72.
El lunes por la mañana, mientras voy a la universidad, tomo una decisión: necesito hablar con Alejo. Después de lo de ayer, está claro que ya no hay vuelta atrás; lo que está pasando con Marcos es mucho más serio de lo que pensaba.
Hace ya días que dejó de ser un desahogo motivado por la proximidad forzada de tener que compartir una cama.
Lo que hay entre nosotros es algo más. Mucho más.
Tampoco sé de qué se trata exactamente, pero sí que es lo bastante importante como para contárselo a mi mejor amigo, por muy difícil que vaya a ser la conversación.
Sé que no le va a hacer mucha gracia la idea, pero, por suerte, tengo a Álex para apoyarme.
He hablado del tema con ella entre clase y clase y, tras asegurarme de que está de acuerdo, le escribo a Alejo para proponerle que quedemos los tres para ir a comer al chino.
Por supuesto, él acepta entusiasmado; cualquier oportunidad es buena para ver a Álex.
En otra situación tal vez me habría molestado que parezca mostrar más interés por ella que por mí, pero hoy no podría venirme mejor.
Me da un abrazo enorme cuando nos encontramos; después de todo, llevamos más de una semana sin vernos, desde antes del viaje con mi familia. Su gesto de cariño me arranca una sonrisa que alivia un poco el nerviosismo que siento. Aunque solo un poco.
Como no podría ser de otra manera, gran parte de la conversación que mantenemos durante la comida se centra en mi viaje.
Alejo quiere saberlo absolutamente todo, así que le cuento las partes más inofensivas de las vacaciones, omitiendo todo lo que tiene que ver con Marcos.
De vez en cuando, Álex capta mi mirada y arquea una ceja al darse cuenta de las cosas que estoy omitiendo, pero yo la ignoro.
Estaba dispuesto a contárselo todo a mi mejor amigo, pero lo cierto es que no sé cómo sacar el tema con él.
—Bueno, ¿y qué tal con tu hermanito del alma? —me pregunta cuando ya he terminado de contarle todo lo que podía decir sin mencionar a Marcos.
—Pues… Bastante bien, la verdad. —Trago saliva antes de continuar—. Nos ha tocado dormir en la misma habitación y eso, así que hemos tenido que aprender a llevarnos bien.
—No jodas. ¿Has tenido que dormir con el putísimo Marcos? —dice con incredulidad, apartándose el flequillo oscuro de los ojos—. Espera. ¿Cómo de grande era la habitación? Yo me mataría si hubiera tenido que dormir a menos de diez metros de él.
Intercambio una mirada incómoda con Álex.
—De hecho… hemos dormido en la misma cama. —Alejo se queda boquiabierto; es evidente que no podría imaginar un horror peor—. Es que nos pusieron una cama doble por error y tal, y no había habitaciones libres para cambiarnos.
Omito el pequeño detalle de que ninguno de los dos pidió el cambio; ya son demasiadas cosas que procesar en un mismo día.
—Joder. Tiene que haber sido horrible.
—Qué va, para nada. Ya te lo he dicho… hemos aprendido a llevarnos bien.
—¿Ha dejado de ser un gilipollas o qué? —pregunta entre risas—. Me cuesta creerlo.
Me doy cuenta de que me molesta que hable así de él, pero, en el fondo, tampoco puedo culparlo.
—Marcos es un buen tío, Alejo. En serio —le aseguro al ver que frunce el ceño—. Deberías darle una oportunidad… seguro que ahora os llevabais bien.
—Sí, claro.
—Lo digo en serio —insisto—. No es como pensábamos.
—Bueno… Si tú lo dices —responde, claramente muy poco convencido—. Aunque me lo creeré cuando lo vea.
Álex me mira alzando las cejas de nuevo, y me doy cuenta de que ya no puedo seguir retrasándolo.
—Hay algo más.
—Como quieras que se una al grupo, olvídate —se apresura a decir, lanzándole una mirada furtiva a Álex, y contengo una sonrisa al recordar lo celoso que se puso cuando ella dijo que Marcos le parecía mono.
—No, no, tranquilo. Es solo que… A ver… Digamos que pasaron cositas.
Ignoro a Álex poniendo los ojos en blanco junto a Alejo y me concentro en mi amigo, tratando de ignorar el calor que se extiende por mis mejillas.
—¿De qué estás hablando?
—Pues eso… cositas. Entre Marcos y yo —especifico. Lo miro con las cejas levantadas, tratando de transmitir con la mirada lo que no soy capaz de expresar con palabras. Si mis ojos no pueden decírselo, seguro que mis mejillas rojas sí que lo harán. Espero—. Ya sabes.
—No, no lo sé —me asegura él, claramente confuso—. ¿De qué estás hablando?
—Joder, Alejo —interviene Álex—. A veces tienes menos luces que un barco pirata.
—Oye, ¿a qué viene eso ahora?
—Pues que tienes que ser la persona menos perspicaz que hay sobre la faz de la Tierra.
Por supuesto, sé que en parte también lo dice con segundas.
—¿Me vais a contar de qué estáis hablando o qué? ¿Qué es lo que ha pasado?
Respiro hondo y suelto un suspiro antes de soltar la bomba.
—Sexo. Entre Marcos y yo.
Alejo permanece en silencio durante unos segundos, y después se echa a reír.
—Joder, muy buena. Casi me lo trago. Ya decía yo que me extrañaba eso de que de repente os llevarais tan bien…
—Tío, que es en serio —insisto—. No me lo estoy inventando.
Su sonrisa vacila en su rostro, como si no supiera qué creer.
—Venga ya, Fran. Que no cuela.
—Alejo, es en serio —interviene Álex, acudiendo en mi rescate.
No sé si es por la seriedad en el rostro de nuestra amiga o porque Alejo comprende de pronto por qué le he pedido a ella que nos acompañe para esta charla, pero la sonrisa desaparece por completo.
Me mira fijamente, y supongo que el intenso rubor de mis mejillas debe de confirmárselo del todo. Por fin.
—No es coña, ¿verdad?
—No.
—De verdad has follado con Marcos.
—Sí, Alejo. He follado con Marcos.
Casi puedo ver los engranajes de su cerebro dando vueltas por detrás de su frente, tratando de procesar mis palabras.
—Pero vamos a ver… ¿Cómo cojones has acabado follando con Marcos? ¿Es que estabas borracho o qué?
—No. —En realidad, sí que habíamos bebido los dos un poco, pero eso no es relevante ahora mismo—. Simplemente… sucedió.
—Joder, ¿tan necesitado estás? Tampoco hace tanto que lo dejaste con el otro gilipollas. ¿Es que no tienes Grindr para desahogarte o qué?
—Alejo, te estás pasando —le advierte Álex.
Él baja la mirada, algo avergonzado de repente. No se lo tengo en cuenta; después de todo, yo habría actuado igual si la situación se hubiera dado a la inversa.
—Lo siento. Es que… Joder. Has follado con Marcos. Pero supongo que sería una noche de calentón y ya está, ¿no? —Mis ojos deben de decirle lo equivocado que está, porque suelta un resoplido—. Joder. ¿Cuántas veces han sido?
—Eh… ¿todas las noches del viaje? —admito, y el calor que siento en la cara se intensifica todavía más—. Bueno, y también unas cuantas veces más desde entonces.
—Madre mía. A ti se te ha ido la olla.
—A ver, que tampoco es para tanto —respondo a la defensiva—. Había tensión sexual entre nosotros y los dos actuamos en consecuencia. Ya somos mayorcitos.
—No, eso no es todo —dice—. A ti te gusta. ¿A que sí?
Para tener menos luces que un barco pirata, esta vez me ha calado por completo.
Aparto la mirada y Álex me mira; ni siquiera le había contado esa parte a ella.
Aunque eso no significa que no se lo imaginara, claro.
A juzgar por el calor que siento en las mejillas, tienen que estar echando humo ahora mismo.
—Puede ser —admito. Trago saliva, y entonces añado—: Ayer nos besamos.
—¿Y qué? —pregunta él—. La gente suele besarse al follar, ¿no?
—Pues no, porque antes no nos besábamos… —le explico, aunque todavía me escuece ese hecho—. Al principio era solo sexo. Pero ayer, pues eso.
Omito la parte de que apenas hemos sido capaces de mantener los labios separados desde entonces.
—Sabes que te vas a llevar la mayor hostia de tu vida, ¿no? —me advierte Alejo.
—Joder, gracias por los ánimos.
—A ver, tío, que vuestros padres están casados. Que compartís casa. ¿Qué vais a hacer? ¿Daros besitos a escondidas por el pasillo? ¿Follar cuando todos los demás estén durmiendo? —Mi expresión debe de ser mucho más elocuente de lo que pensaba, porque añade—: Joder. Estás fatal.
—¿Y qué le hago? —replico—. Tan solo nos gustamos y actuamos en consecuencia, tampoco es que le hagamos daño a nadie.
—Ya, bueno. Solo estáis poniendo en peligro a vuestra familia, casi nada. ¿Te recuerdo lo mal que lo pasó tu madre antes de conocer al padre de Marcos? ¿De verdad quieres cargarte eso por un calentón?
Sus palabras me escuecen, tal vez porque yo también he pensado exactamente lo mismo en más de una ocasión.
—No es un calentón —susurro.
—Alejo tiene razón, aunque sus formas tal vez no sean las mejores —dice Álex, lanzándole una mirada de reprobación—. Tienes que tener mucho cuidado con lo que haces con él, porque esto no os afecta solo a vosotros. Y tú lo sabes.
Bajo la mirada, desanimado.
—Yo pensaba que me ibais a apoyar.
—Fran, no se trata de apoyarte o no. Claro que te apoyamos —me asegura ella—. Es solo que tienes que tener cuidado, ¿vale?
—Vale.
Miro a Alejo, esperando a que diga algo, y él se encoge de hombros. Respira hondo y suelta un suspiro antes de hablar.
—Mira, Fran, tú eres mi mejor amigo, y ya sabes que yo te apoyo a muerte en todo.
Siempre lo he hecho, y siempre lo haré. —Sé que sus palabras son sinceras, y eso hace que se me humedezcan los ojos—.
Si me pides que te apoye con esto, eso es lo que voy a hacer.
Y, si de verdad dices que ha cambiado y quieres presentármelo, me esforzaré por darle una oportunidad otra vez.
—¿De verdad?
—De verdad. Sabes que haría cualquier cosa por ti.
—¿Pero? —pregunto con una leve sonrisa, consciente de que no me lo ha dicho todo—. Porque hay un pero, ¿verdad?
—Pero, si esto sale mal, después no digas que no te lo advertí.