18.
—Pues nada —digo tras cerrar la puerta—. Aquí estamos.
—Aquí estamos.
—Voy al baño —añado, y Fran asiente con la cabeza.
Todavía me siento ligeramente mareado por los efectos del alcohol. Al mirarme al espejo del cuarto de baño, me doy cuenta de que me cuesta un poco mantenerme completamente erguido. Me lavo la cara con agua fría, tratando de despejarme un poco.
Cuando salgo del baño, Fran entra con su neceser, y me doy cuenta de que ya se ha puesto el pijama.
Mientras él termina, yo me acerco a la ventana y miro al exterior.
La luz de la luna brilla sobre la piscina, iluminando el agua de tonos plateados, y su visión me hipnotiza durante unos minutos.
Entonces, me aparto de allí y empiezo a dar vueltas por la habitación, esperando a que salga Fran.
—¿Pasa algo? —me pregunta al verme.
—¿Qué lado prefieres? —le pregunto yo.
Él parpadea dos veces.
—¿Qué?
—De la cama —explico mientras la señalo—. ¿En qué lado quieres dormir?
Fran parece dudar un instante.
—Me da igual —responde—. ¿Tú?
—Me da igual —repito. Pero entonces miro al lado izquierdo, donde Fran ya ha estado durmiendo hoy—: ¿Te parece si me quedo yo con este? Como ya has dormido en el otro lado…
Yo siempre duermo boca arriba, así que no me afecta demasiado.
—Sin problema —contesta, aunque no parece muy convencido.
—¿Seguro?
—No lo sé —responde.
Contengo las ganas de sonreír.
—Pues aclárate.
—Nada, da igual —dice—. Quédate tú con ese lado, no pasa nada.
—Vale —respondo, y entonces comienzo a quitarme la ropa para meterme en la cama.
Fran se me queda mirando, con los ojos como platos, aunque se apresura a apartar la mirada. Yo me quedo en calzoncillos, aparto las sábanas de mi lado y me subo a la cama.
—Eh… ¿Qué haces? —pregunta.
—Pues meterme en la cama —frunzo el ceño, extrañado—, ¿qué quieres que haga?
—¿Sin pijama?
—Es que yo duermo así —respondo despacio; pensaba que sería evidente.
—A ver, que yo también. Pero no sé, como estos días vamos a dormir juntos y tal…
—Pues yo no me he traído ninguno, así que esto es lo que hay.
Él suspira y parece debatirse consigo mismo unos instantes.
—Voy un momento al baño —dice.
—¿Otra vez? —pregunto, alzando una ceja.
—Por si acaso, es que he bebido mucho en el bar y tal. Odio tener que levantarme para mear en mitad de la noche.
Me encojo de hombros y lo observo mientras se marcha. Cuando se encierra en el cuarto de baño, miro su lado de la cama y siento un cosquilleo cálido en la tripa… una sensación agradable que desciende hacia donde no debería.
Mi mente evoca el recuerdo de la erección de Fran de hace apenas unas horas, justo al lado de donde me encuentro ahora mismo.
Recuerdo lo que ha pasado casi todas las noches en la casa nueva, cómo nos pajeábamos al mismo tiempo, él en esa habitación prohibida, yo en la mía.
Él me escuchaba, yo lo escuchaba. Pero, a excepción de ese primer día y de su bronca de ayer en el aeropuerto, no hemos hablado al respecto.
Ahora nos toca compartir cama, cuando resulta que a los dos nos gusta hacer exactamente lo mismo antes de dormir.
¿Será eso lo que ha ido a hacer al cuarto de baño?
Por alguna razón, esa idea me hace empalmarme.
Creo que voy a tener que ir al baño yo también, aunque igual sería mejor esperar a que Fran se duerma.
Para distraerme un poco, cojo el móvil, contesto un par de mensajes en el grupo con Laura y Carlos, y me pongo a ver reels absurdos, tratando de pensar en otras cosas.
Con un poco de suerte, se me pasará el calentón y podré esperar a mañana por la mañana, cuando me duche antes de ir a desayunar.
Cuando Fran sale del baño, me lanza una mirada de soslayo que yo finjo no ver antes de acercarse a su mochila para sacar el cargador.
Lo miro de reojo mientras enchufa el móvil junto a su lado de la cama y lo deja sobre la mesita de noche.
Entonces, me apresuro a desviar la vista cuando vuelve a mirarme.
—Yo quería irme a dormir ya —dice con timidez—. ¿Te parece bien si apago la luz, o…?
—Sí, claro. Te estaba esperando.
—¿Qué?
Bajo el móvil para mirarlo, levantando una ceja.
—No iba a poder dormir mientras estuvieras dando vueltas por la habitación, así que estaba esperando con el móvil a que tú también te acostaras.
—Ah. Vale. Pues la apago ya.
Todavía tímido, se mete entre las sábanas.
Se mueve un poco para acomodarse, hasta que acaba tumbado de costado, con la cara vuelta hacia mí.
Vale, esto sí que no me lo esperaba… Si siempre duerme de esta forma, a lo mejor habría sido mejor que él ocupara mi sitio, para que se quedara mirando a la habitación y no a mí.
Pero sería raro pedirle que nos cambiemos ahora, así que no digo nada y cierro los ojos.
Permanezco en silencio mientras trato de vaciar mi mente de pensamientos.
Sin embargo, no puedo. Soy demasiado consciente de la presencia de Fran a mi lado, del sonido de su respiración, de la ligera calidez que emana de su cuerpo.
Como siempre que intentas evitar algo, mi mente se llena de la imagen de él empalmado hace unas horas y, sin poder evitarlo, comienzo a empalmarme yo también.
El problema es que Fran está a mi lado. ¿Habrá cerrado ya los ojos, o estará viendo cómo crece mi polla dentro de los calzoncillos?
¿Sería demasiado cantoso que me fuera ahora al cuarto de baño?
No, no puedo. Como mínimo, tengo que esperar hasta que se duerma.
El problema es que esto des demasiado frustrante.
—Joder —se me escapa en forma de susurro.
—¿Qué pasa?
En otras circunstancias, tal vez me habría contenido, pero el alcohol me suelta la lengua más de lo que esperaba.
—Que tenemos que dormir juntos, eso pasa.
Casi puedo sentir la oleada de furia que invade su cuerpo.
—Créeme, a mí me jode tanto como a ti —dice con la voz llena de un odio venenoso—. Pero no te preocupes, que solo vas a tener que aguantarme cinco días.
—¿Pero qué dices? Si no es por eso.
—¿Entonces? —pregunta, confuso.
—Nada, da igual —respondo con timidez, maldiciéndome por no haber controlado mejor la lengua—. Déjalo.
—Los cojones. Ahora me lo dices.
Suelto un suspiro de resignación. Y entonces, con un empujón más del alcohol…
—Joder, pues que por tu culpa no voy a poder ni hacerme una triste paja hasta que volvamos a casa.
Él tarda unos instantes en responder; está claro que esto no es lo que esperaba. Abro los ojos en la oscuridad, pero no soy capaz de girar la cabeza hacia él.
—A ver, que por mí no te cortes.
Su respuesta es justo lo que quería oír, pero también lo último que esperaba. Me quedo unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.
—¿Qué dices? —pregunto, con una risa nerviosa. Juraría que Fran se encoge de hombros a mi lado.
—A ver, tampoco sería la primera vez que te veo haciéndote una paja, ¿no?
Me vuelvo a reír, tratando de disimular la vergüenza.
—También es verdad.
—Entonces, ¿vas a hacerlo?
Me lo pienso durante unos segundos. Pero tengo demasiadas ganas, así que…
—A ver, si de verdad a ti no te importa…
—¿En serio no puedes aguantar sin hacerte una? —me pregunta.
—A ver, si tampoco es que esté cachondo ni nada, pero es que ya es un poco la costumbre, ¿sabes? En plan para dormir mejor y tal. —Mentira no es—. Después de correrme, siempre me quedo mucho más relajado y tardo menos en dormirme.
Nunca había hablado de forma tan explícita con nadie, pero con Fran me siento extrañamente cómodo, y las copas ayudan.
—Marcos, te prometo que no hace falta que me des tantos detalles sobre tus pajas —responde, aunque juraría que solo está fingiendo desinterés.
—Lo siento. —Espero a ver si añade algo más, aunque no lo hace—. Pero, entonces… ¿de verdad te parece bien?
—Bueno, vale —dice—. Pero dejamos la luz apagada, ¿va?
—Va.
—Y no te pongas a gemir y esas cosas, ¿vale?
Me río sin poder evitarlo. Después, bajo la mirada y, a pesar de la penumbra, me parece ver un bulto delator entre sus calzoncillos.
—Oye, ¿y tú qué? —le pregunto.
—¿Yo qué?
—A ver, que yo también te oigo por las noches.
—¿Qué dices?
Alzo las cejas, aunque no pueda verlo.
—¿Te creías que eras supersilencioso o qué? Sé que tú tampoco sabes dormir sin tu paja de buenas noches.
—Vete a la mierda —responde, aunque más bien parece estar intentando contener la risa.
—Entonces, ¿qué? —pregunto mientras me meto la mano dentro de los bóxers y la cierro alrededor de mi polla—. ¿Te apuntas tú también?
Comienzo a acariciarme mientras espero a que responda. Sé que va a poder ver el movimiento a pesar de la oscuridad, pero no me importa.
—Sí.
Al fin, me bajo los bóxers, dejando al aire mi erección palpitante.
Por su parte, Fran se pone boca arriba y se baja los pantalones del pijama y los calzoncillos.
Lo miro de reojo mientras lleva la mano hasta su polla, pero es difícil distinguir detalles en la penumbra.
Lo que sí veo es cómo desliza la mano de arriba abajo, despacio, y a juzgar por lo poco que veo, su tamaño debe de ser parecido al mío, si no mayor. Me invade una extraña tentación.
No es la primera vez que hago algo parecido. En el instituto, pasé con mi amigo Andrés esos años en los que las hormonas te dominan por completo, y como solíamos dormir juntos los fines de semana, rara era la noche que no acabáramos viendo porno.
Pero esto es diferente. Puede que Andrés fuera mi mejor amigo, pero, por alguna razón, compartir esto con Fran tiene algo que no sé muy bien cómo definir, aunque me gusta.
Aunque también me resulta más difícil concentrarme.
—¿Te importa si… veo algún vídeo? —le pregunto con timidez; me imagino que el porno que me gusta a mí no tendrá nada que ver con el que le gusta a él.
—Eh… No. Como quieras.
—Gracias.
Me giro para coger el móvil, los AirPods y un paquete de pañuelos de la mesita de noche, y cuando vuelvo a colocarme boca arriba, me doy cuenta de que Fran me está mirando. Sonrío y le lanzo los pañuelos.
—Toma.
—Gracias. —Saca un par, y entonces me mira mientras abro la funda de los auriculares—. ¿Y si… no te los pones?
—¿En serio?
—Es que tengo el móvil sin batería. Así puedo oír algo.
—Bueno… sin problema. ¿Quieres verlo?
—No, gracias —responde a toda prisa—. Me parece que no tenemos los mismos gustos.
Algo que aprendí después de alejarme de Andrés es que el porno que veía era horrible, denigrante incluso. A mí me gusta más el casero, cuando se ve la complicidad entre la pareja y no usan a la mujer como a un objeto. Elijo uno de mis vídeos favoritos y lo pongo a pantalla completa.
En el vídeo, aparece una chica despertando a su novio con una mamada.
Por supuesto, en esa clase de situaciones siempre tiendo a imaginarme que yo soy el chico.
Pero hoy todo es diferente, y es que tengo a Fran a mi lado.
Fran, a quien precisamente le gustan los chicos.
Y, sin poder evitarlo, comienzo a preguntarme lo que pasaría si nosotros fuéramos los del vídeo.
Estamos cerca. Muy cerca; tan solo tendríamos que movernos ligeramente para tocarnos.
Pero sé que esto es todo lo cerca que podemos estar.
Jamás viviremos lo que estoy viendo en el vídeo.
Jamás sabré lo que se siente teniendo su boca alrededor de mi polla.
Pero eso no significa que no pueda imaginármelo, y siento la respiración cada vez más acelerada mientras trato sin éxito de contener los gemidos.
A mi lado, Fran se estremece mientras gimotea suavemente.
El sonido de su placer me pone la piel de gallina, y mi respiración se acelera todavía más.
Me cuesta controlar los sonidos que escapan por mi boca y, a mi lado, Fran también jadea cada vez más fuerte.
La cama tiembla bajo nosotros. Al fin, sin poder contenerme, suelto un largo gemido mientras me corro sobre los pañuelos que he dejado preparados.
Los densos chorros de semen salen disparados con la potencia habitual y, mientras termino, oigo a Fran corriéndose también junto a mí.
Entonces nos quedamos sumidos en un tenso silencio, roto solo por el sonido de nuestra respiración volviendo lentamente a su estado habitual.
Trato de asimilar lo que acaba de ocurrir.
¿De verdad hemos hecho lo que hemos hecho?
Si no tuviera el pañuelo empapado de semen sobre mi tripa, si no lo estuviera escuchando a él a mi lado, casi pensaría que me lo he imaginado.
De pronto, me invade un pánico que ya creía olvidado.
Era el miedo que siempre sentía con Andrés, el terror profundo al pensar que alguien pudiera llegar a enterarse de lo que habíamos hecho.
Sin poder evitarlo, pronuncio las palabras que él siempre decía entonces, olvidando el escozor que me provocaban.
—Ni una palabra de esto a nadie, ¿eh? —digo con la voz ronca.
—Tranquilo —responde, volviendo a su tono borde habitual—. Prefiero pegarme un tiro en los cojones antes que contárselo a alguien.
Quiero pedirle perdón, decirle que no me arrepiento de lo que hemos hecho, pero no soy capaz. Es como si una represión que ya había olvidado hubiera resurgido por completo. Y la odio.
En silencio, nos limpiamos y tiramos los pañuelos al suelo. Volvemos a ponernos la ropa y me acomodo sobre la almohada.
—Buenas noches —digo.
—Buenas noches.
Cierro los ojos y, como era de esperar, la relajación posterior a la eyaculación y el cansancio del día se unen para provocar una oleada de sueño que me invade por completo.
Trato de mantenerme despierto, de esperar un poco más para ver si Fran se duerme primero, pero no lo consigo; la oscuridad se apodera poco a poco de mi cuerpo.
Mientras me dejo caer, escucho la respiración profunda de Fran junto a mí y pienso en lo que acabamos de hacer.
No sé qué leches está pasando aquí, pero tengo que admitirlo: me gusta.