17.
Esta vez se nos da mejor todavía, así que volvemos a ganar sin problemas. Mientras salimos del agua me doy cuenta de que, contra todo pronóstico, llevaba mucho tiempo sin pasármelo tan bien. Pero, de pronto, recuerdo la conversación de esta mañana en el aeropuerto y mi buen humor se agria un poco.
Por supuesto, ver el cuerpo de Fran tampoco ayuda.
Mientras nos duchamos, no puedo evitar echarle vistazos disimulados.
Es la primera vez que lo veo sin ropa, a excepción del otro día, cuando se estaba afeitando sin camiseta, y me cuesta no compararme con él.
A diferencia de mí, él es delgado y esbelto; tiene el típico cuerpo de proporciones perfectas que yo jamás he tenido.
Su tripa es plana; todo lo contrario a la mía.
Su pecho es plano pero ligeramente definido, al contrario que el mío, que casi parece como si tuviera tetas.
No es musculoso, pero sus brazos están bien formados.
Tiene un vello ligero y rubio que casi parece invisible, no como yo, que parezco un mono.
Me pregunto cómo será tocar esa piel suave.
Y el pelo… No me había fijado en lo bonito que es su pelo.
Por suerte, no tardamos en volver a las hamacas. Fran llega el primero, y enseguida se sienta en la mía y empieza a secarse.
—Esa es mi hamaca —señalo, más borde de lo que pretendía.
—Perdón —responde, levantándose a toda prisa.
—Creo que hay hamacas libres allí, al otro lado —le dice Belén—. ¿Por qué no te traes una para ti?
—Marcos, ayúdale a traerla —me pide papá, así que asiento con la cabeza. Qué remedio…
Caminamos juntos hacia donde ha señalado Belén. De nuevo, la tensión en el aire es evidente.
—Oye, Marcos. ¿Podemos hablar? —me pregunta de repente.
De pronto, me espero lo peor.
—¿Qué pasa ahora?
—Es sobre lo de la habitación, la cama y tal.
—¿Quieres que duerma yo en el suelo o qué? —pregunto, recordando la idea absurda que se me pasó antes por la cabeza—. Porque paso muy fuerte.
—Que no, joder. Es solo que… —Suelta un resoplido y respira hondo antes de continuar—. A ver, esta mañana te hablé mal y no te lo merecías. Había dormido fatal y estaba muerto de sueño y agobiado por el viaje, y… En fin, que lo pagué contigo.
—Ya, bueno. —Lo miro con gesto hosco—. Tampoco sería la primera vez.
—Lo siento, ¿vale?
Y, aunque me gustaría seguir siendo seco, tampoco puedo hacerlo si me está pidiendo perdón.
—Bueno. Vale.
Él suspira y sigue hablando.
—Sigo pensando que habría que establecer unos límites con ciertas cosas. Pero, en fin, ahora vamos a estar cinco días compartiendo habitación…
—Y cama —añado, torciendo el gesto.
—Y cama. Pero a nuestros padres les hace mucha ilusión este viaje, y no estaría bien que se lo jodamos.
Vale, no tengo argumentos contra eso.
—Eso es verdad.
—Entonces, pues a ver, yo creo que lo mejor será que tratemos de llevarnos bien, ¿no? Por el bien de todos.
Frunzo el ceño mientras, sin saber qué responder. Aunque… ¿a quién pretendo engañar? En realidad, lo estoy deseando.
Sonrío ligeramente y le tiendo la mano.
—Supongo que tienes razón. ¿Tregua?
Fran me da la mano, sonriendo también.
—Tregua.
Justo antes estaba pensando en tocar su piel, y ahora puedo hacerlo. Es suave y cálida; agradable. Fran baja la mirada, así que le miro la cara, y me doy cuenta por primera vez de que tiene unas pecas prácticamente imperceptibles en las mejillas y la nariz.
Entonces, sus mejillas pálidas enrojecen ligeramente y me suelta la mano de inmediato antes de agacharse para coger una hamaca.
—Venga, ayúdame a llevarla —me pide.
Y eso es lo que hago. Cojo uno de los extremos y él el otro, y levantamos la hamaca. Echo a caminar hacia donde está el resto de la familia, con Fran delante de mí. Cuando llegamos, se apresura a tumbarse boca abajo como si le fuera la vida en ello.
Nos quedamos aquí hasta que el sol comienza a bajar hacia el horizonte, lo que hace que la temperatura descienda unos pocos grados; ya debemos de estar por debajo de veinte.
Todavía es pronto para cenar, así que nuestros padres nos llevan a dar una vuelta por el hotel.
Después, volvemos a las habitaciones y quedamos en vernos dentro de una hora para bajar a cenar.
—¿Te quieres duchar tú primero? —me pregunta Fran.
—¿Seguro? ¿No te importa?
—No, qué va. Así me echo un rato.
—Vale.
No deja de asombrarme lo mucho que duerme este tío. Ya ha dormido en el avión, en la guagua, después de comer, y hace un rato en las hamacas. ¿De verdad tiene ganas de seguir durmiendo? Tiene que ser un récord y todo.
Me acerco a mi maleta para sacar la ropa que quiero ponerme después. Cuando le echo un vistazo a Fran antes de entrar en el cuarto de baño, me doy cuenta de que ya está dormido. Verlo me genera una especie de ternura extraña que no sé cómo explicar.
Sé que le vendrá bien descansar, sobre todo porque nuestros padres nos han propuesto ir a ver un espectáculo que harán en el hotel después de cenar, lo que significa que nos vamos a acostar tarde.
Ahora que lo pienso, a mí también me vendría bien una siestecita, aunque ya me eché una antes en las hamacas.
Pero entonces me doy cuenta de que el cuarto de baño tiene bañera y una bombilla se ilumina dentro de mi cabeza.
Tras asegurarme de colocar el tapón, abro el grifo de la bañera y lo voy regulando hasta que el agua sale calentita.
Después, cojo el móvil y programo una alarma para dentro de media hora; así, Fran tendrá tiempo para ducharse después.
Salgo a la habitación para ir a por mi ropa, la dejo en el bidé y me desnudo.
Por último, pongo algo de música bajito en el móvil, lo coloco sobre la ropa y entro en la bañera.
En la casa de antes no teníamos bañera, así que muy pocas veces en mi vida he tenido ocasión de darme un baño caliente.
En la casa nueva sí que tenemos, pero aún no ha habido ocasión.
El agua caliente es como un abrazo que envuelve todo mi cuerpo.
Es una caricia que, poco a poco, va aligerando la tensión de mis músculos y aliviando el dolor que siento en la espalda debido a las malas posturas.
Comienzo a enjabonarme el cuerpo, viendo cómo el gel se transforma en espuma que comienza a arremolinarse por la bañera. Cuando termino, apoyo la cabeza contra la pared de azulejos y cierro los ojos, disfrutando de las sensaciones. No recordaba lo agradable que era esto.
En casa siempre me ducho. Es más rápido, más cómodo y, sobre todo, gasta mucha menos agua.
Pero aquí no tengo ninguna prisa y he decidido darme el capricho.
No hay trabajos que entregar, ni clases al día siguiente, ni una alarma sonando a las siete de la mañana.
Solo el suave chapoteo del agua cada vez que muevo un poco una pierna o un brazo y el calor que poco a poco va aflojando la tensión acumulada en mis hombros.
Respiro hondo; ha sido un día raro. No malo, para nada.
Solo... raro. Pensaba que las vacaciones iban a empezar de una forma completamente distinta.
Tras la reconciliación con Fran, me hacía ilusión la idea de viajar con él, pero después de la discusión de esta mañana en el aeropuerto…
En fin, la situación no ha sido la más cómoda del mundo.
Y, sin embargo, al final hemos conseguido llegar a una tregua. La pregunta es si sabremos mantenerla.
Abro los ojos y observo cómo la espuma se desplaza lentamente por la superficie del agua.
La imagen de Fran bostezando durante la comida me viene a la cabeza sin pedir permiso.
Estaba muy cansado, y no me extraña: lleva varios días durmiendo fatal con los nervios del examen. Pero al final lo aprobó, y me alegro.
Sonrío casi sin darme cuenta. Ojalá a partir de ahora podamos empezar de cero. No hace falta que nos convirtamos en mejores amigos de la noche a la mañana; sé que eso es un sueño imposible. Me conformo con que desaparezca la hostilidad entre nosotros; con eso ya sería suficiente.
Por ahora.
El sonido de la alarma me despierta media hora más tarde.
No hay tiempo que perder, así que quito el tapón y me pongo en pie.
El agua ya se ha enfriado y estoy temblando un poco, así que pongo la ducha en marcha y dejo que el agua caliente caiga sobre mí durante un par de minutos.
Después, me apresuro a secarme, me visto y salgo a la habitación.
Fran sigue dormido, exactamente igual que antes. Sin embargo, una parte de su cuerpo no está dormida del todo. El bañador que lleva es ligeramente elástico, y eso me permite ver que está empalmado. Muy empalmado. Sin poder evitarlo, suelto una carcajada que lo despierta de golpe.
—¿Qué pasa?
Se frota los ojos antes de darse cuenta de lo que ocurre y se tapa con un cojín a toda prisa, como si no lo hubiera visto ya todo.
—Ya veo que estabas soñando cosas bonitas —le digo, riendo.
Él enrojece y me lanza otro cojín.
—Gilipollas —dice, y eso me hace reír aún más—. ¿Has terminado ya en la ducha o qué?
No puedo desaprovechar la oportunidad de meterme con él un poco más, así que…
—¿Qué pasa? ¿Quieres entrar a solucionar tu problemilla o qué?
—Ja, ja. ¿Has terminado o no?
—Sí, Fran, ya he terminado. De hecho, me he dado un baño caliente y todo —le cuento—. Ya te habías dormido antes de que entrara, así que me dio pena despertarte tan pronto y he aprovechado. Pero no tardes demasiado, que ya son más de las ocho.
Su erección debe de haber remitido ya, porque deja el cojín a un lado y se acerca a sacar ropa limpia de la maleta antes de ir hacia el cuarto de baño.
Sin poder evitarlo, miro la forma de sus nalgas que se tensan contra el tejido del bañador, recordando lo que he visto hace solo unos minutos.
Esa sensación cálida en mi estómago que ya empieza a resultarme familiar vuelve a hacer acto de presencia.
No tengo nada mejor que hacer, así que me tumbo en la cama y saco el móvil para poner al día de todo a Laura y Carlos y charlar un rato con ellos hasta que sea la hora de salir.