El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 88.
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El sábado es uno de los días más largos de toda mi vida.

Después de ducharme no tengo estómago para ir a desayunar y de todos modos ya son las doce y media, así que vuelvo a mi habitación para vegetar un par de horas en la cama.

A la hora de la comida es cuando veo a Marcos por primera vez en lo que llevamos de día, pero casi preferiría no haberlo hecho.

Está más frío que nunca conmigo, si es que eso es posible, y su indiferencia se me clava por dentro como un puñal afilado.

—Mañana anuncian buen tiempo —dice mi madre, que parece no haberse dado cuenta de lo que está ocurriendo entre nosotros—. Seguramente será uno de los últimos días de buen tiempo del año. ¿Os apetece si hacemos algo fuera de casa, para variar un poco?

—Podríamos ir al parque para echar el día —sugiere Antonio—. Nos vamos después de desayunar, nos llevamos la comida y volvemos antes de que anochezca. ¿Qué os parece?

—¡Sí! —contesta Natalia, entusiasmada.

—Me parece una idea genial —asiente mi madre, y después se dirige a Marcos y a mí—. ¿Qué os parece a vosotros?

—Yo no puedo —decimos al unísono.

Aparto la mirada ligeramente; parece que es lo primero en lo que coincidimos desde hace un par de días.

—Oooh, qué pena —dice ella—. ¿Tenéis mucho que estudiar?

—Sí —respondo, y veo por el rabillo del ojo que Marcos está asintiendo con la cabeza a mi lado.

—Bueno, no pasa nada —replica Antonio, aunque me da la impresión de que suena un tanto decepcionado—. Podemos dejarlo para otro día.

—¡Pero yo sí quiero ir! —protesta Natalia.

—Bueno, no te preocupes —le dice mi madre—. Iremos nosotros tres y ya está.

Hace solo tres días, en lo que parece que fue otra vida, la idea de que nuestra familia se vaya y nos deje el día entero solos en casa me habría entusiasmado.

Sin embargo, ahora no podría resultarme más horrible.

¿De verdad vamos a pasarnos el día entero sin hablar ni mirarnos siquiera, como si fuéramos dos desconocidos?

¿O por el contrario es posible que a Marcos se le pase el miedo al saber que vamos a estar todo el día solos, sin peligro de que nadie pueda llegar de repente?

La cuestión es que no lo sé, y la incertidumbre me resulta casi tan dolorosa como la propia situación que estamos viviendo.

Por la tarde trato de ponerme a estudiar un rato, pero soy incapaz de concentrarme y no hago más que entrar en mi conversación con él cada pocos minutos, para ver si está conectado.

No sé por qué lo hago exactamente, tal vez para saber lo que está haciendo, ya que él se niega a comunicarse conmigo de ninguna forma.

Al darme cuenta de que llevo más de una hora en la misma página sin ser capaz de retener absolutamente nada, me rindo con un suspiro, cierro el libro y me siento en mi puf enfrente de la tele, dispuesto a pasarme el resto de la tarde matando zombis en la consola.

Al menos, así puedo desahogarme de alguna manera.

Por la noche, recibo una prueba más de lo mucho que han cambiado las cosas con Marcos: según me cuenta mi madre cuando llego al salón y no lo veo allí, no va a cenar ni ver una película con nosotros porque le duele el estómago, así que se ha quedado en su habitación.

Por supuesto, no puedo decir que me extrañe.

Si apenas parece ser capaz de soportar el hecho de sentarse un rato junto a mí para comer, ¿qué me hace pensar que querría pasarse una hora y media o dos horas sentado conmigo en el sofá?

Pero, por supuesto, saberlo no hace que duela menos.

Deben de verme alicaído, así que me dejan elegir la película a mí, pero ni siquiera esa obra maestra que es Chicas malas logra levantarme el ánimo.

Los diálogos que me sé prácticamente de memoria apenas me hacen sonreír, y esa es la mayor prueba de lo mal que me siento en realidad.

Tengo un paquete de palomitas entero para mí, pero eso no me produce ninguna alegría.

Cuando llegan las pizzas, me desanimo una vez más al ver una mediana, en vez de la familiar que suelo compartir con Marcos.

Y el sofá… En fin. Es demasiado grande sin él, demasiado frío sin la cercanía de su cuerpo.

Antonio se da cuenta de que estoy tiritando y me trae una manta, la misma que he compartido con Marcos.

Me tapo con ella y me tumbo, cerrando los ojos.

Pero sé que no voy a dormir, no cuando capto el sutil aroma de Marcos en la manta y se me escapa una lágrima traicionera.

Al menos, la familiaridad de las voces me acompaña como si las Divinas fueran viejas amigas y no personajes de una película.

Cuando ya está a punto de terminar la película y Cady ha empezado a dar su discurso delante de todo el instituto, siento que me vibra el móvil en el bolsillo.

Lo saco sin mucho interés, pero entonces el corazón me da un vuelco cuando veo que se trata de un mensaje de Marcos.

Frunzo el ceño mientras lo leo y me apresuro a responder, extrañado.

Haces algo mañana?

Nada, estudiar y tal

O sea, que te quedas en casa?

Sí

Vale

Espero unos segundos para ver si dice algo más, pero no lo hace. Una parte de mí quiere emocionarse por la pregunta, ¿será que tiene ganas de que nos quedemos solos en casa o qué? Sin embargo, su actitud sigue siendo tan extraña que sé que tampoco debería contar con ello.

Por qué lo dices?

Porque quiero hablar contigo

Mierda. ¿Será esto el mítico «tenemos que hablar» que jamás presagia nada bueno? Sé que lo más probable es que no vaya a darme una respuesta directa ahora, pero tengo que intentarlo.

De qué?

De todo

No podemos seguir así

Estoy de acuerdo

Bueno, pues mañana hablamos

Me voy a dormir

Vale

Buenas noches

Me quedo mirado el móvil durante unos segundos para ver si responde, pero no lo hace, y apenas un minuto después, deja de aparecer en línea.

Suelto un suspiro mientras me lo guardo en el bolsillo, sin saber muy bien qué pensar.

Por supuesto, una parte de mí quiere aferrarse a la esperanza, pensar que tal vez querrá que arreglemos esta situación de los últimos días.

Pero la otra, por el contrario, no puede evitar temerse que ocurra lo peor.