10.
El miércoles por la mañana me encuentro el cuarto de baño ocupado cuando me levanto. Después de la tensión de estos días preferiría evitar otro encuentro, pero no tengo otra opción, así que llamo a la puerta.
—¿Sí? —responde Fran.
—Soy yo. ¿Puedo pasar?
—Es que me estoy duchando.
—Tengo que mear. ¿Te importa que entre? —Pasan los segundos, pero no contesta—. ¿Fran?
—Sí, perdona… es que me había entrado champú en los ojos . Espera, que te abro.
—Gracias.
En cuanto oigo el pestillo, comienzo a abrir la puerta, pero Fran la cierra contra mí.
—¡Tío! —se queja—. ¿Qué coño haces?
—Joder, pues entrar. ¿No me has dicho que sí?
—Pero al menos espérate a que vuelva a meterme en la ducha, cojones.
Pongo los ojos en blanco y aguardo unos segundos.
—¿Ya? —pregunto con impaciencia.
—Sí, pasa.
—Gracias.
Abro la puerta y me apresuro a entrar. Voy directo al retrete, pero al desviar la mirada veo que Fran ha dejado su ropa sobre el bidé.
Recuerdo lo del otro día, el olor de su camiseta, y cuando me saco la polla, me sorprende verla más animada de lo habitual.
Aun así, y a diferencia de Fran, no me cuesta comenzar a orinar.
Entonces, me parece ver un movimiento en mi visión periférica. Al mirar hacia la ducha, veo que Fran está haciendo algo entre el borde de la cortina y la pared. No se habrá asomado, ¿verdad? Bajo la mirada. No estoy empalmado del todo, pero, si me ha visto, tal vez podría pensar cosas raras.
—¿Qué haces? —pregunto, y sus movimientos se detienen de inmediato.
—¿Qué?
—Que qué haces con la cortina. ¿Es que quieres verme la polla o qué?
Él suelta una risita nerviosa. Si no supiera que me odia, casi pensaría que lo he calado.
—No, joder. Es que estaba colocándola bien, para que no se salga el agua y tal.
—Ah. —Entonces, suelta la cortina y vuelve a poner la ducha en marcha. Apenas unos segundos después, termino y tiro de la cisterna antes de ir a lavarme las manos—. Hasta luego —digo mientras abro la puerta para salir.
Una vez en la soledad de mi cuarto, me quito la ropa interior.
Sigo medio empalmado. Peor todavía: hay una mancha húmeda y delatora en mis calzoncillos.
Y no es porque haya ido al baño y se hayan podido quedar unas gotitas, porque el color es ligeramente blanquecino.
Igual que el líquido preseminal que tengo entre el glande y el prepucio.
—Joder —murmuro.
Estoy cachondo. No sé a cuento de qué, pero esa es la verdad.
El problema es que no tengo tiempo para solucionarlo.
Desde que Fran salga del baño, voy a tener que ducharme lo más rápido posible para no llegar tarde a clase; con un poco de suerte, el agua fría bastará para quitarme este calentón absurdo.
Mi ducha fría se alarga un poco más de lo que esperaba, así que al final acabo llegando un poco tarde.
Después de un día de universidad de lo más anodino, me despido de mis amigos en el metro.
—Hasta mañana —dice Carlos mientras gira la silla en dirección al ascensor.
—No llegues tarde otra vez —añade Laura, señalándome con un dedo.
—He llegado cinco minutos tarde.
—Que sea la última vez.
Pongo los ojos en blanco.
—Adiós, pesada.
Ella me saca la lengua antes de marcharse. Justo cuando estoy a punto de bajar las escaleras hacia el metro, oigo que alguien me llama. Sorprendido, compruebo que se trata de Alejandro, uno de mis profesores favoritos.
Me acerco a él y terminamos hablando un buen rato en el pasillo de la estación.
Al principio solo quiere comentarme una cosa relacionada con la asignatura, pero la conversación acaba derivando hacia otros temas.
Me pregunta qué tal me estoy adaptando al segundo curso, si ya tengo claro hacia dónde me gustaría orientar la carrera y me recomienda un par de actividades que organiza la facultad y que, según él, podrían interesarme.
Cuando por fin nos despedimos, echo un vistazo al reloj y me doy cuenta de que se me ha hecho un poco más tarde de lo habitual. Durante el trayecto de vuelta me pongo los auriculares, como siempre, y me quedo disociando y disfrutando de este rato de calma entre la universidad y casa.
Al llegar a casa, todavía falta media hora para que lleguen Fran y Natalia, de modo que voy directamente a mi habitación.
Una vez allí, me desvisto por completo y me tumbo en la cama.
Mi polla parece haber estado deseando que llegara este momento durante todo el día, porque no tarda en ponerse dura cuando la rodeo con la mano.
Mientras la acaricio con calma, veo cómo comienza a segregar ese líquido entre transparente y blanquecino que tan útil me resulta en estos casos.
Siempre acabo con la mano llena, y a veces me da curiosidad la idea de probarlo, pero nunca llego a hacerlo.
Por alguna razón, no me atrevo; es como si eso supusiera cruzar una especie de línea que no quiero cruzar.
Estoy comenzando a acelerar el ritmo cuando oigo que la puerta de casa se abre.
Mi habitación se encuentra en el mismo pasillo, así que me detengo en seco.
En lugar de levantarme a toda prisa y vestirme, cosa que resultaría demasiado cantosa, aguardo con calma.
Sé que no puede ser Natalia; todavía falta un rato para que venga del instituto.
Así pues, tan solo puede tratarse de Fran, y eso es bueno, porque él nunca entra en mi cuarto.
Por alguna razón, mi polla palpita alrededor de mi mano mientras escucho sus pisadas por el pasillo en dirección al cuarto de baño.
El problema es que ya no voy a poder terminarme la paja.
Nuestras paredes son de papel, así que va a oírme sí o sí, por mucho que me cierre la puerta.
Resignado, aprovecho que está en el baño y desde allí no oirá lo que hago para coger un par de pañuelos y limpiar el líquido preseminal.
A continuación, cojo unos calzoncillos limpios y me los pongo.
Por suerte, la distracción ha bastado para que la erección comience a remitir.
Cuando Fran se marcha en dirección a la cocina, yo me apresuro a entrar en el cuarto de baño tras él.
Una vez allí, tiro los papeles húmedos al váter, y después me lavo bien las manos; no quiero que se quede ningún rastro del olor.
Miro a mi alrededor, planteándome la posibilidad de terminar aquí mismo lo que he empezado en mi habitación, pero la descarto de inmediato. Es demasiado incómodo.
Después, espero en mi habitación hasta que Fran termine en la cocina.
Oigo el pitido del microondas y, unos segundos después, los pasos de Fran por el pasillo mientras se dirige a su habitación; ha estado comiendo allí todos estos días.
Espero unos segundos hasta que oigo el sonido de su tele, y entonces vuelvo a salir.
La casa está llena del delicioso aroma de la lasaña de Belén, que hace que me ruja el estómago. Por suerte, encuentro unos cuantos tápers más en el congelador, así que decido descongelar un par para Natalia y para mí.
Ella llega apenas diez minutos después.
—¡Ya estoy en casa! —saluda desde la entrada; justo acabo de sacar la primera lasaña del microondas.
—Justo a tiempo.
Asoma la cabeza por la cocina todavía con la mochila colgada de un hombro y sonríe al descubrir el contenido del táper.
—¿Lasaña?
—Lasaña.
—Belén cocina demasiado bien.
—No pienso llevarte la contraria.
Mientras termino de calentar la comida, ella deja la mochila junto a la mesa, se lava las manos y saca dos vasos del armario sin que tenga que decirle nada. Empieza a hacerlo por costumbre, igual que yo ya sé que será ella quien saque la botella de agua mientras yo coloco los cubiertos.
Nos sentamos frente a frente y, durante unos segundos, el único sonido es el de los tenedores chocando contra los platos. La lasaña está buenísima.
—Oye —digo al cabo de un par de minutos disfrutando de la comida—. Me habías dicho que David estaba raro.
Natalia tarda unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Ha mejorado?
Niega con la cabeza.
—Sigue igual, más o menos.
—¿Y no sabes qué le pasa?
Pienso que se va a quedar callada, pero no lo hace.
—Hay unos chicos de cuarto que se meten con él desde hace unas semanas. Como es asiático y también… Bueno, da igual. Pero se ríen de él, le llaman cosas... Ya sabes.
Aprieto un poco la mandíbula.
—¿Y los profesores?
—No se enteran casi nunca.
—¿Y vosotras? ¿Lorena y tú?
—Intentamos estar con él todo el tiempo posible.
Asiento con la cabeza, despacio. Al menos, el pobre chaval no está solo.
—Si algún día necesitas que vaya al instituto a partirle las piernas a alguien, me avisas.
Natalia suelta una carcajada.
—No creo que eso ayudara demasiado.
—Bueno, pues entonces, a asustarlos un poco.
—Eso podría ser.
Sonrío, aunque la verdad es que el tema me deja un regusto amargo.
Me gustaría pensar que esas cosas se quedan en el instituto, que la gente madura al crecer.
Pero basta mirar en mi propia casa para recordar que algunas historias tardan mucho en terminar; algunas heridas tardan demasiado tiempo en sanar.
—Por cierto... —añade al cabo de un rato—. ¿Sabes cómo le ha ido a Fran?
Levanto la vista.
—¿En el examen? —Ella asiente—. ¿Y tú cómo lo sabes?
—Me lo dijo papá ayer.
—No tengo ni idea de cómo le habrá salido.
—Estaba muy nervioso últimamente.
—Ya.
Los dos guardamos silencio unos segundos.
—Supongo que por eso ha estado tan borde estos días —dice Natalia al fin.
—Puede ser.
—Quiero decir... tampoco es que estuviera bien pagarlo con nosotros.
—Pues no.
—Pero, si de verdad estaba tan agobiado…
Deja la frase inconclusa. Yo respiro hondo antes de contestar.
—Supongo que todos tenemos días malos.
—¿Entonces hacemos como si no hubiera pasado nada?
Me quedo pensándolo un momento. Lo del domingo sigue escociendo un poco, y tampoco voy a fingir que no pasó. Pero no he dejado de dar vueltas a la conversación con papá desde ayer.
—No sé si como si no hubiera pasado nada... —admito—. Pero sí creo que merece otra oportunidad.
Natalia sonríe.
—Yo también.
—A ver si ahora que ya se ha quitado el examen de encima está un poco más tranquilo.
—Y si no...
—Pues seguiremos intentándolo un poco más.
Ella levanta su vaso de agua hacia mí.
—Qué paciencia tienes.
Choco el mío contra el suyo.
—No me queda otra. Todo sea por papá y porque todo esto salga bien.
Terminamos de comer poco después y volvemos cada uno a nuestra habitación. No me apetece calentarme con la cabeza con cosas de la facultad, así que me tiro en la cama a jugar a la Switch.
La casa vuelve a quedarse en silencio una vez más. La puerta de Fran continúa cerrada. Pero, por primera vez desde que empezamos a vivir juntos, esa puerta y ese silencio ya no me parecen una barrera insalvable. Tal vez solo sea cuestión de esperar un poco más.