El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 17. #2
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Sin embargo, la imagen de Fran en la cama no deja de aparecer en mi mente.

Sé muy bien lo que hace por las noches; exactamente lo mismo que yo.

Y esta noche resulta que nos toca compartir cama, lo que significa que vamos a tener que romper con nuestra rutina habitual.

Pero… ¿seremos capaces de hacerlo? A juzgar por lo que acabo de ver, y a juzgar por el abultamiento que estoy sintiendo en la polla solo de pensar en ello, creo que va a ser difícil.

Supongo que tendremos que recurrir al baño.

De hecho, ahora que lo pienso, tal vez sea eso lo que Fran esté haciendo en este preciso momento; tendría sentido después de lo que he visto.

Aunque tendría que hacerlo a toda prisa, así que lo más probable es que él también vaya a esperar hasta que sea de noche.

Una noche que podría ponerse muy interesante.

La cena resulta mucho más agradable que la comida.

El ambiente está mucho más relajado y hasta Fran parece haber dejado atrás el mal humor con el que hemos llegado al hotel.

Apenas hablamos entre nosotros, pero tampoco hace falta.

Al menos ya no tengo la sensación de que cualquier comentario vaya a terminar convirtiéndose en una discusión.

Y la comida ayuda bastante.

El bufé parece no acabarse nunca. Voy picando un poco de aquí y un poco de allá hasta que, cuando me quiero dar cuenta, apenas puedo moverme de todo lo que he comido. Papá se ríe al verme rechazar el postre.

—¿No decías que todavía te cabía?

—Hace cinco minutos.

—¿Y tú, Fran? —le pregunta Belén.

—Qué va. Voy a reventar.

Ella sonríe mientras niega con la cabeza.

—Siempre te pasa lo mismo.

Cuando terminamos, vamos todos al bar del hotel.

Ya hay bastante gente sentada en las mesas, pero encontramos una cerca del fondo desde la que se ve perfectamente el escenario.

Pedimos unas cuantas copas y un refresco para Natalia, y apenas tenemos que esperar unos minutos hasta que salen los músicos.

Son dos hombres y dos mujeres, que se presentan en inglés y anuncian que van a hacer versiones de canciones conocidas.

Me da la impresión de que va a ser el típico espectáculo chustero para turistas al que nadie presta demasiada atención, pero resulta que los cuatro cantan sorprendentemente bien y logran conectar de maravilla con el público.

Pronto, casi todo el bar está siguiendo el ritmo con las palmas o tarareando los estribillos. Incluso nosotros.

Conforme avanza la noche, me doy cuenta de que me lo estoy pasando mucho mejor de lo que esperaba, y hasta Fran parece sorprendentemente desinhibido.

Supongo que también ayuda que nos hayamos tomado unas copas.

Me habría apetecido pedir alguna más, pero papá y Belén nos han dejado claro que tres era el límite.

Cuando el grupo anuncia la última canción, miro el reloj por pura curiosidad. Las doce: se me han pasado dos horas volando. Los músicos se despiden entre aplausos y nosotros recogemos nuestras cosas. Como los ascensores están llenos de turistas esperando turno, decidimos subir por las escaleras.

Y es entonces cuando me acuerdo. Hasta ahora, había conseguido olvidarme del tema.

Pero ya no hay canciones, ni conversación, ni nada que distraiga mi cabeza.

Solo queda volver a la habitación. A nuestra habitación.

Noto un extraño cosquilleo de nerviosismo en el estómago mientras subimos los escalones.

No es que me incomode compartir habitación con Fran.

Después de todo, solo son cinco noches. El problema es todo lo demás.

Incluso aunque dejáramos aparte los encontronazos que hemos tenido, los dos sabemos perfectamente lo que hacemos cuando llega la noche, separados solo por una pared.

Pero hoy no habrá ninguna pared entre nosotros; ni siquiera vamos a poder dormir en camas separadas.

No tengo ni idea de cómo vamos a manejar una situación así, sobre todo cuando ya ha habido varias erecciones durante el día por parte de los dos.

Pensaba que Fran habría aprovechado para aliviarse cuando estuvo solo en la habitación, pero lo que he visto después de bañarme indica todo lo contrario.

Por si fuera poco, el alcohol siempre acaba poniéndome algo cachondo, y hoy no es una excepción.

Ya estoy medio empalmado mientras camino por el pasillo, y tengo que tirarme disimuladamente del pantalón para que no se me note.

¿Nos quedaremos con las ganas? ¿Esperaremos en vano a que el otro se duerma? ¿Tendremos que turnarnos para ir al baño y después hacer como si nada? Cuanto más lo pienso, peor idea me parece todo esto de compartir habitación, pero no nos queda otra.

Le echo un vistazo a Fran mientras camina hacia nuestra puerta; me doy cuenta de que se le marcan mucho las nalgas con los pantalones de chándal que tiene puestos.

Lleva las manos metidas en los bolsillos y la vista fija al frente.

No necesito conocerlo demasiado para darme cuenta de que él tampoco está especialmente cómodo.

Supongo que él también estará tenso, aunque no sé si sus razones son las mismas que las mías.

Cuando abre, entro en la habitación detrás de él y cierro la puerta, como una barrera contra el resto del mundo.

Me siento como si se me fuera a salir el corazón por la garganta.