El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 1. #2
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Fran no contesta, pero gira la cara hacia la ventana.

Creo que no puede verme, pero yo sí puedo ver su cara reflejada en el cristal.

No me cuesta imaginar lo que estará pensando; a estas alturas, ya sé muy bien que no le hace ninguna gracia la idea de tener que vivir con nosotros.

Supongo que, si estás acostumbrado a ser hijo único durante casi veinte años, es normal que no te haga mucha gracia que te endosen dos hermanos de repente.

Sobre todo cuando uno de los hermanos soy yo.

Observo las líneas de su rostro en el reflejo; el ceño fruncido, la mandíbula apretada.

Sé qué es normal que le caiga mal. Joder, sé que tiene razones de sobra para odiarme.

Pero yo ya no soy la persona que conoció en el instituto.

He cambiado, y pienso demostrárselo. No creo en el destino, pero a lo mejor la vida nos ha dado una segunda oportunidad por alguna razón.

Y, aunque veo difícil que alguna vez llegue a cumplirse mi deseo de que seamos amigos, con un poco de suerte, tal vez algún día consigamos mantener una relación más o menos cordial.

Al menos, eso espero.

De pronto, me doy cuenta de que mi brazo está pegado al suyo; hemos debido de movernos con las curvas.

Supongo que no se habrá dado cuenta, porque lo habría apartado.

Bajo la mirada y observo la unión de nuestra piel.

La mía está ligeramente morena, con un vello oscuro y denso que al principio me acomplejaba, aunque últimamente he aprendido a gustarme a mí mismo.

La suya es más clara y el vello que la recorre es totalmente rubio; tanto, que casi parece invisible.

Por alguna razón, me gusta el contraste que creamos, como si fuera algo que nos hiciera encajar.

Diez minutos después, llegamos a la casa nueva y papá aparca al final de la calle.

Subimos todos juntos en el ascensor, y no puedo evitar pensar que debemos de ser una imagen peculiar: Belén guapísima, papá radiante de felicidad, Natalia como una princesa de película Disney…

y Fran y yo haciendo esfuerzos más que evidentes por mantenernos lo más alejados posible.

Una vez en casa, paso por la cocina a por un vaso de agua; tengo la garganta seca. Me la bebo de golpe y después me sirvo un segundo vaso, aunque este lo vacío más despacio. Cuando salgo al pasillo, veo que Belén y papá están otra vez en el recibidor, despidiéndose.

—Marcos y yo solo nos llevamos dos o tres meses —está diciéndole Fran a su madre, como respuesta a algo que no he alcanzado a oír—. Además, no es mi hermano.

Hago como que no he oído nada y me acerco a papá para darle un abrazo.

—Mañana nos vemos, campeón —me dice.

—Vale.

A continuación, se acerca a Fran, claramente vacilante. Trato de observar la interacción, pero Belén se acerca para abrazarme también y yo le devuelvo el gesto con ganas. Me encantan sus abrazos, mucho más de lo que sería capaz de admitir en voz alta, y cada uno de ellos es como un tesoro para mí.

Cuando levanto la mirada, papá ya vuelve a alejarse de Fran; no tiene pinta de que ellos se hayan abrazado.

—¡Hasta mañana! —se despide Belén—. ¡Y portaos bien!

—Que sí… —respondemos los tres y, por un momento, siento una chispa de ilusión al pensar que sonamos como hermanos. Pero entonces veo la cara de Fran y me doy cuenta de que a él no debe de hacerle ninguna gracia.

—Bueno, yo me muero de sueño —dice Natalia, yendo hacia su habitación—. Buenas noches.

—Sí, yo también me voy a dormir —me sumo sin mirar a Fran, y me alejo también.

Una vez en mi habitación, me apresuro a quitarme el traje de la boda; ya me estaba sobrando desde hace unas cuantas horas.

Dejo la ropa sobre la silla y saco el pijama para dejarlo sobre la cama por si me entra frío por la noche, pero no me molesto en ponérmelo.

Aunque ya estamos a finales de octubre, esta semana la temperatura está siendo más bien templada.

Suelto un prolongado bostezo; estoy que me caigo de sueño.

El colchón firme y las almohadas blanditas me llaman a gritos, pero paso por el baño primero: después de los dos vasos que me acabo de beber, prefiero retrasar lo máximo posible cualquier posible despertar durante la noche.

Estoy ya terminando cuando oigo que alguien trata de abrir la puerta. Por supuesto: Fran y yo ahora compartimos el mismo cuarto de baño, y él también querrá entrar antes de irse a dormir. Menos mal que he echado el pestillo.

—¡Un momento!

No contesta. Un par de segundos después, tiro de la cisterna y me apresuro a lavarme las manos para no hacerle esperar.

Cuando abro la puerta, se queda paralizado. Lo único que se mueve son sus ojos, recorriéndome de arriba abajo… y me da la sensación de que se detienen un poco más de la cuenta en mis bóxers. Aparta la mirada demasiado deprisa.

—¿Tu padre no te ha enseñado a ir vestido por casa o qué? —me espeta, clavando sus ojos avellana en los míos.

Antes de que pueda responder, se encierra en el cuarto de baño. Me quedo un par de segundos en el pasillo, algo confuso. ¿Por qué tiene que ser tan borde conmigo? Yo pensaba que con el tiempo se ablandaría, que empezaría a tratarme mejor, pero si acaso parece que cada vez me odie más.

De todos modos, ya estoy empezando a acostumbrarme a que le moleste todo de mí, así que me encojo de hombros y vuelvo a mi habitación, resignado.