El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 78.
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Cuando llega la hora de la cena, continuamos con la nueva tradición familiar de pedir unas pizzas y cenar todos juntos viendo una película.

En esta ocasión son los adultos quienes eligen, y optan por una comedia romántica que mi madre estaba deseando ver.

A Natalia le entusiasma la elección, pero a mí, la verdad es que no tanto.

Después de todo, la película de terror de la semana pasada me proporcionó muchas oportunidades para arrimarme a Marcos.

Él, por su parte, permanece inexpresivo y se encoge de hombros cuando le preguntan qué opina de la elección.

Tal como esperaba, la película no me interesa demasiado. Lo más interesante son las palomitas del principio y después cuando llegan las pizzas, aunque tanto Marcos como yo no tardamos demasiado en comérnoslo todo.

—¿No teníamos mantas por algún sitio? —dice Natalia al cabo de un rato—. Me estoy congelando.

—La verdad es que está haciendo bastante frío estos días —responde Antonio, poniéndose en pie.

Lo observamos mientras se acerca a un mueble que hay en un lateral del salón y saca unas mantas.

A continuación, le tiende una a Natalia y otra más grande a mi madre, supongo que para compartirla con él.

Después, se dirige a Marcos y a mí—: ¿Vosotros también queréis?

Intercambiamos una mirada rápida.

—Sí —me apresuro a responder—. Yo también me estoy congelando.

—Vais a tener que compartirla —dice mientras nos trae la manta—. Solo hay una.

—No pasa nada —decimos a la vez, y después tratamos de contener la risa.

Extendemos la manta sobre nosotros. Por suerte, no es demasiado grande, así que eso nos proporciona la excusa perfecta para acercarnos más. Y, como ya no nos ve nadie, hasta podemos darnos la mano y acurrucarnos un poco por debajo de la manta.

La película continúa, pero ahora que puedo estar en contacto con Marcos, la cosa empieza a hacerse un poco más llevadera.

Y todo se vuelve todavía más interesante cuando llega la inevitable escena de sexo de la película.

Los protagonistas comienzan a desnudarse, aunque sin enseñar nada interesante, y cuando empiezan a besarse de forma apasionada sobre la cama, no puedo evitar pensar en los besos que estoy deseando darle a Marcos en cuanto todos se vayan a dormir.

De pronto, noto una mano sobre mi pierna y doy un respingo.

Miro a mi alrededor, pero no parece que los demás se hayan dado cuenta.

Por su parte, Marcos no aparta la mano, sino que me mira con una sonrisa.

Entonces, con un ojo puesto en nuestra familia para asegurarme de que no nos estén mirando, me acerco un poco más a él.

Llevo la mano a su brazo y comienzo a acariciárselo con suavidad mientras él hace lo mismo con mi pierna.

Noto que se me eriza el vello bajo sus dedos, y el suyo también lo hace bajo los míos.

Nos pasamos así el resto de la película, simplemente acariciándonos bajo la manta. Cuando por fin aparecen los créditos en la pantalla, me siento tan a gusto y tan lleno de felicidad que odio la idea de tener que levantarme.

—Nosotros lo recogemos todo —se ofrece Marcos, tal vez para que tengamos la excusa de quedarnos un rato más bajo la manta. Y eso es precisamente lo que hacemos cuando nos damos todos las buenas noches y los demás se marchan; es como si fuéramos incapaces de salir de aquí.

Pero al final lo hacemos. Después de todo, aunque estar juntos en el sofá bajo la manta está muy bien, la idea de estar los dos juntos en una cama y a salvo de miradas indiscretas está todavía mejor.

Lo recogemos todo, tal como hemos prometido, y después nos turnamos para ir al baño y nos vamos cada uno a nuestra habitación, como si nos estuviéramos preparando para dormir.

Dejo la puerta de mi habitación entreabierta para poder oír los ronquidos de Antonio y, en cuanto empiezo a escucharlos, salgo a hurtadillas y cierro con cuidado detrás de mí antes de ir a la habitación de Marcos.

Hemos quedado en volver a repetir lo de anoche; es lo más justo si entre semana tiene que ser él quien se marcha de mi cama.

Además, la suya es mucho más grande, así que es la más apropiada para que durmamos dos personas… Y otras cositas, claro.

Como ya va siendo habitual, me encuentro con las velas encendidas cuando entro, y no soy capaz de reprimir una sonrisa de felicidad.

Para ser sincero, todo esto del romanticismo y las velitas siempre me ha parecido una gilipollez, pero ahora que lo estoy viviendo en persona… Es otro rollo, la verdad.

Y besar a Marcos también es otro rollo. Como él mismo dijo ayer, tan solo han pasado dos semanas —y ahora un día— desde que comenzó todo entre nosotros, pero es como si hubieran sido meses.

Esas primeras noches todo era tensión sexual y hormonas desatadas, pero la cosa no tardó evolucionar con cada día que pasábamos juntos, con cada noche que dormíamos juntos después de dar rienda suelta a nuestros deseos.

Por supuesto, eso no significa que Marcos no siga poniéndome cachondo; más bien es todo lo contrario.

Y por eso, cuando su mano se abre camino hasta mi entrepierna, lo que encuentra allí está duro.

Me arranca un gemido ahogado contra su boca al masajearlo lentamente, haciéndome desear más.

Pronto comenzamos a perder la ropa, y a ese gemido le siguen muchos más que apenas somos capaces de controlar.

Parece mentira pensar que hasta hace apenas unos días Marcos todavía no había chupado una polla, porque ahora consigue volverme loco de placer solo con el juego de su boca, sus labios y su lengua.

Una vez más, nos damos placer el uno al otro al mismo tiempo.

Una vez más, nos corremos al unísono. Y, una vez más, me trago su semen y después el mío antes de volver a besarnos.

Pero lo que ocurre al terminar es todavía mejor que el sexo, porque podemos dormir juntos. Me abrazo a él y, con una sonrisa en los labios, su olor en mi cuerpo y su sabor en mi boca, dejo que el sueño se apodere de mí.