75.
El viernes es como si todo se repitiera otra vez.
Me despierto con la vibración del reloj de Marcos, que me da un beso en los labios antes de levantarse.
Después, vuelvo a dormirme, abrazado a la almohada impregnada de su olor, y despierto cuarenta y cinco minutos más tarde, justo a tiempo para darle un beso de despedida.
Durante la mañana, los recuerdos de todo lo que está pasando estos días con él no dejan de flotar por mi mente, haciendo que todo me resulte mucho más llevadero que de costumbre.
Después de clase, me quedo a comer con Álex y nuestros amigos de la universidad, como siempre.
Una semana más, apenas participo en la conversación.
Esta vez no tengo ninguna excusa convincente que pueda utilizar, pero tampoco me hace falta.
Creo que nuestros amigos han empezado a acostumbrarse a que últimamente esté más raro de lo habitual, porque ninguno de ellos me pregunta nada.
Cuando llego a casa, compruebo con alegría que tanto Natalia como nuestros padres están en el salón, como suelen hacer a estas horas.
Después de los saludos de rigor, entro en la habitación de Marcos y cierro la puerta con cuidado detrás de mí, para que no lo oigan desde fuera.
A continuación me dirijo hacia la cama y lo veo tumbado con el móvil, aunque me dirige una enorme sonrisa al verme.
Antes de que tenga oportunidad de decir nada, me abalanzo hacia él, me subo encima y lo beso con ganas, pasando la mano por su pelo rizado.
Él me responde con entusiasmo, acariciando mi cuerpo y bebiendo de mis labios como si se estuviera muriendo de sed.
De pronto se hace evidente el hecho de que anoche no hicimos nada, porque enseguida su polla dura presiona la mía a través de mis pantalones y sus bóxers.
Nos besamos un rato más, frotándonos y calentándonos, pero al mismo tiempo dolorosamente conscientes de que tampoco podemos llevar esto más lejos.
La espera hasta la noche va a ser interminable…
De repente, alguien llama a la puerta. Me levanto de un salto y me siento a los pies de la cama, con las manos cruzadas sobre mi entrepierna antes de que abran, pero por suerte, nadie lo hace. Marcos, por su parte, se tumba boca abajo.
—¿Sí? —pregunta con calma.
—Dice papá que si hoy cenas en casa.
Es la voz de Natalia. Por suerte, no abre la puerta.
—Sí, dile que sí —responde Marcos.
—Vale. Voy a preguntarle a Fran.
Le lanzo a Marcos una mirada de pánico, y él se apresura a hablar.
—¡No hace falta! Ya me ha dicho antes que sí.
—Ah, vale —dice ella—. Pues nada, chao.
Soltamos un suspiro de alivio al unísono.
En realidad, tampoco debería tener nada de raro que estemos juntos en la misma habitación, sobre todo después de todo el tiempo que hemos estado pasando juntos durante el viaje y después en nuestro supuesto plan de ir al cine, pero ninguno de los dos queremos dar razones a nadie para albergar sospechas.
Bastante arriesgado es lo que hacemos por las noches como para dar pistas durante el día.
—Joder —digo en voz baja—. Casi nos pilla.
—Pues, hablando de eso… tengo una mala noticia.
—¿Qué pasa? —pregunto alarmado, temiéndome lo peor—. No se habrán dado cuenta de que anoche no dormiste en tu cama, ¿verdad?
—No, no; tú tranquilo. Tampoco es nada grave —me asegura—. Pero no sé si esta noche deberíamos dormir juntos.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Porque mañana es sábado, así que ni nuestros padres trabajan, ni Natalia tiene que ir al instituto.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Pues que es un poco arriesgado, ¿no? Imagina que nos quedamos dormidos o lo que sea y me ven saliendo de tu habitación, o que Natalia quiere entrar aquí para cualquier mierda…
—Ya… Supongo que tienes razón —admito a regañadientes—. Pero que sepas que eres un mentiroso.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunta, claramente confuso.
—Porque has dicho que no es grave, pero a mí me parece gravísimo —respondo, y le doy un golpe juguetón en el brazo.
Él se ríe entre dientes, tratando de no hacer demasiado ruido.
—Bueno, pero puedo quedarme un par de horas contigo igualmente. Me pongo una alarma y ya está.
—Espera. Si no vamos a pasar toda la noche juntos… ¿qué te parece si soy yo quien se queda contigo un rato?
Su rostro se ilumina.
—¿En serio? ¿Aquí en mi habitación?
—Claro. O sea, el resto de días eres tú quien va a mi cuarto y después se tiene que marchar mientras yo me quedo durmiendo. Hoy podemos hacerlo al revés para variar, ¿no?
—Me parece genial —responde con una sonrisa, y está tan guapo que no tengo más remedio que besarle en los labios.
Pero ya llevo demasiado rato aquí, así que será mejor que me vaya. Le doy un último beso, pasando los dedos por el vello incipiente de su mejilla, y después voy hacia la puerta y la abro con cuidado. Me asomo un poco para asegurarme de que no haya nadie cerca, y entonces, regreso a mi habitación.