El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 87.
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Lo primero que hago al despertar el viernes por la mañana es mirar el móvil, pero no tengo ningún mensaje suyo. Absolutamente nada. Por supuesto, cuando dormimos juntos no me manda ningún mensaje al levantarse, pero antes siempre me daba los buenos días. Y eso no puede ser buena señal.

La única opción que se me ocurre es que se haya quedado dormido, así que salgo de mi habitación para asegurarme. Pero, en cuanto llego al pasillo, me sorprendo al verlo ya frente a la puerta, cogiendo sus llaves del gancho de la pared y a punto de salir.

—¿Ey? —lo saludo.

—Hola —responde sin mirarme.

—¿Te vas ya?

—Sí —dice, y abre la puerta todavía sin dirigirme la más mínima mirada—. Hasta luego.

Y, sin más, se marcha y cierra la puerta tras él.

Me quedo unos segundos en el pasillo, un tanto aturdido y, para qué negarlo, bastante dolido.

Pensaba que estaría mejor después de una buena noche de descanso, pero en realidad, parece que esté peor que ayer.

Ni me ha dado los buenos días, ni me ha dado un beso, ni me ha mirado siquiera.

Es como si quisiera romper de repente con todo lo que ha pasado entre nosotros estas últimas semanas, tratando de hacer como si nunca hubiera ocurrido nada.

Pero no puede hacer eso, ¿verdad? Marcos me quiere; sé que me quiere.

Ha descubierto su sexualidad conmigo, y ya he perdido la cuenta de las veces que me ha dicho que me quiere en apenas unos días.

Y no solo me lo ha dicho, sino que me lo ha demostrado.

Constantemente. No puede cortar con todo así, de buenas a primeras, no puede acabar con esto de repente.

No puede pretender que volvamos a ser unos desconocidos después de todo lo que ha florecido entre nosotros durante este último mes.

Pero no; está claro que eso no va a ocurrir.

Supongo que ahora está rallado por lo de ayer, pero se le pasará.

Sé que se le pasará. El verdadero problema es tener que mantenerme alejado de él hasta que eso ocurra, porque sé que ahora mismo necesita que le dé espacio y no lo agobie más de lo que ya está.

Desanimado, me meto en la ducha y después me voy a desayunar en silencio, dándole vueltas a la situación.

Cuando llego a la universidad, Álex no tarda en darse cuenta de que me pasa algo, pero me niego a contárselo.

Una voz molesta dentro de mí no deja de recordarme que mis amigos tenían razón: la bomba iba a explotarnos en la cara tarde o temprano, y parece que tal vez ya lo ha hecho.

Solo que yo esperaba que la bomba sería que nuestros padres nos descubrieran o algo por el estilo, no que Marcos decidiera dejar de hablarme de repente.

Podría haber soportado el hecho de tener que enfrentarnos a nuestros padres con él a mi lado, pero esto…

Lo único que puedo hacer es desear que se le pase.

En cualquier caso, lo cierto es que duele.

Duele demasiado. Durante estas últimas semanas, me he acostumbrado demasiado a estar con Marcos, me he acostumbrado demasiado a su compañía, a todo lo que hacemos juntos.

Me he acostumbrado a dormir con él, a las caricias, a los besos, al sexo.

A todo él en general. Y, en los últimos días, me he acostumbrado demasiado a sus «te quieros» como para dejar de oírlos de la noche a la mañana.

Perderlo todo de repente es demasiado doloroso.

Y si duele tanto es, por supuesto, porque le quiero. No sé si estoy enamorado, pero le quiero. Y, aunque no sepa muy bien cómo ha pasado todo esto entre nosotros, sigo creyendo que él también me quiere. Pero, entonces, ¿por qué está actuando conmigo de esa manera?

Cuando terminan las clases, intento escaquearme, pero Álex insiste para que me una a la comida habitual de los viernes con nuestros amigos.

Supongo que estará tratando de animarme, de conseguir que me distraiga con la conversación, pero no lo consigue.

Una vez más, soy como un zombi en una esquina de la mesa, y una vez más, nadie me pregunta nada al respecto.

Tal como sospechaba la semana pasada, deben de estar acostumbrándose ya a este nuevo yo.

Compruebo los mensajes del móvil mientras comemos, pero Marcos no me ha contestado a los dos mensajes que le mandé por la mañana, el primero para preguntarle cómo estaba y el segundo para desearle buena suerte en el examen si es que lo ha tenido hoy, cosa que en realidad no sé porque no me habla.

Pero no ha contestado a ninguno de ellos, y eso también duele.

Mucho más de lo que me gustaría admitir.

Al llegar a casa por la tarde, me doy cuenta de que Marcos está encerrado en su habitación.

Mi primer impulso es llamar a la puerta, entrar para preguntarle cómo está, darle un abrazo y ese beso que tanto necesito darle, que me quema en los labios de tanto contenerlo.

Pero opto por no hacerlo; después de todo, si no me ha contestado supongo que es por algo.

Por difícil que sea, me recuerdo a mí mismo que tengo que darle espacio.

No lo veo hasta la hora de la cena, y su actitud es exactamente la misma que el día anterior, serio y haciendo como si yo no existiera.

Y, después de comer, se va directamente a la cama.

Quiero sacar el móvil para preguntarle si puedo ir a verle al menos, pero de nuevo decido no hacerlo.

Ni siquiera me ha contestado todavía a los mensajes que le mandé por la mañana, ¿así que por qué me iba a contestar ahora?

En esta ocasión, sin embargo, mis lágrimas mojan la almohada mientras trato de dormir sin mucho éxito.

No dejo de darle vueltas a todo dentro de mi cabeza, incapaz de creer que esté pasando esto.

¿De verdad se ha estropeado todo de esta forma en poco más de veinticuatro horas?

Me resulta difícil de creer. Y, a juzgar por el movimiento del colchón que oigo de vez en cuando al otro lado de la pared, me da la impresión de que a él tampoco le está resultando fácil conciliar el sueño.

Cuando despierto pasadas las doce de la mañana, lo primero que hago es mirar el móvil, pero lo tiro sobre el colchón al comprobar que todavía no ha contestado a mis mensajes.

Suelto un largo bostezo y me pongo en pie para ir al cuarto de baño.

Antes de entrar, veo que la puerta de su habitación está abierta, así que debe de estar despierto, pero no me molesto en ir a saludar.

¿De qué serviría, si es evidente que está haciendo todo lo posible por evitarme?

Por lo tanto, me trago mis ganas de verle y me meto en la ducha, consciente de que será capaz de oír el ruido al otro lado de la pared. Si quisiera venir a hacerme una visita no tendría más que llamar a la puerta, pero, por supuesto, no lo hace.

Después de cinco minutos acepto que ya no va a venir, así que me quedo bajo el chorro de agua caliente y, cuando me quiero dar cuenta, he empezado a llorar.

El ruido del agua basta para enmascarar los sonidos y de todos modos he puesto el último disco de Darío en el móvil, así que doy rienda suelta a mis sentimientos y me permito desahogarme como llevo mucho tiempo sin hacer, llorando unas lágrimas que se van directamente por el desagüe y no parecen tener fin.

Pero, al final, las lágrimas se acaban, y el agua caliente también.