El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 74.
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Me despierto con la vibración del reloj de Marcos contra mi cuerpo.

—¿Qué hora es? —rezongo adormilado.

—Las siete. Tengo que levantarme.

Sin embargo, estoy tan a gusto abrazado a su cuerpo cálido que esa idea no podría resultarme más desagradable.

—¿En serio? ¿No puedes quedarte cinco minutos más?

Él se ríe.

—Me encantaría, pero como me quede dormido, la liamos.

—Vaaaleee… —respondo a regañadientes, y le quito el brazo de encima para que pueda moverse—. Pero tienes que darme un beso.

—Eso siempre —responde con una sonrisa. Pasa por encima de mí y me da un beso rápido en los labios antes de ponerse en pie.

—No te vayas a ir sin despedirte, ¿eh?

—Claro que no, tonto.

Trato de escucharlo mientras se va, pero es tan silencioso que ni siquiera oigo el sonido del pestillo deslizándose o de la puerta abriéndose y cerrándose.

Unos segundos más tarde, escucho el ruido de la puerta de su habitación abriéndose ya sin cautela, supongo que para disimular, y después la del cuarto de baño cerrándose.

Todavía me quedan cuarenta y cinco minutos para tener que levantarme, así que decido aprovecharlos. A falta de Marcos, me abrazo a mi almohada, y sonrío al darme cuenta de que tanto ella como la propia cama huelen a él. Y así, embargado por su aroma, no tardo en quedarme dormido otra vez.

Cuando suena mi alarma, la sonrisa no ha desaparecido todavía de mis labios.

Me doy cuenta de que me siento descansado, aunque ni siquiera he dormido tanto, pero, sobre todo, me siento feliz.

Después de dormir con Marcos, de despertar rodeado de su olor, siento que podría afrontar el día sin ningún problema.

Como siempre, ya está a punto de salir de casa cuando salgo del cuarto de baño, así que nos despedimos con un beso furtivo en los labios y me voy a la cocina a desayunar. Recibo un mensaje suyo justo cuando me estoy terminando los cereales.

Hoy tenemos una cita, no?

Al principio no comprendo a qué se refiere, pero entonces lo recuerdo: hoy llego antes a casa, así que vamos a tener una hora solos antes de que llegue nadie. Y, por supuesto, eso significa que por fin podremos volver a hacer lo que nunca tenemos ocasión de hacer el resto de los días.

Pero, aunque yo también me muero de ganas, eso no quiere decir que no pueda meterme un poco con él.

No sé yo, si ya hicimos cositas anoche…

Tantas ganas tienes?

De ti? Siempre

Pero no te preocupes, si no quieres no pasa nada

No tenemos que hacer nada que no quieras

Claro que quiero, idiota

Solo te estaba picando

Uy!

A ver si ahora voy a ser yo el que no quiere nada…

No te lo crees ni tú xd

Culpable

Cualquiera pensaría que la mañana sin él se me haría insoportable, pero no es así.

Sí, me muero de ganas de llegar a casa y estar con Marcos a solas, con una hora entera para nosotros sin nadie que nos moleste.

Pero, al mismo tiempo, todo lo que está pasando con él estos días es como si fuera una especie de talismán que me acompaña, como si sus besos infinitos formaran una capa protectora alrededor de mi cuerpo que hace que me resulte mucho más fácil lidiar con todo.

Cuando llego a casa, escucho un portazo y a continuación Marcos se acerca corriendo por el pasillo, con una enorme sonrisa. Me abraza con fuerza y después me da un largo beso en los labios, como si no fuera capaz de aguantar ni un segundo más sin besarlos.

—¿Y ese portazo? —pregunto cuando nos separamos.

—Nada —se apresura a responder. Después, esboza una sonrisa pícara y añade—: ¿Con ganas?

—Demasiadas —admito—. Pero primero necesito darme una ducha… te prometo que será rápido.

—Sin problema.

—¿Me esperas en mi cuarto?

—Eh… ¿Te importa si vamos al mío? —Me doy cuenta de que parece nervioso por alguna razón—. Mi cama es más grande, y así también hacemos cosas allí alguna vez.

—Sí, claro. Pues en cinco minutos estoy allí, ¿vale?

—Genial —responde, y me da otro beso antes de irme.

Me meto en el cuarto de baño y me esfuerzo por tardar lo menos posible en prepararme; después de todo, el tiempo que tenemos a solas es limitado.

Cinco minutos después, me acerco a la habitación de Marcos y compruebo que la puerta sigue estando cerrada.

Doy un par de golpecitos, preguntándome por qué no la habrá dejado abierta y ya está.

—¡Un momento! —grita desde dentro. Un instante después, la puerta se abre y su rostro aparece en el hueco. Me doy cuenta de que dentro está casi a oscuras—. Hola.

—Hola. ¿Puedo pasar?

—Claro —responde, y me toma la mano. El contacto me provoca un leve cosquilleo que se extiende por todo mi cuerpo—. Ven.

Entramos en su habitación, y solo entonces me doy cuenta de que hay un resplandor danzante que viene de la zona de la cama.

La estancia tiene la misma estructura que la mía, como una L inversa, así que todavía no puedo ver cuál es la fuente de la luz.

Doblamos la esquina que da a la cama y me quedo inmóvil por la impresión.

Está todo lleno de velas: la mesita de noche, los estantes de las paredes, hasta la cornisa interior de la ventana.

Ahora entiendo por qué cerró de un portazo cuando me oyó entrar en casa, debía de estar preparándolo todo.

Me quedo totalmente sin palabras; es la primera vez que alguien me prepara algo parecido.

—¿Te gusta? —me pregunta con una timidez evidente.

—Me encanta.

Sonríe ampliamente, y entonces lo beso de lleno en los labios.

Él responde a mi beso con entusiasmo, y de pronto ya no somos capaces de despegarnos.

Cuando me quiero dar cuenta, ya estamos en la cama y hemos perdido la ropa, todo ello sin dejar de besarnos ni un segundo mientras el resplandor cálido de las velas baila tenuemente a nuestro alrededor.

Desde lo que ocurrió el domingo, Marcos se ha empeñado en aprender a hacerme sexo oral en condiciones, y eso es lo que hace mientras yo se lo hago a él; los dos lanzando gemidos de placer con la boca llena.

Sin embargo, hoy es el único día de la semana que vamos a poder hacer todo el ruido que queramos, aunque tampoco nos queda demasiado tiempo, así que Marcos me tumba boca abajo y hunde la cara entre mis nalgas de esa forma tan deliciosa que hace que me estremezca por dentro y por fuera, que me abra solo para él.

Cuando vuelvo a sentirlo por fin en mi interior, es como si nuestros cuerpos estuvieran hechos precisamente para este momento.

Al terminar, tenemos la piel húmeda a causa del sudor, pero no nos importa.

Nos quedamos abrazados, incapaces de despegarnos mientras nuestra respiración se tranquiliza y los latidos de nuestros corazones van volviendo poco a poco a la normalidad.

Dentro de cinco minutos tendremos que irnos a la ducha para que los demás no se den cuenta de nada cuando lleguen, pero este momento es solo nuestro y siento una felicidad tan intensa en mi interior que es como si fuera a explotar.

Durante un breve instante de lucidez me doy cuenta de que esto se parece demasiado a estar enamorándome, pero la simple idea me provoca una oleada de emociones contradictorias que no sé muy bien cómo controlar.

Por la noche, volvemos a dormir juntos. Sin embargo, esta vez no hay sexo.

Por un lado, ya hemos tenido más que suficiente con lo de esta tarde, y lo único que nos apetece ahora es dormir juntos.

Pero, por otro, también estamos empezando a acumular horas de sueño atrasado por culpa de nuestros escarceos nocturnos.

Sobre todo Marcos, que es quien se levanta primero.

Así pues, aunque vuelve a colarse en mi habitación a escondidas cuando todos se duermen, lo que hace es meterse en mi cama.

Nos damos un largo beso y después le hago hueco para que pueda tumbarse junto a la pared para abrazarme a él, al igual que ayer.

Se nota que está cansado, porque apenas un par de minutos después ya se ha quedado dormido.

Una vez más, me dejo envolver por el aroma de su piel y el sonido de su respiración. Me siento completamente en paz, y enseguida el sueño se apodera también de mí.