El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 71.
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Nos acabamos durmiendo, yo entre los brazos de Marcos, pero despertamos a las diez de la noche gracias a la alarma de su reloj. Ya solo nos queda una hora de soledad antes de tener que irnos del hotel.

Como no podía ser de otra manera, comenzamos a besarnos de inmediato.

—Se me ha pasado demasiado rápido —susurra muy cerca de mis labios.

—Y a mí —respondo, y le doy un beso suave—. Pero todavía podemos aprovechar el tiempo que nos queda.

Sus labios se curvan en una sonrisa.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué me propones exactamente?

En lugar de contestar, le vuelvo a besar.

Él me devuelve el beso, y aunque ya hemos compartido cientos durante esta noche, todavía me cuesta creer que hayamos dado este paso por fin.

Pronto, la intensidad de nuestros labios y el movimiento de nuestras manos explorándonos mutuamente se intensifica, y enseguida noto algo duro contra mí cuando me abraza con fuerza.

Bajo la mano hasta su entrepierna y sonrío al encontrarme justo lo que me esperaba.

—¿Otra vez? —pregunto entre risas, cerrando los dedos alrededor de su erección.

—Oye, que tú te has corrido dos veces y yo solo una —protesta.

—Bueno, si quieres, puedo devolverte el favor de antes. Así estamos empatados.

Ahora es él quien lleva la mano hasta mi entrepierna antes de hablar.

—Diría que tú también tienes ganas de más.

—Culpable —digo con una sonrisa, y después suelto un gemido cuando mueve la mano.

—Pues se me ha ocurrido una cosa.

—¿El qué?

—Hay un lugar en casa donde podríamos hacerlo… todo, sin que nadie se entere.

—¿Qué dices? ¿Dónde?

—En la ducha.

—Venga ya, tú flipas.

—No, pero piénsalo. El agua amortigua el ruido, y tú siempre te duchas con música. Puedes entrar a ducharte tú primero, para prepararte y tal. Y entonces puedo entrar yo con la excusa de que tengo que afeitarme, lavarme los dientes y esas cosas.

—No sé yo —respondo dudoso, aunque la idea me resulta tentadora—. De todos modos, ¿qué tiene que ver eso ahora?

—Que nunca hemos follado en la ducha.

—¿Y qué?

—Pues que podríamos probar y tal.

Pestañeo un par de veces, sorprendido.

—Eh… Bueno. Si quieres.

—No tenemos que hacerlo si no quieres —se apresura a decir—. Solo era una idea.

—No, no, sí que quiero. Es solo que no me lo esperaba.

—Entonces… ¿te apetece?

—Sí, vale. Pero sabes que va a ser más complicado, ¿no? Y teniendo aquí una cama…

—Ya, bueno. Pero, si es complicado, lo mejor será empezar a cogerle el truco, ¿no?

Me encojo de hombros antes de contestar.

—Sí, supongo. Pues venga, vamos. Antes de que me arrepienta.

Tomamos el bote de lubricante y un par de condones y nos vamos al cuarto de baño. Una vez allí, abrimos el envoltorio de uno de los preservativos, para facilitar un poco las cosas después. A continuación, nos metemos en la ducha.

—¿Cómo lo hacemos? —pregunto, y él sonríe.

—Y yo que pensaba que tú eras el experto en estas cosas —dice, arrancándome una risa.

—En esto tengo tan poca experiencia como tú.

—Pues podemos aprender juntos, ¿no? —me propone, con una sonrisa en los labios.

A continuación, todo ocurre con una mezcla entre torpeza y naturalidad.

No es la primera vez que nos duchamos juntos, pero sí la primera que los dos tenemos intención de ir más allá.

Abrimos el agua, que cae templada entre nosotros y pronto comienza a llenarlo todo de vapor.

Continuamos besándonos y acariciándonos, y al igual que la última vez, Marcos coge el gel para embadurnar mi cuerpo.

Se detiene especialmente entre mis piernas, primero hasta provocarme una erección, y después jugando entre mis nalgas e introduciendo un par de dedos en mi interior, tal como sabe que me gusta, mientras el agua se lleva toda la espuma por el desagüe.

Entonces, hace algo inesperado y se sienta frente a mí en el borde de la bañera.

Gira mi cuerpo para situarme delante de él y, acto seguido, toma mi pene erecto entre sus manos.

Lo masajea un poco bajo el agua, tal vez para asegurarse de que no queda espuma, y entonces comienza a jugar con él utilizando la lengua y los labios.

Una de sus manos se desliza hasta mis nalgas para introducir un dedo dentro de mí, y pronto me tiene gimoteando y con la espalda arqueada bajo el agua.

—Cámbiame el sitio, ¿vale? —le pido, deseoso de saborearlo otra vez.

Ahora soy yo quien se sienta en el borde, pero no me ando con preámbulos. En lugar de eso, tomo su erección entre mis manos y acaricio su glande con la lengua, disfrutando de ese sabor que tanto me excita. Continúo estimulándolo hasta que me pide que pare.

—¿Probamos ya? —me propone, y yo asiento con la cabeza.

Estiro el brazo para alcanzar el condón que hemos dejado abierto y se lo coloco con cuidado. Después, tomo el bote de lubricante, se lo doy y me pongo en pie. Me sitúo de espaldas a él y siento que la respiración se me acelera mientras Marcos me introduce un par de dedos ya lubricados.

—¿Bien? —me pregunta, como si no estuviera ya muy dilatado.

—Bien.

—Inclínate un poco, ¿vale?

Apoyo las manos contra la pared y muevo el culo hacia atrás para facilitarle la tarea. Enseguida siento la dureza de su erección entre mis nalgas, y después esa presión agradable y familiar mientras se introduce poco a poco dentro de mí. Entonces, se detiene y me arranca un gruñido de frustración.

—¿Sigo? —pregunta junto a mi oído.

—Sigue.

Y, al fin, lo siento por completo dentro de mí. Me rodea con ambos brazos, abrazándome con fuerza y besándome el cuello mientras el agua cae sobre nosotros, amortiguando nuestros gemidos cada vez más intensos conforme Marcos comienza a embestirme con un entusiasmo creciente.

Recuerdo ese sueño que tuve hace lo que parece una eternidad, la noche antes de irnos de viaje. Ni en un millón de años me hubiera podido imaginar todo lo que pasaría después entre nosotros, pero aquí estamos.

Entonces, me doy cuenta de algo: en ese sueño, Marcos no me había besado.

Ahora, sin embargo, parece incapaz de dejar de hacerlo, como si besarme el cuello mientras entra y sale de mi interior fuera una necesidad física.

Y solo eso ya hace que la realidad que estoy viviendo ahora mismo sea mil veces mejor que cualquier sueño o fantasía que haya podido tener.