El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 73.
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Durante la semana, los días transcurren casi con la normalidad habitual. Por la mañana voy a clase, y por la tarde me dedico a estudiar, jugar a la consola y perder el tiempo en las redes sociales.

Pero ahora hay algo más, algo que lo cambia todo: besos.

Antes de marcharse cada mañana, Marcos se despide de mí con un abrazo y un beso en los labios.

Cuando llego a casa, aprovecho que nuestros padres suelen estar en la cocina preparando la comida para ir a su habitación y saludarle como es debido, siempre vigilando la puerta para asegurarnos de que no hay nadie cerca.

Y, en muchas ocasiones, cuando nos cruzamos en el pasillo, el salón o la cocina, intercambiamos un beso rápido, conscientes de que no podemos hacer más por peligro a que alguien pueda vernos.

Lo que hacemos es arriesgado, pero eso hace que la situación sea más emocionante. Aun así, en todas y cada una de esas ocasiones no puedo evitar desear que llegue pronto la noche, cuando por fin podremos dar rienda suelta a nuestras ansias de besarnos.

Pero la parte verdaderamente difícil llega cuando se va acercando la hora de ir a la cama.

Todas las noches cenamos en familia, y eso siempre es el momento más tenso de cada día.

Marcos y yo nos sentamos juntos, con nuestras piernas y nuestros brazos rozándose a cada momento, y eso no hace más que volver todavía más insoportable la espera hasta que todos se vayan a dormir.

Las ganas de tocarnos se convierten en una necesidad, y a menudo unimos nuestros pies o nos hacemos alguna caricia furtiva bajo la mesa, en el brazo o en el muslo.

La idea de Marcos de follar en la ducha no ha resultado ser tan útil como esperábamos.

Por la mañana él siempre se despierta el primero, y aunque siempre se espera a que yo me levante para darme un beso antes de irse, no da tiempo de meternos los dos en la ducha.

Supongo que podríamos hacerlo si me levantara más temprano, pero soy incapaz de funcionar sin dormir al menos ocho horas, y de todos modos, ¿a quién le apetece follar tan temprano?

Por la tarde, la cosa se vuelve todavía más arriesgada con todo el mundo en casa; no surge ninguna situación en la que pudiera darse de forma natural y sin levantar sospechas.

Así pues, no nos queda otra que esperar pacientemente a que llegue la noche, aunque parece como si nunca fuera suficiente para ninguno de los dos.

Cuando al fin llega el momento de que todos se vayan a dormir, Marcos se cuela en mi habitación y, en silencio, nos apresuramos a recuperar como podemos todas las horas perdidas durante el día.

El tiempo clandestino que pasamos juntos por las noches se vuelve más largo, porque ya no es solo sexo: antes tenemos que besarnos un buen rato, como si fuera un requisito imprescindible antes de llegar a nada más.

Y, tal como descubrí en el hotel, el sexo es todavía mejor cuando hay besos.

El miércoles por la noche nos quedamos abrazados después de terminar, con el sabor dulzón y ligeramente salado de su semen todavía en mi boca.

Tengo los ojos cerrados, pero todos mis demás sentidos están concentrados por completo en él, en cómo la parte delantera de su cuerpo parece amoldarse a la perfección a la parte trasera del mío.

Nunca había hecho la cucharita con un chico, pero ahora no lo cambiaría por nada. Ni siquiera por el sexo.

—Estaba pensando una cosa —me susurra al oído, provocándome ese estremecimiento que ya está empezando a resultarme familiar.

—Dime.

—Podríamos dormir juntos.

Abro los ojos de golpe. No puedo decir que no me guste la idea, pero también es peligrosa.

—¿En serio?

—A ver, a los dos nos gusta hacerlo, ¿no? —Asiento con la cabeza—. Y, sinceramente, después de terminar siempre me da toda la pereza volver a mi cuarto. Luego tardo más en dormirme, y ya estoy perdiendo sueño de por sí.

—Ah, así que solo es una excusa para dormir más —bromeo.

—Que no, idiota —responde entre risas—. Es que me gusta dormir contigo.

—Ya, pero… ¿No es muy arriesgado?

—Bueno, el otro día no pasó nada, ¿no? Y eso que era fin de semana. Además, siempre cierro el pestillo.

—Ya, pero… ¿Y si entran en tu cuarto? Si ven que no estás…

—Ya sabes que siempre soy el primero en levantarme, nadie va a entrar en mi cuarto antes.

El corazón me late con fuerza ante la perspectiva de dormir con él, posiblemente todas las noches. ¿De verdad está pasando esto?

—Bueno… Supongo que entonces no hay peligro.

—A ver, que si no quieres…

—Claro que quiero —me apresuro a responder—. Venga, vale. Dormimos juntos.

—¿Seguro?

Me doy la vuelta para quedar de cara a él antes de responder.

—Seguro.

Y, entonces, le doy un beso en los labios.

—Genial.

—Sí, pero primero tenemos que hablar de logística —le advierto.

—¿Cómo?

—Pues a ver, me encanta estar de cucharita y tal… Pero la verdad es que se me hace un poco incómodo después de un rato, sobre todo para dormir. —Se queda en silencio, y entonces, para mi sorpresa, se echa a reír. Frunzo un poco el ceño, extrañado—. ¿Qué pasa? No le veo la gracia.

—No, si no es eso —me asegura—. Es que a mí también me pasa.

—¿En serio?

—Sí. Siempre se me duerme el brazo que tienes debajo.

—¿Y por qué no me habías dicho nada?

Noto cómo se encoge de hombros.

—Es que estaba muy a gusto igualmente. Pero sí… Igual es mejor que busquemos otra postura. ¿Qué me propones?

—Mira, cámbiame el sitio. —Me muevo para hacerle hueco y lo observo mientras se tumba junto a la pared—. Tú siempre duermes boca arriba, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

Pongo los ojos en blanco, aunque está demasiado oscuro para que Marcos pueda verlo.

—Te recuerdo que me pasé cinco noches durmiendo en la misma cama que tú.

—Cierto —responde entre risas.

—Vale, pues colócate. —Se pone boca arriba, tal como hace siempre. Entonces, con cierta timidez, me tumbo de lado y me abrazo a su ancho pecho, sonriendo al sentir el cosquilleo de su vello contra mi piel—. ¿Qué te parece así?

—¿Sinceramente? —susurra, y su voz hace vibrar su pecho bajo mis manos mientras me rodea la espalda con el brazo—. Me parece perfecto.

Sonrío ampliamente ante sus palabras, feliz de que le haya gustado esto tanto como a mí.

—¿En serio? —pregunto para asegurarme.

—En serio.

—Pues… ¿Nos vamos a dormir entonces?

—Vale.

—Buenas noches, Marcos.

—¡Oye, espera!

—¿Qué pasa?

—No me has dado un beso de buenas noches —dice, fingiendo enfado.

Me echo a reír y, a continuación, me estiro para darle un beso en los labios. Pretendía que fuera un beso breve, pero al final le dedicamos unos segundos más de la cuenta.

—Buenas noches, Marcos —repito contra sus labios cuando logramos separarnos.

—Buenas noches, Fran.

Vuelvo a abrazarme a él y respiro hondo, embriagándome de su aroma. El latido de su corazón contra mi piel y su respiración calmada son como una nana arrullándome, y mientras me dejo invadir por las neblinas del sueño, soy brevemente consciente de que jamás me había sentido tan feliz.