El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 76.
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Por la noche, cuando ya están todos acostados y comienzo a oír el sonido amortiguado de los ronquidos de Antonio a través de la puerta, hago el camino inverso.

Salgo de mi cuarto y cierro la puerta con cuidado, y después entro a hurtadillas en la habitación de Marcos y echo el pestillo antes de acercarme a él.

Sonrío al darme cuenta de que ha vuelto a encender las velas; supongo que quiere que este rato sea especial aunque no podamos pasar la noche entera juntos.

—Ey —me saluda.

—Ey.

—¿Te gusta? —pregunta con timidez—. Igual soy un poco pesadito con las velas, pero…

—Me encanta —lo interrumpo, y él esboza una enorme sonrisa.

Al igual que antes, me tumbo encima de él y comienzo a besarlo.

Pero, a diferencia de lo que ocurrió por la tarde, cuando nuestros cuerpos comienzan a reaccionar, nosotros actuamos en consecuencia y nos acariciamos, tocamos y saboreamos bajo la tenue luz de las velas.

Estamos acalorados a pesar del frío de noviembre y no tardamos en perder la ropa, y pronto vuelvo a tener su polla en la boca, dándole placer de esa forma que tanto nos gusta a los dos.

Ayer descubrimos que el hecho de que su cama sea más grande es muy útil para algunas cosas, como por ejemplo, tumbarnos los dos de lado mientras nos la chupamos mutuamente.

Y eso es precisamente lo que hacemos. Tengo que reconocer que Marcos le está echando ganas, porque está aprendiendo mucho más rápido de lo que esperaba.

—Fran —dice al cabo de unos minutos tras sacarse mi polla de la boca, aunque sigue masturbándome.

Hago lo mismo para poder responder.

—Dime.

—Quiero que probemos una cosa.

—¿El qué?

—¿A ti te falta mucho? —pregunta a su vez.

—No demasiado —admito.

—A mí tampoco. ¿Quieres que intentemos corrernos a la vez?

—Se puede intentar —respondo con una sonrisa—. Nos vamos avisando, ¿vale?

—Vale.

Y, entonces, seguimos con lo que estábamos haciendo.

Apenas un par de minutos más tarde, Marcos me aprieta un poco la pierna, y lo interpreto como un gesto para que pare porque está a punto de correrse.

Me detengo, aunque sin sacármela de la boca, gimiendo contra su carne mientras él me da placer con la boca y la mano.

Enseguida noto que estoy a punto yo también, así que le aprieto la pierna ahora a él, trato de aguantar y comienzo a chupar de nuevo, con ansia y deseo, mientras el placer se acumula cada vez más dentro de mí, preparándose para estallar.

Entonces, vuelve a apretarme la pierna, y yo me permito liberarme al fin y estallo en una oleada de placer mientras el suyo cae chorro tras chorro dentro de mi boca.

Se ha corrido en ella tantas veces que ya he averiguado que lo mejor es ir tragando mientras cae, aunque me permito saborear los últimos chorros antes de tragarlos también.

Lo miro y veo que se está estirando para coger unos pañuelos en los que escupir mi semen.

Aunque el primer día se lo tragó, después me dijo que le había resultado un poco extraño, y que prefiere no seguir haciéndolo por el momento.

Por supuesto, eso no supone ningún problema para mí: bastante es que quiera que me corra en su boca, y no pienso forzarlo a hacer nada que no le apetezca hacer.

Si algún día quiere volver a tragárselo, ya lo hará.

Sin embargo, hoy lo detengo antes de que pueda escupirlo.

—Espera —susurro—. Bésame.

Él me mira, con los ojos muy abiertos, aunque no puede hablar porque tiene la boca llena.

Sin embargo, no se lo piensa y se acerca para hacer lo que le pido.

Yo le devuelvo el beso y, en él, dejo que me devuelva todo el semen que le he dado, jugando con él entre nuestras lenguas antes de tragármelo también.

De pronto, Marcos me abraza tan fuerte que por un momento pienso que me va a partir en dos.

—¿A qué ha venido eso? —pregunto con una sonrisa, susurrando contra sus labios.

—Nada, es que me apetecía. Me hace ilusión que esta noche vayas aquí.

—A mí también —le aseguro—. Pero… No puedo quedarme toda la noche, ¿recuerdas?

—Ya, bueno. Pero había pensado que igual podrías quedarte hasta las seis, ¿qué te parece? Dudo muchísimo que nadie vaya a levantarse antes de las siete o las ocho como muy pronto, así que tendríamos margen de sobra.

La idea es tentadora, pero, tal como él mismo ha dicho por la tarde, tiene sus riesgos.

—¿Y si nos quedamos dormidos?

—Tranquilo, he puesto varias alarmas. Y, como me vibra el reloj pero no suena nada, no vamos a despertar a nadie.

—Venga… Vale.

—Además… ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Hoy hace dos semanas de nuestra primera vez. —Clavo los ojos en él, haciendo cálculos rápidamente en mi cabeza, y entonces me echo a reír sin poder evitarlo. Él frunce el ceño—: ¿Qué pasa?

—Marcos, nuestra «primera vez» fue hacernos cada uno una paja en la misma cama… Ese día no es que hubiera mucho contacto entre nosotros, precisamente.

Él se encoge de hombros; me doy cuenta de que parece avergonzado.

—Ya, bueno… Pero ese fue el día que empezó a cambiar todo entre nosotros, ¿verdad?

—Claro que sí, idiota —respondo, y le doy un beso en los labios—. Pero mejor nos vamos a dormir ya, ¿vale? No me apetece nada tener que levantarme a las seis.

—Vale —dice, y me da otro beso—. Buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos.

Y entonces nos colocamos como hacemos siempre para dormir, él boca arriba y yo abrazado a su pecho.

Sin embargo, no tardo en darme cuenta de que hoy es diferente.

Las noches anteriores, su aroma era algo sutil.

Pero, ahora que me encuentro en su cama, su aroma está por todas partes, y me resulta embriagador.

Es como estar inundado de él, como si su presencia me invadiera por completo.

Y sé que, después de esto, me va a costar mucho volver a dormir en mi propia cama.