15. #2
La maleta de mi hermana es la primera en llegar, y la mía hace acto de presencia poco después.
Los minutos siguen pasando, pero la de Fran no aparece.
Me entran ganas de marcharme con Natalia y dejarlo solo; nuestros padres tienen que estar ya fuera, esperándonos, y prefiero estar con ellos antes que con él.
Pero no quiero fastidiarlo todo aún más, de modo que me quedo junto a ella y esperamos con paciencia hasta que, por fin, llega la maleta.
Natalia y yo vamos corriendo a abrazar a papá.
Lo he echado de menos, la verdad. Después, cuando Belén y Fran terminan de saludarse, ella se acerca para abrazarnos, como si también fuéramos sus hijos.
Siempre nos trata así, y jamás tendré palabras para expresar cuánto se lo agradezco.
Cada vez que me abraza, cada vez que noto el ligero aroma de su perfume mientras me rodea con los brazos, me siento como si volviera a tener madre.
—¿Está muy lejos el hotel? —pregunto.
—Un poco, hay que ir en guagua —responde mi padre.
—¿En qué? —dice Natalia, extrañada.
—En autobús —le explica Belén, sonriente—. Aquí lo llaman así.
—Pues suena mejor que autobús.
Cuando llega la guagua, Fran se sienta a toda prisa junto a Belén.
Teniendo en cuenta que ella y Natalia están muy unidas, supongo que querrá evitar que mi hermana le quite el sitio.
Ella, por su parte, no pierde la ocasión y se sienta justo al otro lado del pasillo, con mi padre al otro lado.
Yo dudo un instante, pero entonces me siento detrás de ellos.
—Marcos, ¿prefieres sentarte en mi sitio? —me pregunta Belén, con esa sonrisa luminosa que tiene—. Así puedes ir con Fran.
—No, gracias —respondo mucho más borde de lo que esperaba; la idea de sentarme con Fran no podría apetecerme menos—. Prefiero estar solo.
—¿Y a este que le pasa ahora? —pregunta papá, y me lanza un vistazo antes de mirar a Fran.
Ninguno de los dos contestamos.
—Creo que se han peleado —dice Natalia—. Han estado los dos rarísimos desde que hemos subido al avión.
—Métete en tus asuntos, niñata —replico.
—No le hables así a tu hermana —me reprende papá—. Tengamos el viaje en paz.
—Que sí.
Por suerte, el trayecto no se alarga demasiado. Tras unos veinte minutos por carretera, siempre al lado de la costa, llegamos hasta un bonito hotel con las paredes azules y blancas. Fran tiene cara de sueño al bajar; debe de haberse quedado dormido.
Como nuestros padres han tenido su propia habitación estos días y van a seguir ahí, Fran, Natalia y yo somos los únicos que tenemos que registrarnos. Tras comprobar nuestros DNI, la recepcionista deja tres tarjetas sobre el mostrador, delante de nosotros.
—Esta es la tuya, la 209 —le dice a Natalia, que coge su tarjeta. Entonces nos mira a Fran y a mí, y es como si el mundo se detuviera de repente—. Y estas son para ustedes. La 208.
Tardo un segundo en asimilar sus palabras.
Ustedes… O sea, nosotros. Fran y yo. La 208. La misma habitación para los dos.
Él me mira de reojo, pero no dice nada. La recepcionista parece confusa al vernos, completamente inmóviles.
—Muchas gracias —dice papá tras unos segundos, cogiendo las tarjetas.
—A ustedes. Que disfruten de la estancia.
Eso me hace despertar.
—¿Dónde está la otra habitación? —pregunto.
—¿Qué otra habitación? —replica papá.
—Pues eso. Falta una.
—No falta ninguna —me explica—. Fran y tú vais a dormir en la 208.
—Ni de coña —respondemos los dos al mismo tiempo.
—¿Os creéis que somos ricos para que cada uno tenga su habitación o qué? —dice él, enfadado.
—¿Hay algún problema con la reserva? —pregunta la mujer, sin saber dónde meterse—. Porque el hotel está completo, y…
—No, no —le asegura Belén—. Está todo bien.
—No pienso dormir con Fran —insisto.
—Pues es lo que toca —dice papá.
—Puedo dormir con Natalia —sugiero a la desesperada.
—Tú flipas —replica ella.
—Natalia tiene una habitación individual porque es una chica —replica papá, cada vez más enfadado—. Y, como vosotros dos sois chicos, os toca compartir la doble. A lo mejor así aprendéis a comportaros como hermanos.
—¡Que no somos hermanos! —gritamos al unísono.
—No quiero más discusiones —dice Belén, enfadada pero también triste—. No nos pongáis esto más difícil, por favor. Este viaje es para pasarlo bien todos juntos, no para discutir.
Le tiembla la voz en la última palabra, y eso me hace sentir como el culo. A juzgar por la expresión de Fran, él debe de estar más o menos igual. No volvemos a protestar y seguimos a nuestros padres hacia el ascensor. El silencio es como algo denso en el aire mientras subimos.
Al bajar del ascensor, papá señala la habitación 207.
—Esta es nuestra habitación —dice, todavía enfadado—. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde estamos.
—Dejad vuestras cosas en las habitaciones, y si queréis, podéis cambiaros de ropa o asearos un poco después del viaje —sugiere Belén—. Nos vemos aquí mismo dentro de cinco minutos para bajar a comer, ¿vale?
—Vale —responde Natalia mientras se acerca a su habitación, al lado de la de nuestros padres.
—Portaos bien, anda —nos pide papá. Me da una de las tarjetas, y después le tiende la otra a Fran.
Voy hasta la habitación, que se encuentra justo enfrente de la de nuestros padres, y acerco la tarjeta al pomo de la puerta para desbloquearla. Cuando entro, meto la tarjeta en la ranura para activar las luces… y me quedo de piedra.
Una cama.
Tan solo hay una cama.
Una cama de matrimonio para Fran y para mí.
No me lo puedo creer.
—Estás de puta coña —murmura detrás de mí.
Al mirarlo, veo que parece tan incrédulo como yo.
—¿Vamos a quejarnos? —sugiero.
Se encoge de hombros.
—¿Tú crees que servirá de algo?
—No —admito con resignación—. ¿Y tú?
—No. —Hace una mueca antes de continuar—: Además, la recepcionista ha dicho que el hotel está completo.
—Joder.
—Joder.
Entonces, Fran suelta un suspiro y se sienta en el borde de la cama.
Recorre la habitación con la mirada, y yo hago lo mismo.
Pero, por supuesto, no hay más camas. Ni siquiera hay sofá; a unas malas, no me importaría dormir en él si a cambio puedo estar solo.
Me planteo brevemente la idea de coger unas toallas y montarme un campamento en el suelo, pero aprecio demasiado mi espalda.
En otras circunstancias, supongo que no me habría importado compartir cama con él. Joder, después de lo que oí anoche, hasta me habría provocado curiosidad la idea. Pero, después de nuestra conversación en el aeropuerto…; en fin, decir que va a ser incómodo sería quedarme muy corto.
Y, aun así, tengo que admitir que también me siento un poco nervioso por razones que no alcanzo a comprender.