El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 1.
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El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3)

El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3)

Por Mike Lightwood

© inepub.com

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El día de la boda despierto con una sensación agridulce.

Por un lado, soy feliz. Muy feliz; más de lo que recuerdo en muchísimo tiempo.

Seis años después de la muerte de mamá, papá ha encontrado por fin a una mujer que le hace sonreír otra vez.

Belén, la que muy pronto será su nueva esposa.

Puede que fuera papá quien se enamorara de ella, pero también nos ha conquistado a Natalia y a mí, prácticamente sin esfuerzo.

No diría que la quiero como a una madre, y sé que nunca llegará a sustituirla…

pero estoy seguro de que no hay nadie que pueda acercarse más que ella.

Ver el cambio de papá durante toda la relación, desde que se conocieron hasta ahora que están a punto de casarse, ha sido como presenciar una metamorfosis, una transformación tan improbable como extraña, fascinante y hermosa.

Pero luego está Fran, el hijo de Belén, y decir que no me soporta sería un eufemismo.

Por supuesto, no puedo echárselo en cara.

Soy consciente de que fui un poco gilipollas en el instituto.

Nunca fui un abusón, jamás acosé a nadie, pero mis amistades no eran precisamente las mejores.

En una época convulsa de mi vida, con una madre muerta y enterrada y un padre muerto en vida, me aferré al único amigo que tenía como quien se aferra al único saliente de roca que puede impedir su caída al precipicio.

Lo que no sabía era que estaba cayendo a un abismo mucho más peligroso.

Sin embargo, al final me di cuenta a tiempo.

Durante el bachillerato me fui alejando de unos amigos que ya entonces sabía que no me convenían, y aproveché el estrés y los exámenes de segundo para ensanchar la distancia entre nosotros todavía más.

Cuando terminaron las clases, corté por completo la relación con ellos y los bloqueé a todos.

Y ahora, un año y medio después de terminar el instituto, soy una persona muy diferente a aquel chaval que se dejaba arrastrar por sus tonterías.

Me gustaría que Fran fuera capaz de verlo, pero él se niega en rotundo a intentarlo. Ahora que nuestros padres se van a casar, nos vamos a convertir en hermanastros. Vamos a dormir pared con pared, de forma muy literal. Y, aunque me hace ilusión, al mismo tiempo también me da miedo.

Yo no tengo demasiados amigos, y los que tengo no son especialmente íntimos: los quiero, pero no soy capaz de sincerarme con ellos del todo, como si hubiera un bloqueo en mi interior, una especie de barrera que no soy capaz de derribar.

Pero Fran… Fran podría ser mi amigo, estoy seguro. Tal vez hasta podría convertirse en el mejor amigo que llevo años sin tener. Joder, hasta podría acabar siendo un hermano de verdad.

Pero él se niega en rotundo a hacerlo.

La boda es preciosa. Por lo general, no soy de los que lloran, pero he perdido la cuenta del número de veces que lo he hecho ya, tanto durante la ceremonia en sí como en la celebración posterior.

Y hay una parte positiva: no me han sentado con Fran, a quien sé perfectamente que la unión de nuestras familias no le hace ninguna gracia.

Él está con el lado de la familia de su madre, mientras que yo estoy con el lado de la familia de papá, es decir: mis tíos, mis primos y mis abuelos.

Desde que lleguemos a casa seremos oficialmente hermanastros y tendré que acostumbrarme a vivir con alguien que me odia, pero al menos tengo este último día de tregua.

De pronto, la música se detiene y se escucha a papá carraspeando frente al micrófono, plantado en el escenario. Todos dejamos lo que estamos haciendo para mirarlo.

—Bueno… —comienza—. Antes de irnos, me gustaría pediros un momento de atención, por favor. Tengo una sorpresa más para mi maravillosa esposa… Aunque todavía no me puedo creer que sea mi esposa, la verdad.

Yo tampoco me creo que vaya a ser mi madrastra, en el mejor de los sentidos. No hemos podido tener más suerte con ella.

—No sabía que tu hermano fuera tan romántico —comenta mi tía Lucía, sonriendo.

—¿Qué pasa, que yo no lo soy? —responde mi tío Diego, y ella se ríe—. Oye, ¡que lo digo en serio!

Papá continúa hablando, radiante de alegría.

—Belén, mi amor… Acércate un momento, por favor.

—Ella lo hace y, cuando se dan un beso, todos empezamos a aplaudir como locos.

Hacen una pareja preciosa, y están los dos radiantes de felicidad—.

Como ya sabes, pasado mañana sale nuestro avión para la luna de miel en Canarias.

Pero quería darte una sorpresa más: esta noche no vamos a dormir en nuestra nueva casa.

En lugar de eso, he reservado la suite nupcial del Gran Hotel Real.

Joder. Está hablando de uno de los hoteles más bonitos de la ciudad, así que no puede ser barato.

Papá ha tenido que gastarse una pasta, aunque sé que cuando se trata de su nueva esposa, todo es poco para él.

Belén se lanza a sus brazos y todos empezamos a aplaudir una vez más, entusiasmados.

Dice algo, pero no se la escucha por encima del ruido. Algunos hasta silbamos de emoción.

Le echo un vistazo a mi hermana pequeña, Natalia. Hoy se ha alisado la larga cabellera castaña y está guapísima. Me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos… y eso me hace percatarme de que yo también los tengo.

—Papá es el mejor, ¿verdad? —le digo con una sonrisa.

—Ya ves. Igual que Belén.

—¿Estás contenta?

Hay mucho más en mi pregunta de lo que digo directamente.

A fin de cuentas, yo tenía trece años cuando mamá murió.

Fue duro, pero al menos pude llegar a conocerla, pude disfrutar de muchos más años con ella.

Pero Natalia… Me imagino que no debe de ser fácil para una chica crecer sin madre, sobre todo cuando tu padre se ha convertido en una sombra de lo que fue.

Por eso le estamos tan agradecidos a Belén por todo lo que ha hecho por él, y el vínculo que han forjado ellas dos durante el último año y medio es especialmente fuerte.

Si alguien que no las conociera las viera juntas, daría por hecho que son madre e hija.

—Mucho —responde ella—. Soy muy feliz.

—Me alegro.

—¿Y tú? ¿Eres feliz?

—Pues claro —respondo, sorprendido por la pregunta.

—Pero con Fran todo sigue igual, ¿verdad?

Suelto un suspiro.

—Ya sabes que sí.

—Bueno, tú no te preocupes. Te lo acabarás ganando. —Esboza una sonrisa antes de añadir—: Aunque a veces seas un poco imbécil, en el fondo eres buena gente.

Me echo a reír sin poder evitarlo.

—Serás mocosa.

—Idiota.

—Enana.

Seguimos así durante un rato, pero el ambiente ya está empezando a decaer. Pronto, papá y Belén se acercan a nosotros, seguidos por Fran. Trato de mirarlo a los ojos, pero él parece estar rehuyéndome de forma deliberada.

—Bueno, ¿qué? —dice papá—. ¿Nos vamos a casa?

Asiento con la cabeza mientras Natalia responde con un prolongado bostezo; la pobre está que se cae. Belén le da un abrazo que me hace sonreír, aunque no se me escapa la mueca de Fran.

—¿Estás cansada, cariño?

—Un poquito.

Entonces, mi nuevo hermano se acerca a su madre, como si quisiera reclamar su territorio.

—¿Dónde está nuestro coche? —pregunta.

—Está en casa, cielo; a mí me ha traído mi amiga Nuria. Vamos a ir en el de Antonio.

La cara de Fran es un poema. Y, sinceramente, no me cuesta imaginar la razón: no creo que le apetezca demasiado compartir coche con nosotros.

—Vero y Víctor me han invitado a dormir en su casa —se apresura a decir, hablando de sus primos—. ¿No puedo ir con ellos?

—No, Fran —dice su madre, en un tono tajante que pocas veces la he visto utilizar—. Hoy duermes en casa.

—¿Pero por qué? —insiste—. Si vosotros ni siquiera vais a estar, ¿qué más os da?

—A mí Laura y Carlos me han dicho de quedar —intervengo, tratando de apoyarlo. Es mentira, pero a lo mejor eso me hace ganar puntos con él.

—Ni hablar —contesta mi padre—. Os tenéis que quedar con Natalia.

Fran me fulmina con la mirada… algo me dice que solo he empeorado las cosas. Al igual que tengo la fuerte sensación de que lo último que quiere es sentarse en un coche a mi lado.

Antes de irnos, hacemos la habitual ronda de besos y abrazos para despedirnos de la familia.

El abrazo entre papá y el tío Diego es especialmente largo, y no es para menos: mi tío fue nuestro mayor apoyo cuando mamá murió.

Es de las personas que más quiero y, sinceramente, no sé qué habría sido de nosotros sin él.

Mis sospechas anteriores con respecto a Fran se confirman unos minutos más tarde.

Cuando papá abre el coche, él entra el primero, por el lado derecho.

Tengo que admitir que agradezco su presencia, porque así no voy a tener que ir por el lado de la ventanilla.

Entro en el coche por el lado izquierdo y me siento junto a él, pero no se me escapa la mueca de asco que hace durante apenas un segundo. En fin, supongo que no puedo culparlo.

Suelta un suspiro mientras se pega a la puerta y yo trato de quedarme justo en el centro para no molestarlo, pero yo soy grandote y él también es alto, de modo que la cosa es un poco complicada.

Nuestras piernas se rozan con cada curva, y me da la impresión de que Fran se tensa todas y cada una de las veces.

—Joder, ¿pero por qué no puedo irme a dormir a casa de Vero y Víctor? —pregunta tras unos minutos de silencio—. Sus padres me han dicho que no hay problema.

—Porque, si tú te vas, Marcos también tiene derecho a irse con sus amigos —dice Belén, y me arrepiento al instante de haber tratado de ayudarlo: lo único que he hecho es cagarla—. Pensé que ya habíamos zanjado el asunto, Fran.

—Pues que se vaya, ¿a mí que más me da?

—Natalia no puede quedarse sola en casa —replica papá—. Tenéis que hacer de hermanos mayores.

—Que no tengo doce años, ¿eh? —dice ella.