El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 90.
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Me quedo en silencio durante unos segundos sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, incapaz de asimilar sus palabras.

—¿De qué estás hablando?

—Pues eso. Que me voy. Ya has visto cómo han estado las cosas estos días, y está claro que no podemos seguir igual. Nuestra familia acabará dándose cuenta, y eso sería todavía peor. Así que lo mejor será que me vaya.

—Pero, Marcos… ¿dónde vas a ir?

—He estado hablando con mis tíos. Me voy a vivir con ellos. Ellos viven mucho más cerca de mi facultad y no tendría que madrugar tanto ni perder tanto tiempo en el metro, así que puedo utilizarlo como excusa.

Me cuesta tanto asimilar sus palabras que vuelvo a quedarme un momento en silencio. Siento una nueva oleada de lágrimas que se agolpan en mis ojos, luchando por escapar, pero me esfuerzo por contenerlas.

—¿Pero tú te das cuenta de lo que estás diciendo, Marcos? —le pregunto al fin—. Dices que no quieres hacerle daño a tu padre, ¿y tu gran solución es irte de casa? ¿De verdad piensas que eso no le hará daño?

—Yo te quiero —dice, y el corazón me da un vuelco al oírlo—. Y tú también me quieres. Pero lo nuestro no puede ser, y el problema es que vivimos juntos, como tú mismo has dicho. Uno de los dos tiene que marcharse, y no voy a pedirte que seas tú quien lo haga. Así que tengo que irme yo.

—Pero…

—Fran, ya está decidido. Ya he hablado con mis tíos y he preparado las maletas. Estaba esperando a hablar contigo para irme.

Por supuesto, eso explica lo de los vaqueros y la sudadera.

—¿Y qué pasa con tu padre? —le recuerdo—. Cuando se ha ido de casa, no me ha parecido que supiera que fueras a largarte.

—Le he dejado una nota en su habitación. Sabe que odio las despedidas, así que lo entenderá. Además, tampoco es como si me fuera a otra ciudad. Podremos vernos cuando queramos.

Por supuesto, sé que ese plural no me incluye a mí. A estas alturas, las lágrimas ya han empezado a caer en contra de mi voluntad.

—No puedes hacer esto, Marcos —digo entre sollozos desesperados que no soy capaz de contener—. No puedes dejarme. No puedes irte.

—¿Por qué no?

—Porque te quiero. Y porque tú también me quieres. Me lo has dicho hace literalmente dos minutos.

—Pues claro que te quiero, joder. —Una lágrima cae por su mejilla, la única que le he visto llegar a derramarse en toda la conversación—. Pero a veces con querer no es suficiente, y tú sabes tan bien como yo que lo tenemos todo en contra.

—Marcos…

Él niega con la cabeza y, sin decir palabra, coloca una mano sobre mi cara.

Incluso a través de las lágrimas, veo la sombra de las dudas que cruza sus ojos.

Entonces, se inclina hacia mí y me da un beso en los labios, y mi corazón vuelve a cobrar vida por un instante.

Le devuelvo el beso, pero me doy cuenta al instante de que sabe a despedida y a la sal de mis lágrimas.

Los fragmentos marchitos que quedan de mi corazón comienzan a desintegrarse en polvo.

—Adiós, Fran —dice cuando nos separamos, y me doy cuenta de que tiene los ojos más húmedos todavía—. Te quiero. Y créeme que lo siento.

Me mira a los ojos durante unos instantes, como si estuviera esperando a que conteste, pero me he quedado sin voz.

No sé qué decir, no sé qué pensar, no sé ni cómo respirar.

Entonces, Marcos me dirige una leve sonrisa llena de una tristeza infinita y se da media vuelta para marcharse.

Sale de mi habitación, y después oigo el sonido de unas ruedas cuando saca la maleta de la suya.

A continuación, oigo la puerta de la entrada abriéndose.

No oigo nada más durante unos segundos, y por un momento creo que tal vez se va a arrepentir, que tal vez va a dar la vuelta para decirme que ha cambiado de opinión, que quiere intentarlo, que se queda.

Pero, entonces, vuelvo a oír el sonido de las ruedas y la puerta se cierra.

Ya está.

Se ha ido.

Me cuesta creer que esto esté pasando de verdad, así que voy a su habitación.

Muchas de sus cosas siguen aquí, pero faltan algunos elementos clave, como el portátil que siempre se encuentra sobre su mesa o la mochila que suele dejar junto a la puerta cuando llega a casa.

Me doy cuenta de que la cama está sin sábanas, así que voy a la terraza de la cocina donde están las cosas de la colada.

Miro en el cesto de la ropa sucia y ahí están sus sábanas y su manta, justo encima de mi sudadera que dejé ayer.

Nuestras cosas están tan cerca como distanciados estamos nosotros.

Pero me niego a permitir que nadie lave sus sábanas; me niego a perder ese olor a Marcos que ahora es lo único que me queda de él.

Así pues, las cojo entre los brazos, incluyendo la funda de la almohada, y me las llevo a mi habitación, tratando de ignorar el olor a Marcos que flota hasta mis fosas nasales porque sé que me derrumbaré si permito que me invada.

Quito mi propia sábana y la manta y las dejo sobre la silla de mi escritorio.

A continuación, coloco la sábana bajera de Marcos sobre la mía.

Es más grande porque su cama es doble, así que tengo que meter los laterales bajo el colchón para que se quede bien sujeta.

Después, coloco su sábana y su manta por encima.

Por último, quito la funda de mi almohada y coloco la suya.

Y, entonces, me meto en la cama y me permito respirar.

De pronto, el olor de Marcos me rodea por completo y me resulta tan reconfortante como doloroso, pero no sé si estoy llorando por una cosa o por la otra.

Tal vez sean ambas. Me abrazo a la almohada, aspiro su aroma y, por un instante, es como si volviera a estar con él.

Pero, entonces, la dura realidad me golpea con la fuerza de un ariete, y comienzo a asimilar la cruel verdad.

Marcos me ha dejado.

Se ha ido de casa para no tener que verme.

Y, ahora, lo único que me queda de él es su olor entre las sábanas. Unas sábanas que cada vez están más húmedas a causa de mis lágrimas.

En el fondo, supongo que una parte de mí sabía desde el principio que esto acabaría mal, por mucho que no quisiera admitirlo.

Hasta mis propios amigos me lo habían advertido; todo esto era una bomba que nos acabaría explotando en la cara.

Pero, ahora que ha explotado al fin, lo único que puedo desear en este momento es que hubiera acabado conmigo del todo.

Al fin y al cabo, ¿cómo voy a seguir adelante sin él después de todo lo que ha pasado entre nosotros?

Algo me hace cosquillas en la mejilla, y cuando miro de qué se trata, veo que es un mechón de su pelo rizado. Ese pelo de oveja que tanto odiaba al principio y que ahora ya no voy a poder acariciar.

Suelto un suspiro contra la almohada empapada por mis lágrimas.

Hace tan solo un mes jamás me habría imaginado que esto hubiera podido pasar, ni lo que ha ocurrido estas semanas entre nosotros, ni cómo ha terminado todo.

Parece mentira pensar que hace tan poco tiempo mi vida fuera tan diferente, pero lo cierto es que ahora no soy capaz de imaginarla de otra manera, ni tampoco quiero hacerlo.

Hace tan solo un mes no soportaba la idea de tener que vivir con Marcos, pero ahora no sé cómo voy a poder vivir sin el chico de la habitación de al lado.