El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 12.
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Por suerte, el jueves por la mañana me encuentro con el cuarto de baño vacío cuando me levanto, como es habitual.

Intento mantener la mente en blanco mientras me ducho pero, inevitablemente, el recuerdo de ayer no tarda en hacer acto de presencia.

Fran en la ducha, sus movimientos con la cortina, la reacción inesperada de mi cuerpo…

Y, de forma no tan inesperada, mi polla parece cobrar vida propia una vez más.

Anoche no le di la atención habitual, así que ahora es como si me lo estuviera exigiendo.

Me planteo hacerlo aquí mismo, en la ducha, pero es un poco incómodo y para estas cosas prefiero tomarme mi tiempo.

Además, siempre cabe la posibilidad de que Fran llame a la puerta antes de que haya terminado, y prefiero no hacer nada antes que quedarme a medias.

Cuando salgo al pasillo con mis habituales bóxers negros para ir a desayunar, me cruzo con él en el pasillo.

Me da la impresión de que su mirada se desvía brevemente hacia mi paquete, pero, apenas un segundo después, estoy seguro de que no ha sido más que mi imaginación.

Sea como sea, parece mucho más animado que ayer, y eso siempre es buena señal.

La mañana en la universidad transcurre de forma anodina.

Intento concentrarme, pero, de vez en cuando, alguno de los recuerdos que estoy tratando de reprimir regresa a mi mente con perturbadora claridad.

Me empalmo en clase más de una vez, aunque por suerte nadie se da cuenta.

Es casi como volver a estar en el instituto.

De verdad, ¿qué cojones me está pasando?

Últimamente mis hormonas están demasiado revolucionadas, y no logro entender por qué.

Cuando llego a casa, me voy al salón a distraerme un rato viendo la tele. No hay nada interesante y tampoco me apetece buscar algo en las plataformas de streaming que tenemos, de modo que me quedo sentado en el sofá, mirando el móvil.

No sé muy bien cómo ocurre. Estoy mirando reels al azar en Instagram cuando, de repente… ahí está.

Ha vuelto a despertar. Y esta vez no tengo el problema de que haya alguien durmiendo en la habitación de al lado, ni de que tenga el tiempo justo para prepararme.

Sin pensármelo demasiado, me bajo los pantalones y la ropa interior, y la sensación de liberación casi me provoca un gemido de placer. Estaba claro que necesitaba esto.

Saco unos pañuelos del bolsillo de los vaqueros y me acomodo en el sofá.

Tras pensármelo un segundo, me quito también la camiseta y la sudadera y las tiro al suelo; no sería la primera vez que me mancho la ropa, incluso a pesar de los pañuelos.

Después, cojo el móvil y entro en mi página favorita, que ya estaba empezando a echar de menos últimamente.

Esto es muy distinto a las últimas pajas que me he hecho en esta casa.

Con Fran en la habitación de al lado, me daba vergüenza que oyera los vídeos que me pudiera poner, de modo que no utilizaba nada más que mi imaginación.

Bueno, mi imaginación y los sugerentes sonidos que se oían desde la habitación prohibida mientras Fran hacía exactamente lo mismo que yo; esos momentos compartidos que después jamás mencionábamos.

No es que pueda quejarme, la verdad, porque esos momentos no podrían ser más excitantes.

Pero hoy tengo libertad absoluta, y eso también tiene su punto.

Sé que Natalia y Fran todavía van a tardar en llegar, así que es el momento perfecto para aprovechar.

Subo el volumen del móvil y, en lugar de ponerme a buscar algo nuevo, selecciono uno de los vídeos que tengo guardados en mis favoritos.

Después, llevo la mano a mi erección y me dejo llevar por el placer.

Uno de los problemas de las pajas nocturnas es que no puedo entretenerme demasiado, en parte porque necesito dormir, y en parte porque Fran se encuentra al otro lado de la pared. Pero ahora es diferente. Me queda casi una hora de soledad en casa, así que pienso aprovecharla.

Sin embargo, no deben de haber pasado ni diez minutos cuando una voz inesperada me interrumpe, mucho más cerca de lo que me gustaría.

—Me cago en Dios y en mi puta madre.

Abro los ojos, sobresaltado, y me encuentro con Fran mirándome desde el umbral de la puerta. Con tanto pensar en él, ahora parece que lo he invocado.

—¡Joder!

Se me cae el móvil, pero lo ignoro mientras busco algo con lo que taparme. Mi ropa está en el suelo, así que al final me cubro la polla con las manos.

—No te molestes, que ya te lo he visto todo —dice Fran con indiferencia—. ¿Qué cojones estás haciendo?

—Joder, ¿a ti qué te parece?

Él suelta un resoplido; ¿qué esperaba que le dijera?

—A ver, obviamente sé lo que estás haciendo… supongo que no has sido capaz de esperar hasta la noche para machacártela. Pero, ¿qué coño haces aquí? ¿Por qué estás en el sofá? ¿Desnudo?

¿Y eso a qué viene ahora?

—No entiendo la pregunta.

—Estás en el salón de casa —dice muy despacio—. En el sofá. El mismo sofá donde todos nos sentamos, por si no te habías dado cuenta. ¿En serio tenías que hacerte una paja justo aquí?

Ahora que lo dice, no le falta razón, pero no puedo evitar ponerme un poco a la defensiva.

—¿Qué pasa, es que tú nunca lo has hecho o qué?

Su expresión me deja claro que, por supuesto, él también lo ha hecho. Lo sabía.

—Joder, que estás en bolas y todo —dice.

—A ver, tío, que no es para tanto —me defiendo—. Estaba aquí viendo la tele y me entró el calentón, nada más. Ni que hubiera matado a alguien.

En realidad, cuando me entró el calentón ya había apagado la tele, pero sé que si se lo dijera me preguntaría por qué no me fui a mi cuarto.

—Yo solo digo que en este sofá nos sentamos todos —continúa Fran, tajante—. Te recuerdo que mi madre se sienta aquí, y también tu hermana. Como mínimo, tendrías que haberte dejado la ropa puesta.

Lo miro con el ceño fruncido, algo molesto.

En parte por la interrupción y en parte porque, en el fondo, sé que tiene razón.

Sigo pensando que no es para tanto, y todos hacemos tonterías cuando tenemos un calentón, pero es verdad que no me habría costado nada irme a mi cuarto.

Lo de que me he quitado la ropa porque me corro mucho y siempre me mancho prefiero no contárselo.

Bajo la cabeza con vergüenza al pensar en la idea de hacerlo; sé que jamás sería capaz.

—Tienes razón —digo bajito—. Lo siento.

—Bueno, pues me voy a mi cuarto. Pásalo bien, anda. —Tras mirar los pañuelos, añade—: Y no manches nada.

—Tranquilo —respondo, todavía avergonzado—. Mejor me voy y ya termino en mi habitación, no te preocupes.

—No hace falta. Ya que estás, mejor quédate aquí, que así al menos no tendré que oírte desde mi cuarto.

Me dan ganas de alzar una ceja; ¿acaso no es eso lo que hacemos casi todas las noches?

En cualquier caso, se marcha del salón y yo me quedo donde estoy, con las manos todavía tapando mi polla.

La erección había remitido durante la conversación, pero ha vuelto a hacer acto de presencia en estos últimos minutos.

Por alguna razón, la idea de que Fran me haya dado permiso tiene algo que me resulta excitante.

Recojo el móvil del suelo y me planteo la idea de ir a cerrar la puerta, pero…

¿acaso no la habría cerrado Fran si hubiera querido hacerlo?

A lo mejor la ha dejado abierta a propósito.

A lo mejor lo que quiere es escucharme. Y, por alguna razón, esa idea hace que un torrente de calor intenso invada mi cuerpo mientras vuelvo a ponerme cómodo en el sofá.

Oigo la puerta de su habitación abriéndose, pero no la cierra, cuando normalmente sí que lo hace.

Una vez más, vuelvo a preguntarme si lo habrá hecho adrede.

Y, una vez más, ese calor agradable me inunda por completo.

Pues si quiere oír, que oiga. Vuelvo a reanudar el vídeo y continúo con lo que estaba haciendo, sin molestarme en contener los sonidos de mi respiración y los jadeos que se me escapan.

Joder. No sé por qué, pero toda esta situación me tiene más cachondo de lo que me he sentido en mucho tiempo.

¿De verdad Fran quería que hiciera exactamente esto?

¿Y de verdad es posible que esté escuchando desde su habitación, o tal vez desde el pasillo?

Sea como fuera, la situación es tan excitante que me cuesta contener las ganas de correrme.

Aun así, me obligo a parar para alargar la situación; ya que he sufrido una interrupción, qué menos que disfrutar en condiciones.

Por alguna razón, la imagen de Fran mirándome mientras me tapaba la polla no deja de volver a mi mente una y otra vez.

Dejo divagar mi mente y me lo imagino haciendo algo diferente, desnudándose también mientras me mira.

Con los ojos cerrados, me olvido del vídeo en el móvil y lo visualizo a él sentándose en un sillón, completamente desnudo.

No entiendo a qué vienen estas imágenes, y no sé por qué, pero me gusta.

Aunque jamás sería capaz de admitirlo en voz alta.

Casi puedo verlo frente a mí, haciendo exactamente lo mismo que yo, con sus ojos clavados en los míos.

Y, cuando quiero darme cuenta, la acumulación de placer ya es demasiado intensa, y apenas tengo tiempo para cubrirme la polla con el montón de pañuelos antes de comenzar a correrme a chorro sobre ellos.

Mientras jadeo, mi mente me regala la ilusión de Fran corriéndose también frente a mí, como si esto fuera lo más normal del mundo.

Aunque supongo que, después de lo que solemos hacer por las noches, esto tampoco debería ser tan raro, ¿verdad?

Pero entonces abro los ojos y, por supuesto, sigo estando tan solo como hace unos minutos.

Aprieto la polla sobre los pañuelos empapados para extraer las últimas gotas y, con uno nuevo, termino de limpiar lo que queda.

A continuación, hago una bola con los pañuelos y los rodeo con otro limpio, para no manchar nada.

Me apresuro a vestirme para ir al cuarto de baño y tirarlo todo por el váter.

La habitación de Fran está abierta cuando salgo y, por un momento, me invade la tentación de asomarme. Pero no lo hago, y simplemente vuelvo a mi cuarto y me tumbo en la cama a seguir viendo reels en el móvil mientras espero a que venga Natalia para ir a preparar la comida.