El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 15.
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El despertador suena a las siete de la mañana, como todos los días, pero hoy la razón es mucho mejor que la habitual. Suelto un prolongado bostezo y me estiro bien antes de ponerme en pie.

Cuando me acerco al cuarto de baño, la puerta cerrada y el sonido de la ducha en el interior me indican que Fran está dentro. Pero nuestros padres nos han pedido un taxi para las siete y media y no hay tiempo que perder, así que llamo a la puerta.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—¿Puedo entrar a mear?

—Pasa, anda.

—Gracias.

No tardo ni dos minutos desde que entro por la puerta hasta que salgo.

A continuación, voy a la cocina para desayunar.

No hay tiempo para preparar café de verdad, así que cojo el café soluble que suele tomar Fran.

Queda poco, así que compruebo en la despensa que todavía hay otro bote.

Pero entonces oigo que se abre la puerta del baño, así que me apresuro a prepararme una taza y me la tomo a toda prisa.

Al entrar en el cuarto de baño para ducharme tan solo nos queda un cuarto de hora para tener que salir, y sé que probablemente tendría que haberme levantado más temprano, pero la idea de poner el despertador antes de las siete me horrorizaba.

Me esfuerzo por ducharme y prepararme en tiempo récord; no podemos perder el taxi si queremos llegar a tiempo.

Cuando falta un minuto para las siete y media, nos reunimos los tres en la entrada para marcharnos.

—¿Preparados? —pregunto al llamar al ascensor, sonriendo.

—Con sueño, pero sí —responde Natalia, con voz adormilada.

Fran no contesta; supongo que tendrá demasiado sueño.

Dentro del taxi, ocupo mi lugar ya habitual en medio de los dos.

Me da la impresión de que Fran trata de apartarse de mí, tal como hizo la noche de la boda…

¿será por lo de anoche? Si soñó conmigo, supongo que es normal que se sienta incómodo.

En cualquier caso, no dice nada; tan solo se pone los auriculares y cierra los ojos, con la cabeza contra la ventanilla.

Trato de contener una sonrisa al mirarlo de reojo; verlo así me inspira cierta ternura.

Una vez en el aeropuerto, pasamos los controles sin ningún problema y buscamos nuestra puerta de embarque. Debe de ser buena fecha para volar, porque no hay demasiada gente por aquí y el proceso no se alarga demasiado. Todavía faltan cuarenta minutos para embarcar cuando llegamos a la puerta.

—¿Queréis venir a ver las tiendas? —sugiere Natalia—. Hay un montón.

—Id vosotros —dice Fran—. Yo os espero aquí.

—Mejor me quedo con Fran, pero vete tú si quieres —respondo mientras él se aleja hacia los asientos.—. Pero no te alejes mucho y vuelve aquí en un cuarto de hora como mucho, ¿vale?

—Que sí, pesado.

Mientras, Fran ya se ha sentado en la zona de espera. Debe de notarlo cuando me siento a su lado, porque abre los ojos y me mira. Trato de encontrar algo que decir.

—Mola viajar, ¿verdad?

Mi sonría flaquea un poco ante su expresión malhumorada.

—Si tú lo dices.

Vuelve a cerrar los ojos, pero eso no significa que no pueda seguir intentándolo.

—A ver, los controles, las esperas y tal son un coñazo, pero el resto mola. —Hago una pausa antes de bromear—: Además, seguro que el viaje se nos pasa volando. ¿Lo pillas? ¿Volando?

Me da la impresión de que sus labios se crispan, pero no llega a sonreír. Yo sí lo hago, pero cuando abre los ojos y me fulmina con la mirada, mi sonrisa termina de desvanecerse.

—¿Te pasa algo? —lo tanteo.

—Quiero hablar contigo.

Arqueo las cejas, confuso.

—Eh… Vale. ¿Qué pasa?

—Mira, Marcos. Creo que hemos empezado mal.

Sigo confuso, pero entonces asimilo sus palabras y vuelvo a sonreír. Por supuesto, está preocupado por su comportamiento previo al examen.

—No pasa nada —le aseguro—. Ya te has disculpado por lo del otro día, así que tú no te rayes, ¿vale? Está olvidado.

—No me refiero a eso —replica—. Me refiero a todo lo demás.

—¿Todo lo demás? —Frunzo el ceño—. ¿El qué?

—Joder, Marcos, ¿tú qué crees? Esas confianzas que nunca hemos tenido y no tenemos por qué tener.

Tus pajas en el salón, o tus pajas por la noche sin molestarte en tratar de no hacer ruido.

Que entres para mear siempre que estoy duchándome o afeitándome o lo que sea.

Que vengas a mi habitación cuando estoy yo tranquilito con mis cosas.

Que te acabes el puto café justo cuando tenemos que madrugar y me muero del puto sueño.

Sus palabras me dejan helado; es como si me hubiera pegado un puñetazo en el estómago sin previo aviso.

Y duele. Mucho más de lo que habría esperado.

—Había más en la despensa —susurro.

—¿Qué?

—Había más café en la despensa —le explico—. Lo miré antes de gastarlo, pero entonces oí que salías del baño y se me olvidó guardar el bote nuevo antes de irme a la ducha. Lo siento.

Él enrojece de forma visible, pero su expresión se endurece.

—Lo del café es lo de menos, Marcos. ¿Qué pasa con todo lo demás? También te he dicho más cosas.

Hago recuento de toda la sarta de cosas que me ha soltado de repente. Las pajas, aunque él también se las hace cuando nos vamos a dormir. Entrar en el baño cuando él está. Pasarme por su habitación, aunque tan solo lo he hecho una vez que recuerde.

—Pensaba que… —Enrojezco al pensar en lo de ayer—. A ver, lo del salón estuvo mal, es verdad. Y te prometo que voy a tratar de no hacer ruido con… lo otro. Pero, con lo demás… No sé, se supone que ahora somos hermanos, ¿no? No me parecen cosas tan raras entre hermanos.

Fran parece exasperado.

—Pero vamos a ver, Marcos, que no somos hermanos. Joder, si ni siquiera somos amigos. Y nunca lo seremos, ni una cosa ni la otra. Métetelo en la cabeza de una puta vez.

De nuevo, sus palabras son como un golpe inesperado. Y esta vez me ha dolido de verdad, tanto, que ya ni siquiera tengo ganas de seguir hablando.

—Tranquilo —respondo—. Ya no te voy a molestar más, ni cuando estés en la ducha ni en ningún sitio. Y no te preocupes, que cuando volvamos a casa moveré mi cama al otro lado de la habitación para que no tengas que oír absolutamente nada.

Saco los AirPods del bolsillo, me los pongo y aparto la mirada.

Me doy cuenta demasiado tarde de que no he puesto música, pero al menos la cancelación de ruido bloquea el sonido ambiental…

y, con suerte, cualquier otra palabra que pueda dirigirme Fran.

Ahora mismo, lo último que me apetece es escuchar su voz.

Un rato después, llega Natalia. Me quito un auricular al ver que se acerca, y enseguida comienza a parlotear y a enseñarme la revista que se ha comprado para el viaje, y también unas cuantas cosas para desayunar en el avión.

—¿Vosotros no queréis nada?

—No, tranquila.

—¿Y Fran querrá algo? ¿Está dormido?

—No lo sé. Pero mejor no le molestes, que está de mala hostia.

Ella suelta un suspiro.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—A lo mejor si intentas hablar con él… —susurra.

—Paso —respondo sin molestarme en bajar la voz; si Fran me oye y le molesta, me da exactamente igual—. Y no te metas.

—Joder, vaya humos.

Me siento mal por haberle hablado así, pero no digo nada.

Al cabo de unos minutos comienza el embarque y nos ponemos en cola. Por suerte, somos de los primeros, así que no tardamos demasiado en entrar.

—¿Dónde os queréis sentar? —pregunta Natalia cuando entramos en el avión, claramente con el objetivo de evitar más tensión—. En el coche siempre me gusta mirar por la ventanilla, pero aquí me da un poco de miedo.

—¿Quieres sentarte tú junto a la ventanilla? —me pregunta Fran, extrañamente cordial de repente.

—No, gracias —respondo sin mirarlo—. Yo me sentaré en el lado del pasillo, y que Natalia se siente en medio.

Él se encoge de hombros y ocupa el asiento de la ventanilla. Natalia le echa un vistazo, y entonces se sienta junto a él, dejándome a mí el lado del pasillo. Una ventaja de esto es que puedo estirar más las piernas, así que no me voy a quejar.

Aguardo en silencio mientras embarca el resto de la gente, y después, observo a las azafatas mientras hacen las típicas explicaciones de seguridad. Poco después, el avión sale a pista y, por fin, despegamos y emprendemos el vuelo.

Aterrizamos a las once y media de Canarias, con todo el día por delante. Le echo un vistazo a Fran, pero su actitud no parece haber cambiado y yo tampoco tengo ganas de ser amable con él después de lo que me ha dicho, así que la cosa sigue estando un poco tensa mientras desembarcamos.

—¿He roncado? —me pregunta Natalia, que se ha pasado casi todo el vuelo durmiendo.

—No —respondo simplemente.

—¿Seguro? ¿Fran?

—No.

—Parece que hace buen día, ¿verdad?

—Ya —asiento.

—Hace calorcito y todo.

—Sí —decimos Fran y yo casi a la vez, los dos igual de serios.

—Joder, sí que tenéis ganas de vacaciones —se queja Natalia al ver lo poco habladores que estamos.

Cuando llegamos a la zona de recogida de equipajes, vemos que los baños se encuentran justo delante de nosotros.

—Voy al baño —dice Fran, y se aleja mientras respondemos.

—Yo también —se suma Natalia.

—Y yo —añado; no he ido desde por la mañana.

Fran parece molesto, pero, sinceramente, que se joda.

—Sigue igual, ¿eh? —me susurra mi hermana.

—Que no te metas.

—Borde.

—Enana.

—Imbécil.

—Pero me quieres.

—Qué va.

Al entrar en el baño, veo a Fran encerrándose en uno de los cubículos vacíos; hoy ha tenido suerte.

Por mi parte, yo voy directamente a los urinarios.

Estoy lavándome las manos cuando sale y se coloca a mi lado.

Lo miro a través del espejo, pero, antes de que pueda mirarme él también, me doy la vuelta y me marcho.

No digo nada cuando lo veo salir del baño; simplemente me quedo mirando las pantallas para buscar nuestra cinta. Cuando Natalia se une a nosotros, vamos hacia allá los tres juntos.