79.
El domingo decidimos repetir la misma estrategia que ayer para poder besarnos.
Por la mañana, me meto en el cuarto de baño, dejo correr el agua de la ducha, y Marcos llama a la puerta unos minutos más tarde para que podamos darnos los buenos días como es debido.
Después volvemos a desayunar juntos, otra vez con las piernas enlazadas, aunque atentos por si oímos pasos acercándose y tenemos que separarnos.
Por suerte en esta ocasión no hay interrupciones.
Nos pasamos el resto de la mañana cada uno en nuestra habitación; en mi caso, estudiando un poco.
Pero, cuando nos llaman para comer, aprovechamos para darnos un beso fugaz en el pasillo, y después nos pasamos toda la hora de la comida con las piernas enlazadas una vez más.
Es solo un contacto mínimo en comparación con todo el que me gustaría tener, pero es mejor que nada.
Y, para ser sincero, cualquier clase de contacto con él me hace feliz, por pequeño que sea.
Después de comer, nos ofrecemos a recogerlo todo y volvemos a darnos unos cuantos besos furtivos mientras tanto. Al terminar, Marcos me toma la mano y me mira con una sonrisita antes de hablar.
—¿Te apetece ver una peli conmigo? —me propone—. En mi cuarto y tal.
La sonrisa que aparece en mi rostro refleja la suya.
—Claro. ¿Qué peli?
—Me da igual —responde, con la voz llena de sinceridad—. En realidad es una excusa para estar contigo.
—Me parece genial.
Diez minutos más tarde ya estamos los dos en su habitación, con la puerta cerrada.
En realidad, el mejor lugar para ver una película sería mi cuarto, porque soy yo quien tiene televisor.
Pero, como ha dicho Marcos, lo de la película no es más que una excusa, y mi tele no se llega a ver bien desde la cama, que es donde queremos estar en realidad.
Sin embargo, la cama de Marcos es lo bastante grande como para que estemos los dos cómodos, y cuando coloca el portátil sobre una silla frente a nosotros, eso es todo lo que necesitamos.
Elegimos una película cualquiera de Netflix y la ponemos de fondo mientras comenzamos a besarnos.
Pronto, la cosa comienza a calentarse y tenemos que detenernos, porque es demasiado arriesgado hacer algo en casa durante el día.
Para evitar la tentación de seguir besándonos, nos tumbamos tal como nos gusta hacer cuando vamos a dormir, con él detrás de mí y sus brazos rodeando mi cuerpo.
Lo bueno de la distribución de nuestras habitaciones es que las camas no resultan visibles desde las puertas, así que si alguien entrara de repente, tendríamos tiempo suficiente para sentarnos antes de que nos vean.
Pero estoy tan a gusto entre los brazos de Marcos y la película me importa tan poco que, inevitablemente, la modorra comienza a apoderarse de mí.
Cuando despierto, la película ya ha terminado. No tardamos en empezar a besarnos de nuevo, e inevitablemente, tampoco tardamos en volver a calentarnos.
—Deberíamos parar —susurra Marcos contra mis labios.
—Deberíamos. —Le giro la muñeca para echarle un vistazo a su reloj y veo que son casi las seis de la tarde—. Todavía es pronto para que te vayas a la ducha, ¿no?
—Un poco. Los findes siempre me ducho a las ocho o así, antes de cenar.
Hago una mueca.
—Falta mucho —me quejo, y él se echa a reír.
—Piensa que luego no vamos a volver a estar solos hasta que todos se duerman. Mejor distribuir un poco el tiempo de besos, ¿no?
—Sí, supongo —acepto a regañadientes—. Además, tendría que irme a estudiar un poco.
—Sí, yo también.
Tras un cuarto de hora de besos y unos pocos minutos más para esperar a que mi cuerpo se calme y no se note nada bajo el pantalón de chándal que llevo para estar por casa, me voy de su habitación.
Tener que ponerme a estudiar cuando podría estar comiéndole la boca y otras cosas a Marcos al otro lado de la pared debería considerarse una especie de tortura, pero no me queda más remedio que hacerlo.
Tampoco quiero descuidar la carrera con todo esto.
A las ocho en punto, Marcos me manda un mensaje para avisarme, y un minuto después oigo que se cierra la puerta del cuarto de baño.
Aguardo hasta que oigo el sonido del agua corriendo, cuento hasta diez, y después salgo de mi habitación para llamar a la puerta con la excusa ya habitual de que tengo que entrar a orinar.
Cinco minutos más tarde, ya estoy fuera otra vez, aunque con las mejillas sonrosadas, el corazón acelerado, la respiración entrecortada y un bulto difícil de disimular entre mis piernas.
Por suerte, no hay nadie allí para verlo, así que me apresuro a volver a mi cuarto.
Me tumbo sobre la cama y cierro los ojos para dejar que las distintas reacciones de mi cuerpo vuelvan a la normalidad.
A la hora de la cena, continuamos con nuestra nueva tradición de comer con las piernas entrelazadas. Pero no es suficiente, así que, cuando terminamos de cenar, le lanzo una mirada significativa a Marcos y anuncio:
—Voy a bajar la basura.
—Te acompaño —se apresura a decir él.
—¿Es que Fran no puede bajarla solito o qué? —se burla Natalia.
—Sí, pero me sabe mal que tenga que hacerlo solo.
Y, sin más, cogemos la bolsa de basura, las llaves y salimos por la puerta.
Esperamos pacientemente a que llegue el ascensor y, cuando entramos, comenzamos a devorarnos como si no hubiera un mañana.
Al llegar a la planta baja no salimos del ascensor de inmediato, sino que continuamos besándonos un par de minutos más antes de salir corriendo del edificio para tirar la basura.
Después, volvemos al ascensor y seguimos besándonos otros dos o tres minutos antes de presionar el botón de nuestra planta.
—¿Qué habéis ido, hasta el vertedero para tirar la basura personalmente? —pregunta Natalia cuando entramos en casa.
—Es que no venía el ascensor —respondo, utilizando la excusa que ya tenía preparada—. Y mientras estábamos fuera ha entrado alguien y ha subido hasta el sexto, así que hemos tenido que esperar otro rato.
—Joder, que vivimos en un segundo. No os vais a morir por usar las escaleras.
—Métete en tus cosas, anda —replica Marcos, y pone fin a la conversación.
Ella se marcha con paso airado, y nosotros esperamos a que desaparezca para intercambiar un último beso rápido. Por suerte, ya falta muy poco para poder pasar otra noche juntos.