El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 83.
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Al igual que ocurrió con los besos, hay infinitos «te quieros» después del primero.

De algún modo, encontramos las ganas y el aguante físico para que haya más sexo, pero esta vez es diferente.

Es como si, después de habernos dicho que nos queremos, hubiera cambiado algo entre nosotros, como si hubiéramos terminado de romper la última barrera que quedaba entre nosotros.

Esa última vez del día es lenta y tranquila, calmada, como si la excitación y el deseo se hubieran apartado un poco para dar paso a algo mucho más profundo.

Por la noche, como no podría ser de otra manera, dormimos juntos en mi cama. No hay sexo porque con tres veces en un mismo día ya hemos tenido más que de sobra, pero poder dormir entre sus brazos después de decirnos que nos queremos es todavía mejor.

Al día siguiente volvemos a nuestra rutina habitual de las mañanas, pero con ligeros cambios.

Marcos se despierta el primero, como siempre, pero antes de salir de mi cama, además de besarme, vuelve a decirme que me quiere.

Yo le respondo, adormilado, y después vuelvo a dormirme con una sonrisa de pura felicidad en la cara.

Cuando vuelvo a despertar cuarenta y cinco minutos más tarde, añadimos más «te quieros» a nuestro ya habitual beso de despedida antes de que se marche.

Llego a la universidad con los labios curvados en una enorme sonrisa. Y, como no podría ser de otra manera, Álex se da cuenta al instante.

—A ti te ha pasado algo. Cuéntamelo todo. Ya.

En algún momento del lunes le había mandado un mensaje para contarle la verdadera razón por la que no había ido a clase, pero no llegué a entrar en detalles.

Ahora tampoco lo hago, pero sí que le cuento lo que me dijo Marcos y lo que yo le respondí.

Y, como no podía ser de otra manera, se queda boquiabierta.

—O sea, que vais en serio.

Me encojo de hombros, sin saber muy bien qué responder.

—¿Sinceramente? No lo sé, la verdad. Solo sé que los dos estamos bien como estamos, y al final eso es lo único que importa, ¿no?

Ella se muerde un labio, con cara de evidente preocupación.

—No lo sé, Fran. A ver, que me alegro mucho por ti y tal, en serio. Te mereces algo mejor después del cabrón de Raúl.

—¿Pero…? —le pregunto; la conozco demasiado bien y siempre sé cuándo hay un pero.

—Pero técnicamente sois familia.

Contengo las ganas de resoplar porque sé que solo está tratando de ayudarme.

—Ya hemos hablado de esto —le respondo, deseando de repente poder poner fin a la conversación.

—Sí, pero cuando lo hablamos, lo único que hacíais era follar —me recuerda—. Ahora os habéis dicho que os queréis.

—¿Y qué? —pregunto a la defensiva.

—Pues que vuestra familia está en medio, Fran. Lo queráis o no, no estáis solos con lo vuestro. Y, si no hacéis algo al respecto, tarde o temprano os va a estallar la bomba en la cara.

—Y yo que venía todo contento a contártelo —replico, incapaz de ocultar mi resentimiento.

—Lo siento. En serio, Fran. —Estoy molesto, pero sé que está siendo sincera—. Odio tener que ser la voz de la razón. Pero tienes… No, tenéis que ser conscientes de que estáis jugando con fuego. Podéis acabar haciendo mucho daño a vuestra familia.

—Ya, bueno. Pero eso no va a pasar.

—Y yo tampoco quiero que pase, de verdad, pero no sabemos si va a ser así o no —me insiste, y sé que tiene toda la razón—. ¿Lo habéis hablado al menos?

—No —admito.

—Pues ahí lo tienes. Tendríais que haberlo hablado hace mucho tiempo, prácticamente desde que empezasteis con todo esto. Y, ahora que la cosa va en serio…, vais a tener que hacerlo cuanto antes.

Sus palabras me dejan malhumorado durante toda la mañana, tal vez porque sé que en el fondo tiene toda la razón.

Sin embargo, no sé cómo hacerlo. No sé cómo sacar el tema con Marcos, y mucho menos sé lo que vamos a hacer después.

¿Qué pasa si se asusta y decide cortarlo todo por lo sano?

O, si por el contrario decidimos contárselo a nuestra familia…

¿cómo vamos a hacerlo exactamente? ¿Qué se supone que les vamos a decir?

La situación es demasiado complicada, y sé que hacer como si no estuviera pasando nada no va a acabar con el problema por arte de magia.

La preocupación me dura hasta que llego a casa.

Sin embargo, después de asomarme a la cocina para saludar a mi madre y a Antonio, Marcos me llama cuando estoy caminando por el pasillo de camino a mi habitación.

Como siempre, el corazón comienza a latirme con más fuerza mientras entro en la suya.

Todavía no me he acostumbrado a esto que ha nacido entre nosotros.

—Hola —me saluda con una sonrisa al verme.

—Hola —respondo con cautela, acercándome a él—. ¿Pasa algo?

—No, tranquilo. Solo quería darte un beso.

Y eso es lo que hace.

—No sabes cuánto lo necesitaba, la verdad —susurro contra sus labios cuando nos separamos.

—¿Estás bien? —me pregunta preocupado—. Tenías cara rara al entrar.

Me esfuerzo por ampliar la sonrisa que ha aparecido de forma natural en mi rostro al sentir sus labios cálidos sobre los míos.

—Tranquilo —respondo, y le doy un beso fugaz—. Estoy bien.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Vale. Pues te quiero.

—Yo también te quiero.

Y, después de un beso más, me marcho a mi habitación para no levantar sospechas.

Sin embargo, la conversación de Álex no deja de repetirse una y otra vez dentro de mi cabeza.

Aunque en cierto modo todo esto tiene su parte emocionante, también nos estamos arriesgando mucho con todo lo que hacemos dentro de casa.

Y, como no podría ser de otra manera, las palabras que me ha dicho resuenan de nuevo en mi mente: en cualquier momento, la bomba nos puede explotar en la cara.