8.
La alarma del reloj me despierta puntualmente a las siete de la mañana. Ya es lunes, una vez más. Suelto un suspiro y me levanto de la cama.
La casa está completamente en silencio. Sin molestarme en ponerme nada encima de los bóxers, salgo de la habitación procurando no hacer ruido; después de lo de ayer, no quiero provocar más motivos de discusión con Fran.
Por las conversaciones que hemos tenido con nuestros padres durante las comidas de estos días, sé que él suele levantarse después que yo para ir a la universidad y Natalia todavía tiene algo de margen antes de tener que ir al instituto, así que intento no despertar a ninguno de los dos.
Una vez en el cuarto de baño, me doy una ducha bien larga y caliente para terminar de despertarme; es un imprescindible de mi rutina diaria.
Después, paso por la cocina y pongo la cafetera en marcha mientras me preparo unas tostadas.
Esa es la otra parte imprescindible: necesito tomarme mi café despacio mientras desayuno con calma si quiero empezar la mañana de buen humor.
Cuando termino de desayunar, meto las cosas que he ensuciado en el lavavajillas y voy a lavarme los dientes. Después, vuelvo a mi habitación para coger la mochila y echo un vistazo al pasillo. Todo sigue en silencio.
La puerta de la habitación de Fran permanece cerrada, aunque supongo que no tardará mucho más en levantarse.
La de Natalia también. Durante un instante me planteo despedirme, pero enseguida descarto la idea.
En el caso de Fran, sería absurdo llamar a una puerta solo para decir «me voy» a alguien con quien apenas he cruzado dos frases desde la boda.
Además, después de la discusión de ayer, probablemente sea mejor así.
En cuanto a Natalia, sé que me mataría si la despertara aunque solo fuera un minuto antes de que sonara el despertador. Por lo tanto, salgo de casa y cierro la puerta con cuidado antes de bajar las escaleras, sin molestarme en llamar al ascensor.
El metro siempre está lleno de gente a esta hora, y hoy no es una excepción.
Hay quien aprovecha para leer, quien no despega los ojos del móvil mientras revisa redes sociales, tiktoks o lo que sea, quien escucha algo con los ojos cerrados y quien parece haberse quedado dormido de pie.
Yo suelo limitarme a mirar por la ventana mientras escucho música para ahogar el sonido del exterior, aunque apenas haya nada que ver dentro del túnel.
No dejo de darle vueltas a lo de ayer. Tampoco es que hubiera sido una gran discusión, pero me duele.
Llevo un año y medio intentándolo, joder.
Un año y medio tratando de acercarme a él, de portarme bien con él, de demostrarle que ya no soy el mismo idiota que conoció en el instituto, pero él se niega a darme la oportunidad.
Curiosamente, los únicos momentos de cercanía y de algo parecido a la complicidad son los que compartimos por las noches, aunque durante el día después no seamos capaces de hablar sobre ello, ni sobre cualquier otra cosa.
En cualquier caso, la convivencia no ha empezado precisamente como esperaba.
Cuando Belén y papá anunciaron la boda hace ya más de seis meses, imaginé muchas cosas.
Que nos costaría acostumbrarnos. Que sería raro convertirnos de repente en una familia grande.
Que necesitaríamos tiempo. Lo que no imaginé fue que Fran siguiera tan cerrado conmigo después de tantos meses.
Al fin, llego a mi estación. Salgo del metro y camino los últimos cinco minutos hasta la facultad. El edificio ya está lleno de estudiantes entrando y saliendo con cafés en la mano, mochilas a las espaldas y hasta apuntes que terminan de repasar antes de entrar a clase.
Reconozco a Laura incluso antes de llegar a la puerta principal.
Está apoyada contra una de las columnas, como siempre.
Lleva el pelo castaño recogido en una coleta alta y gesticula tanto con las manos que parece estar contando la historia más importante del mundo.
Carlos está a su lado, escuchándola con una expresión de absoluta resignación desde su silla de ruedas.
En cuanto me ve, él aprovecha la oportunidad para interrumpirla y levanta una mano.
—¡Hombre! El del bodorrio.
—Hola, chicos —los saludo mientras me acerco, sonriendo.
Laura parece olvidarse de lo que estaba contando y dirige toda su atención hacia mí.
—Bueno, cuenta. ¿Qué tal el primer fin de semana con la familia feliz?
Suelto un resoplido.
—Menos idílico de lo que suena.
Carlos sonríe mientras rueda hacia la rampa de acceso, demasiado inclinada como para ser del todo accesible.
—¿Ha sobrevivido la casa?
—De momento sí.
—Eso no responde a mi pregunta —replica Laura, siempre deseosa de conocer los detalles más jugosos.
Yo me limito a encogerme de hombros.
Como siempre, Laura impulsa a Carlos para ayudarlo a subir la rampa. Una vez dentro del edificio, vamos los tres juntos hacia el ascensor.
—A ver —dice ella—. Empieza por la boda.
—No hay mucho que contar.
—Marcos.
—¿Qué?
—Tu padre se ha casado.
—Ya lo sé. Estaba allí.
Carlos se ríe mientras llama al ascensor.
—Lo que nuestra querida Laura quiere decir es que tenemos derecho a un resumen.
—Pues... salió bien. La ceremonia fue superbonita y no hubo ninguna movida en la celebración, que ya es bastante.
—¿Y qué tal tu nueva madrastra? —pregunta Laura—. ¿Te va a convertir en Blancanieves?
—Belén es maja, ya lo sabes.
Por fin llega el ascensor, así que entramos y Carlos pulsa el botón de la segunda planta.
—¿Y el hijo? —pregunta, y yo suelto un suspiro.
—Ese ya es otro tema.
Laura me mira con interés. Ya había mencionado el tema antes.
—¿Tan mal?
—No sé qué problema tiene conmigo.
—¿Por?
—Ni idea. Simplemente... parece que le caigo fatal.
En realidad, lo sé perfectamente. Pero lo cierto es que no conocí a Laura y Carlos hasta que empezamos el grado de Comunicación Audiovisual hace poco más de un año, y no comenzamos a juntarnos hasta enero de este mismo año.
Son mis amigos, sí, pero aún no tengo una confianza excesiva con ellos y hay muchas cosas con las que me cuesta abrirme.
Todavía no les he hablado sobre mi pasado, y prefiero no hacerlo ahora. Los dos intercambian una mirada rápida.
—¿Te ha hecho algo? —pregunta Carlos.
—No exactamente. Es su actitud, básicamente. —Las puertas del ascensor se abren y salimos al pasillo—. No me habla ni me mira si puede evitarlo, y cuando lo hace, es un borde. Ayer mismo acabamos discutiendo.
—¿El segundo día de convivencia? —Laura arquea las cejas—. Tiene que ser un récord.
—A ver, tampoco fue para tanto.
—¿Sobre qué discutisteis?
Tardo un momento en responder; en realidad, yo tampoco lo sé.
—Nada, una tontería.
Laura me da un golpecito con el hombro.
—Pues espero que se le pase pronto. Tiene que ser horrible compartir casa con alguien que te odia.
No respondo. Últimamente, una parte de mí había empezado a hacerse ilusiones con que las cosas podrían cambiar con Fran, pero después de ayer, ya no lo tengo tan claro. Y apenas llevamos tres días viviendo bajo el mismo techo…
Las dos primeras horas del lunes se me pasan bastante rápido, cosa que agradezco.
Laura protesta siempre que el profesor cambia de diapositiva antes de que ella termine de copiar, y Carlos se limita a sacar una foto con el móvil para copiarlo todo con calma.
Lleva haciéndolo desde primero y todavía no sé por qué Laura se esfuerza cuando siempre acabamos copiando de sus fotos.
Mientras bajamos en ascensor, Laura vuelve a sacar el tema.
—Yo sigo pensando que exageras con lo de tu hermanastro.
La miro.
—¿Ah, sí?
—Sí. A lo mejor el chico simplemente es cortado.
—¿Cómo es con los demás? —pregunta Carlos, y yo me encojo de hombros.
—No lo sé. Apenas lo conozco.
—Pues entonces, no puedes saber si te tiene manía o si es así siempre —señala él, siempre optimista.
—Exacto —dice Laura.
Prefiero no negarlo. En realidad, conozco a Fran mucho mejor de lo que ellos se imaginan; sé muy bien que su odio tiene varios años de antigüedad. Pero eso tampoco puedo contárselo a ellos.
Carlos continúa hablando y me salva de responder.
—Ahora que lo pienso… Él no tiene hermanos, ¿verdad? ¿O tiene alguno mayor que no viva con vosotros?
—Qué va, es hijo único.
—Pues ya está. Eso lo explica.
Lo dice como si eso lo dejara todo absolutamente claro. Laura asiente con la cabeza, muy convencida.
—Pues sí. Caso resuelto.
—¿Perdón?
—Si es hijo único, no creo que le haga mucha gracia la idea tener que compartir a su madre —explica Carlos, como si yo no lo supiera perfectamente—.
Pero no te preocupes, ya se acostumbrará tarde o temprano.
Solo tiene que asumirlo y darse cuenta de que tu hermana y tú no vais a competir por el cariño de su madre.
—Gracias por el análisis psicológico.
—De nada. Son diez euros.
No puedo evitar reírme.
Lo cierto es que, desde que los conozco, siempre consiguen que me tome las cosas con un poco más de calma.
Laura habla por los codos, opina de absolutamente todo y parece incapaz de pasar más de cinco minutos en silencio.
Carlos, en cambio, es mucho más tranquilo.
Cuando Laura se viene arriba, él suele ser quien la devuelve a la Tierra con una frase perfectamente medida.
Supongo que por eso encajan tan bien como amigos.
A veces incluso da la impresión de que se conocen desde que eran pequeños, aunque ellos también se conocieron al comenzar la carrera.
Si no recuerdo mal, tardaron menos de una semana en hacerse inseparables.
Yo, en cambio, necesité varios meses para empezar a sentirme más o menos cómodo con ellos.
Y, aun así, todavía hay cosas que me cuesta contar.
La siguiente clase es en la sala de ordenadores, haciendo prácticas. Carlos trabaja a mi lado y Laura justo detrás de nosotros. Cuando ya está a punto de terminar la hora, veo una notificación en el WhatsApp Web, que siempre dejamos abierto en clase.
Laura
Habéis desayunado o estáis sobreviviendo a base de café?
Carlos
Yo sí
También
Laura
Sois un coñazo
Tengo que morderme el labio para no reírme justo cuando el profesor levanta la vista.
Al salir del aula de ordenadores, todavía faltan veinte minutos para la siguiente clase, así que complacemos a Laura bajando a la cafetería para tomar algo antes de la última asignatura.
Nos sentamos en una mesa cerca de la entrada, para ganar algo de tiempo.
La cafetería está llena de estudiantes hablando a voces, así que tenemos que levantar el tono para escucharnos, pero al menos ni Laura ni Carlos sacan cierto temita.
Afortunadamente, las últimas dos clases son las más amenas. Cuando terminamos, bajamos los tres juntos hasta la salida y caminamos/rodamos en dirección al metro.
—Oye, una cosa —dice Laura de repente, mirándome.
Mala señal. Siempre que empieza una frase así, termina preguntando algo que preferiría no responder.
—¿Qué?
—¿Habéis empezado ya el trabajo?
Uf. Qué alivio.
La conversación se centra en el trabajo que tenemos que entregar la semana que viene.
Ella todavía no ha empezado el suyo, y Carlos lleva desde la semana pasada insistiendo en que, como lo deje para el domingo, acabará llamándonos a las once de la noche presa del pánico. Por supuesto, ella lo niega.
—Este curso me he propuesto ser una persona muy organizada. —Carlos y yo intercambiamos una mirada—. ¿Qué? —protesta.
—Nada —respondemos los dos al mismo tiempo.
Una vez dentro de la estación de metro, nos separamos para ir cada uno a nuestro andén.
Los observo alejarse durante unos segundos antes de emprender mi propio camino.
Solo llevo unos meses siendo amigo de los dos, pero ya me cuesta imaginarme la facultad sin ellos.
Tal vez porque, durante esas pocas horas al día, consigo olvidarme de todo lo demás.
Incluso de Fran.