El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 3.
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Me despierto poco después de las diez y media, con la sensación de que no he descansado todo lo que debería después de haber trasnochado tanto. Es sábado y me gustaría poder cerrar los ojos y quedarme durmiendo una horita o dos más, pero sé que no voy a poder conciliar el sueño de nuevo.

Aun así, me da demasiada pereza levantarme, de modo que me permito quedarme en la cama un ratito más, mirando reels y tiktoks y contestando mensajes en el grupo con mis amigos Laura y Carlos .

El esperable ruido de la calle no llega a romper el silencio de mi habitación a través de la ventana, y me doy cuenta de que puedo oír los ligeros ronquidos de Fran desde el otro lado de la pared. Por alguna razón, eso me hace sonreír.

Al fin, cuando dan las once, me obligo a ponerme en pie para tratar de hacer algo productivo con el día.

Pero antes necesito despejarme, de modo que voy directamente al cuarto de baño que me ha tocado compartir con Fran.

Y, como no me apetece que me vea en pelotas después de que anoche me dijera claramente que no soy su tipo, me aseguro de cerrar bien el pestillo antes de desnudarme.

Justo estoy empezando a ducharme cuando suenan unos golpes en la puerta.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—¿Te falta mucho? —grita Fran desde el otro lado.

—Pues un rato, si literalmente me acabo de meter en la ducha.

Hace una pausa.

—Joder, es que me estoy meando.

—Bueno, pues entra si quieres —respondo, y cierro el grifo. Al menos, no podrá verme a través de la cortina—. Espera, que te abro el pestillo.

De nuevo, tarda un instante en responder.

—¡No! Tranquilo, que no hace falta.

—Pues vale —digo en voz baja, y continúo con lo mío.

Acabo de enjabonarme el cuerpo y estoy esparciéndome el champú por el pelo cuando vuelve a llamar a la puerta.

—¿Marcos? —pregunta, con un claro tono de timidez.

—¿Qué pasa ahora? —le digo, un tanto exasperado.

—¿Te falta mucho? —repite.

Suelto un resoplido.

—Joder, yo qué sé… Me gusta tomarme mi tiempo en la ducha. —Decir que para mí las duchas son sagradas sería quedarme muy corto—. Ya te he dicho que puedes entrar si quieres, a mí me da igual.

—¿Seguro?

—Que sí. Ahora te abro.

—Vale… gracias.

Cierro el grifo de nuevo y me asomo por un lateral de la cortina para abrir el pestillo. Después, vuelvo a poner la ducha en marcha de inmediato; sin el agua caliente y el vapor, hace un poco de frío aquí dentro.

Cuando entra, me doy cuenta de que puedo ver su sombra proyectada contra la cortina. Camina hasta el retrete y se detiene, aparentemente dudoso.

—¿Qué hago con tus cosas? —pregunta.

Abro un poco la cortina de la ducha y me asomo para ver la ropa que he dejado ahí encima. Me resulta extraña la idea de que Fran toque mis bóxers, pero tampoco hay otra alternativa. Trato de mirarlo a los ojos, pero él aparta un poco la cara, como si no quisiera que lo viera.

—No sé, déjalas encima del bidé o algo —respondo, y vuelvo a meter la cabeza en la ducha.

—Vale.

Justo acabo de volver a colocarme con la cabeza bajo el chorro de agua cuando me doy cuenta de algo: el corazón me late a toda velocidad. Hasta tengo la respiración ligeramente acelerada, como si hubiera estado corriendo.

Observo su sombra mientras se agacha un poco para coger mi ropa antes de dejarla en el bidé. Entonces, abre la tapa del retrete y aparto la mirada. Aunque solo sea una sombra, no creo que a Fran le hiciera mucha gracia que le viera la polla.

Termino de enjabonarme el pelo y escucho el sonido de la tapa contra la cisterna cuando la abre.

Estoy esperando a que empiece y termine de mear para poder seguir con mi ducha tranquilo…

pero no lo hace. Y, aunque está complicado medir el paso del tiempo aquí dentro y sin música, diría que pasan por lo menos tres o cuatro minutos sin que haga nada.

No se habrá colado aquí solo para verme desnudo, ¿verdad?

—¿Fran? —pregunto, un tanto confuso.

—¿Qué pasa?

—No te oigo mear.

—Joder, tío. Un poco de intimidad al menos, ¿no?

¿Y lo dice el que se ha metido en el baño mientras me estoy duchando?

—Llevas como cinco minutos aquí —le recuerdo.

—Los cojones —replica—. Habrán sido dos o tres como mucho.

—Con eso ya has tenido tiempo de sobra.

—¿Me quieres dejar tranquilo? Tengo que concentrarme.

Me río sin poder evitarlo.

—¿En serio necesitas concentrarte? Yo pensaba que te estabas meando.

—A ver, es que no se me da bien eso de mear en público, ¿vale? —confiesa—. Necesito intimidad.

Vuelvo a reír.

—¿Qué público? Si yo estoy aquí tranquilito, duchándome.

—Claro, y presionándome para ver si estoy meando o no. Así no puedo.

—A ver, solo me extrañaba porque no oía nada —respondo entre risas—. No es para tanto.

—Tío, en serio… cállate ya —me pide—. No me lo pongas más difícil, anda.

Hay un tono de súplica en su voz, y entonces lo recuerdo. El instituto, hace cinco o seis años. Él en el baño. Andy. Pero no puede ser eso, ¿verdad?

¿O sí?

—Perdona.

—No pasa nada —responde—. Pero no vayas a mirar, ¿vale?

—Que no, joder.

—¿Seguro?

Sí… Algo me dice que esto tiene mucho que ver con lo de Andy. No puedo evitar sentirme un poco culpable.

—A ver, Fran… Te juro que no tengo el más mínimo interés en verte la polla, créeme.

—Vale.

En realidad, no sé si he sido del todo sincero.

No es que quiera vérsela, pero… No sé, tal vez sea por lo de anoche, pero ahora no puedo evitar sentir cierta curiosidad.

Y por alguna razón eso me hace sentir cierto calorcillo en la mía, así que trato de olvidarme del tema y me coloco bajo el chorro de agua para aclararme el pelo.

Debería cerrar los ojos, pero no puedo. A través del agua, veo la sombra de Fran mientras se mueve; a juzgar por lo que parece, está situándose de espaldas a la cortina para asegurarse de que no pueda ver absolutamente nada.

Los segundos pasan mientras termino de enjuagarme el pelo y, después, el resto del cuerpo.

Cuando mi mano llega hasta mi polla enjabonada, me sorprende encontrarla algo hinchada y comienzo a acariciarla de arriba abajo con lentitud conforme voy eliminando todo el rastro del gel.

Pero me detengo de inmediato; no voy a hacerme una paja en el baño estando Fran aquí, así que me apresuro a pasar a las piernas.

Ya he terminado de aclararme por completo, pero sigo sin escuchar el chorro característico que indica que está haciendo lo que ha venido a hacer. Me siento un poco mal. Puede que yo no hiciera lo que hacía Andy, pero tampoco lo detuve, y esto bien podría ser una consecuencia.

Sé que si salgo ahora de la ducha se morirá de la vergüenza, de modo que elevo un poco la temperatura del agua y me sitúo de forma que caiga directamente sobre mi espalda.

Siempre me duele por las horas de estudio, así que agradezco esta especie de hidromasaje improvisado.

Fran sigue estando de espaldas a la cortina, pero cierro los ojos para disfrutar del agua caliente.

Y los minutos continúan pasando.

Al fin, cuando la temperatura del agua ya comienza a descender, lo oigo: el característico sonido del chorro sobre el agua de la taza.

Lo ha conseguido; está meando por fin. Y menos mal, porque el agua de la ducha se está enfriando cada vez más.

A pesar de todo, está claro que no me mentía cuando decía que tenía muchas ganas, porque tarda por lo menos un minuto en terminar.

—Joder —digo sin poder evitarlo cuando tira por fin de la cisterna—. Tremenda meada, ¿no?

—Ya te he dicho que me estaba meando.

—No, si ya se nota —respondo entre risas, y detengo el agua ya helada.

Oigo que se está lavando las manos, y sé que tan solo tendría que esperar unos segundos más hasta que se vaya, pero no puedo esperar ni un instante más. Hace demasiado frío aquí dentro. Con un poco de suerte, el vapor del cuarto de baño impedirá que se fije demasiado en mí.

Sin pararme a pensarlo, abro la cortina para salir de la ducha. Mis esperanzas de que no se fije demasiado en mí desaparecen de golpe cuando nuestros ojos se cruzan a través del espejo.

Mierda.