19.
Despierto de repente, sin saber al principio dónde me encuentro. La luz de la luna que se cuela por la ventana ilumina la estancia, y así es como comprendo que estoy en el hotel. Miro a mi derecha, y ahí está él.
Fran. Durmiendo en posición fetal, abrazado a la almohada. Respira profundamente, y por lo que puedo ver de su cara en la penumbra, parece estar completamente en paz. Y tengo que reconocer que también está adorable.
Lo que me ha despertado son las ganas de ir al baño, así que me pongo en pie con cuidado de no hacer ruido ni movimientos bruscos que puedan molestarlo. Camino de puntillas y me giro para mirarlo desde la puerta; no parece que lo haya despertado.
Cuando vuelvo a la cama, de nuevo con todo el cuidado que puedo, permanezco inmóvil durante unos segundos, escuchando su respiración.
Todo apunta a que sigue dormido. Me doy cuenta de que mi mano se encuentra a solo unos centímetros de su rodilla.
Sin saber muy bien por qué, cubro la distancia que nos separa y rozo ligeramente su piel con las yemas de los dedos.
Aguardo de nuevo, pero Fran no se inmuta. Entonces, permito que mis dedos suban lentamente por su rodilla y los dejo allí. Por alguna razón, ese contacto me inspira paz, tranquilidad. Y el sueño sigue tratando de apoderarse de mí, así que cierro los ojos y me rindo a él.
La alarma de Fran me despierta a las nueve de la mañana, sacándome de las profundidades del sueño. Noto que estira los brazos a mi lado y se da la vuelta, y cuando abro los ojos veo que está apagando la alarma. Entonces vuelve a girarse para mirarme.
—Ey —lo saludo.
—Ey. —Se da cuenta al mismo tiempo que yo. Levantando las cejas, baja la mirada directamente hasta mi polla… que está todavía más despierta que yo. Estoy empalmadísimo y no me había dado ni cuenta—. ¿En serio?
—¿Qué pasa? —pregunto, fingiendo inocencia.
—Nos hemos hecho una paja hace literalmente unas horas. ¿Ya tienes ganas de nuevo?
Me río, aunque trato de controlar la vergüenza y no taparme. ¿De qué serviría? Fran ya me vio haciéndome una paja en el salón, y hace tan solo unas horas lo hicimos juntos. Ahora tan solo está viendo el bulto bajo los bóxers; comparado con lo demás, esto no es nada.
Aunque me molesta ligeramente, así que me coloco mejor la polla dentro de los calzoncillos para estar más cómodo. No sé ni cómo descifrar la expresión de Fran.
—¿Es que tú nunca te despiertas empalmado? —le pregunto.
—¿Quieres irte a la ducha tú primero para quitarte el calentón con agua fría? —me pregunta a su vez, con tono socarrón—. ¿O prefieres que vaya yo y así aprovechas para hacerte otra tranquilamente?
Me río de nuevo; me gusta esto. No es lo que esperaba de mi relación con Fran, pero me alegra que podamos tener un poco de confianza, aunque sea con cosas como estas.
—Nah, tranquilo. Prefiero reservarme para por la noche.
—¿Y eso? —pregunta con tono aburrido.
—Ya te he dicho que así duermo mejor después —respondo mientras me levanto de la cama—. Además, estas cosas son más interesantes por la noche, ¿no? Me voy a la ducha. ¿Te vienes?
—¿Qué? —pregunta con voz chillona.
Vale, tengo que reconocerlo: ha sonado fatal.
—Que si quieres ir a mear o algo.
—Ah —responde—. Sí, pero déjame entrar a mí primero, ¿vale? No tardo.
—Vale.
Lo observo mientras se mete en el cuarto de baño, con los pantalones del pijama ajustándose a sus nalgas. No me había dado cuenta de lo bonita que es la forma de su culo.
Espera. ¿Por qué cojones estoy pensando en su culo otra vez?
—¡Ve viniendo si quieres! —grita un minuto más tarde.
Cuando entro en el baño, lo veo secándose las manos.
—¿Qué haces todavía aquí? ¿Quieres ver cómo me desnudo o qué? —bromeo, y sus mejillas se tiñen de rojo al instante.
—¡No! Claro que no.
Me río mientras él sale corriendo del baño.
Al salir de la ducha, me doy cuenta de que no me he traído la ropa al baño.
Supongo que lo más lógico sería atarme la toalla alrededor de la cintura antes de salir, pero me está gustando esta confianza que está empezando a surgir entre Fran y yo.
Y, aunque a él le está costando un poco más soltarse, me he dado cuenta de que a él también le gusta.
Además, ¿a quién quiero engañar? Quiero ver su reacción.
Así pues, me trago la vergüenza una vez más y salgo del baño desnudo mientras me seco el pelo con la toalla. Veo por el rabillo del ojo que Fran me mira fijamente antes de apartar la mirada, aunque no hace ningún comentario.
—Ya puedes ducharte —digo mientras me acerco a la maleta—. Recuerda que tenemos que salir dentro de poco.
—Eh… sí —responde él, con voz vacilante.
Sigue tratando de no mirarme de una forma tan evidente que me cuesta contener las ganas de reír mientras me paseo delante de él. Y entonces, como si lo estuvieran persiguiendo, se apresura a esconderse en el baño. Apenas unos segundos más tarde, oigo el sonido del agua curriendo
Cuando sale del baño un cuarto de hora más tarde, juraría que se está esforzando activamente por rehuir mi mirada, como si se avergonzara de algo.
¿Será que ahora, a la luz del día y sin los efectos del alcohol en la sangre, se arrepiente de lo que hicimos ayer?
Si es así, sería una pena, pero tampoco es que hiciéramos nada grave, ¿verdad?
Me maldigo por esas palabras que le dije después.
Soy incapaz de quitarme esos pensamientos de la cabeza mientras nos reunimos con el resto de la familia y bajamos al restaurante para desayunar.
En cualquier caso, Natalia está acaparando la conversación mientras habla con Belén, así que puedo observar a Fran en silencio con todo el disimulo del que soy capaz.
Para cuando llega a la mesa, con dos platos repletos de comida del bufé libre, los demás ya hemos empezado a comer.
—¿Estás cansado, Marcos? —me pregunta papá, malinterpretando mi expresión.
Decido aprovechar la oportunidad para comprobar algo.
—Un poco —respondo, lanzándole una mirada significativa a Fran—. Me ha costado un poco dormir porque la cama de Fran estaba cerca de la mía y no dejaba de roncar, pero es lo que hay.
Él me mira con los ojos como platos, pero yo desvío la vista. Aguardo en silencio mientras los demás se ríen. Si Fran quisiera cambiar algo con respecto a nuestro alojamiento, le he dado la oportunidad perfecta para decirlo.
—No será para tanto —replica papá, sonriendo.
—Anda, Fran, no te enfades —dice Belén al verle la cara—. Si todo el mundo ronca.
Le lanzo otra mirada y levanto las cejas, retándolo a decir algo. Que no se diga que no se lo he puesto a huevo.
—Ya, bueno —responde al fin—. Tampoco es que Marcos roncara poco, precisamente.
Trato de contener una sonrisa. Genial: no ha dicho nada, a pesar de que se lo he puesto en bandeja, y eso solo puede significar una cosa.
Es posible que él también tenga pensamientos conflictivos sobre lo que hicimos anoche, pero no se arrepiente; al menos, no del todo.
Tal vez hasta tenga ganas de que vuelva a ocurrir esta noche, y supongo que con un poco de suerte, dentro de unas horas lo averiguaré.
La idea no me desagrada en absoluto, la verdad.
Después del desayuno, vamos a una playa que hay cerca del hotel, a apenas veinte minutos a pie.
Fran se queda un poco rezagado, y por un momento me planteo la posibilidad de quedarme atrás con él, pero al final no lo hago.
Me apetece estar con él, pero no sabría de qué hablarle, y parece que quiere estar solo.
Mis sospechas quedan confirmadas cuando todos nos vamos a bañar menos él, que se pasa la mañana leyendo debajo de la sombrilla.
No puedo evitar preguntarme una vez más si estará rallado por lo de anoche, si se habrá arrepentido.
Pero estando con nuestra familia no puedo sacar el tema, así que tomo nota mentalmente para hacerlo en cuanto nos quedemos solos en algún momento.
La oportunidad se presenta a la hora de la comida, cuando Fran va al baño antes de sentarse en el restaurante italiano que hemos escogido.
—Creo que voy a ir al baño yo también —digo, y me levanto para seguirlo.
Al entrar, veo que se encuentra en uno de los dos únicos urinarios; el cubículo está fuera de servicio. Me coloco a su lado; no miro, pero me sorprendo al oír que está orinando. Comienzo a hacerlo yo también.
—Parece que vas aprendiendo —señalo.
Mala idea. Mis palabras hacen que se le corte el chorro.
—¡Tío! —grita—. ¿Qué haces?
—¿Qué pasa? Yo también tenía que mear.
—Joder, ¿no podías hacerlo en el mar como todo el mundo?
Me río al oírlo mientras sigo orinando. Por su parte, él se pega al urinario, como para evitar que lo vea.
—Tranquilo, que no tardo.
—Te podías haber esperado a que terminara —se queja—. O me lo hubieras dicho y entrabas tú primero.
Ha llegado el momento de sacar el tema.
—¿En serio, Fran? —susurro—. ¿Anoche nos hacemos una paja juntos y ahora no puedes ni mear a mi lado?
—Joder, tío. Cállate, que nos pueden oír.
—A ver, que estamos solos. —Termino de orinar y lo miro de reojo—. Todavía no has terminado, ¿no?
—No —admite mientras voy a lavarme las manos, claramente avergonzado.
—¿Te espero fuera?
—Me da igual.
—Vale, pues te espero fuera. —Y tal vez este sea el momento de tratar de ganarme su confianza—. Tú tranquilo, que no voy a dejar que entre nadie.
Salgo del baño sin esperar respuesta. Podría volver a la mesa, pero no lo hago. Pienso cumplir mi palabra.
Dos minutos más tarde, Fran sale por la puerta.
—¿Todo bien?
Él asiente con la cabeza, claramente avergonzado, y no me mira mientras volvemos a la mesa. Ya nos han traído las bebidas, y tengo que contener la risa al ver que se bebe su Coca-Cola de un trago.
—Bueno —dice papá cuando el camarero se aleja después de tomarnos nota—. ¿Hacemos un brindis?
Todos lo hacemos con una sonrisa, incluido Fran.
Me alegra ver que se está suavizando al estar con nosotros, aunque supongo que ahora que estamos en Canarias, sería imposible que no lo hiciera.
Durante la comida, él también participa en la conversación, algo que últimamente está empezando a ser más habitual.
Hasta toma la iniciativa de dirigirse hacia mí varias veces, cosa que me sorprende y me alegra al mismo tiempo.
Con un poco de suerte, para cuando terminen estas vacaciones nos habremos olvidado de toda esta hostilidad.
Después de la comida, regresamos a la zona de la playa. Estamos todos demasiado llenos como para bañarnos de inmediato y Belén nos advierte sobre los cortes de digestión, así que colocamos las sombrillas y las toallas para descansar un rato disfrutando del calorcillo y la brisa marina.
Observo a Fran de reojo mientras se tumba boca abajo y saca los auriculares de la mochila. Tras elegir la música, coloca la mochila a modo de almohada y cierra los ojos.
Miro a mi alrededor. Natalia se ha alejado un poco de las sombrillas para tomar el sol, mientras que papá y Belén se han tumbado al otro lado de Fran y parecen estar dispuestos a dormir también.
Sin nadie que pueda darse cuenta, vuelvo a mirar a Fran.
Su piel no es pálida exactamente, pero es mucho más clara que la mía, de un tono que parece refulgir con la claridad de la playa.
Me fijo en la curva entre su cuello y sus hombros, en esa espalda que no es especialmente ancha, pero tampoco demasiado estrecha.
Me doy cuenta de que su torso sube y baja ligeramente; debe de haberse quedado ya dormido.
Lo recorro con la mirada y acabo inevitablemente en sus nalgas, que tensan el tejido de su bañador.
Tienen algo hipnótico, algo que me atrae.
Me pregunto cómo será acariciarlas, cómo será tocarlas.
Y cuando quiero darme cuenta me estoy empalmando, así que dirijo la mirada hacia su cabeza.
Su pelo del color de la arena está revuelto por la brisa, pero le queda bien.
Y su cara está en calma, como siempre que lo veo dormir.
No me importaría verlo así más a menudo, la verdad.
Suelto un suspiro. He dormido tan bien esta noche que no tengo ganas de echarme una siesta, y además, sé que luego me costaría dormir si lo hiciera.
Así pues, me pongo en pie y me dirijo hacia la orilla.
Una vez allí, miro hacia ambos lados, pero no sé qué extremo de la playa estará más cerca.
Echo a caminar hacia la izquierda por elegir un lado cualquiera, dejando que las olas acaricien mis pies.
Y, mientras camino, pienso.
Pienso en muchas cosas. En los exámenes, que no están demasiado lejos. En Carlos y Laura, y las ganas que tengo de quedar con ellos cuando volvamos del viaje. Pienso en lo bien que está yendo todo, a pesar de que todo apuntaba a lo contrario en el aeropuerto.
Y, por supuesto, pienso en Fran.
En lo que hicimos ayer. En esta extraña complicidad que parece estar empezando a surgir entre nosotros, tal vez precisamente por lo de ayer.
Pero no. En realidad, todo esto empezó antes.
¿Cuándo fue exactamente? Antes de la boda no, eso está claro.
Estoy completamente seguro de que ese día todavía se levantó odiándome con la fuerza de mil soles.
Pero las cosas comenzaron a cambiar esa misma noche.
Sí, supongo que fue entonces cuando empezó a surgir la complicidad.
Y al día siguiente fue cuando comenzamos a dejar que uno de los dos entrara en el baño mientras el otro se duchaba; puede que sea una tontería, pero creo que hay algo íntimo en el hecho de compartir baño con alguien.
Porque esa es la palabra: íntimo. Está empezando a haber cierta intimidad entre Fran y yo, y tengo que admitir que me gusta.
No sé si se arrepiente de lo que pasó, pero desde luego tampoco me ha demostrado lo contrario, así que supongo que eso debe de significar algo.
Con un poco de suerte, esta noche volveremos a compartir esa nueva intimidad.
Regreso con los demás una hora y media después de haberme marchado, aunque casi todos están durmiendo todavía. La única despierta es Natalia, que ya se ha refugiado bajo la sombrilla y está viendo tiktoks.
—¿Te estabas bañando? —me pregunta.
—No, pero iba a ir ahora. ¿Te vienes?
—Vale —responde, poniéndose en pie—. ¡El último es un huevo podrido!
Y sale disparada hacia la orilla. Yo suelto una carcajada y echo a correr tras ella, pero es demasiado rápida y, encima, ha salido con ventaja. La alcanzo en el agua y forcejeamos un poco entre las olas, hasta que al final los dos caemos entre risas con un buen salpicón.
En momentos como este, la vida no podría ser más perfecta.