El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 4.
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Fran se queda como paralizado, como si no se pudiera creer lo que está pasando.

Yo, por mi parte, finjo naturalidad. Tampoco es que sea la primera vez que estoy desnudo delante de alguien; ya lo he hecho cientos de veces en el vestuario del instituto.

Y, de hecho, él estaba también en ese mismo vestuario, así que esto no debería ser nuevo para ninguno de los dos.

Procurando mantenerme calmado, salgo de la ducha y cojo la toalla para comenzar a secarme.

Me da la impresión de que Fran sigue mirándome a través del espejo, pero me obligo a concentrarme en lo mío mientras me seco la cabeza a conciencia; tengo el pelo demasiado rizado y se me queda muy encrespado si dejo que se seque al aire libre.

—Eh… ¿qué cojones haces? —dice de pronto, y yo me detengo.

Nuestros ojos vuelven a cruzarse a través del espejo.

—Me estoy secando, ¿no lo ves?

—No, si ya. Pero quiero decir que por qué lo estás haciendo.

Parpadeo un par de veces, confuso. ¿Qué es lo que no entiende exactamente?

—La gente suele secarse después de ducharse y tal —respondo despacito, tratando de dejárselo claro—. Deberías probarlo alguna vez, va muy bien para que no se te moje la ropa.

Él pone los ojos en blanco.

—Pero sigo aquí —dice.

—¿Y qué?

—¿Cómo que «y qué»? Pues que al menos podrías haberte esperado a que salga y esas cosas, no sé.

Subo un pie al bidé y comienzo a frotarme las piernas con la toalla.

—Te recuerdo que eres tú el que ha entrado en el baño antes de que terminara de ducharme —señalo.

—Ya, pero…

—A ver, Fran… te voy a ser sincero. —Me detengo de nuevo y vuelvo a mirarlo, sonriendo ligeramente.

No quiero que el tema le resulte tan incómodo como sin duda parece—.

Se acabó el agua caliente antes de que terminaras de mear.

Como has dicho que te ponías nervioso y tal, he preferido no decírtelo y me he esperado a que acabaras.

Pero, sinceramente, ya me estaba empezando a congelar ahí dentro.

Tarda unos segundos en responder.

—Gracias —me dice al fin—. ¿Te quieres tapar? Voy a salir ya.

Me río sin poder evitarlo.

—Tío, como si no nos hubiéramos visto desnudos mil veces.

Él se queda inmóvil, claramente confuso.

—¿Qué?

—Joder, en el insti —le recuerdo—. Después de Educación Física, en las duchas y tal.

Puedo ver por su expresión que he tocado un tema sensible.

No es que fuera mi clase favorita, precisamente, pero al ver su cara no necesito que me diga nada para saber que para él era una tortura.

Y, ahora que lo pienso, supongo que el momento de los vestuarios no puede ser fácil cuando te gustan los chicos.

Yo podía mirar a mis compañeros sin que nadie pensara nada raro, pero él…

—Ah, ya —dice, y es casi como si confirmara mis sospechas—. Es verdad.

—Pues eso —respondo, tratando de mostrarme tranquilo—. Hay confianza.

Y continúo secándome entre las piernas.

—Si tú lo dices.

Entonces, Fran suspira y sale a toda prisa del cuarto de baño.

Yo sigo secándome con calma y, cuando termino, cuelgo la toalla en su sitio, justo al lado de la de Fran, y me acerco al espejo para arreglarme un poco el pelo.

Me doy cuenta de que tengo las mejillas algo sonrosadas; supongo que por el exceso de agua caliente.

Por alguna razón, cuando salgo del baño me doy cuenta de que me apetece seguir hablando con Fran.

Miro la puerta cerrada de su habitación y me acerco unos pasos, pero cuando estoy a punto de llamar a la puerta, es como si algo me impidiera hacerlo.

Como si esa habitación estuviera prohibida para mí, como si no tuviera permitido cruzar ese umbral.

Al otro lado de esa puerta se encuentran los dominios de Fran, y quiero conocerlos, al igual que quiero conocerlo mejor a él.

Pero primero tengo que ganarme el derecho, y sé que no me lo va a poner fácil.

El momento no dura más que una fracción de segundo. Entonces, un ruidito proveniente de la cocina me indica que Fran debe de haber ido a desayunar, así que me dirijo hacia allí. Si él está desayunando, no tiene nada de raro que yo haga lo mismo.

Cuando entro, lo veo concentrado en su cuenco de cereales, como si el interior contuviera todos los secretos del universo.

—Ey —lo saludo.

—Ey.

No dice nada mientras continúa comiendo y yo me preparo el desayuno. Estoy poniéndome el café cuando entra Natalia y me mira con el ceño fruncido.

—A ver si aprendes a vestirte cuando estás por casa, ¿no?

Señalo mi camiseta y levanto las cejas.

—Estoy vestido.

—Papá dijo que…

—Me da igual —la interrumpo.

De verdad, qué tontería. En casa siempre he estado en calzoncillos. Siempre. Desde que tengo memoria; desde antes de que mi madre muriera. Salvo que haga mucho frío, siempre suelo tener mucho calor, así que si estoy en casa prefiero estar lo más fresco posible. Que para algo es mi casa, coño.

Pero papá lleva semanas diciéndome que tenía que acostumbrarme a dejar de hacerlo.

Que a Belén y a Fran no les haría mucha gracia que me paseara por la casa en calzoncillos.

Y, a ver, supongo que tendré que ponerme pantalones cuando ella esté por casa, pero ahora que solo estamos nosotros tres…

¿qué más dará? No creo que Fran vaya a escandalizarse, la verdad.

Doy un sorbo al café mientras lo observo de reojo. Tras meter las cosas en el lavavajillas, se marcha sin despedirse. Pues vale.

—¿Sigue estando borde? —me pregunta Natalia, más comprensiva que antes.

—¿Tú qué crees? —le pregunto a mi vez, y ella suelta un suspiro.

—Dale tiempo. Supongo que es normal que sea difícil para él. Ya se irá acostumbrando a nosotros.

—Ya, bueno. Pero al menos a ti no te trata como si fueras una apestada.

Ella se ríe.

—Bueno, yo no iba con él a clase ni me juntaba con los gilipollas del instituto.

—No hace falta que me lo recuerdes.

—¿Por qué no se lo dices?

¿Que por qué? Para empezar, porque no me gusta recordar esa época.

No me gusta recordar una época en la que la muerte de mamá todavía estaba demasiado reciente.

Y también porque no me gusta recordarlos a ellos.

No me gusta recordar la persona que era con ellos.

Sí, vale, puede que no fueran más que unos idiotas, en su mayor parte inofensivos.

Pero me avergüenza pensar en todas las veces que podría haber parado sus tonterías y no lo hice.

Me avergüenza saber que era un cobarde.

—No lo sé —digo simplemente.

—Bueno. Yo solo digo que deberíais hablar.

—¿Y de verdad piensas que va a servir de algo? Ya has visto cómo es conmigo, parece como si le diera asco compartir el mismo aire que yo. Ayer en el coche parecía que quería abrir la puerta y tirarse a la carretera.

De nuevo, se echa a reír.

—Eres un exagerado.

—Qué va.

—A ver, que te entiendo. En serio. Pero, si no intentas hablar con él, no sabrás cómo podría reaccionar. A lo mejor vale la pena intentarlo.

La miro con una sonrisa.

—¿Tú desde cuándo eres tan madura?

—Se supone que las chicas maduramos antes, ¿no? Y, viendo cómo os comportáis vosotros dos, seguro que dentro de un año como máximo ya os habré superado.

Me río sin poder evitarlo. A continuación, me termino el café de un trago y meto la taza en el lavavajillas antes de volver a mi cuarto. Pero, en el pasillo, me detengo una vez más frente a la puerta de Fran. Su habitación… La habitación prohibida.

Siempre he pensado que la habitación es lo más personal que puede tener alguien.

Más que cualquier otra cosa. Una habitación es el reflejo de la persona que vive en ella; hasta estoy seguro de que podría hablar sin parar sobre cualquiera solo con ver dónde duerme.

La mía es un claro reflejo de mi personalidad: los pósters de Spider-Man y otros superhéroes, la estantería con un montón de libros y cómics, el escritorio casi siempre desordenado.

Fran es una especie de misterio para mí, al igual que su habitación.

Pero esa puerta es una barrera infranqueable que no puedo cruzar, y no sé si alguna vez tendré la oportunidad de hacerlo.

De conocerlo mejor. Al auténtico Fran, ese que tan solo deja ver cuando se encuentra en la intimidad y el silencio de su cuarto.

Con un suspiro, continúo hasta mi habitación y abro la puerta.

Las dos habitaciones tienen una especie de forma de L, completamente simétricas.

En el hueco entre ambas se encuentra el cuarto de baño, y su puerta está justo a medio camino entre la de Fran y la mía, como proyectando una muralla invisible que separa inexorablemente nuestros dominios.

Las sábanas ya se han ventilado frente a la ventana abierta, de modo que hago un poco la cama, lo justo para que papá no se queje si se asoma por la puerta cuando vuelva a casa.

En la otra casa yo nunca hacía mi cama, pero, al igual que con lo de llevar más ropa estando por aquí, me ha pedido que empiece a hacerlo.

Supongo que querrá causar buena impresión o algo así.