5.
Dedico la mañana a estudiar un poco. Entre la mudanza, los preparativos para la boda y todas las emociones que conllevan ambas cosas, voy un poco más atrasado con la universidad de lo que me gustaría. Además, en unos días nos iremos de viaje, así que más me vale aprovechar ahora que puedo.
A las dos y media ya me está empezando a entrar hambre.
Lo primero que hago es ponerme un pantalón; no sé cuándo llegarán nuestros padres, pero no debe de quedarles mucho.
Cuando salgo de mi habitación, vuelvo a quedarme mirando la puerta de Fran.
¿Habrá comido ya? Juraría que no ha salido de su cuarto, pero no tengo forma de estar seguro.
¿A lo mejor debería llamar y preguntarle si quiere comer con nosotros?
Me acerco a la puerta, la entrada de esa habitación prohibida que tanta curiosidad me genera.
Hasta levanto la mano para llamar. Pero, en el último momento, me acobardo y me alejo.
Fran ya ha dejado claro que quiere pasar el mínimo tiempo imprescindible conmigo, así que no quiero ponerlo en un compromiso.
En vez de eso, paso por la habitación de Natalia, que se viene conmigo a la cocina.
Juntos, preparamos unos sándwiches y nos los comemos sin decir gran cosa.
Acto seguido, vuelvo a mi cuarto para seguir estudiando.
No es la mejor forma de pasar un sábado, pero trato de pensar en el viaje para animarme un poco.
Alrededor de una hora más tarde, estoy tomándome un vaso de agua en la cocina cuando oigo la puerta de entrada abriéndose.
—¡Chicos! —dice la voz alegre de Belén—. ¡Ya estamos en casa!
Me apresuro a terminarme el agua y salgo para recibirlos. Los dos están radiantes, y no puedo evitar sonreír al verlos. La felicidad que emana de ellos es contagiosa.
Acabo de terminar de abrazarlos cuando Fran y Natalia se acercan por el pasillo.
—¿Qué tal lo habéis pasado? —pregunta ella.
—Mejor no contestéis —se apresura a decir él—. No necesitamos saberlo.
Me río entre dientes y los observo mientras se van abrazando. Aunque, como es habitual, Fran y papá no lo hacen. Apenas unos segundos más tarde, Fran se marcha; está claro que no se siente cómodo en esta clase de situaciones.
Natalia y yo seguimos a papá y a Belén hasta el salón. Ella no deja de hablar del hotel, de lo bonito que era todo, de lo rica que estaba la comida, de la pena que le ha dado no haber podido aprovechar la piscina.
—Un día tenemos que ir los cinco en familia —añade.
—Sí, pero eso será dentro de mucho tiempo —dice papá entre risas—. Entre el viaje a Canarias y el de la sierra en Navidad, vamos a tener que pasarnos un tiempo sin hacer grandes gastos.
Sonrío al pensar en los viajes. Mañana, los recién casados se irán de luna de miel a Canarias. Nosotros nos quedaremos en casa, pero, aprovechando que tenemos puente, el viernes nos iremos con ellos para pasar cinco días allí. Me muero de ganas, la verdad.
Y, por si fuera poco, en navidades iremos a esquiar.
El año pasado no fuimos porque papá solo llevaba unos meses saliendo con Belén y prefería quedarse aquí, pero ahora han reservado habitaciones en el hotelito rural de la sierra que siempre visitamos.
Algo me dice que van a ser unas vacaciones maravillosas.
—Me voy un momentito con Fran —dice Belén, y nos acaricia el hombro tanto a Natalia como a mí antes de marcharse.
—Bueno, ¿y vosotros qué? —pregunta papá—. ¿Qué tal con vuestro hermano?
—Como siempre —dice Natalia, encogiéndose de hombros.
—No acabamos de conectar —añado.
La sonrisa de papá flaquea ligeramente.
—¿Todavía no quiere estar con vosotros? —Asiento con la cabeza—.
A ver… Tenéis que intentar entenderlo. Lleva toda su vida acostumbrado a ser hijo único.
Y su padre los abandonó hace ya varios años, así que ha estado mucho tiempo viviendo solo con Belén.
Estar de repente en una casa de cinco personas tiene que ser un cambio muy grande para él.
Sé que no le falta razón, pero también sé que esa no es la única razón por la que me evita. El problema es que contárselo a mi padre significaría hablarle de esos años en el instituto, y eso es algo que prefiero no hacer. Por su bien y por el mío.
Estoy pensando en parar de estudiar ya después de una tarde bastante productiva cuando suenan unos golpes en la puerta.
—¿Sí?
—Cariño, soy yo. —Es la voz de Belén—. Ya está la cena.
—Vale, gracias. Ya voy.
Justo acabo de salir de mi habitación cuando se abre la puerta de Fran.
—Ey —lo saludo al pasar.
—Ey.
Sigo caminando hacia el salón, con él detrás de mí.
Una vez allí, sonrío al ver la bandeja que hay en la mesa, con un pollo asado y un montón de patatas a su alrededor.
Durante la mudanza, mi padre, Natalia y yo descubrimos que hay una pollería cerca, así que supongo que no habrán querido molestarse mucho con la cena después de estos días de ajetreo. No me quejo, la verdad.
Cuando Belén se sienta, Fran se apresura a ocupar la silla de su derecha.
Mi padre toma asiento entre ella y Natalia, lo que significa que solo queda una silla libre para mí…
y es justo al lado de Fran. Se nota que no le hace ninguna gracia, pero al menos tiene la delicadeza de no decir nada.
Con un poco de suerte, tal vez esto nos ayudará a acercarnos un poco más.
—Bueno, familia —dice papá, sonriente—. No teníamos ganas de cocinar después de todo el trajín de ayer, pero espero que os guste la cena.
—¡Yo quiero hacer un brindis! —dice Natalia de repente—. Poneos las bebidas, venga.
Me doy cuenta de que su vaso ya está lleno de Coca-Cola. Fran toma la botella y se llena el vaso también, y mi padre y yo lo imitamos mientras Belén se sirve agua.
—¿Por qué quieres brindar, cariño? —le pregunta.
—Por nosotros —responde Natalia—. Por nuestra nueva familia. Y por que seamos muy felices juntos.
Papá y Belén están claramente emocionados. Yo, por mi parte, me siento un poco incómodo. Sé que mi hermana habla con buena intención, pero es difícil mantener la sonrisa cuando estoy sentado justo al lado de Fran, que claramente no ve la hora de salir corriendo de aquí.
Aun así, se une al ritual y acerca su vaso al centro, como todos los demás.
—Por nosotros —decimos a coro.
Chocamos los vasos y bebemos unos sorbos antes de empezar a comer.
—¿Qué tal ayer? —nos pregunta Belén, claramente animada—. ¿Qué hicisteis?
Ni Fran ni yo respondemos.
—Nada —responde Natalia—. Estábamos cansados, así que nos fuimos a dormir.
—¿Y qué tal vuestras nuevas habitaciones? —se suma papá, dirigiéndose claramente a Fran y a mí—. ¿Os gustan?
Me encojo de hombros.
—Ya sabes que sí —digo.
—Sí —responde Fran.
—¿Y qué habéis comido? —continúa Belén; es como si estuvieran jugando a un partido de tenis verbal entre los dos, turnándose para lanzar preguntas.
—Sándwiches —respondo simplemente.
—¿Los tres?
—Yo no —dice Fran.
—¿Qué has comido tú?
—Pizza.
Ella sonríe.
—Bueno, un día es un día.
—Ya.
La cosa continúa igual de incómoda durante unos minutos más, hasta que al fin, Natalia toma las riendas.
—Oye, Belén. ¿Me ayudas luego con lo que me dijiste?
—¡Claro, corazón! —responde ella, y su rostro se ilumina.
Empiezan a hablar sobre maquillaje; por lo que logro entender, Belén va a enseñar a mi hermana a usar el eyeliner . No me entero de casi nada de lo que dicen, pero al menos es mejor que la conversación de hace solo unos minutos.
Después de la cena, Fran se marcha derechito a su habitación. Yo me levanto para ayudar a recoger las cosas con Natalia, pero no se me escapa la ligera expresión de tristeza en el rostro de Belén.
—¿…un error? —alcanzo a oír cuando volvemos al salón.
—No, cariño —responde papá—. Es normal que le cueste. Para él ha sido un cambio muy grande.
Hago como que no estoy escuchando mientras recojo los pocos platos que quedan.
—Lo sé, ¿pero y si no se acostumbra? —susurra ella—. ¿Y si me lo echa en cara? Yo solo quiero que estemos todos bien.
Como ya he terminado con los platos, salgo del salón pero me quedo cerca de la puerta, donde todavía puedo seguir escuchando un poco.
—Vamos a estarlo —promete papá—. Y Marcos y Nati le tienen mucho cariño. Me lo han dicho. Solo necesitan encontrar la forma de conectar, de conseguir que se abra un poco más.
Hago una mueca. Hace un par de días, nos preguntó qué tal iba todo con Fran y nosotros le dijimos que le habíamos cogido cariño, pero tampoco es como si ahora lo adoráramos de repente. Si él se abriera un poco con nosotros, tal vez podríamos ser amigos, pero se niega en rotundo a hacerlo.
—Bueno —dice Belén, aparentemente más animada—. Voy a ir a hablar con él, a ver cómo está.
Cuando termino de recogerlo todo, me siento un rato con papá en el sofá, esperando a que Belén acabe de hablar con Fran.
Ya tengo más que comprobado que las paredes de nuestras habitaciones son de papel, así que sería muy difícil estar en la mía sin acabar escuchando cosas que muy probablemente no quiera oír.
Al fin, vuelve a aparecer por la puerta y nos damos todos las buenas noches antes de marcharnos cada uno a nuestra habitación.
Tras quitarme la ropa que llevaba para estar por casa y quedarme en bóxers, paso por el cuarto de baño.
Al fin, me meto en la cama y cierro los ojos, pero sé que me va a costar conciliar el sueño.
Esta habitación me sigue resultando demasiado nueva.
Trato de escuchar, pero no oigo nada al otro lado de la pared.
Que Fran me escuchara la paja de ayer ya fue bastante vergonzoso, por mucho que después se uniera a mí, pero no hace falta que ocurra una segunda vez.
Pero ahora reina el silencio y estoy prácticamente seguro de que ya está dormido, de modo que me bajo los bóxers y comienzo a acariciarme despacio mientras busco algún vídeo en el móvil.
Llevo ya un rato cuando me detengo de golpe.
Aguzo el oído, y ahí está: el colchón de Fran también está chirriando ligeramente al otro lado de la pared.
O bien no estaba dormido, o bien lo he despertado, pero una cosa está clara: él también se está haciendo una paja desde esa habitación prohibida que tanto me tienta.
Pero si ahora parece que a él ya no le molesta oírme, a mí menos.
Despreocupado, continúo con lo que estoy haciendo, con el móvil abandonado junto a la almohada.
En su lugar, me concentro en los sonidos que oigo desde el otro lado de la pared.
Aunque intenta ser silencioso, no se le da demasiado bien, y supongo que a mí tampoco.
Al cabo de unos minutos en los que el ruido por parte de ambos ha ido en aumento, un gemido ahogado pero prolongado me indica que acaba de llegar al orgasmo, y eso hace que yo también me corra sobre los pañuelos.