20.
Volvemos al hotel cuando ya está anocheciendo. Tras darnos todos una ducha rápida para quitarnos la arena y el salitre de encima, bajamos a cenar. Ya nos hemos atiborrado demasiado en el desayuno y en la comida, así que la cena es mucho más ligera.
Después, vamos al mismo bar de ayer. Esta noche hay una pareja de magos en el escenario, pero el espectáculo es humorístico y todos los trucos salen absurdamente mal. Me río tanto que prácticamente me duele la boca.
La función acaba justo a medianoche. Subimos las escaleras para esquivar a los guiris que acaparan los ascensores y enseguida estamos frente a las habitaciones.
Tras darnos las buenas noches, entramos cada uno en la nuestra.
Mientras Fran cierra la puerta detrás de mí, sonrío al ver la cama, curioso por saber si hoy volveremos a hacer lo de ayer.
Solo de pensarlo siento que la sangre se dirige directamente hasta mi polla.
—Voy al baño —dice, y yo asiento con la cabeza.
Mientras espero a que salga, me quito la ropa y la dejo sobre una silla.
Antes no me preocupaba demasiado que Fran pudiera verme en bóxers, pero después de que me viera la polla el jueves y de que ayer nos hiciéramos una paja juntos, ahora me da exactamente igual.
Su mirada se dirige hacia mí cuando sale del baño, aunque hago como que no me doy cuenta mientras entro.
Cuando salgo, veo que ya se ha puesto el pijama, ha cerrado la persiana y se ha metido en la cama. Apago la luz con el interruptor que se encuentra junto a la puerta, a unos cuantos metros de la cama. Es como si me quedara ciego de repente.
—Fran, ¿me enciendes la linterna del móvil? —le pido—. No se ve una mierda.
—Voy.
Un instante después, la luz de su móvil me alumbra el camino. Trato de mirarle la cara, pero no puedo; la luz es demasiado cegadora en la oscuridad de la habitación. Camino hacia la cama y me meto entre las sábanas.
—Gracias, tío.
—De nada.
Deja el móvil sobre la mesita de noche mientras yo me coloco boca arriba, en mi postura habitual.
—Pues nada —digo, a falta de nada mejor.
—Pues nada.
—Ha sido un día largo, ¿eh?
—Ya ves —responde.
Estoy tratando de sacar conversación de donde no la hay, pero sigo esforzándome. Con un poco de suerte, también conseguiré sacar el tema que realmente me interesa.
—¿No te pasa a veces que, aunque estés reventado de todo el día, luego es como que te cuesta dormir?
—Eh… Sí, no sé. Supongo.
—Es como que has tenido el cuerpo tan activo durante el día que después te cuesta desconectar. ¿Sabes lo que te digo?
—Sí, sí. A mí también me pasa.
Aguardo en silencio durante unos instantes. Ahora es el momento perfecto, pero… ¿y si se niega? Trago saliva y decido lanzarme; por suerte, el alcohol que he tomado ayuda a soltarme un poco la lengua.
—Pues no sé —digo—, si te apetece que hoy también nos relajemos un poco antes de dormir…
—Sabes que no tienes que andarte con rodeos, ¿verdad? —me pregunta con voz burlona.—. Con que me digas que quieres machacártela me vale.
—A ver, que tampoco es eso…
—Marcos —dice, tomando el control de la situación—. Tío. Dime las cosas claras y ya está, que no pasa nada. ¿Quieres que nos hagamos una paja o no?
—Sí.
—Pues venga, vamos.
Por costumbre, cojo el móvil para poner algún vídeo.
—¿Quieres oírlo? —le pregunto, mirándolo.
—Sí —responde, aunque aparta la vista. ¿Es cosa mía o está nervioso?
—Si quieres verlo tú también…
—Tranquilo, no hace falta.
—Bueno, como quieras.
Pongo el vídeo y miro de reojo a Fran mientras se mete la mano dentro del pantalón.
Yo hago lo mismo, con la diferencia de que mis bóxers son mucho menos restrictivos.
Hay una tensión en el ambiente que no sé explicar; es como si el aire estuviera cargado y tan solo hiciera falta una chispa para que todo explotara.
Gracias a la luz de mi pantalla, puedo ver que ha cerrado los ojos. Entonces, bajo la mirada. Yo estoy a su izquierda y él se está masturbando con la mano derecha, lo que significa que, por primera vez, puedo verle la polla. Y es grande.
A ver, no es para tanto en comparación con la del vídeo que estoy viendo.
Pero siempre había oído que no tiene sentido compararse con los actores porno, que ellos siempre la tienen más grande de lo normal.
Sin embargo, ahora que veo la de Fran… En fin, si lo suyo es lo normal, la mía es más bien pequeña.
Sin poder evitarlo, comienzo a rayarme. Y, como no podría ser de otra manera, eso hace que empiece a perder la erección.
—Oye, Fran.
—¿Qué pasa?
—¿Podemos hablar un momento?
—Te juro que no hace falta que hablemos mientras nos hacemos una paja, Marcos.
Me río ante sus palabras, pero sigo hablando.
—Te quería preguntar una cosa.
—Joder. ¿Qué quieres ahora?
—A ver… es una tontería.
—Dímelo ya, anda.
Trago saliva antes de continuar.
—Tú eres gay, ¿verdad?
—Sí, soy gay. Pero tú tranquilo, que no te voy a tocar.
Aguardo unos instantes en silencio, pero de pronto se me escapan las palabras sin poder contenerlas.
—Pues qué pena.
—¿Perdón?
Mierda. ¿Por qué cojones le he dicho eso? Suelto una risita falsa para tratar de disimular y dejo el móvil sobre mi pecho.
—Tranqui, que es broma. Pero, a ver… Tú has estado con tíos y tal, ¿no?
—Eh… Sí, claro.
—Y has follado con tíos.
—Sí, Marcos —dice con un suspiro—. He follado con tíos.
—¿Con muchos?
—Unos cuantos. ¿A qué viene todo esto, Marcos?
—A ver… Es que no sé cómo decirlo.
Trato de encontrar las palabras apropiadas, pero estoy empezando a arrepentirme de haber iniciado la conversación. ¿Por qué no he podido quedarme calladito?
—Tú mejor no te lo pienses más y ve al grano, ¿vale? —dice, más amablemente que antes.
—¿Cómo sé si la tengo pequeña? —pregunto de sopetón.
—¿Qué?
—A ver, es que solo he visto pollas en el porno y tal.
O sea… pollas duras, me refiero. En los vestuarios no cuenta, obviamente.
Pero en el porno es como que todos los tíos la tienen enorme y tal, ¿no?
—Le devuelvo la mirada, obligándome a sonreír—.
No sé, yo veo la mía y pienso que es pequeña.
¿Cómo puedo saber si está bien de tamaño?
Fran tarda un instante a responder.
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
—Pues a ver, seguro que tú has visto un montón de pollas en la vida real, ¿no?
—Joder, que tampoco son tantas —me asegura.
—Sí, bueno, pero ya son más que yo.
—Pero a ver, de todos modos, yo solo te la he visto saliendo de la ducha y tal, y ni siquiera estabas empalmado. Y tampoco es que me haya fijado mucho, la verdad.
—Pero cuando me pillaste el otro día en casa…
—No me fijé. Además, estabas al otro lado del salón.
Supongo que tiene sentido.
—Ya, bueno. —Hago una pausa—. Pero había pensado que a lo mejor no te importaría…
En serio, ¿qué estoy haciendo?
—¿Me estás pidiendo que te mire la polla? —pregunta con evidente incredulidad. Me estoy poniendo rojo como un tomate.
—A ver, solo si tú quieres y tal.
Siento el revoloteo de los nervios en mi estómago mientras espero a que responda.
—Claro, no hay problema —contesta con cierta indiferencia.
—¿En serio? —le pregunto, sorprendido—. ¿De verdad no te importa?
—Que no, cojones. Venga, enséñamela.
Mierda.
—Es que… —Creo que me estoy poniendo todavía más rojo—. No sé, supongo que me he rallado un poco y tal.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
Suelto un suspiro.
—Pues a ver, es que me he puesto a pensar antes de preguntarte y todo eso y no sé, como que me he rallado. —Joder. ¿En serio me va a obligar a decirlo?—. Se me ha bajado.
—Ah.
—Y, bueno… Si ahora sé que me la vas a mirar, creo que me va a costar concentrarme.
—Ya, bueno, pero es que eres tú el que me ha pedido que se la mire. Si no quieres, no lo hago y ya está. A mí me da igual.
¿Puedo dejar de cagarla por un momento?
—A ver, que no es eso. Pero… —¿Me atreveré a pedírselo?—. No sé, ¿a lo mejor podrías enseñármela tú también? Para estar en igualdad de condiciones y tal.
De nuevo, tarda unos instantes en responder.
—Bueno.
—¿En serio?
—No hagas que me arrepienta.
—Vale. —Hago una pausa, tratando de asimilarlo—. ¿Quieres que encendamos la luz o…?
—Ni de coña. Como mucho usa la pantalla del móvil si quieres.
Hace apenas unos minutos que se la he visto, aunque tuve que hacerlo con disimulo. Sin embargo, ahora tengo su permiso. Giro la pantalla del móvil hacia él y lo observo mientras sigue masturbándose muy despacio. De nuevo, me invade una tentación que no acabo de comprender.
—Vale, confirmamos —respondo, algo abatido, y suelto un suspiro—. La tengo pequeña.
—¿Qué dices?
—A ver, es que comparada con la tuya…
Fran suelta una risita.
—La mía está un poco por encima de la media, creo.
—¿En serio?
—Sí, no sé… Tampoco es que me haya puesto a hacer encuestas por ahí. Pero, comparando con los tíos con los que he estado…
—Bueno, si tú lo dices…
—Venga, enséñamela —me pide—. Tú ya me la has visto a mí, así que es lo justo.
—Es que todavía no la tengo dura —le explico, completamente abochornado. Sí, me estoy arrepintiendo mucho de esto—. Y ahora mismo estoy un poco nervioso, la verdad.
—Bueno, en eso puedo ayudarte. Si tú quieres.
Trato de asimilar sus palabras. Entiendo lo que significan, pero me cuesta asociarlas con la realidad.
—¿Cómo?
—A ver, digamos que no se me da mal eso de poner las pollas duras —dice, y yo me río.
—No lo dudo, pero es que yo no soy gay.
—Ya, bueno. Pero puedo intentarlo. A ver, solo si tú quieres y tal.
Trago saliva y me planteo su propuesta. Nunca me han tocado la polla. Joder, nadie me ha tocado de una forma tan íntima, y mucho menos un chico. Pero la idea no podría resultarme más tentadora; es como si todo mi cuerpo respondiera ante ella.
El problema es que, si damos este paso, sé que ya no habrá vuelta atrás. Y, sin embargo…
—Vale.
No sé si quien lo ha dicho ha sido una parte racional de mi ser o una más primaria e instintiva, pero ya está hecho. He aceptado.
—Igual es mejor si cierras los ojos —me propone—. Si quieres, pon el vídeo para que puedas oírlo, pero quédate con los ojos cerrados y relájate.
—Vale.
Obediente, vuelvo a poner el vídeo en marcha, pero dejo el móvil sobre mi pecho y cierro los ojos. Respiro hondo, tratando de relajarme. Sin embargo, es difícil controlar mi respiración entrecortada, los latidos acelerados de mi corazón.
¿De verdad está a punto de pasar lo que parece que va a pasar?
—¿Puedo? —me pregunta, dejando una mano sobre mi muslo que me hace estremecer.
Me lo planteo un último instante. Lo de ayer fue íntimo, pero no fue nada que no hiciera en su día con mi mejor amigo. Ninguno de los dos tocó al otro; hasta podríamos olvidarlo, no volver a hacerlo y no hablar de ello jamás.
Pero esto… Esto podría cambiarlo todo, de formas que ni siquiera alcanzo a imaginar. ¿Estoy preparado para eso? ¿Estoy preparado para dar el paso, para cruzar ese umbral, aún sin saber lo que podría haber al otro lado?
—Sí —digo con voz ronca, con la extraña sensación de que es otro Marcos quien habla, un Marcos mucho más valiente que yo.
Contengo la respiración y me preparo para un momento que, presiento, podría cambiarme la vida para siempre.
Tan solo espero no arrepentirme.