El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 7.
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A la hora de la comida, trato de evitar la mirada de Fran. Cuando fui al baño un rato antes, su camiseta ya no estaba. Pero no puede haberse dado cuenta de que se la había cogido, ¿verdad?

Por suerte, no parece enfadado. De hecho, está mucho más hablador de lo habitual; supongo que la lasaña de su madre debe de haberle animado. No me extraña, la verdad.

Yo, por mi parte, estoy un poco desconectado de la conversación, pensando todavía en esos momentos en el baño… hasta que lo oigo pronunciando mi nombre, algo muy poco habitual en él.

—Aunque siempre oigo a Marcos por la noche cuando estoy intentando dormir —dice, y me da un microinfarto mientras le echo un vistazo fugaz. ¿En serio va a contarles que me oye pajeándome por las noches? Porque no soy el único, y yo también sé hablar—. Ronca un montón.

Contengo un suspiro de alivio y me obligo a reír con los demás. El muy cabrón lo ha dicho con segundas; estoy seguro… esta se la guardo. Si no fuera porque temo que vaya a temblarme la voz, le lanzaría una pulla yo también ahora mismo.

Fran se va a estudiar después de comer, así que Natalia y yo nos encargamos de recoger.

En el salón, papá y Belén han puesto la típica película mala que echan en la tele los fines de semana por la tarde, así que nos unimos a ellos.

Natalia se tumba en el suelo, tal como suele hacer, y yo me siento en un sillón.

De vez en cuando, observo a los recién casados.

Están adormilados y no le hacen mucho caso a la película, pero supongo que no querrán dormirse del todo y por eso no se han ido a su habitación.

Belén tiene los ojos cerrados y está sentada con la cabeza sobre el hombro de papá.

Él, a su vez, tiene un brazo por encima de ella.

Recuerdo vagamente que muchas veces también se sentaba exactamente así con mamá, y eso me hace sentir una punzada de dolor en el estómago.

Pero, al mismo tiempo, es como si hubiera recuperado a una pequeñísima parte de ella a través de Belén, y eso también me hace feliz.

No puedo evitar sonreír mientras los miro y, poco a poco, yo también comienzo a adormilarme.

A las cuatro en punto, la alarma del móvil de mi padre nos saca de diversos estados de amodorramiento.

—Menos mal —se queja Natalia—. Con tantos ronquidos, casi no podía oír la película.

—Venga ya —replico entre risas—, si esas pelis son una mierda.

—Qué va. Resulta que la niñera era la asesina, y al final…

—¿Os vais ya? —le pregunto a papá, ignorándola.

—Dentro de una hora —responde él—. Pero antes tenemos que terminar las maletas y dejaros alguna cosilla más preparada.

A falta de nada mejor que hacer, vuelvo a mi cuarto.

Bajo ligeramente la velocidad al pasar junto a la puerta de Fran, pero no oigo ningún sonido dentro de la habitación prohibida; supongo que tiene que estar concentrado estudiando.

Yo todavía no tengo exámenes a la vista y considero que con lo de ayer ya he cumplido por este fin de semana, así que decido ver una película que me interese de verdad.

Echo un vistazo al póster de Spider-Man que he colgado encima de la cama: esa va a ser la elegida.

Coloco el portátil sobre la silla, me pongo los AirPods para no molestar a Fran y me tumbo en la cama antes de poner la película.

Casi una hora más tarde, oigo el inconfundible sonido de las ruedas de las maletas arrastrándose por el suelo, así que vuelvo a salir de mi habitación. Mientras Belén se acerca a la puerta de Fran, yo me uno a papá y Natalia, que se están abrazando.

—¿De verdad que no puedo ir con vosotros? —se queja ella.

—Nati, que es su luna de miel. —Me río—. No seas pesada.

—Es que no quiero quedarme sola.

—No vas a estarlo —asegura papá—. Tienes a tus hermanos.

—Claro que sí —respondo, aunque no tengo muy claro si realmente podemos contar con Fran para hacernos compañía.

Y, hablando del rey de Roma, por ahí viene.

—Bueno… pues buen viaje —dice con una sonrisa forzada.

Su madre lo abraza y le da un beso, y Fran hace lo mismo. Entonces, papá se mueve como si fuera a acercarse a él, pero no llega a hacerlo. Tan solo le hace un gesto con la cabeza, sonriendo.

—Adiós, chicos —dice.

—¡Y portaos bien! —añade Belén.

—Que sí… —respondemos los tres a la vez.

—Bueno... —digo cuando se van—. ¿Qué os apetece hacer?

—¿Qué? —pregunta Fran, desconcertado.

—Vamos a estar casi cinco días solos en casa —señalo con una sonrisa—. Habrá que aprovechar, ¿no?

Él se encoge de hombros.

—Yo tengo que estudiar.

—Pero no vas a estar estudiando todo el día, ¿no? —insisto.

—Podríamos ver una peli para cenar —sugiere Natalia, y pone los ojos en blanco—. Seguro que ellos no nos dejarían cenar en el sofá.

Fran hace una pausa antes de responder.

—Supongo —dice sin comprometerse—. Pero ya lo hablamos cuando termine de estudiar, ¿vale?

Y vuelve a marcharse. Yo me quedo unos segundos mirando el pasillo vacío.

—Bueno... —dice Natalia, con un suspiro dramático—. Pues ya nos hemos quedado solos y abandonados.

—Qué exagerada eres.

—Lo digo en serio. Ahora la casa da miedo.

Miro el pasillo a nuestro alrededor. Sin las voces de papá y Belén, parece más grande de lo habitual, más alargado. Hasta el silencio suena distinto.

—Es raro, ¿eh?

—Mucho. Echo de menos la otra casa.

—A ver, es normal. Pero ya nos acostumbraremos.

—Supongo.

Nos quedamos ahí plantados durante unos segundos, sin decir nada. Al final, cada uno acaba yéndose por su lado. Natalia vuelve a su habitación y yo continúo con la película.

Como siempre, acabo la película con los ojos húmedos. Le echo un vistazo al reloj: son casi las seis y media. Aún queda bastante tarde por delante antes de la cena, y me planteo seriamente ponerme la segunda película de la trilogía.

Pero antes me levanto para ir al baño y pasar por la cocina a beber agua, y por el camino paso frente a la habitación prohibida, el territorio de Fran.

No se oye absolutamente nada al otro lado de la puerta; debe de seguir estudiando.

Por un momento pienso en llamar para preguntarle si quiere descansar un rato o tomarse un café conmigo, pero cambio de idea: sé de antemano que va a pasar de mí.

Además, si está concentrado, lo último que necesita es que vaya yo a distraerlo. Ya saldrá cuando quiera, supongo.

Natalia tiene razón: la casa está rara. No vacía, porque sé que hay dos personas más aquí, pero sí extrañamente silenciosa. No me gusta, la verdad.

Tras tomarme el vaso de agua, me lo vuelvo a llenar y me lo llevo a mi habitación.

Pongo el portátil a cargar para no quedarme sin batería y me vuelvo a tumbar frente a él, decidido a aprovechar el resto de la tarde de la mejor forma que se me ocurre: viendo esa maravilla cinematográfica conocida como Spider-Man 2.

Cuando termina la película y cierro la tapa del portátil, ya está totalmente oscuro al otro lado de la ventana.

Me estiro para desperezarme un poco, me quito los AirPods y entonces lo oigo.

Desde el otro lado de la pared suena una musiquilla siniestra y el sonido de unos disparos.

A menos que alguien se haya colado para matar a Fran con su propia banda sonora incorporada, debe de estar jugando a algún videojuego.

Al menos durante un rato, porque no tarda en cansarse y enseguida escucho el sonido del colchón cuando vuelve a la cama.

Supongo que es buen momento para sacar el tema de la cena otra vez, pero prefiero no tener que hacerlo yo. Como quien no quiere la cosa, voy a la habitación de Natalia. Tiene la puerta abierta, pero doy unos golpecitos antes de entrar.

—¿Se puede?

—Dime —responde, girando sobre la silla de su escritorio.

—Deberíamos ir pensando en la cena.

—¿Has hablado con Fran?

—No —admito—. Pero papá me ha dado dinero a escondidas para que pidamos unas pizzas algún día. A lo mejor le apetece.

—Pues díselo, ¿no?

—Ya sabes que no le caigo muy bien —le recuerdo, como si fuera necesario—. Seguro que a ti te hace más caso.

Ella pone los ojos en blanco.

—Joder, menos mal que yo soy la pequeña.

Sin decir nada más, se levanta de la silla y sale de la habitación. Yo me quedo en el umbral de su puerta y la observo mientras llama a la de Fran. Él no contesta, así que vuelve a llamar.

—¿Qué pasa? —grita Fran desde dentro.

—Soy yo. ¿Puedo entrar?

No oigo lo que contesta Fran, pero Natalia se gira para mirarme y niega con la cabeza. Me encojo de hombros y nos quedamos unos segundos en silencio, pero entonces vuelve a mirar a la puerta.

—¿Al final vas a querer cenar con nosotros? —le pregunta—. Hemos estado mirando pelis para ver los tres juntos y hay unas cuantas que nos gustan, pero puedes elegir tú si quieres.

Es mentira, pero supongo que quiere ser amable. Fran responde algo que no alcanzo a oír, y Natalia continúa hablando.

—Pensábamos pedir unas pizzas para los tres, es que papá… O sea, mi padre, nos ha dado dinero por si nos apetecía pedir. ¿Te apetece? —Sigo sin oír las respuestas de Fran, así que me acerco un poco—. ¿Seguro? Tu madre dice que te encanta la pizza.

—Que te he dicho que no quiero, joder —responde él; esta vez sí que lo he oído.

—¿Estás bien, Fran? —insiste Natalia, preocupada—. Si te pasa algo y quieres hablar o lo que sea…

—Déjame ya en paz, anda.

Entonces ella se gira hacia mí, mirándome con incredulidad.

—Será gilipollas —murmura.

La sigo mientras vuelve a su habitación, muy airada.

—Tiene que pasarle algo —señalo—. A ti nunca te habla así.

—¿Pues sabes qué? Ni lo sé, ni me importa. No tiene derecho a hablarme así.

Frunzo el ceño, molesto.

—No, la verdad es que no. Pero recuerda lo que nos dijo papá… para él todo esto está siendo muy difícil.

—Ya, bueno. Pero tampoco hace falta que se porte como un imbécil con nosotros.

—Lo sé. —Suelto un suspiro—. En fin, voy a ver si quiere hablar conmigo.

Natalia se ríe amargamente.

—Suerte.

Ignoro sus palabras y me voy hacia la habitación prohibida, preguntándome si hoy será el día que pueda entrar al fin. Trago saliva y titubeo un instante antes de llamar a la puerta.

—¿Fran? —lo llamo—. ¿Estás bien?

—Joder, ¿queréis dejarme en paz de una puta vez? —me grita sin miramientos—. Ni somos hermanos ni lo vamos a ser nunca, así que parad ya de tocarme los cojones.

Mentiría si dijera que sus palabras no me escuecen.

Qué cojones: sus palabras duelen, bastante más de lo que él piensa.

Pero lo peor de todo es que no puedo echárselo en cara, así que permanezco en silencio y vuelvo a mi habitación para calmarme un poco; no quiero que Natalia se dé cuenta de lo triste que me pone esto.

Visto lo visto, parece que nos espera una semana divertidísima.