con la cabeza—. En plan… ¿te ha gustado y tal?
—Claro.
—Pero, a ver… ¿Dirías que está…, rica o algo así?
—¿Sí? —responde—. ¿Es que nunca la has probado o qué?
—¡Claro que no! —Tuerzo el gesto, asqueado—. ¿Cómo voy a probar mi lefa, tío?
Ahora él se encoge de hombros.
—No sé, a mí me parece algo normal.
—Ni de coña —le aseguro.
—Pues yo qué sé, será cosa nuestra o algo. Todos los tíos gays o bisexuales cis con los que he hablado del tema la han probado, así que…
—Qué raros sois —le digo, riendo—. Pero bueno, me alegra que te guste. ¿Sabías que es la primera vez que alguien se traga mi semen?
—¿En serio?
—En serio.
—Bueno, pues no sé… me alegra haber sido tu primera vez.
Vuelvo a reír, pero sus palabras provocan cierta calidez agradable en algún lugar de mi pecho.
—A mí también —respondo con sinceridad.
—¿En serio? —repite.
—En serio.
Lo miro, sin saber qué más decir. Por un momento se me pasa por la cabeza que no me importaría tener más primeras veces con él, pero no puedo decirle eso. Aparto la mirada y suspiro.
—¿Pasa algo? —me pregunta.
—¡No! —Busco alguna excusa—. Es solo que… No sé, ¿no deberías ir a lavarte o algo, antes de que se te seque todo?
—¿Cómo? —pregunta confuso, y yo señalo su mano llena de semen sobre su polla—. Mierda. Es verdad.
—¿Te ayudo?
—¿Qué? —dice con voz aguda.
—Tú me has ayudado a que no me manche, ¿no? Pues ahora yo puedo ayudarte a ti.
—Bueno, que yo tampoco quería acabar hasta arriba de tu lefa, ¿sabes? —me recuerda—. Aunque sigo sin saber a qué te refieres exactamente.
Arqueo una ceja.
—Estás todo pringado, y como te pongas de pie, a lo mejor se te cae todo encima del pijama —respondo, y enrojezco un poco antes de añadir—: Si quieres, te puedo ayudar a quitarte la ropa y tal.
No habrá parecido una excusa para desnudarlo, ¿verdad?
—Vale —responde.
Enciendo la linterna del móvil y lo dejo sobre la cama.
Sin vestirme, me arrodillo y me acerco a él.
La camiseta del pijama deja parte de su vientre a la vista, pero tiro de ella y se la subo hasta la cara.
No puedo evitarlo; mis dedos se deslizan ligeramente por su piel mientras lo hago, aunque creo que estoy siendo disimulado.
Paso a sus pantalones, aunque mi mirada se detiene un segundo en el semen entre sus manos y su polla, que todavía no está del todo flácida. Coloco las manos sobre sus caderas y las deslizo hacia atrás.
—Levanta un poco —le pido.
Fran obedece, y entonces cierro las manos sobre sus nalgas.
Lo miro brevemente a los ojos mientras una especie de deseo extraño se apodera de mí.
Después comienzo a bajarle los pantalones, despacio y rozando su piel en todo momento.
Me doy cuenta de que se le pone la carne de gallina, pero no digo nada mientras sigo bajándole los pantalones hasta los tobillos y después se los quito.
—Bueno —digo, y lo miro con una sonrisa—. Pues ya está.
Me pongo en pie y espero a que Fran lo haga también. Nos quedamos el uno frente al otro, muy cerca.
—Gracias —susurra contra mis labios.
—De nada —respondo.
Seguimos mirándonos a los ojos en silencio, y entonces un impulso tan extraño como peligroso se apodera de mí: quiero besarlo.
No sé cómo ha pasado ni por qué, pero quiero hacerlo.
Y no lo entiendo, porque jamás había deseado nada así con nadie, y menos con un chico.
Pero sé que, si lo hiciera, lo mandaría todo a la mierda, así que me separo de él para que pueda irse al baño.
Le alumbro el camino con la linterna del móvil, y mis ojos se quedan clavados en el movimiento hipnótico de sus nalgas.
¿Cómo es posible que mi polla vuelva a despertar cuando me he corrido hace apenas un rato?
Fran se encierra en el baño y, enseguida, escucho el sonido del agua corriendo al otro lado de la puerta.
Mientras espero a que salga, no dejo de darle vueltas al mismo pensamiento: ¿qué coño me está pasando con él?