6.
El domingo despierto más tarde de lo habitual.
Necesito ir al baño, así que me apresuro a levantarme de la cama y salgo sin molestarme en ponerme los pantalones.
Para mi desgracia, cuando me acerco a la puerta veo que está cerrada.
Dentro oigo el sonido de una puertecita cerrándose; Fran debe de estar sacando algo del mueble de debajo del lavabo.
A continuación, oigo agua corriendo, y entonces, un sonido que solo puede ser el del gel de afeitado saliendo a presión del bote.
Pero, como me espere a que termine de afeitarse, voy a mearme encima. Además, me debe una. Llamo a la puerta.
—¿Sí?
—¿Puedo pasar? Me meo.
—Eh… Me estoy afeitando.
—¿Y qué?
—Que no estoy en la ducha como tú ayer.
—¿Y qué? —repito—. A mí no me importa. ¿Puedo pasar?
Su respuesta se hace esperar un poco más de la cuenta. No estará pasando de mí, ¿verdad?
Pero no puedo seguir esperando más.
—¿Fran? Te juro que me estoy meando.
—Sí, perdona. Pasa.
—Gracias.
Abro la puerta y, sin mirarlo, voy directamente hacia el retrete. Casi se me escapa un suspiro de alivio al empezar a mear y, a juzgar por el silencio que hay detrás de mí, creo que Fran no está demasiado concentrado en su afeitado que digamos.
—¿Ves como no es tan difícil? —pregunto sin poder evitarlo.
—Mierda —murmura él.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Pues vale. Tiro de la cisterna y me acerco al lavamanos.
—¿Me haces hueco?
Él se aparta para darme espacio mientras comienzo a lavarme las manos. Mi brazo derecho le roza el costado, y me da la impresión de que se estremece. ¿Será por lo de anoche? ¿O tan solo ha sido mi imaginación?
Levanto la mirada para mirarlo, y entonces veo el hilillo de sangre que se desliza desde su mejilla hasta el cuello.
—Te has cortado.
—Ya.
—Mira, espera un momento. —Voy hacia el papel higiénico y arranco un trozo. Mientras vuelvo junto a él, lo doblo varias veces y entonces lo presiono contra el corte—. Mejor así.
Por alguna razón, mis latidos se han acelerado con esta tontería. Nos miramos a los ojos a través del espejo. Me da la impresión de que él baja la mirada por mi torso, y después todavía más, y siento un cosquilleo extraño justo en la polla. Trato de controlarla; no puedo empalmarme ahora.
Que solo le estoy ayudando con un corte, joder. No es para tanto, ¿verdad? Pero es que él también está sin camiseta, y la luz se refleja en el vello rubio casi invisible de su pecho, y…
—Gracias —dice con voz ronca.
—De nada —susurro, esforzándome por seguir mirándolo a los ojos y no desviar la mirada hacia ningún otro lugar. Es como si una corriente eléctrica se extendiera entre nosotros, algo nuevo que no alcanzo a comprender—. Bueno, yo creo que ya está.
Antes de acabar electrocutado, me aparto de él y tiro el papel ensangrentado al váter. Después, vuelvo a acercarme para enjuagarme los dedos.
—Gracias —repite Fran.
—De nada —respondo una vez más, y se me escapa una sonrisa—. Hasta luego.
Me apresuro a salir del baño y, antes de que nadie pueda verme, me encierro en mi habitación.
Bajo la mirada y, tal como esperaba, ahí está: me he empalmado.
¿A qué coño se debe esto ahora? Lo de anoche ni siquiera fue para tanto, no basta para explicar mi nerviosismo, y desde luego no basta para justificar esto.
No me pasaba algo así desde que iba al instituto, pero en esa etapa se supone que es algo normal.
Supongo que debo de tener las hormonas alteradas, porque no encuentro otra explicación.
Me tumbo en la cama, pero en esta ocasión sé que no voy a escuchar nada en esa habitación prohibida.
En vez de eso, me concentro en los sonidos del baño.
Los azulejos de la pared amortiguan cualquier posible ruido del interior mucho más que nuestras paredes de papel, pero pronto puedo oír el sonido inconfundible del agua corriendo; supongo que Fran habrá terminado de afeitarse y se estará dando una ducha.
Cierro los ojos y, sin poder evitarlo, me imagino a Fran al otro lado, con ese pecho desnudo que he visto a través del espejo, ese vello escaso y casi invisible humedeciéndose bajo el torrente de agua. Me imagino la corriente bajando hasta sus ingles, y después cayendo sobre su…
No. ¿Qué coño estoy haciendo?
No puedo pensar en Fran desnudo. Una cosa es lo que hacemos por las noches, algo totalmente inocuo, y otra muy distinta es esto. Y tampoco puedo volver a pensar en lo de anoche, porque ya estoy empalmado otra vez. Mierda. ¿Por qué me está pasando esto?
Con un suspiro, cojo el móvil y me pongo a ver tiktoks hasta que se me pasa. A continuación, me visto como una persona decente y voy a la cocina para desayunar algo. Para mi sorpresa, me encuentro con papá y Belén cocinando.
—¿Qué hacéis? —pregunto mientras me sirvo el café que queda en la cafetera. No es mucho, pero más vale eso que nada.
—Os estamos preparando comida para estos días —me explica Belén—. Vamos a dejaros congelados de sobra para que no os quedéis sin nada.
—Pues no sé qué será eso, pero huele genial —respondo, y me llevo una galleta de chocolate a la boca.
—Es la lasaña especial de Belén —dice papá—. ¿La recuerdas?
Joder. Como para olvidarla. Nos la preparó hace unos meses, y todavía pienso en ella por la menos una vez a la semana.
—¿En serio hay que congelarla? —pregunto, y ellos se ríen.
—Pues estás de suerte —dice Belén—, porque también va a ser la comida de hoy. He hecho un montón, y lo que sobre os lo dejaremos congelado.
—Así que ya sabes —me advierte papá, señalando el paquete que tengo en la mano—. No te hinches a galletas antes de comer.
Obediente, me trago el trozo de galleta que tengo en la boca y guardo el paquete en su sitio.
—Señor, sí, señor —contesto, y los dos vuelven a reír.
Me he quedado con hambre, pero valdrá la pena si eso significa que puedo repetir lasaña.
Ahora que Fran ya ha dejado libre el cuarto de baño, decido afeitarme yo también.
Comienzo a sacar mis cosas, pero entonces veo algo por el rabillo del ojo.
Me acerco al bidé y me doy cuenta de que se trata de la camiseta del pijama de Fran; supongo que se habrá puesto una normal después de la ducha.
No sé por qué, pero es como si me llamara.
Sin poder evitarlo, la cojo y me la acerco lentamente a la cara.
Es como si me estuvieran controlando, como si no fuera yo quien se está moviendo.
Cuando quiero darme cuenta, tengo la camiseta sobre la nariz.
Y ya no hay otra cosa que pueda hacer, así que aspiro con fuerza.
El olor a Fran me invade las fosas nasales.
Por supuesto, no es la primera vez que me fijo en él; ya me había llamado la atención anteriormente.
Es un olor limpio, aunque ligeramente almizclado, por tratar de definirlo de alguna manera, y no sé qué tiene que me provoca un cosquilleo extraño en la tripa.
«¿Qué coño haces, Marcos?», me reprendo mentalmente, algo confuso. «No puedes ir por ahí oliendo la ropa de tu hermanastro».
Antes de que se me vaya la pinza todavía más, dejo la camiseta donde estaba, esforzándome por colocarla en la misma posición exacta que antes, y vuelvo al lavamanos para afeitarme.
Creo que esto de compartir baño va a ser más complicado de lo que pensaba.