El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 81.
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Me mira fijamente a los ojos durante unos segundos, como si no fuera capaz de procesar del todo mis palabras.

—Y estás seguro de que por tu parte está todo bien, ¿verdad? —me pregunta.

—Completamente. Cuando me hice las pruebas, ya se había terminado el periodo ventana de todo.

Se queda en silencio una vez más, como tratando de asimilar lo que le estoy diciendo. Y, entonces, asiente lentamente con la cabeza.

—Sí —susurra—. Joder, sí. Claro que sí.

Siento un cosquilleo cálido que comienza en mi tripa y se extiende por todo mi cuerpo.

Nunca he hecho esto antes, ni siquiera con mi ex.

Siempre habíamos usado preservativo por exigencia mía y, teniendo en cuenta los cuernos que me ponía, está claro que fue lo mejor.

Por eso me hice las pruebas de ITS varios meses después de que me dejara; al fin y al cabo, el sexo oral con él había sido siempre sin protección.

Con Marcos, la cosa es diferente. Él no ha pasado de los besos con unas cuantas chicas, y yo tengo las pruebas médicas que confirman que estoy perfectamente.

Puede que a fin de cuentas un condón no sea más que un fino trozo de plástico, pero la idea de tener a Marcos dentro de mí sin que haya absolutamente nada entre nosotros me excita mucho más de lo que jamás me habría imaginado.

Y la idea de que se corra dentro de mí, de que sea el primero que lo haga…

En fin, siento que mi glande se humedece un poco solo de pensarlo.

—¿Estás seguro? —le pregunto, solo para dejar claro que los dos estamos dispuestos a hacerlo—. No tenemos por qué hacerlo si no quieres.

—Fran, llevo fantaseando con correrme dentro de ti desde el primer día que follamos —me confiesa con timidez, mirándome a los ojos mientras un fuego arde en los suyos—. Estoy seguro, te lo prometo.

Y entonces, como no podría ser de otra manera, volvemos a devorarnos.

Pero, a pesar de que es la segunda ronda del día, estamos los dos demasiado excitados como andarnos con más preámbulos y no somos capaces de esperar ni un segundo más.

Me tumbo boca arriba y me coloco un cojín grueso bajo las nalgas para elevarme un poco, tal como hago siempre.

Después, levanto las piernas y él se las coloca sobre los hombros, sin dejar de mirarme ni un segundo.

En estas últimas semanas hemos descubierto que esa es la posición que más nos gusta a los dos, porque así podemos mirarnos y hasta besarnos.

Él puede ver cómo me corro, y yo puedo ver su cara cuando lo hace él.

Pero, de alguna manera, esto es como si fuéramos a vivir nuestra primera vez de nuevo. O como si fuera otra primera vez, no lo tengo del todo claro. Ya hemos hecho esto, pero no lo hemos hecho así, y eso hace que sea diferente y en cierto modo especial.

Lo observo mientras me introduce un dedo con lubricante y después otro. El tercero entra con tanta facilidad que los dos sabemos que no hace falta más preparación.

—¿Voy? —me pregunta.

—Sí.

Y, entonces, frota su polla dura entre mis nalgas.

La sensación ya es diferente a lo habitual, y puedo ver en su cara que para él también es así.

Lo que siento no es el látex del condón, sino a él, solamente a él.

Su piel y su carne. Su polla. Juguetea un poco alrededor del orificio de esa forma que sabe que siempre me excita, haciéndome temblar de expectación.

Después ejerce algo de presión, siempre con cuidado, y enseguida ya tengo su glande dentro de mí.

Me doy cuenta de que estamos los dos temblando por los nervios, todavía más que en nuestra primera vez.

Hoy tampoco estamos envalentonados por el alcohol como aquella noche, sino que somos simplemente nosotros, con nuestros deseos, nuestras inseguridades y nuestros nervios.

Tiene la cara y el pecho enrojecidos y sudorosos, y está guapísimo y perfecto mientras me mira con el mismo deseo que siento yo.

—¿Bien? —me pregunta, tal como hace siempre.

—Sí —me apresuro a responder—. Sigue.

Y eso es lo que hace. Se abre camino dentro de mí poco a poco, disfrutando y haciéndome disfrutar de cada centímetro de placer.

Una vez dentro, la sensación no es tan diferente a otras ocasiones, pero el hecho de saber que no hay nada entre nosotros es lo que me vuelve loco de excitación.

Y, a pesar de la falta de experiencia de Marcos, lo cierto es que ha aprendido rápido en estas semanas, así que ya sabe exactamente cómo hacerme gemir de placer.

Y eso es precisamente lo que hacemos: gemir. Mucho.

—¿Te gusta? —me pregunta al cabo de unos minutos, todavía con la respiración entrecortada. Está tan guapo con las mejillas sonrojadas y esa cara de placer que apenas soy capaz de creer la suerte que tengo de estar viviendo este momento.

—Claro —acierto a responder entre gemidos—. ¿Y… a ti?

—Es la hostia.

—¿En serio? —pregunto con una sonrisa.

—Ya te digo —me asegura—. Joder, si es que es mucho… mejor… así. Antes ya me flipaba follar contigo…, pero ahora…

—¿De verdad?

—Te lo juro. —Se detiene brevemente y baja la cabeza para besarme en los labios, sin salir de mi interior—. ¿Seguimos? —susurra contra mi boca.

—Joder, sí.

Continúa follándome con ganas, y es evidente en su rostro lo mucho que le gusta. De algún modo, su entusiasmo hace que a mí también me guste todavía más de lo habitual. Como siga así, creo que voy a acabar corriéndome sin tocarme siquiera.

Apenas unos minutos después, me doy cuenta de que se está acercando ya el momento. Y, a juzgar por su expresión y el ritmo cada vez más acelerado de sus movimientos, creo que a él tampoco le falta demasiado.

—Fran… Como siga así, me corro —dice entonces, como si estuviera leyéndome la mente.

—Yo estoy… a punto… también —respondo, y comienzo a masturbarme mientras lo miro a los ojos—. Córrete.

—¿Seguro? —me pregunta—. Todavía estoy a tiempo de correrme fuera si quieres.

—No quiero —replico con una sonrisa, entre los jadeos que me provocan sus embestidas cada vez más intensas—. Quiero… que te corras… dentro de mí.

—¿Te doy fuerte?

—Reviéntame, Marcos.

Y eso es precisamente lo que hace. Parece incapaz de responder siquiera; tan solo asiente con la cabeza y después comienza a moverse todavía más rápido que antes, si es que eso es posible.

Me embiste tan fuerte que sería hasta violento si no estuviera haciéndome estremecer de placer.

La velocidad de mi mano aumenta al ritmo de su cuerpo, y enseguida me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más. Por suerte, él tampoco.

—Fran… me corro —dice con un susurro ronco.

—Y yo —acierto a responder—. No pares, joder. No pares.

Sus gemidos se vuelven tan intensos que casi acallan los míos.

Entonces, suelta un gruñido prolongado que me indica que ha llegado al clímax y veo que su cara se retuerce de puro placer.

No deja de embestirme mientras su polla se hincha dentro de mí, bombeando un chorro tras otro de ese semen denso, cálido y abundante que tantas veces me he tragado.

La sensación es tan abrumadora que comienzo a correrme yo también, incapaz de dejar de gritar mientras las oleadas de placer invaden mi cuerpo por completo, y me da la impresión de que nunca me había corrido tanto como ahora.

Pero tampoco tengo oportunidad de asegurarme del todo, porque Marcos se desploma sobre mí y me pasa los brazos por debajo de la espalda, aferrándome contra su pecho mientras mi semen se mezcla con su sudor.

Nos quedamos los dos en silencio, a excepción de nuestra respiración acelerada.

Los latidos de mi corazón resuenan en mis oídos, y puedo sentir los suyos a través de la piel.

Me doy cuenta de que me tiemblan las piernas, y lo rodeo yo también con los brazos como para poder sujetarme a algo firme, sin dejar ni un solo milímetro de espacio entre nuestros cuerpos.

Todavía sigue dentro de mí, y no quiero que salga jamás.

Con una enorme sonrisa en los labios, cierro los ojos y disfruto de la sensación de estar todavía entre sus brazos, sintiendo su corazón palpitando con fuerza contra el mío y su respiración cálida sobre mi cuello.

Permanecemos así abrazados durante un largo rato, acalorados, sudorosos y pegajosos, pero también profundamente felices mientras nuestra respiración se ralentiza poco a poco y nuestros latidos vuelven a la normalidad.

Ha habido muchos momentos felices con Marcos desde que empezó todo en ese hotel, pero tal vez este preciso instante los supera a todos.

—Joder —me susurra al oído después de varios minutos de silencio, aunque todavía puedo sentir su corazón latiendo contra mi pecho—. Te quiero.