El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 21.
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21.

Pensaba que Fran iría directo al grano, pero no lo hace.

En vez de eso, desliza los dedos por mi muslo, poniéndome la carne de gallina por debajo del vello.

Se mueve con lentitud, y las sensaciones que despierta en mí bastan para que mi polla comience a crecer ligeramente.

Continúa avanzando poco a poco, prácticamente milímetro a milímetro, hasta llegar a mi vello púbico.

Me tenso sin poder evitarlo; el momento se acerca.

Al fin, su mano se cierra alrededor de mi polla, firme y segura, pero también con delicadeza.

No estoy empalmado del todo, aunque sí mojado, lo habitual en mí.

Fran se da cuenta y utiliza la humedad para deslizar el dedo sobre mi glande, arrancándome unos gemidos que no logro controlar.

Cierro los ojos mientras mi polla sigue creciendo, disfrutando de la sensación.

El problema es que siempre lubrico demasiado, y eso es algo que me avergüenza un poco. Pero a Fran no parece importarle. Aprovecha la humedad para deslizar los dedos por mi glande, por toda mi longitud, masturbándome despacio; está claro que tiene algo de experiencia en esto.

Aparta la mano un momento y contengo un gruñido de frustración al pensar que va a detenerse, pero entonces continúa masturbándome. No recuerdo la última vez que la tenía tan hinchada, y estoy lubricando más que nunca, y como siga así…

—Para, para —le pido—. Fran, para.

—Perdón —se disculpa, nervioso—. ¿He hecho algo mal?

—No, no… al contrario. —Suspiro y me río al mismo tiempo—. Joder, sí que eres bueno, ¿no?

—Te lo dije —se jacta, haciéndome sonreír.

—Bueno… ¿y entonces qué? —le pregunto.

—¿Qué?

—¿Qué opinas? —Me obligo a pronunciar las siguientes palabras; me da vergüenza—. ¿Crees que la tengo pequeña, o…?

—A ver, no lo creo. Pero, sin poder verla bien…

—Vale, espera. —Alcanzo el móvil y activo la linterna—. ¿Mejor así?

—Tío, que me vas a dejar ciego —protesta, cubriéndose los ojos con las manos—. Aparta eso un poco, anda.

—Perdón.

Giro un poco la mano para alumbrarme mejor la polla, y él vuelve a llevar la mano hasta ella. De reojo, observo su cara mientras la mira. ¿Es ansia lo que me parece ver en sus facciones? La suelta y se aparta antes de que pueda decidirme.

—No te rayes —responde—. La tienes bastante bien.

—¿En serio? ¿Estás seguro?

—Que sí, tío. Yo creo que está en el top tres de pollas que he cogido con la mano.

Suelto una risita nerviosa.

—Venga ya. Si tú la tienes más grande.

—Bueno, pero tampoco es que haya tanta diferencia.

—¿Seguro?

—En serio, Marcos, que está genial. No te rayes.

—Bueno… Si tú lo dices —digo, incapaz de ocultar mi alivio.

Entonces, apago la linterna y vuelvo a llevar la mano hasta mi polla; después de haber tenido a Fran jugando con ella, no puedo parar ahora. Él vuelve a tumbarse junto a mí.

—Además, te voy a contar un secreto —dice, y yo pongo los ojos en blanco.

—Sí, ya sé lo que me vas a decir —me adelanto—. Que lo que importa no es el tamaño sino cómo se utilice y bla, bla, bla. Ya me sé el cuento, pero siempre me ha sonado un poco a excusa.

Él se ríe.

—Pues no lo es. Pero eso no es lo que te iba a decir.

—¿Entonces?

—¿Cómo de explícito puedo ser?

—Eh… —Trago saliva, sin saber muy bien qué decir—. ¿No lo sé?

—¿Te vas a asustar si te hablo claramente de lo que me gusta hacer con las pollas?

Al contrario: más bien me genera curiosidad. Aunque no sé si debería decírselo de esta forma.

—Creo que no —digo con cautela.

—Vale. Pues a ver, como alguien a quien le gusta que le metan pollas por el culo de vez en cuando, créeme cuando te digo que las grandes son un engorro.

Toda una serie de imágenes explotan en mi mente al mismo tiempo. Me imagino su culo desnudo, una polla entrando y saliendo de él. Mi propia polla se hincha con ansia, y entonces me imagino que es la mía, que se la estoy metiendo yo…

Pero no puedo pensar en esto ahora mismo.

—Ah —contesto, a falta de nada mejor que decir.

—Y sí, sé lo que estás pensando: «no es lo mismo meterla por delante que por detrás». Pero créeme cuando te digo que la mayoría de las personas con coño piensan igual.

—¿En serio?

—A ver, que tengo amigas y tal. Y amigos trans. Y a veces salen estos temas.

—Ah. ¿Y por qué es un engorro?

—En mi caso, porque primero hay que dilatar y esas cosas, y si es muy grande pues es más fácil que te duela, o que después aguantes menos o lo que sea. Yo diría que la tuya tiene el tamaño perfecto. Es tirando a grande pero sin pasarse, así que no me importaría meterme una así.

—Ah —repito, sin saber qué más decir. Diría que a mí tampoco me importaría metérsela, la verdad. Pero no puede haber sido una indirecta, ¿verdad?

Cuando me quiero dar cuenta, me estoy pajeando con fuerza, con el líquido preseminal deslizándose sobre mis dedos. A mi lado, Fran está haciendo justo lo mismo. Y no tardo en darme cuenta de algo: esto es lo más excitante que he hecho en toda mi vida.

—Mierda —dice tras un par de minutos—. ¿Tienes pañuelos?

—Espera.

Alcanzo el paquete que he dejado sobre la mesita de noche, saco dos y se los paso. Nuestros dedos se rozan al hacerlo, y eso me gusta de una forma que no comprendo bien.

Pero no tengo ocasión de detenerme en esto, porque Fran se corre de inmediato junto a mí, gimiendo sonoramente sin la menor vergüenza.

El sonido me excita todavía más de lo que ya estoy, y comienzo a mover la mano todavía más deprisa, jadeando sin control.

El momento se acerca; la excitación crece cada vez más.

Con la mano izquierda, saco los pañuelos restantes, los abro como puedo y los coloco los unos sobre los otros antes de rodearme la polla con ellos justo a tiempo. Comienzo a correrme a presión contra los pañuelos, soltando un prolongado gemido. Juraría que nunca antes me había corrido tanto.

Tardo unos minutos en recuperar el aliento.

—Joder, ya se han acabado los pañuelos —digo—. Mañana tenemos que acordarnos de coger más.

—¿No abriste el paquete ayer? —Asiento con la cabeza—. ¿Cómo cojones los has gastado tan pronto?

Trago saliva.

—Es que me corro mucho —admito—. Si no me pongo por lo menos tres o cuatro pañuelos, lo dejo todo perdido.

Prueba de ello es el semen que se está deslizando por mi polla, a pesar de los pañuelos.

—¿Qué dices? ¿En serio?

—Te lo juro… A veces me ha llegado hasta la cara. Me tocó aprender por las malas, siempre dejaba la almohada y la cama hechas un asco si no tenía cuidado.

No sé por qué le estoy contando todo esto, pero con Fran todo parece fluir de forma natural.

—Joder.

—En fin, por si acaso, tú recuérdame mañana que coja más.

Tal vez sea mucho suponer que mañana vayamos a repetir esto, pero se supone que no hay dos sin tres, ¿verdad?