El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 89.
99%

89.

‎

El domingo por la mañana vuelvo a despertar pasadas las doce, pero me doy cuenta de que soy casi incapaz de salir de la cama.

Me he pasado casi toda la noche dando vueltas, sin poder pegar ojo por los nervios de la conversación que me espera con Marcos.

¿Por qué a la gente le gustará tanto avisar con antelación de las conversaciones importantes?

Sinceramente, preferiría que hubiera iniciado la conversación y ya está antes que tener que soportar toda esta incertidumbre.

Nuestros padres y Natalia ya están a punto de marcharse de casa cuando salgo de mi habitación.

Me despido de ellos, tratando de fingir una sonrisa que siento falsa en mi cara, y me meto en el cuarto de baño.

Sé que Marcos no va a entrar, así que no me molesto en esperarle y me doy una ducha larga y relajante, tratando de aliviar en la medida de lo posible el nerviosismo que siento y el dolor de espalda que tengo después de haber estado durmiendo tan mal estos dos últimos días.

Recuerdo de repente aquellos masajes de Marcos, esos momentos que ahora parecen tan lejanos…

Cuando salgo veinte minutos más tarde y vuelvo a mi habitación, me doy cuenta de que el corazón me está latiendo con fuerza.

Ya estamos solos en casa y puedo oír a Marcos haciendo algo en su habitación, lo que significa que la conversación no debería tardar mucho en suceder.

No sé si tendría que ir directamente a su cuarto, pero teniendo en cuenta que es él quien quería hablar conmigo, supongo que lo más lógico será esperar a que sea él quien venga.

Me tumbo en la cama con el móvil y entro en TikTok, tratando de tranquilizarme un poco mientras aguardo a que venga. Por suerte, no me hace esperar demasiado. Apenas un par de minutos más tarde, suenan unos golpecitos en la puerta y el corazón me da un vuelco.

—¿Se puede? —pregunta con esa voz seria tan poco propia de él. Me había acostumbrado tanto a su calidez que esa frialdad me resulta tan antinatural como dolorosa. Parece increíble que realmente se trate de la misma persona.

—Sí, pasa —respondo mientras me incorporo en la cama para sentarme.

Lo observo mientras se acerca a mí, y me doy cuenta de que lleva unos vaqueros y una sudadera azul muy desteñida.

Me extraña porque en casa siempre está en pijama o en calzoncillos, y me da la impresión de que eso no augura nada bueno.

Entonces, nos miramos a los ojos por primera vez en lo que parece una eternidad.

¿Cómo es posible que hayan cambiado tanto las cosas entre nosotros en tan poco tiempo?

Claro que, ahora que lo pienso, ¿acaso no cambiaron para bien prácticamente con la misma rapidez?

Supongo que, de alguna forma retorcida, tiene algo de sentido que haya pasado esto también de repente.

Se queda allí plantado sin decir nada, mirándome, y yo le devuelvo la mirada también en silencio. La situación no podría ser más incómoda.

—¿Me puedo sentar? —pregunta al fin.

—Sí, claro —respondo, y él se sienta en el borde de la cama, lo más lejos de mí que puede sin caerse al suelo. De nuevo, nos quedamos los dos en silencio durante unos instantes—. Bueno… pues tú dirás.

—A ver, llevo varios días pensando en cómo hablar de esto contigo, pero creo que lo mejor será que vaya directamente al grano.

Trago saliva, preparándome para la puñalada.

—Dime.

—Tenemos que acabar con esto —dice sin miramientos.

—¿Con esto? —pregunto para asegurarme, a pesar de que ya sé a lo que se refiere.

—Sí, con esto. Con nosotros —aclara, y el puñal de sus palabras se hunde directamente en mi corazón, tal como esperaba.

—¿Por qué? —acierto a preguntar, con la voz estrangulada. Siento que se me humedecen los ojos sin poder evitarlo.

—Porque hemos sido unos inconscientes y no deberíamos haber empezado siquiera. Y por eso tenemos que parar ahora que podemos, antes de que la cosa vaya todavía más lejos.

—Pero yo te quiero, Marcos —susurro mientras unas lágrimas ardientes caen por mis mejillas—. Y sé que tú también me quieres. Me lo has dicho. Me lo has demostrado.

Él aparta la mirada, incapaz de mirarme a los ojos, y me pregunto si será por verme llorar. Mi corazón herido comienza a marchitarse dentro de mi pecho.

—Claro que te quiero, joder —responde con la voz estrangulada, y por alguna razón, eso es todavía peor que si tratara de negarlo—. Pero precisamente por eso no podemos seguir con esto.

—¿Por qué no? —pregunto con tozudez.

Esta vez sí que me devuelve la mirada.

—¿En serio te lo tengo que explicar? Que nuestros padres están casados, Fran.

—¿Y qué? ¿Qué más da eso? —pregunto, ahora llorando de verdad—.

Que no somos hermanos, joder. Nunca lo hemos sido y nunca lo seremos.

—Ya había pronunciado antes estas palabras, pero ahora tienen un significado muy diferente—.

Y los dos somos mayores de edad, así que podemos hacer lo que nos dé la gana.

Si ellos no lo entienden, es su problema. No pueden impedir que nos queramos.

—Todo eso da igual, Fran. Lo único que importa es que mi padre y tu madre están casados, y sabes tan bien como yo que ellos jamás aceptarán esto.

—Pero es que eso no es justo.

Me doy cuenta de que le tiemblan ligeramente los labios antes de contestar.

—Ya sé que no es justo, Fran —susurra, y por un momento pienso que va a llorar también—. Pero así son las cosas. La vida no es justa.

—¿Y si se lo contamos a nuestros padres antes de tomar ninguna decisión? A lo mejor no pasa nada. A lo mejor lo entienden…

Pero ni siquiera yo mismo me creo lo que estoy diciendo; por supuesto que no lo van a entender. Él me mira fijamente, como si me hubiera vuelto loco.

—Tú estás flipando. Mira, Fran, te voy a contar una cosa.

Cuando mi madre murió, mi padre se pasó años sin levantar cabeza.

Tuve que crecer con un padre muerto en vida, joder.

Tú no sabes lo que es eso. —Se seca unas lágrimas de los ojos, pero no se permite romper a llorar—.

¿Y sabes cuándo empezó a recuperarse? Exacto, cuando conoció a tu madre.

Trago saliva; es la primera vez que habla tan abiertamente sobre la muerte de su madre.

Nunca había querido sacarle el tema porque no sabía si estaba preparado para ello, pero de pronto entiendo muchas cosas sobre el Marcos que conocí en el instituto.

O, mejor dicho, el Marcos que en realidad no conocía.

—Ya, pero…

—Espera —me interrumpe—. Todavía no he terminado. ¿Sabes qué día fue ayer?

Niego con la cabeza. Ayer fue cuando se pasó todo el día encerrado y no quiso cenar con nosotros, pero no creo que se refiera a eso.

—Ayer fue el aniversario de la muerte de mi madre.

Me quedo en silencio unos segundos, sin saber qué decir.

—Joder… lo siento. No lo sabía.

Quiero darle un abrazo, pero sé que no sería capaz de soportarlo si lo rechazara. Y hay algo en su lenguaje corporal que me dice que eso es exactamente lo que va a hacer.

—Ya, bueno. No te preocupes por eso. Pero, ¿sabes qué?

Ayer fue la primera vez en muchos años que no vi a mi padre llorar en el aniversario.

Y no llora porque ahora es feliz. Este matrimonio y esta familia son lo que más feliz le ha hecho en muchos años, prácticamente desde que tengo memoria.

No pienso arriesgarme a destrozar esa felicidad.

Lo siento, pero no. Por mucho que pueda dolerme a mí. Se merece ser feliz.

Me quedo en silencio, tratando de asimilar sus palabras. Lo que dice tiene todo el sentido del mundo, por supuesto que lo tiene, pero eso no significa que tengamos que acabar con lo nuestro. Y tengo claro que no pienso rendirme sin luchar por nosotros. Sin luchar por él.

—Pero nosotros nos queremos. Esa es la única verdad.

—No, la única verdad es que hemos sido unos inconscientes —replica con aspereza—. Fue una locura empezar con todo esto, y es una locura que hayamos seguido tanto tiempo. Tendríamos que haberlo cortado hace mucho.

—Porque nos queríamos —insisto.

—Porque nos poníamos cachondos —me corrige, y sus palabras duelen como una nueva puñalada en mi corazón ya marchito—. Te recuerdo que así fue como empezó todo esto: porque nos poníamos cachondos y nos venía muy bien tener alguien en casa con el que follar fácilmente.

Ahora el puñal está cortando mi corazón muerto en trocitos.

—¿En serio eso es lo que era yo para ti?

Él suelta un largo suspiro.

—Joder, Fran. Sabes perfectamente que así fue como empezó todo —me recuerda—.

Lo de… —Traga saliva antes de continuar—.

Lo de querernos y tal llegó más tarde, pero al principio lo único que queríamos era follar.

Y tú lo sabes. Pero no podemos seguir haciendo ni una cosa ni la otra, así que se acabó.

—Pero vivimos juntos. ¿No te parece que va a ser un poco complicado?

Y, entonces, Marcos vuelve a apartar la mirada. Tarda un largo instante en responder que se me antoja eterno y, cuando abre al fin la boca, me temo lo peor.

—Eso ya no va a ser un problema.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—Me voy a ir de casa.