22.
Cuando abro los ojos por la mañana, veo a Fran de espaldas a mí, apagando la alarma. Suelto un largo bostezo, y él también lo hace.
—Ey —lo saludo con una sonrisa.
—Ey.
—Joder, qué bien he dormido —murmuro, todavía adormilado.
Es la verdad. Después de correrme con él fui un momento al baño y, desde que me acosté, he dormido toda la noche del tirón.
No sé por qué, pero dormir con Fran tiene algo que me llena de paz.
Cuando nos quedamos los dos en silencio, en la intimidad de la habitación que compartimos, es como si nuestra respiración se acompasara y la calma me invadiera.
De repente, Fran se pone en pie. Creo que está tratando de disimularlo, pero me da la impresión de que se ha empalmado un poco. ¿Estará recordando lo que hicimos anoche? Yo mismo comienzo a empalmarme al recordarlo.
—Me voy a la ducha, ¿vale?
Asiento con la cabeza y vuelvo a cerrar los ojos, sonriendo. Empiezo a tener ganas de ir al baño, pero al mismo tiempo estoy tan a gusto que no quiero salir de la cama.
No sé qué está pasando con Fran. Hace dos días parecía que me odiaba, pero ahora nos pajeamos juntos.
Él mismo me ha pajeado a mí. No soy tonto: sé perfectamente que es gay, y estoy bastante seguro de que le ha gustado jugar con mi polla.
Pero, ¿por qué a mí me gustan tanto estos momentos?
¿Qué tiene Fran que hace que me invadan pensamientos que nunca había tenido con un chico?
Sin darme cuenta, me quedo adormilado de nuevo con la imagen de su cara mirándome mientras me masturbaba, el recuerdo de sus dedos alrededor de mi polla, el sonido de sus gemidos al correrse…
Y tampoco puedo olvidar el pensamiento que se me pasó ayer por la cabeza, la imagen de mi polla entrando y saliendo de su culo.
Parece tan real que casi puedo sentirlo.
—¡Marcos! —me llama de repente, sacándome de la ensoñación. Como no podía ser de otra manera, me he vuelto a empalmar—. Te toca ducharte.
—Un ratito más…
—Venga, anda, que tenemos prisa —insiste.
—Está bien…
Entonces me pongo en pie, me quito los bóxers y los tiro al rincón donde he ido dejando la ropa sucia. Total, si Fran ya me lo ha visto todo, ¿qué más me da que vuelva a hacerlo?
Me agacho para sacar ropa interior limpia de la maleta y, cuando me doy la vuelta, no se me escapa el hecho de que Fran está mirándome con disimulo una vez más. Y tengo que admitirlo: me gusta que lo haga, al igual que me gustó que ayer me masturbara.
En cualquier caso, estoy empezando a calentarme en un momento poco apropiado, pero por suerte el agua fría de la ducha me ayuda a calmarme un poco.
Un rato más tarde, estamos todos desayunando en el restaurante del hotel cuando Fran pregunta si hoy también vamos a ir a la playa. Para mi sorpresa, ese no es el caso.
—Vamos a ir a las montañas —dice Belén.
—¿En serio? —me extraño—. Pensaba que aquí solo habría playas y poco más.
Nuestros padres se ríen, haciéndome sentir un poco tonto.
—Aquí hay mucho más que playas —me asegura papá.
—En el centro de la isla hay muchas zonas montañosas, con paisajes preciosos y unos pueblos muy bonitos —añade Belén—. Vamos a alquilar un coche para ir, y así también hacemos algo diferente.
Media hora más tarde ya estamos saliendo del hotel, en dirección al sitio de alquiler de coches que nos han indicado en recepción.
Es Belén quien se pone al volante; papá dice que prefiere no ser él quien conduzca por las carreteras montañosas. Por nuestra parte, nosotros nos sentamos exactamente igual que la última vez: Natalia en el lado izquierdo de la parte de atrás, Fran en el derecho, y yo en el medio, para no marearme.
Aunque jamás lo admitiría en voz alta, es posible que me haya sentado ligeramente hacia la derecha.
Así, nuestros muslos y nuestros brazos se rozan constantemente, y también es posible que aproveche las múltiples curvas de la carretera para pegarme todavía más a él.
Es como si necesitara contacto constante, y soy incapaz de dejar de buscarlo.
Nuestros padres tenían razón, porque es todo precioso.
Aunque tan solo nos paramos a hacer fotos y admirar el paisaje un par de veces, pasamos junto a pueblos muy pintorescos y unas zonas preciosas que no tienen nada que ver con lo que imaginaba de la isla.
¿Por qué la gente solo habla de las playas?
A eso de las dos, paramos en un pueblo para comer en un restaurante de comida típica canaria.
Cuando nos acercamos a la mesa mi intención es volver a sentarme junto a Fran, pero Natalia y mi madre ocupan las sillas que tiene a ambos lados, de modo que yo acabo en el lado de enfrente, sentado con papá.
Saco el móvil para mandar un par de fotos a Laura y Carlos y, de paso, disimular un poco mientras le lanzo miradas de reojo. No sé si es cosa mía, pero me da la impresión de que está raro. Como más callado de lo habitual; pensativo, tal vez.
Una vez más, vuelvo a rayarme. ¿Será por lo de ayer?
Puede que lo de la primera noche fuera inofensivo, pero anoche fuimos mucho más allá.
Aunque yo no lo presioné en ningún momento, ¿verdad?
Hasta donde yo sé, Fran lo hizo todo por voluntad propia, y de hecho, fue él quien me propuso ayudarme a empalmarme.
¿Es posible que a la luz del día vea las cosas de forma diferente y se arrepienta de lo que estamos haciendo?
En cualquier caso, no tengo forma de saberlo, al menos ahora, de modo que continúo concentrándome en mi comida.
—¿No tienes hambre, cariño? —le pregunta su madre.
Vuelvo a mirarlo de reojo, tratando de poner la oreja sin parecer demasiado interesado.
—No, no es eso. —Titubea un instante antes de contestar—. Es que… estoy cansado.
—¿Estás durmiendo mal? —se preocupa Belén.
—Bueno, un poco —responde, y trato de contener la risa—. Me cuesta dormir fuera de casa.
—Pues nadie lo diría —intervengo con una sonrisa, y no se me escapa el ligero rubor que tiñe sus mejillas—. No veas cómo roncas por las noches.
Él pone los ojos en blanco.
—Pues tú no te quedas corto, chaval.
—Por la noche me desperté y pensaba que tenía un oso roncándome al lado —replico, decidido a continuar con el juego—, pero solo eras tú.
Ahora sí que está rojo de verdad.
—¿Y tú qué? —protesta—. Que pensaba que estaban taladrando la pared o algo de todo lo que roncas.
Vale, sí, es posible que ronque un poco. Pero estoy bastante seguro de que él no ha podido darse cuenta, al igual que yo tampoco lo he hecho. Hemos dormido demasiado bien.
Nuestros padres se miran.
—Igual no ha sido buena idea lo de que compartan habitación —dice papá, y Belén asiente con la cabeza—. Pensábamos que sería bueno para vosotros hacer cosas de hermanos, pero…
Fran y yo intercambiamos una mirada rápida. Sí que estamos haciendo cosas, pero no lo que ellos esperaban.
—¿Estáis incómodos durmiendo en la misma habitación? —nos pregunta Belén—. Sed sinceros. Si no estáis a gusto, Fran puede dormir conmigo y Marcos con su pa…
—¡No! —respondemos al mismo tiempo.
—¿Seguro? —dice ella, preocupada.—. Porque lo importante es que estemos todos bien.
—Seguro —responde Fran.
—Antes muerto que dormir con papá —añado—. Él ronca el triple que Fran.
Este sonríe, supongo que como respuesta a mi broma.
—Cuidadito, chaval —me advierte papá, aunque sé que no lo dice en serio—. Un respeto a tus mayores.
Después de comer, volvemos al coche. Ocupamos los mismos asientos que antes y, una vez más, comienza la misma dinámica.
Nuestras piernas desnudas se rozan constantemente y, en un momento dado, me doy cuenta de que a Fran se le pone la piel de gallina.
Al cabo de un rato, se pone los auriculares para escuchar música y cierra los ojos.
Su respiración no tarda en volverse más profunda; es increíble la facilidad que tiene este tío para dormirse.
Una vez más, no puedo evitar mirarlo. Esa paz que lo invade siempre cuando duerme, esa calma absoluta que casi nunca puedo ver en su cara cuando está despierto.
No sé por qué, pero me gustaría poder acercarme aún más a él, dormir con él.
Pero no es el momento ni el lugar; tengo que esperar hasta la noche.
Nuestras piernas siguen pegadas, así que supongo que por el momento tendré que conformarme con este contacto.
Media hora más tarde, llegamos a una zona medianamente llana. Los paisajes montañosos que se ven por la ventanilla del coche son espectaculares, así que esto promete.
—Id despertando al dormilón —nos pide Belén—. Vamos a parar aquí un rato.
—¿Fran? —lo llamo en voz baja, tratando de no ser demasiado brusco para no sobresaltarlo.
Tengo la mano casi al lado de su pierna, de modo que la coloco sobre su muslo y lo zarandeo ligeramente mientras me inclino hacia él. Fran da un respingo y abre los ojos antes de quitarse los auriculares.
—Ey —lo saludo.
—Ey —responde él, con voz soñolienta.
—No sé cómo eres capaz de dormir en el coche —dice Natalia, incrédula—. Qué envidia.
Fran mira a su alrededor, parpadeando, y nos imita al ver que nos estamos quitando el cinturón para bajarnos.
Las vistas son todavía más impresionantes desde fuera del coche. Debemos de estar prácticamente en el centro de la isla, y ahora buena parte de las montañas están cubiertas de nubes, una especie de manto blanco que se extiende casi hasta el mar. Casi me dan ganas de saltar a ese océano esponjoso.
—¿Os parece si paseamos un rato por aquí? —propone Belén.
—Buena idea —dice Antonio.
—¡Sí! —responden Natalia y Fran a la vez.
—Genial —me sumo.
El sol irradia un calorcillo agradable sobre nosotros mientras emprendemos la marcha, contemplando el paisaje que nos rodea. Miro a Fran, que parece embobado con las vistas, y entonces bajo la mirada y me doy cuenta de que se le ha desatado el cordón de una de las zapatillas.
—Te vas a caer —lo aviso.
—¿Qué?
Señalo sus zapatillas.
—El cordón.
—Ah. —Lo espero mientras se lo vuelve a atar—. Gracias por avisar.
—De nada —respondo con una sonrisa.
—Y gracias por esperarme —añade; los demás han seguido alejándose.
—De nada —repito, y sonrío todavía más. He estado dándome cuenta de que es algo que suele repetirse cuando estoy con Fran: sonrío mucho. Es algo casi automático.
Continuamos caminando con calma mientras contemplamos la zona; es todo precioso. Me parece increíble que esto no sea más famoso que las playas.
—Esto es muy bonito —comento tras unos minutos.
—Pues sí.
De pronto, se me ocurre algo.
—Oye, ¿me haces una foto?
—Eh… Vale. —Saca el móvil y mira a nuestro alrededor—. ¿Dónde te quieres poner?
Repaso nuestros alrededores y me coloco frente al sol previo al atardecer, con las montañas detrás de mí.
—Aquí mismo está bien.
—Vale.
Entonces, me saca unas cuantas fotos y me las muestra.
—Me molan. ¿Me las mandas luego para subirlas?
—Claro. Igual tendríamos que haberlas sacado directamente con tu móvil.
—Da igual —respondo, y decido marcarme un triple—: Así tienes un recuerdo mío.
—Vivimos en la misma casa y encima ahora estamos compartiendo habitación —señala con una indiferencia que, sinceramente, no parece nada real—. No necesito recuerdos tuyos.
Me río por la broma, y me alegra ver que se une a mí.
—Oye, ¿quieres que nos saquemos una juntos? —le propongo.
Fran levanta una ceja.
—¿En serio?
—¿Qué pasa?
—¿Desde cuándo nos hacemos fotos juntos?
Me encojo de hombros.
—A ver, estos días estamos haciendo muchas cosas juntos, ¿no?
Como por ejemplo ciertas cosas que nunca pensé que haría con ningún chico, y mucho menos con él. Fran enrojece ligeramente; está claro que ha pensado lo mismo que yo.
—Venga, va —acepta.
—¿Te pones aquí? —propongo, volviendo al lugar que antes—. El fondo es bonito.
—Vale.
Fran se acerca con cierta timidez y se sitúa a mi derecha. Estira el brazo para sacar un selfie, pero mantiene el rostro inexpresivo.
—Tío, no seas soso —le digo entre risas—. Parece que te haya obligado a hacérnosla.
Entonces me pego más a él y me atrevo a rodearle los hombros con los brazos. Él parpadea, como extrañado, pero no solo no se aparta, sino que me pasa el brazo también por encima. Ya es un avance, supongo.
—¿Preparado? —pregunta.
—Dale.
Sin embargo, su sonrisa sigue siendo demasiado forzada.
—Tres, dos, uno…
Un instante antes de que toque el botón para sacar la foto, le aprieto el hombro y lo acerco a mí de forma cariñosa. Tal como esperaba, él se ríe de forma espontánea justo cuando el móvil inmortaliza el momento.
—¿A qué ha venido eso? —me pregunta con una sonrisa.
—Estabas muy serio —respondo, sonriendo también—. Ponla, a ver cómo ha quedado.
Me muestra la foto, y tengo que admitirlo: me encanta.
A ver, yo no he quedado muy bien, como siempre, pero él está guapísimo.
Su expresión mientras ríe es completamente sincera y espontánea, nada que ver con la sonrisa forzada que tenía apenas unos segundos antes.
Y no sé por qué, pero tengo la sensación de que quedamos bien juntos.
—¿Me la pasas también? —le pido.
—Claro —responde, y comienza a toquetear la pantalla—. ¿Es que quieres subirla o qué?
No me importaría hacerlo, aunque titubeo un instante. ¿Y si le molesta que lo haga?
—¿Tú quieres?
—No sé. —Se encoge de hombros—. Lo que tú quieras.
—A ver, que tampoco hace falta que la suba si no quieres.
—A mí me da igual, en serio.
—Bueno, vale —digo—. Con tenerla yo me basta.
Lo que no le digo es la ilusión que me hace tener esta foto, porque ni yo mismo lo comprendo demasiado bien.