13.
Después de una tarde preparando maletas, estudiando y recogiendo mi habitación, al fin llega la hora de cenar; nuestra última cena los tres solos en casa antes de marcharnos a Canarias. No he vuelto a tener noticias de Fran, pero ayer hablamos de cenar juntos, así que… ¿por qué no intentarlo?
Salgo al pasillo y me asomo a la habitación de Natalia. Está sentada en el suelo, rodeada de ropa, intentando decidir qué meter en la maleta y qué dejar fuera.
—¿Cómo va eso?
Levanta una camiseta para observarla con ojo crítico.
—No me cabe todo.
—Eso dices siempre.
—Porque las maletas son muy pequeñas.
—Entonces igual deberías llevar menos cosas.
Me mira como si hubiera dicho una estupidez.
—Qué fácil es opinar cuando eres un tío y te vale con un pantalón, dos camisetas y una sudadera.
—Y también dos pares de calcetines y dos calzoncillos, no lo olvides —bromeo entre risas, y ella arruga la nariz.
—Que vamos a estar cinco días fuera, qué asco.
—Anda, deja que te ayude.
Me siento con ella en el suelo y, juntos, terminamos de preparar la maleta. Milagrosamente, logro convencerla de que renuncie a la mitad de las cosas que pensaba llevarse. Tan solo espero que no me lo eche en cara cuando estemos allí.
—¿Qué quieres cenar hoy? —pregunto cuando terminamos, poniéndome en pie.
Natalia deja la maleta a un lado de la habitación.
—Al final no pedimos las pizzas el otro día. Podríamos pedirlas hoy y nos ponemos una peli.
—Sí, es buena idea. ¿Se lo decimos a Fran?
—Por mí, genial —responde, pero entonces hace una mueca—. Aunque me da miedo que nos vuelva a gritar como el otro día.
Me río ante la broma.
—Venga, pues voy yo.
Con el corazón extrañamente acelerado, voy hasta su habitación. La puerta vuelve a estar abierta, pero le doy un par de golpecitos.
—¿Sí? —responde.
—Soy yo. ¿Se puede?
—Eh… —Tarda un momento que se me hace demasiado largo en responder—. Sí, claro.
Entonces, armándome de valor, cruzo el umbral para entrar por fin en la habitación prohibida…
para entrar en los dominios de Fran, en su territorio.
El único lugar donde es él de verdad al cien por cien, el único lugar donde podría llegar a conocerlo de verdad.
Miro un poco a mi alrededor y detengo la mirada sobre él, sentado en el puf e iluminado por la pantalla de la televisión.
—Ey —lo saludo.
—Ey.
Por alguna razón, ahora que estoy aquí por fin me apetece alargar el momento.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. —Señalo la maleta con la cabeza—. ¿Ya lo tienes todo preparado?
—Sí.
—Guay.
Nos quedamos en silencio; ya se me han acabado las cosas que preguntarle.
—¿Querías algo, o…?
—Eh… Pues a ver —empiezo, un tanto nervioso—. Es que mi hermana y yo queríamos decirte una cosa.
Fran asiente con la cabeza, claramente extrañado.
—¿El qué?
—Tienes que venir conmigo. Natalia está en su cuarto.
—¿Y por qué no ha venido ella?
—No sé —digo mientras me encojo de hombros, incapaz de darle una respuesta coherente—. ¿Vienes?
Él suelta un suspiro, pero se levanta del puf y me sigue. Doy unos golpecitos en la puerta de Natalia y entro.
—Pues aquí está —la aviso, y ella levanta la mirada.
—Ah. Hola.
—¿No le ibas a decir algo a Fran? —pregunto para darle un empujón.
—Pues… que si quieres cenar con nosotros.
Él parece sorprendido.
—¿Cenar?
—Sí, cenar —digo con una sonrisita—. Es esa comida que se hace por la noche, antes de irse a dormir y tal.
—Ja, ja. Pero… ¿en serio?
—Claro —dice mi hermana—. Había pensado que podríamos cenar los tres juntos, viendo una peli o algo.
Fran tarda unos instantes en responder.
—Eh… Bueno. Vale.
—¡Genial! —responde Natalia, contenta.
—¿No se te olvida algo? —le recuerdo.
—¡Es verdad! ¿Quieres que pidamos pizza?
—¿Otra vez? —se extraña Fran—. Pensaba que habíais pedido el otro día.
Ella niega con la cabeza.
—Al final no. Es que queríamos pedir pizza para cenar contigo, pero como no querías…
Si no lo conociera mejor, diría que Fran parece emocionado. ¿Qué es ese brillo que veo en sus ojos? No puede ser humedad, ¿verdad? No, tiene que ser cosa de la luz.
—Bueno, vale —responde sonriente, aunque tiene la voz extrañamente ahogada—. Pues vamos a pedir unas pizzas.
—Venid conmigo —les pido—. Podemos pedirlas desde el portátil.
Paso un momento por mi habitación para buscar el ordenador y me lo llevo a la cocina, con Fran y Natalia detrás de mí.
Ya habíamos visto que tenemos una pizzería cerca de casa, así que optamos por esa para no tener que esperar demasiado.
Y, como resulta que tienen una oferta de tres por dos en medianas, eso es lo que escogemos.
—¿Qué queréis ver? —pregunta Fran.
—Han puesto la última de Marvel —sugiero.
—Por mí guay. Si los dos queréis…
—¡No! —se queja Natalia—. Mejor una de miedo. De esas que son para mayores de dieciocho, aprovechando que no están papá y Belén.
Me río ante la propuesta, pero niego con la cabeza.
—Ni de coña. Luego te cagas de miedo por la noche y me das el coñazo a mí, que no está papá.
Fran se ríe también y se dirige directamente a mí:
—Yo creo que mejor Marvel, ¿no?
—Pues sí. —Miro a Natalia con una sonrisita—. Y somos dos contra una, así que…
Ella suelta un gruñido de frustración.
—Ponemos la vuestra, pero con una condición. El próximo día, me toca elegir a mí. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —decimos Fran y yo a la vez, y por alguna razón, eso me hace sentir un extraño cosquilleo.
—Pues venga, vale, ponemos la de Marvel.
—¡Toma! —grito.
Sin pararme a pensar en lo que estoy haciendo, levanto la mano y miro a Fran, esperando a que me la choque.
Me arrepiento al instante, pensando que va a pasar de mí.
Sin embargo, él titubea un instante y entonces me choca la mano con timidez, haciéndome sonreír.
Después baja la mirada, como avergonzado.
—¿Tenemos palomitas? —pregunta Natalia—. Así podemos ir comiendo algo en lo que llegan las pizzas.
—Sí, hay en la cocina —respondo—. Ve poniendo la peli y yo las hago. ¿Me ayudas, Fran?
—Eh… Vale. —Voy hasta la cocina, saco las palomitas y las meto en el microondas. Después, dejo un cuenco grande sobre la encimera—. ¿Para qué necesitabas ayuda exactamente?
Lo miro con una sonrisa.
—Obviamente no necesitaba ayuda. Es que quería que nos quedáramos solos un momento.
Vale, igual ha sonado peor de lo que pensaba, pero espero que no piense cosas raras.
—¿Para qué? —pregunta en voz baja.
—Quería darte las gracias. —Él parpadea y frunce el ceño, así que me apresuro a añadir—: Por lo de la peli y tal.
—¿Qué pasa con la peli? Yo también quería verla, no ha sido por apoyarte a ti.
—No me refiero a eso. Lo digo por lo de querer cenar viendo una peli con nosotros y todo eso.
—Ah. —Se encoge de hombros—. A ver, que tampoco es para tanto. Un plan de pizza y peli siempre está guay.
—Ya, bueno. Pero a Natalia le hacía ilusión, así que te lo agradezco.
—Bueno, pues de nada.
Permanecemos unos instantes en silencio, roto solo por las palomitas explotando en el microondas. No sé qué más decir, así que me acerco al frigorífico.
—¿Qué quieres beber? —le pregunto.
—Coca-Cola.
Saco la botella mientras él hace lo mismo con los vasos.
—¿Te llevas tú las bebidas al salón? —le pido—. Ya voy yo cuando estén las palomitas.
—Vale.
Nuestros dedos se rozan cuando coge la botella, y me da la impresión de que se estremece ligeramente. Qué cojones, no ha sido el único. Es como si una débil corriente eléctrica atravesara mi cuerpo con el contacto.
Lo observo mientras sale de la cocina y, sin saber muy bien por qué, me fijo en el movimiento de sus nalgas bajo el pantalón ceñido del pijama que lleva puesto.
Espera. ¿Qué cojones hago mirándole el culo ahora a Fran? ¿Y por qué mi polla ha decidido reaccionar al verlo?
Por suerte, el microondas no tarda en sonar. Lleno el cuenco de palomitas, me como un puñado aprovechando que todavía están calentitas y voy al salón, donde la tele ya está pausada con el logo de Marvel en la pantalla.
Natalia ha ocupado el lado izquierdo y Fran el derecho, de modo que voy a tener que sentarme en el centro.
Por lo general no es algo que me importaría demasiado, pero ahora mismo, la idea de pasarme dos horas a oscuras prácticamente pegado a Fran me pone un poco más nervioso de lo que alcanzo a comprender.
Pero prefiero no dar señales de ello, así que trato de actuar con normalidad.
—Bueno, ¿qué? —digo mientras me siento entre ellos y coloco el cuenco de palomitas sobre mi regazo—. ¿Ponemos la peli?
—Qué remedio… —responde Natalia, haciéndonos reír.