El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 77.
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Hoy es sábado, y eso significa varias cosas.

Para empezar, he dormido en la cama de Marcos, aunque a las seis de la mañana comenzó a vibrar su reloj de muñeca y tuve que marcharme.

Me costó hacerlo porque estaba demasiado a gusto y calentito en su cama, pero no me quedaba otra.

No podíamos arriesgarnos a que nuestra familia se diera cuenta de que estábamos durmiendo juntos.

Lo bueno es que cuando me acosté en mi cama todavía no había llegado a despertarme del todo, y estaba tan envuelto en una especie de nebulosa de felicidad que no tardé en volver a quedarme dormido.

Otra consecuencia de que sea sábado es que los dos vamos a estar todo el día en casa.

La parte buena es que podremos besarnos más a menudo, pero la parte mala es que vamos a tener que buscar formas de hacerlo a escondidas de nuestra familia.

Por suerte, estos días se me ha ocurrido una estrategia para hacerlo, y al ver que tengo un mensaje de buenos días de Marcos, decido que es el momento de ponerla en práctica.

Buenos días!

Has dormido bien?

Bueno…

Dormía mejor cuando estabas tú conmigo, la verdad

Y yo

Tengo demasiadas ganas de besarte…

Y yo

Pero se me ha ocurrido una cosa

El qué?

Yo hago como que me voy a duchar

Y después tú llamas diciendo que tienes que entrar a mear y nos liamos un ratito en el baño

No vamos a poder estar mucho tiempo, pero es mejor que nada

Uf, sí a todo

Vas ya? Necesito besarte ya

Joder, y yo

Voy corriendo

Salgo de mi habitación y me meto en el cuarto de baño.

Lo primero que hago es lavarme la boca con un vasito de enjuague bucal; no me va a dar tiempo a cepillarme los dientes.

Después, mientras me arde la boca, voy al retrete para vaciar la vejiga.

Cuando termino, pongo la ducha en marcha y le mando un mensaje a Marcos para que venga.

Apenas un minuto más tarde, suenan unos golpecitos en la puerta.

—¿Qué pasa? —grito para hacerme oír por encima del agua.

—¿Puedo pasar? —pregunta Marcos desde fuera—. Es que me meo.

—Joder, ¿y no podías haber venido antes? —replico para mantener la fachada, aunque me cuesta contener la risa.

—Es que no sabía que te ibas a duchar.

—Pasa, anda.

La puerta se abre y ahí está él, con su camiseta y sus bóxers habituales, mirándome con una sonrisa en los labios.

—Y yo que pensaba que te iba a encontrar desnudo —susurra.

Pongo los ojos en blanco y le cojo la mano para tirar de él hacia mí.

—Ven aquí, anda.

Y, entonces, nos besamos como si no hubiera un mañana, como si no hubiéramos estado durmiendo juntos hasta hace apenas unas horas.

Nuestros cuerpos no tardan en reaccionar, y el delgado tejido de su ropa interior y mi pijama no bastan para ocultar el intenso deseo que sentimos el uno por el otro.

Pero vamos a tener que esperar hasta la noche, porque nuestro tiempo aquí está contado.

Nos separamos apenas un minuto más tarde.

—Debería irme —susurra contra mis labios, y me da un beso rápido.

—Supongo —respondo, y le doy otro beso.

—Bueno… Pues hasta luego —añade con otro beso más.

—¡Espera! La cisterna.

—Cierto.

Tiro de la cisterna a tientas, y mientras tanto, aprovechamos para besarnos un poco más.

Después, lo acompaño hasta el lavabo sin dejar de besarnos y dejamos que el agua corra mucho más tiempo del necesario.

Pero, finalmente, tenemos que separarnos y Marcos sale por la puerta.

El tiempo con él siempre se me hace imposiblemente corto, pero al menos podemos arrancarle estos pequeños momentos para nosotros.

Con un suspiro de resignación, me quito la ropa para meterme en la ducha y me enjabono rápidamente bajo el agua; después de todo, se supone que ya llevo un rato duchándome.

Sin embargo, mientras el agua caliente corre sobre mí y se lleva la espuma por el desagüe, me doy cuenta de que apenas soy capaz de contener la sonrisa de felicidad que lleva acompañándome desde que me he levantado.

Cuando ya estoy duchado, secado y vestido, me asomo al salón para dar los buenos días al resto de la familia.

Después, voy la cocina para desayunar. Marcos está allí, preparándose unas tostadas, y para mi sorpresa ha dejado sobre la mesa la caja de mis cereales, un bol y una cuchara.

Al lado está el brik de la leche desnatada que tomo siempre.

—¿Y esto? —pregunto en voz baja, acercándome a él.

—Me apetecía desayunar contigo —dice, encogiéndose de hombros.

—Pero hace casi una hora que me has mandado el mensaje de buenos días —señalo—. ¿Me estabas esperando o qué?

—Puede ser. Como entre semana nunca podemos desayunar juntos… —responde con una sonrisa, y sus palabras hacen que me derrita. Miro hacia la puerta para asegurarme de que no viene nadie, y después le doy un beso rápido en los labios.

Sus tostadas saltan en ese momento, así que nos acercamos a la mesa y nos sentamos juntos. Comemos con calma y en silencio, disfrutando del momento, pero Marcos entrelaza la pierna con la mía y, en cierto modo, es casi como si estuviéramos acariciándonos.

—¿Qué horas son estas de desayunar? —pregunta mi madre de repente, sobresaltándonos. Miro hacia la puerta y la veo con los brazos en jarras—. Son casi las doce. ¡Después no vais a tener hambre para comer!

—Tranquila, mamá. Ya sabes que yo siempre tengo hambre —le recuerdo.

Marcos se echa a reír, pero ella nos lanza una mirada de reprobación antes de marcharse.

Solo entonces me doy cuenta de que es muy posible que haya visto nuestras piernas entrelazadas desde la puerta—.

¿Crees que se habrá dado cuenta de…? —susurro, y señalo nuestras piernas con un gesto de la cabeza. Marcos palidece ligeramente.

—No creo, ¿no? Supongo que habría dicho algo.

—Supongo. Igual estaba más atenta a la comida de la mesa.

—Puede ser —asiente—. Pero vamos a tener que tener más cuidado, ¿vale?

Y eso es lo que hacemos. Durante la comida volvemos a entrelazar las piernas, pero esta vez los demás están sentados y tanto el mantel como la propia mesa nos protegen de sus miradas.

Me gusta mantener este secreto solo entre nosotros, poder buscar sin que nadie más se dé cuenta el contacto entre nuestros cuerpos que tanto necesitamos.

Cuando terminamos de comer, nos ofrecemos a recoger la mesa y la cocina, y entonces aprovechamos para intercambiar unos cuantos besos furtivos después de asegurarnos de que no haya nadie cerca.

A media tarde, volvemos a repetir la estrategia de la ducha, pero al revés.

Esta vez es Marcos quien se mete en el cuarto de baño, y yo soy quien llama a la puerta poco después.

Cuando regreso a mi habitación cinco minutos más tarde, con el corazón latiendo con fuerza, estoy sonriendo tanto que parece que los labios se me vayan a quedar curvados de forma permanente.

Puede que me esté enamorando de Marcos, y puede que todo lo que estamos haciendo sea muy arriesgado, pero estoy empezando a sospechar que tiene que haber pocas cosas más bonitas que vivir con la persona que quieres.