El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 9.
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El martes no es muy diferente al lunes.

Tras una noche más compartiendo con Fran cosas que no deberíamos compartir a través de la pared, vuelvo a despertarme a las siete en punto.

Después de la ducha y el desayuno habituales, salgo de casa en silencio.

Una vez más, el metro me engulle junto a las docenas de personas que empiezan su rutina igual que yo.

Las clases tampoco tienen nada de especial.

Laura sigue empeñada en que los profesores tienen una especie de radar especial para cambiar de diapositiva justo cuando ella está terminando de copiar la anterior, y Carlos sigue demostrando que hacer fotos a los apuntes es infinitamente más eficaz que intentar escribir a toda velocidad.

Entre una clase y otra me preguntan un par de veces por la convivencia en casa, pero consigo desviar la conversación antes de que vuelva a girar alrededor de Fran.

La verdad es que prefiero no pensar demasiado en él mientras estoy en la facultad.

Y es que, cuando lo hago, siempre termino dándole vueltas a la misma pregunta: ¿qué más puedo hacer para que deje de verme como el imbécil que era hace unos años?

Por mucho que lo intente, no logro encontrar la respuesta.

Cuando salimos del edificio, el aire de finales de octubre me provoca un escalofrío.

Una vez en el metro, me pongo los auriculares antes incluso de bajar las escaleras y dejo que la música me acompañe durante el trayecto de vuelta.

A estas horas, el vagón está bastante más vacío que por la mañana. Cierro los ojos.

Siempre me ha gustado este rato del día.

No tengo prisa por llegar a ninguna parte, y tampoco hay nadie esperando que haga nada en concreto.

Es como una especie de pausa entre la universidad y casa, un momento en el que no soy ni estudiante, ni hermano mayor, ni hijo de nadie.

Simplemente voy sentado en el metro, existiendo sin más presiones. Es agradable.

Cuando llego a mi estación, camino despacio hasta la nueva casa. Todavía me cuesta acostumbrarme a este barrio. No es muy distinto del anterior, pero aún sigo fijándome en los portales y en los carteles con los nombres de las calles para asegurarme de que voy por la calle correcta.

Al llegar, la casa está exactamente igual que la he dejado esa mañana.

Silenciosa. Dejo la mochila en mi habitación, me cambio los vaqueros por unos pantalones cortos para evitar broncas y voy a la cocina.

Belén y papá dejaron un montón de tápers en el frigorífico y el congelador para que tuviéramos comida durante varios días, así que saco uno de macarrones y lo dejo sobre la encimera, para que vayan perdiendo un poco el frío.

Todavía falta un buen rato para que llegue Natalia.

El trabajo que tengo que entregar la semana que viene sigue estando a medias, así que decido ponerme con él antes de que me invada la pereza después de comer. Me siento frente a mi escritorio, abro el portátil y trato de concentrarme en la pantalla.

Al cabo de un rato, oigo el sonido de la puerta principal y levanto la cabeza instintivamente. No necesito mirar el reloj ni asomarme por la puerta para saber quién es.

Fran.

Escucho cómo deja algo sobre el recibidor y cierra la puerta. Después, sus pisadas recorren el pasillo. Durante un instante, me planteo salir a saludarlo. Solo decirle «hola», nada más. Pero enseguida recuerdo la expresión con la que me respondió el domingo y se me pasan las ganas.

Aun así, giro sobre las ruedas de mi silla y le echo un vistazo mientras pasa frente a mi habitación.

Lleva la mochila colgada de un solo hombro, y parece agotado.

Ni siquiera mira hacia donde estoy sentado.

Sigue caminando hasta la habitación prohibida y, un segundo después, oigo cerrarse la puerta.

Eso ha sido todo. Como si no hubiera nadie en casa. Como si yo fuera invisible.

Resoplo sin darme cuenta. No sé qué esperaba. ¿Qué hoy fuera distinto? Ni que hubiera motivos para ello.

Cinco minutos después vuelvo a oír la puerta de entrada. Esta vez sí sonrío antes incluso de verla aparecer.

—¡Holaaa! —canturrea Natalia desde el pasillo.

—Hola, mocosa.

Entra en mi cuarto, tira la mochila junto a la puerta y se deja caer sobre mi cama como si acabara de correr una maratón.

—No puedo más.

—¿Un día duro?

—Tengo Educación Física a última hora, ¿recuerdas?

—Eso explica muchas cosas.

Me señala con el dedo.

—No te rías. Tú también te quejabas cuando ibas al instituto.

—Y me sigo quejando de la universidad.

—Pero ahora ya no tienes que correr por motivos absurdos.

—Ahora corro detrás de las fechas de entrega.

Natalia pone los ojos en blanco.

—Qué dramático eres.

Me levanto de la silla y le alcanzo su mochila.

—Venga, anda. Vamos a comer, que he sacado macarrones.

He dado con la palabra mágica, porque Natalia asiente con la cabeza sin hacerse de rogar y me sigue hasta la cocina. Mientras yo caliento el táper y preparo los platos y los cubiertos, ella saca los vasos y el queso rallado.

—¿Para qué sacas dos paquetes? —le pregunto al verlos—. Si está casi entero.

—Hoy que no está papá, voy a cumplir mi sueño de comer queso con macarrones.

Me echo a reír sin poder evitarlo.

—Tampoco te pases, anda.

—Ya veremos.

Y, por supuesto, no le digo nada cuando se sirve una montaña gigantesca de queso rallado sobre el plato de macarrones. Me da un poco de envidia, así que yo hago exactamente lo mismo.

—¿Qué tal en clase?

—Bien, como siempre. Aunque David no está muy allá.

David es su mejor amigo desde que entró en el instituto; ha ido varias veces a la casa que teníamos antes y supongo que no tardaremos demasiado en verlo también por aquí. El chaval es majo, aunque un poco tímido.

—¿Y eso? ¿Qué le pasa?

—Nada… cosas suyas.

Frunzo el ceño, pero no sigo insistiendo.

Llevo un rato vagueando en mi habitación con el móvil después de comer cuando oigo el sonido del timbre.

—¡Es para mí! —grita Fran, así que no me molesto en levantarme de la cama. Supongo que le habrá llegado un paquete por Amazon o algo por el estilo.

Una hora más tarde, acabo de salir del baño cuando me oercatide que la luz del salón está encendida.

Frunzo el ceño, extrañado. ¿Estará Natalia viendo la tele allí?

Es raro que lo haga sola; normalmente se suma si hay alguien viéndola, pero no suele verla por iniciativa propia.

Supongo que será Fran, pero teniendo en cuenta que él tiene tele en su cuarto y que estos días se está aislando lo máximo posible, me extraña que haya decidido ocupar una zona común de la casa.

En cualquier caso, me puede la curiosidad, de modo que voy hacia allí. Efectivamente, la luz del salón está encendida, así que me asomo por la puerta… y me arrepiento de inmediato.

La mesa del café está llena de libros, cuadernos y lo que parecen apuntes.

Fran está sentado en el sofá, con una chica que no conozco a un lado…

y un chico que conozco un poco al otro. Es nada menos que Alejo, al que recuerdo como su mejor amigo del instituto.

A diferencia de mí, él sí que conserva amigos de esa época.

Pero está claro que Alejo no guarda un recuerdo demasiado bueno de mí, porque me fulmina con la mirada cuando me ve, como si me odiara a muerte.

—Perdón —me disculpo—. No sabía que estabais aquí.

—No pasa nada —responde Fran, claramente tenso al verme, y yo asiento con la cabeza.

Me largo tan rápido como soy capaz. Una vez en mi cuarto, cierro la puerta detrás de mí y me quedo un instante apoyado contra ella. Joder.

No es que haya hecho nada malo entrando en el salón. También es mi casa. O, al menos, ya debería empezar a acostumbrarme a pensar que lo es. Pero la cara que ha puesto Alejo al verme ha bastado para que me sintiera como un intruso. Y no lo culpo.

Nunca tuve ningún problema con él en el instituto.

De hecho, apenas hablamos un par de veces, y siempre me dio la impresión de que era bastante majo.

El problema es que él también estaba allí, viéndome en mi peor momento.

Vio cómo mis antiguos amigos se metían con Fran.

Vio que yo iba con ellos a pesar de todo.

Da igual que nunca participara o que ellos nunca llegaran a hacer nada grave. Desde fuera, yo era uno más.

Puede que nunca me riera con los demás. Puede que nunca empujara a Fran por los pasillos ni le escondiera la mochila.

Pero tampoco hice nada para impedirlo, así que entiendo perfectamente por qué Alejo me mira como si siguiera siendo la misma persona.

Exactamente lo mismo que hace Fran. Lo que no entiendo es por qué me sigue doliendo tanto.

Vuelvo a mi escritorio y me siento frente al portátil.

Durante un rato intento avanzar con el trabajo de clase, pero las palabras de la pantalla se mezclan unas con otras y termino leyendo el mismo párrafo tres veces seguidas sin enterarme de nada.

Al final, cierro el portátil con un suspiro. No merece la pena.

Cojo el móvil casi por inercia y veo una notificación de papá. Me pregunta qué tal va todo por casa y si seguimos vivos. Sonrío sin darme cuenta antes de pulsar el botón para llamarlo; echo de menos su voz.

—¡Hombre! —responde casi al instante—. Pensaba que me ibas a contestar con un mensaje.

—Me daba pereza escribir.

—Eso sí que es un milagro. ¿Qué tal va todo?

—Bien.

Se hace un pequeño silencio al otro lado.

—¿Bien de verdad?

No puedo evitar reírme.

—¿Tan poco convincente ha sonado?

—Te conozco, Marquitos.

—No ha pasado nada grave. Solo... lo normal.

—¿Fran? —adivina.

—Sí.

Papá suspira.

—Bueno… tú dale tiempo. Se acabará abriendo.

—Eso intento.

—¿Y él qué tal está?

Tardo un segundo en responder.

—Igual que siempre… muy seco conmigo. Aunque estos días parece que está más malhumorado que de costumbre.

—Es normal.

Frunzo el ceño.

—¿Normal?

—¿No te ha dicho nada del examen?

—¿Qué examen?

—Mañana tiene uno muy importante. Debe de estar agobiado.

—¿Mañana?

—Sí. Lleva semanas preparándolo, pero la boda y la mudanza le han quitado mucho tiempo —me explica.

Me quedo pensativo. De repente, muchas cosas empiezan a encajar.

Las horas encerrado en su habitación. Su mal humor, lo poco que habla.

Lo agotado que ha llegado hoy. Incluso la forma de la que me contestó el domingo.

No es que eso justifique hablarle mal a la gente, pero tal vez explique una parte.

—No tenía ni idea —murmuro—. No nos había dicho nada.

—Es normal. Bastante tiene él con lo suyo. —Vuelvo a guardar silencio—. Oye —añade papá con un tono mucho más suave—. Sé que estás esforzándote.

Trago saliva.

—Lo intento.

—Y también sé que a veces da la impresión de que no sirve para nada. Pero no dejes de hacerlo.

Miro hacia la pared que separa mi habitación de la de Fran; esa habitación prohibida que me inspira tanta curiosidad.

—Supongo.

—Dale tiempo —repite.

Nos despedimos poco después. Cuando cuelgo, dejo el móvil sobre el escritorio y permanezco sentado un buen rato sin hacer nada.

He pasado los últimos dos días dando por hecho que Fran simplemente seguía odiándome, y puede que siga siendo verdad. Pero también puede que haya elegido el peor momento posible para intentar acercarme a él. Suelto un suspiro.

Supongo que, cuando termine el examen, las cosas volverán a la normalidad. O, al menos, a la normalidad que existe entre nosotros. Tal vez entonces merezca la pena volver a intentarlo.

El resto de la tarde pasa despacio. De vez en cuando oigo risas apagadas al otro lado del pasillo.

Supongo que Alejo y la otra chica siguen estudiando con Fran.

Al fin, pasadas las ocho, la puerta principal se abre y se cierra un par de veces.

Deben de haberse marchado. En cualquier caso, no salgo de mi habitación hasta la hora de cenar.

Coincidimos los tres en la cocina apenas unos minutos.

Natalia habla casi todo el tiempo, aunque Fran le responde con monosílabos mientras se termina su cena, se toma un yogur a toda prisa y desaparece otra vez por el pasillo, como si quisiera pasar por aquí el menor tiempo posible.

Pero esta vez no me lo tomo como algo personal.

Cuando termino de recoger la cocina, vuelvo a mi habitación. Me quedo un rato tirado en la cama con el móvil, pero al final llegan las once de la noche y paso por el baño antes de acostarme.

Al principio todo queda en silencio, pero este no tarda en romperse. Al otro lado de la pared oigo el colchón de Fran sonando. Primero una vez, y después otra. Y otra más.

Sin embargo, no son los sonidos que me he acostumbrado a escuchar durante los últimos días; esos que provocan reacciones en mi cuerpo que no alcanzo a comprender del todo. No: hoy está dando vueltas en la cama, muy probablemente, tratando de dormir sin éxito.

Ojalá mañana le salga bien el examen. Y, ¿quién sabe? Con un poco de suerte, a lo mejor cuando se lo quite de encima consigo que por fin tengamos una conversación que no acabe en pelea.