84.
Durante el siguiente par de días, la conversación que he mantenido con Álex vuelve a mi cabeza de vez en cuando, pero no hago más que retrasar el momento de hablar con Marcos.
Después de todo, durante la semana mi tiempo a solas con él está contado.
Aunque todas las noches se cuela a hurtadillas en mi habitación y siempre dormimos juntos, haya sexo antes o no, esos momentos son tan especiales que no quiero estropearlos con una conversación incómoda.
Tras mucho cavilar, me decido por el fin de semana como fecha límite. Todavía no sé muy bien cómo hacerlo, pero tal vez podría proponerle a Marcos que hagamos algún plan fuera de casa para que no haya nadie cerca que pueda oírnos. Y, entonces, podría sacarle el tema al fin.
Pero, por ahora, todavía puedo disfrutar de los momentos que paso junto a él durante la semana; ya habrá tiempo para conversaciones incómodas después. Y eso es precisamente lo que hacemos, arriesgando besos fugaces cuando no hay nadie cerca y durmiendo juntos todas las noches.
El jueves por la mañana me encuentro con una buena noticia al despertarme y ver una notificación del correo de la facultad, y es que el profesor de las dos últimas horas no va a venir porque está enfermo.
Le escribo un mensaje a Marcos para contárselo, entusiasmado.
En esta ocasión seré yo quien llegue a casa primero, pero después podremos tener dos horas enteras juntos con la casa vacía, a diferencia de la única hora que tendríamos normalmente los jueves.
Mientras vuelvo a casa después de clase, decido pasarme por una tienda en el camino de vuelta y compro unas cuantas velas; no es justo que Marcos sea el único que me prepara sorpresas siempre.
Cuando llego a casa, coloco las velas en mi habitación.
Objetivamente, sé que estaríamos más cómodos en la suya, pero me hace ilusión prepararle la sorpresa aquí.
Apenas he terminado de colocarlo todo cuando recibo un mensaje de Marcos avisándome de que llegará dentro de quince minutos.
Decido meterme en la ducha para prepararme para lo que inevitablemente vamos a hacer; no quiero perder ni un solo segundo del tiempo que tengamos a solas.
Al salir del cuarto de baño veo que tan solo faltan dos minutos de los quince que me ha dicho Marcos, así que vuelvo a mi habitación y enciendo las velas antes de que llegue.
Después, cierro la puerta de mi habitación y me paseo por el pasillo, un tanto nervioso.
Por fin, tras unos segundos que se me antojan interminables, oigo el sonido de la cerradura y me detengo frente a la puerta, con una sonrisa en los labios y el corazón palpitando con fuerza a causa de los nervios.
—¿Qué haces aquí plantado? —me pregunta, sonriendo también al verme.
—Justo estaba pasando cuando he oído que estabas abriendo —le digo; tan solo es una mentira a medias—. Pero, si no te alegras de verme…
Hago ademán de marcharme, pero Marcos me agarra por el brazo y tira de mí para acercarme a él.
—Ven aquí, anda. —Y, entonces, me besa en los labios con infinita dulzura—. Te quiero —susurra, y su aliento fresco me hace cosquillas en la barbilla.
—Te quiero.
Y me vuelve a besar. Respondo con entusiasmo, y enseguida ya estamos los dos jadeando con suavidad y recorriendo el cuerpo del otro con las manos.
—¿Vienes a mi cuarto? —pregunto con la respiración entrecortada cuando nos separamos para tomar aire.
—¿Por qué al tuyo? Mi cama es más grande.
—Tú ven conmigo, anda.
Y eso es lo que hace. Lo conduzco hasta la puerta de la habitación y, una vez allí, la abro y le hago pasar. Camino detrás de él, y entonces veo que se detiene en seco al darse cuenta del cálido resplandor. Dobla la esquina que da a mi cama y sonríe ampliamente al ver las velas.
—A ver —comienzo, un tanto avergonzado—, sé que esto no es nada original comparado con lo que me has preparado tú otras veces, pero…
—¿Qué dices? —me interrumpe—. Me encanta.
—¿En serio? —pregunto con timidez.
—En serio. Es perfecto. —Se acerca a mí y me da un beso largo y delicado en los labios. Después, se separa apenas un par de centímetros y susurra—: Te quiero, Fran.
—Te quiero, Marcos.
Una vez más, volvemos a besarnos. A esos besos pronto se les suman las caricias, y cuando quiero darme cuenta, ya estamos los dos en la cama, yo encima de él mientras nos devoramos mutuamente con las ansias de siempre, pero también con algo mucho más profundo que palpita cada vez más fuerte entre nosotros.
Pronto perdemos la ropa, y nos entregamos el uno al otro en una vorágine de besos, caricias, palabras susurradas y jadeos ahogados, iluminados solo por el tenue resplandor de las velas.
Tras un buen rato de besos, caricias, palabras de cariño y un placer indescriptible, veo en su cara que ya no debe de faltarle demasiado.
—Estoy a punto —me avisa, jadeando mientras me embiste con ganas, con mis piernas sobre sus hombros.
—Yo también —susurro.
—¿Vamos juntos?
—Vale.
Los dos aceleramos el ritmo, él de sus caderas y yo de la mano, y entonces…
—Te quiero —decimos a la vez.
Y los dos estallamos al unísono en unos gemidos prolongados e intensos mientras nuestros cuerpos tiemblan con la fuerza del orgasmo.
Sin dejar de mirarnos a los ojos ni un segundo, me corro sobre mi tripa mientras él lo hace dentro de mí, perdidos en una sinfonía de placer tan abrumadora que tenemos que nadar juntos para mantenernos los dos a flote.
Entonces, Marcos se derrumba sobre mi cuerpo, todavía sin salir de mi interior, y me abraza con fuerza.
—Te quiero —susurra contra mi cuello.
—Te quiero.
Con nuestros corazones latiendo al unísono, me doy cuenta de algo impresionante: de alguna manera, es como si cada vez que hacemos algo fuera todavía mejor que la anterior.
No sé cómo ni por qué, pero es como si conforme va creciendo el vínculo que hay entre nosotros también creciera nuestro deseo mutuo, nuestras ganas de darnos placer el uno al otro.
Y, de alguna manera, el rato de después siempre es todavía mejor que el propio sexo, si es que eso es posible.
Como ya viene siendo habitual entre nosotros, cuando nuestra respiración se calma, Marcos se tumba boca arriba y yo me abrazo a su torso mientras él me rodea la espalda con el brazo.
Me siento tan a gusto, tan calmado y tan seguro que no puedo evitar desear poder quedarme aquí para siempre.
—Deberíamos irnos a la ducha —sugiere al cabo de un rato, arrancándome una mueca.
—¿Podemos quedarnos así cinco minutos más? —le pido, poniéndole ojos de cachorrito—. Es que estoy muy a gusto.
—Bueeeno —responde con una sonrisa—. Pero solo cinco minutos, ¿vale? Como nos quedemos dormidos, la liamos.
—Vale. Te quiero, Marcos.
—Te quiero, Fran.
Le doy un beso rápido en los labios y vuelvo a acurrucarme contra él, feliz de que haya pasado esto entre nosotros, feliz de que podamos compartir este momento. Y lo mejor de todo es saber que habrá muchos más momentos como este, muchas más noches durmiendo los dos juntos y abrazados.
Soy incapaz de creer la suerte que tengo.