14.
Tal como esperaba, mis piernas y las de Fran se rozan constantemente. Él lleva un pantalón largo de pijama, pero el mío es corto, y doy gracias a la oscuridad del salón por ocultar las veces que se me pone la carne de gallina por el roce.
Y eso no es lo único. Los dos tenemos la mirada clavada en la pantalla, así que, inevitablemente, nuestras manos se rozan alguna que otra vez cuando vamos a coger palomitas. Me da la impresión de que eso pone nervioso a Fran, pero supongo que tiene que ser cosa de mi imaginación.
En un momento dado se tira ligeramente del pijama, pero trato de no pensar cosas raras. Lo más probable es que simplemente esté recolocándose mejor los calzoncillos o algo así. El problema es que pensar en calzoncillos hace que me ponga a pensar en lo que hay debajo de ellos, y entonces…
Basta, Marcos. Deja de pensar en sus calzoncillos. Y en su polla. No te interesa su polla, igual que tampoco te interesa su culo.
En cualquier caso, y a pesar de estos nervios extraños, me siento cómodo con él.
Desde luego, mucho más cómodo que en cualquier momento anterior juntos; no tengo más que recordar la llegada a casa en el coche de papá.
Lo observo de reojo, preguntándome si él también se sentirá cómodo.
Desde luego, no veo en él esa incomodidad habitual cada vez que nos tocaba compartir espacio, así que supongo que tenemos que estar haciendo progresos.
¿Es posible que se esté acostumbrando a mí?
En cualquier caso, las palomitas se acaban mucho antes de lo que me gustaría, poniendo fin a los roces. Poco después, suena el timbre que anuncia la llegada de las pizzas.
—Ya voy yo —se ofrece Fran.
Mientras se marcha, aprovecho para estirar un poco los brazos y las piernas; no me había dado cuenta, pero estaba un poco tenso.
Tengo curiosidad por saber lo que hará Fran si me pego más a él, si rehuirá de mí al igual que hacía el otro día en el coche, así que me muevo un poco más hacia la derecha de forma disimulada.
Cuando vuelve con las pizzas, deja las cajas sobre la mesa y se sienta de nuevo.
Nuestras piernas se rozan, tal como esperaba, pero no dice nada.
Es buena señal, ¿verdad? Si le molestara, trataría de apartarse, o me pediría a mí que lo hiciera, pero no hace ninguna de las dos cosas.
Simplemente se inclina hacia delante, abre la caja de su pizza y comienza a comer.
A mi izquierda, Natalia hace lo mismo, y los deliciosos aromas que emanan de la comida hace que me gruña el estómago.
Lo de los roces con Fran ha estado bien, pero comer dándonos codazos entre los tres por estar inclinados sobre la mesa no me apetece demasiado, de modo que cojo la caja de la pizza y la dejo sobre mis piernas antes de comerme la primera porción.
—Joder, está buenísima —comenta Fran cuando ya lleva casi la mitad—. Tenemos que pedir más a esta pizzería.
—Ya ves —respondo.
—A lo mejor podríamos convencer a papá y Belén para que sea tradición —sugiere Natalia, que va un poco más despacio que nosotros pero ya se ha zampado un tercio entero.
Tras eso, ya no hablamos mucho más. Cuando Fran termina de comer, suelta un largo suspiro de satisfacción y vuelve a acomodarse junto a mí, más cómodo de lo que nunca lo había notado conmigo. Y me gusta esto, al igual que me gusta sentir el roce de su brazo, la presión de su pierna contra la mía.
Lo que pasa es que no acabo de tener muy claro por qué me gusta.
Fran y yo no somos hermanos, obviamente, y tampoco somos amigos.
No puedo decir que seamos desconocidos; no con el pasado en común que compartimos en el instituto.
Pero estamos muy lejos de ser amigos, así que, ¿a qué se deben estas ganas de estar con él, esta comodidad a su lado, estas sensaciones agradables cada vez que nuestros cuerpos se rozan?
Suelto un suspiro. Supongo que necesito un amigo, alguien con quien tener esa complicidad que perdí hace años.
No puedo decir que eche de menos a mis amigos del instituto; sé que hice bien en alejarme de ellos, por mucho que doliera quedarme solo.
Carlos y Laura son geniales, pero supongo que son demasiado nuevos en mi vida; a fin de cuentas, no empezamos a hablar hasta principios de año. Todavía me cuesta abrirme con ellos.
Fran, por su parte, ha sido una presencia mucho más constante en mi vida.
Sé que compartimos muchos gustos en común, aunque él todavía parezca reacio a abrirse conmigo.
Hasta vivimos en la misma casa y, por si fuera poco, hemos compartido ya varios momentos de intimidad, complicidad o como queramos llamarlo.
Joder, si hasta me ha pillado haciéndome una paja en directo.
Sé que Fran sería el amigo perfecto para mí; sé que podríamos entablar una bonita amistad si me diera la oportunidad.
Supongo que es por eso por lo que me gusta estar con él, por lo que busco su compañía, el contacto con él, los roces.
Y, por suerte, él parece estar abriéndose un poco más últimamente; prueba de ello es que estemos los dos aquí sentados.
No hablamos mucho más durante el resto de la película.
Pero, sinceramente, me encantaría pasar así todas las noches, con Natalia a un lado y Fran al otro.
Es todo tan agradable y estoy tan a gusto que casi me entran ganas de dormirme aquí mismo, aunque las escenas de acción y la música atronadora me mantienen despierto.
Aun así, cuando al fin termina la película y comienzan los créditos, estoy deseando meterme en la cama.
—Bueno —digo—. Yo me voy a dormir ya, ¿vale? Estoy reventado, y mañana tenemos un día muy largo.
—Vale —dice Fran—. Buenas noches.
—Buenas noches —se suma Natalia.
—Buenas noches.
Sé que debería ayudarlos a recoger, pero tengo demasiado sueño y, de todos modos, creo que les vendrá bien empezar a hacer cosas juntos. Voy al cuarto de baño arrastrando los pies.
Una vez en mi habitación, me quito la ropa que llevaba en el salón y me quedo en bóxers, mi uniforme habitual para dormir. Hace algo de fresco, pero cuando me meto en la cama y me arropo bien, la temperatura es perfecta.
Vuelvo a soltar un bostezo; estoy demasiado cansado.
Me coloco en mi postura habitual, boca arriba sobre la almohada, y cierro los ojos.
Ya me hice una paja al volver de clase, para compensar la de ayer, así que no siento la necesidad de hacerme otra.
Supongo que podría hacérmela si oigo a Fran al otro lado, para continuar esa especie de tradición extraña que parece haberse instaurado entre nosotros, pero no sé cuándo se acostará.
Estoy prácticamente dormido cuando oigo la puerta del cuarto de baño cerrándose; debe de estar preparándose ya para irse también a la cama. Trato de mantenerme despierto; intento obligarme a abrir los ojos para no dormirme, pero mis párpados parecen pesar demasiado.
El sueño se apodera de mí antes de poder oír la puerta del baño abriéndose de nuevo.
—Marcos…
Despierto de golpe y parpadeo un par de veces, confuso. ¿Qué ha sido eso? Juraría que alguien me estaba llamando, pero…
Alcanzo el móvil de la mesilla de noche, activo la linterna y miro a mi alrededor, confuso. No hay nadie…. supongo que debo de haberlo soñado. Vuelvo a dejarlo en su sitio y me tumbo de nuevo, dispuesto a seguir durmiendo.
—Por …or, Mar… …llame.
Vale, esto no ha sido ningún sueño. Al principio estoy nervioso, pero no tardo en comprender de qué se trata: es Fran, al otro lado de la pared, en la habitación prohibida. Y, a juzgar por su forma de hablar, debe de estar soñando.
Trato de conciliar el sueño una vez más, pero entonces Fran vuelve a hablar… No, no está hablando. Está gimiendo. Jadeando. Como si…
Espera. ¿Está teniendo un sueño húmedo o qué?
Pego la oreja a la pared, lleno de curiosidad; es como si el sueño se hubiera desvanecido de golpe. Mis sospechas quedan prácticamente confirmadas cuando escucho el jadeo que suelta a continuación. Pero entonces dice algo más, algo que me deja de piedra.
—…arcos… me corro —susurra.
El gemido ahogado que suelta me confirma que eso es justo lo que ha hecho: correrse. Aunque eso no es lo que me extraña.
Lo que me extraña es que ha pronunciado mi nombre.
Al menos, eso pienso. Estoy casi seguro de que ha dicho mi nombre, y posiblemente, varias veces. ¿Qué cojones? ¿A cuento de qué? ¿Y por qué pensar en ello hace que me empalme?
Los ruidos frenéticos que oigo al otro lado de la pared me indican que debe de haberse despertado al correrse.
Si duerme en pijama, tiene que haberse puesto perdido, así que supongo que estará cambiándose de ropa.
De hecho, a juzgar por los sonidos del colchón, creo que también está cambiando las sábanas.
Después de unos minutos, vuelve a meterse en la cama y suelta lo que parece un gruñido de frustración. Yo, mientras tanto, permanezco inmóvil. Me imagino que la situación tiene que ser demasiado incómoda para él, y no quiero empeorar las cosas si dejo que se dé cuenta de que lo he oído.
El corazón me late con fuerza. ¿Es posible que yo sea el Marcos con el que estaba soñando? Y, si es así, ¿por qué? Pensaba que me odiaba. Vale, sí, estos días está más agradable, pero es imposible que las cosas hayan cambiado tanto de repente.
¿O es que se trata de otro Marcos, alguien que le gusta? A fin de cuentas, Fran no me cuenta su vida, así que no tengo ni idea de la gente que conoce. Pero esa idea me resulta desagradable y, sinceramente, algo me dice que ese Marcos soy yo.
Pronto, la respiración profunda al otro lado de la pared me indica que debe de estar quedándose dormido, y solo entonces me permito relajarme y dejarme atrapar por el sueño yo también.