16.
La tensión continúa durante la comida. Tanto papá como Belén se esfuerzan por sacarnos conversación, pero ni Fran ni yo estamos muy por la labor que digamos.
Por suerte, Natalia habla lo suficiente por todos, así que no tarda en comenzar un interrogatorio pormenorizado de todo lo que han hecho nuestros padres durante estos días en la isla.
Estamos tomando los postres cuando Fran suelta un prolongado bostezo. Si no fuera un imbécil conmigo, hasta me parecería tierno.
—¿Por qué no te vas a echar una siesta? —le propone su madre—. Aunque sea un par de horitas, así descansas un poco.
—Sí —acepta él, lanzándome una mirada de reojo—. Buena idea.
—¿Vosotros queréis dormir también? —nos pregunta papá a Natalia y a mí.
—No —me apresuro a responder; sé que a Fran y a mí nos vendrá bien estar un buen rato separados—. Yo estoy bien.
—Yo quiero ir a la piscina —añade Natalia, y me dan ganas de abrazarla por haber ideado el plan perfecto.
—Pues venga —dice Belén, sonriente—. Nos vamos a la piscina.
—¿Seguro que no quieres venirte? —le pregunta papá a Fran, y yo lo maldigo un poco por dentro.
—Segurísimo. Ya iré luego si eso.
Así pues, salimos del comedor y nos dividimos: Fran se marcha en dirección a los ascensores, y los demás salimos a la parte trasera del hotel. El sol me ciega casi de inmediato; parece mentira que estemos a finales de octubre.
La zona de la piscina está bastante más animada de lo que esperaba.
Hay niños corriendo de un lado a otro, gente tomando el sol con los ojos cerrados o leyendo algún libro, y parejas que charlan tranquilamente con los pies metidos en el agua.
Por un momento temo que no quede ni una hamaca libre, pero, tras recorrer la mitad de la zona de la piscina, encontramos un grupo de cuatro juntas.
—Perfecto —dice papá—. Estas mismas.
Miro a mi alrededor en busca de una quinta hamaca libre para cuando baje Fran, pero enseguida recuerdo que me odia, así que no tengo por qué buscarle nada.
Belén abre el enorme bolso de playa que se ha traído y empieza a sacar cosas como si fuera el bolsillo de Doraemon.
—A ver…, la crema, la crema… Ah, aquí está. —Levanta un bote de protector solar con gesto triunfal—. Señorita, tú primero.
—Venga ya… —protesta Natalia.
—Nada de «venga ya». Que luego te quemas y no vas a poder bañarte durante el resto del viaje.
—Si tampoco pega tan fuerte, que ya casi es noviembre.
—Pero estamos en Canarias y son las dos de la tarde —insiste Belén—. Hay que tener cuidado.
Papá y yo intercambiamos una sonrisa divertida. Al final, mi hermana se resigna y se queda sentada en el borde de la hamaca mientras Belén empieza a extenderle crema por los hombros. Después, me toca a mí. No creo que estemos ni a veinticinco grados, pero sé que no me va a servir de nada quejarme.
—Gracias —le digo cuando termina.
—De nada, cariño —responde con una sonrisa. Después, mira a papá—: No te creas que tú te vas a librar, caballero.
Al igual que yo, es lo bastante listo como para no protestar. Cuando terminan de aplicarse la crema el uno al otro, se ponen en pie.
—Venga, vamos a bañarnos —dice papá. No necesito que me lo repitan dos veces.
El agua de la piscina está fría al entrar, pero el cuerpo se acostumbra enseguida. Natalia empieza a salpicarme antes incluso de que el agua empiece a cubrirme la cintura.
—¡Oye!
—¡Es para darte la bienvenida!
—Pues gracias.
Le devuelvo el salpicón con bastante más fuerza, y ella termina gritándole a papá para que haga de árbitro. Él, por supuesto, decide que la mejor forma de mediar es salpicarnos a los dos mientras Belén trata de huir.
Pasamos un buen rato sin hacer gran cosa, solo nadar de un lado a otro de la piscina, salpicarnos entre bromas y charlar de cosas intrascendentes. Belén no tarda en salir de la piscina; dice que prefiere quedarse leyendo bajo una sombrilla.
El tiempo transcurre casi sin darme cuenta.
En un momento dado, me sujeto con los brazos al bordillo de la piscina y me quedo mirando el cielo casi despejado.
La verdad es que necesitaba una tarde tranquila.
Sin discusiones. Sin silencios incómodos.
Sin preocuparme constantemente por si Fran y yo vamos a acabar discutiendo.
Y, como si lo hubiera invocado, ahí está. Fran. Ya ha bajado.
Se encuentra en la zona de hamacas, con Belén.
Hablan durante unos segundos y, entonces, Fran se quita la camiseta y se va directamente a la zona de las duchas.
Su piel pálida refleja la luz, y su pelo casi parece de oro bajo el sol de la tarde.
Solo pasa unos segundos bajo el agua de la ducha, y entonces camina directamente hacia la escalerilla.
—¿Vamos hacia allá? —sugiero a papá y Natalia, que no parecen haberse fijado en él—. Esta zona se está llenando mucho.
—Sí, mejor —responde él, y nos alejamos hacia la zona más honda. Con suerte, así al menos tendremos unos cuantos minutos más sin él.
Aunque no demasiados, porque no tarda mucho en encontrarnos.
—¡Hola! —lo saluda papá—. ¿Has dormido bien?
—Sí, gracias. Muy bien.
—Fran, ¿quieres jugar a la pelota con nosotros? —le pregunta Natalia.
—Uf… No sé yo —responde él, y no se me escapa el vistazo rápido que me lanza.
—Venga, anda —insiste ella—. Ahora ya somos cuatro, así que podríamos jugar dos contra dos.
Fran abre la boca para responder, pero en ese momento aparece su madre, nadando hacia nosotros. Se acerca a papá y se dan un beso rápido.
—Yo me salgo ya —dice él—. Así me quedo vigilando las cosas.
—Belén, ¿juegas con nosotros? —le pide Natalia a Belén—. Chicas contra chicos.
—Me parece genial.
Fran y yo nos miramos, y me doy cuenta de que el oro de su pelo es casi cegador. Está claro que ninguno de los dos estamos demasiado por la labor, pero tampoco queremos decepcionarlas.
—Bueno… vale —responde.
El juego no podría ser más básico. Estamos en la zona más estrecha de la piscina, con cada equipo ocupando un lado. Se supone que tenemos que pasarnos la pelota sin que el equipo contrario nos la quite y marcar gol, y acordamos que ganará el equipo que llegue primero a los diez goles.
Por supuesto, Fran y yo somos un cuadro. No hablamos ni nos miramos en ningún momento, así que, como era de esperar, jugamos de pena. Cuando las chicas consiguen marcar diez goles, nosotros solo llevamos uno.
—Sois malísimos —se ríe Natalia—. ¿Queréis la revancha?
—No hace falta —digo a toda prisa; prefiero ahorrarme más humillaciones.
—Venga, va, no seas aburrido.
Suelto un resoplido.
—¿Tú quieres? —le pregunto a Fran, que se encoge de hombros.
—Me da igual.
—A mí también —respondo antes de mirar a las chicas—. Pero es verdad que nos han dado una buena paliza…
Juraría que sus labios se crispan. ¿Ha estado a punto de sonreír?
—Bueno, vale —acepta—. Una ronda más y ya está.
Esta vez nos compenetramos un poco mejor. Seguimos sin hablar, pero al menos nos miramos y tratamos de coordinarnos y pasarnos la pelota. Al final logramos ganar por los pelos; diez goles contra los nueve de las chicas.
—Eso no vale, que antes os hemos dado una paliza —protesta Natalia—. ¿Hacemos una ronda más para desempatar?
Fran y yo nos miramos y ponemos los ojos en blanco al mismo tiempo. Entonces, rompemos a reír, y siento una calidez extraña en la tripa al oírlo.
—¿Las machacamos una vez más? —le propongo, todavía sonriendo.
—Venga, va. Pero ya la última.