El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 11.
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Cuando llega la noche, espero a que Fran vuelva a la cocina para salir de mi habitación. Me aseguro de vestirme del todo antes; prefiero evitar más reacciones inoportunas.

Desde el umbral de la puerta, lo observo mientras llena la freidora de aire de patatas congeladas. Entonces, se da la vuelta y se queda inmóvil al verme.

—Ey —lo saludo.

—Ey —responde, claramente cohibido.

—¿Cómo estás?

—Eh… Bien. ¿Y tú?

—Bien. ¿Qué tal te ha ido el examen?

Fran parpadea.

—¿Tú cómo sabes eso?

—Me lo ha dicho mi padre… supongo que se lo habrá contado tu madre.

—Supongo.

—Me imagino que habrás estado bastante agobiado estos días.

—Pues sí, la verdad —responde. Me quedo en silencio, esperando a que siga—. Oye, Marcos. Quería decirte una cosa.

—¿Sí?

Él suspira y se lo piensa unos segundos antes de continuar.

—A ver, es que quería pedirte perdón y tal. Como tú dices, he estado bastante agobiado estos días, y encima esa tarde… —Hace una pausa y deja la frase inconclusa—. Da igual. El caso es que lo pagué con vosotros, y lo siento.

Sigo mirándolo con seriedad, pero entonces sonrío.

—No pasa nada. Todo el mundo puede tener un mal día. —Me tiembla un poco la sonrisa—. Pero tienes que decirle algo a Natalia, ¿vale? Le sentó un poco mal lo que pasó.

Él hace una mueca.

—¿Crees que me odia mucho?

—Qué va —respondo con una risita—. Nosotros hemos tenido peleas peores, créeme. Pero no te olvides, ¿vale? Lo está pasando un poco mal con este tema.

—Es que no sé cómo sacarle el tema. Si tú no me hubieras hablado ahora…

Vuelvo a reírme.

—¿Por qué te crees que lo he hecho? —le pregunto, y él se ríe también—. Está en su habitación. ¿Vienes conmigo?

Él asiente con la cabeza, de modo que doy media vuelta y voy hacia la habitación de Natalia. Puedo sentir su presencia siguiéndome por el pasillo, y eso me hace sentir extrañamente nervioso.

Llamo a la puerta.

—¿Qué pasa? —pregunta Natalia desde dentro.

—Somos Fran y yo. —Se me hace raro pronunciar nuestros nombres seguidos, como si fuéramos una especie de conjunto—. ¿Podemos pasar?

Ella tarda un leve instante en responder.

—Sí.

Está leyendo en la cama, pero deja el libro a un lado. Después, se sienta en el borde y se aparta el pelo de la cara.

—Hola —dice Fran, cohibido—. Solo quería pedirte perdón por lo del otro día y tal. Es que hoy tenía un examen importante, así que llevo unos días de mucho agobio. Siento haberlo pagado con vosotros.

—Perdonado —responde Natalia.

Por supuesto, ella sabía tan bien como yo lo del examen. Pero, también al igual que yo, estaba esperando la disculpa que los dos nos merecíamos.

—¿En serio? —pregunta él, incrédulo.

—Sí —responde, poniéndose en pie—. Pero con una condición.

—¿Qué condición?

—Tienes que darme un abrazo.

Fran me mira como asustado, pero me esfuerzo por mantener una expresión neutra. Yo tampoco me esperaba esta parte, la verdad. Tan solo espero que no se niegue, porque no creo que Natalia fuera a tomárselo nada bien.

—Anda, ven —dice, y extiende los brazos.

Ella se acerca, sonriendo, y Fran la abraza sin dudarlo. Verlos así me hace sentir un cosquilleo agradable en la tripa y, cuando quiero darme cuenta, tengo los ojos húmedos.

—¡Marcos! —me llama Natalia—. Ven tú también.

Titubeo un instante, pero sé que quedaría raro negarme.

Así pues, me acerco a ellos y los abrazo también.

Se me hace extraño tocar a Fran de esta manera; nunca lo habíamos hecho y, sinceramente, nunca pensé que fuéramos a hacerlo.

Dejo las manos sobre su espalda y, cuando le rozo la nuca, me da la impresión de que se le eriza la piel.

Sinceramente, me gusta esto. Hasta podría llegar a acostumbrarme a estos abrazos.

Pero Fran no tarda en separarse.

—Tengo que ir a vigilar la comida —se excusa—. Tengo las patatas en la freidora y no quiero que se me quemen.

Sé que lo que dice es cierto, pero no puedo evitar sentirme un poco decepcionado mientras lo veo marcharse de la habitación.

—Bueno —dice Natalia, sacándome de mis pensamientos—. Al final todo bien, ¿no?

—Sí —respondo, obligándome a sonreír—. Todo bien.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar en el momento que hemos compartido hace solo unos instantes.

—¿Vamos a cenar?

—Dame un momento, ¿vale? Tengo que terminar unas cosas en mi cuarto.

En realidad, es mentira. Lo que hago es encerrarme en mi habitación y, simplemente, me tumbo sobre la cama.

Cierro los ojos, tratando de recuperar el control sobre mi cuerpo.

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo el corazón ligeramente acelerado.

Por alguna razón, quiero más abrazos como ese.

Pero, por supuesto, ya se han acabado. No hay más.

Al cabo de un rato, Natalia llama a mi puerta.

—¿Marcos? ¿Cenamos o qué?

—Sí, perdona. Ya voy.

Ninguno de los dos hablamos gran cosa mientras comemos. Ella no deja de mirar tiktoks , riendo entre bocado y bocado. Yo, por mi parte, permanezco en silencio, sumido en mis pensamientos.

De pronto, una voz nos hace dar un respingo a los dos.

—Me voy a dormir. Buenas noches.

Es Fran, con el pijama puesto y asomándose por la puerta de la cocina.

—Hasta mañana —nos despedimos Natalia y yo al unísono.

Son poco más de las diez de la noche y él suele acostarse más tarde, pero supongo que querrá recuperar horas de sueño después de haber estado estudiando tanto estos días para el examen.

Después de cenar, voy al salón a ver uno de esos programas de música de la tele con Natalia, pero no le presto mucha atención. Cuando termina, ya cerca de las doce, los dos nos ponemos en pie para irnos a dormir.

—¿Tú no echas de menos a papá y Belén? —me pregunta por el camino.

—Sí, claro. —Le echo un vistazo y me doy cuenta de que parece triste—. Pero no te preocupes, que en menos de dos días ya vamos a estar con ellos.

—Ya, bueno. Es que se me está haciendo un poco largo.

No puedo evitar sentirme mal al oír sus palabras. A mí también me pone triste que no estén, pero soy su hermano mayor y a lo mejor tendría que haber estado más pendiente de ella.

—A mí también —le aseguro, y no miento—. Mira, hacemos una cosa. Mañana podemos pedir pizza para cenar, que al final no lo hicimos. Y nos vemos una peli juntos. ¿Te parece?

Su rostro se ilumina.

—Vale. Se lo podríamos decir a Fran.

Me quedo inmóvil un segundo, pero logro recomponerme y asiento con la cabeza.

—Sí, claro. Ahora que se le ha pasado el agobio del examen, seguro que se apunta. Mañana se lo decimos.

—Vale. —Suelta un prolongado bostezo que se me contagia al instante—. Creo que mejor nos vamos a dormir.

—Sí, mejor.

Cuando paso por el cuarto de baño, trato de no hacer ruido que pueda despertar a Fran; sé que se merece descansar.

Una vez en mi habitación, me quito la ropa para quedarme en calzoncillos.

Me planteo sacar el pijama del armario, pero todavía no hace tanto frío y de todos modos siempre he sido muy caluroso.

Si me lo pusiera, me despertaría sudando en mitad de la noche, y hay pocas cosas que odie más.

Mientras me acomodo sobre la almohada, mi polla parece despertar de repente.

Por supuesto, tenemos cosas pendientes; ya la he dejado a medias dos veces en un mismo día.

El problema es que estas paredes son de papel, y el sonido profundo de su respiración y algún ronquido ocasional me indican que Fran está durmiendo al otro lado.

No sé si tiene el sueño ligero, pero mi colchón chirría a poco que te muevas, así que prefiero no jugármela.

Mañana será otro día y, ahora que caigo, voy a tener la casa libre para mí solo por lo menos una hora.

Así pues, en lugar de concederle a mi cuerpo el placer que tanto anhela, cierro los ojos con la cabeza sobre la almohada y dejo que mi respiración se acompase con el sonido amortiguado de la de Fran al otro lado de la pared, hasta que, en apenas unos segundos, las neblinas difusas del sueño comienzan a apoderarse de mí.