69.
No sé cuánto tiempo nos quedamos enredados en la cama, simplemente besándonos y abrazándonos. Desde el primer beso hemos compartido ya cientos, en todo momento, como si Marcos se muriera de sed y mis labios fueran su única fuente de agua en varios kilómetros a la redonda.
Pero un pensamiento ha empezado a cobrar forma en mi mente, y sé que debería compartirlo con él. Después de los besos ya infinitos que hemos compartido, sé que no hay vuelta atrás.
—¿Podemos hablar de una cosa? —susurro muy cerca de sus labios mientras nos acariciamos mutuamente la espalda. Llevo la manos hacia arriba, para hundirla en su pelo rizado que tanto está empezando a gustarme.
—Claro. ¿Qué pasa?
Su voz suena calmada, pero su mano se detiene brevemente sobre mi espalda y me doy cuenta de que se ha puesto nervioso. Decido no andarme con rodeos e ir directamente al grano.
—Me dijiste que no te gustaban los chicos.
Él aparta la mirada, azorado. Me da la impresión de que ya se esperaba que le sacaría este tema más pronto que tarde.
—Y no me gustaban, supongo.
—¿Y ahora? —susurro.
Hace una pausa antes de responder. Pero, cuando lo hace, me mira directamente a los ojos, con ese fuego ardiendo con fuerza en los suyos.
—Ahora me gustas tú.
Trato de ignorar la triple voltereta que da mi corazón dentro de mi pecho al oír sus palabras, porque sí, ha dicho en voz alta que le gusto. Llevo la mano hasta la cara de Marcos y, con delicadeza, le doy un breve beso en los labios.
—Pero es imposible que yo sea el único chico que te gusta, ¿no?
—No lo sé. —Esboza una sonrisa nerviosa en su rostro turbado, y está tan adorable que me dan ganas de besarlo otra vez—. A lo mejor soy fransexual.
Me echo a reír sin poder evitarlo.
—Por muy halagado que me pueda sentir, no creo que eso sea posible.
—Supongo que no.
—¿Entonces?
Permanece en silencio durante un largo momento.
—Supongo que puedo… ser bisexual —dice al fin.
—¿Nunca te lo habías planteado?
—No sabría qué decirte, la verdad —responde, aunque me da la impresión de que hay algo que no me está contando—. Pero supongo que es lo más probable, ¿verdad?
—A ver, si siempre te han gustado las chicas y ahora estamos haciendo esto… Pues yo creo que es evidente que sí, ¿no?
Una vez más, vuelve a apartar la mirada, pero no insisto. Sé que necesita su espacio, y tampoco quiero presionarlo. Sin embargo, no dejo de acariciarle la espalda para transmitirle mi apoyo y mi cariño, y me alegra darme cuenta de que él sigue acariciando la mía. Es buena señal.
—Supongo, no lo sé. Necesito aclararme, ¿vale?
—Vale. Pero… recuerda lo que te dije en la playa, cuando estuvimos tumbados en esa roca. Si necesitas hablar, estaré aquí.
—Lo sé —dice con una sonrisa, y vuelve a mirarme. Sus ojos castaños están llenos de calidez, pero también veo cierta humedad en ellos—. Eres el mejor, ¿lo sabías?
Me echo a reír.
—Algo me habían comentado, sí.
Él se ríe también, y entonces me da un beso en los labios. Y, como no podría ser de otra manera, ya no podemos parar. Todavía desnudos, nos sumimos en una vorágine de besos, caricias y abrazos, como si fuéramos físicamente incapaces de despegarnos.
—¿Qué hora es? —pregunto al cabo de un rato.
—Las ocho y cinco —responde tras mirar su reloj.
—Joder, ¿ya? —Frunzo el ceño—. Vamos a tener que irnos dentro de nada.
—Solo han pasado dos horas y todavía nos quedan casi tres, Fran.
—Pues eso. Nada.
—Qué exagerado eres —dice entre risas.
—Ya, pero es que no quiero irme —susurro contra sus labios.
—Yo tampoco —responde, y me da un beso—. Si seguro que se nos hacen largas y todo.
—Qué va.
—¿Qué te apetece hacer?
Me lo pienso durante unos segundos antes de responder.
—Sinceramente, estoy tan cómodo que me gustaría dormir contigo —contesto con cierta vergüenza—. En plan abrazados y tal… Como anoche. Pero mejor no.
—Bueno, si te apetece, a mí me parece bien —me asegura—. No sé si voy a ser capaz de quedarme dormido, pero podemos intentarlo. Te puedes dormir tú si quieres mientras yo te abrazo.
Me apresuro a negar con la cabeza.
—No, no. Prefiero que estemos despiertos. Ya tendremos tiempo para dormir juntos en casa, ¿no?
—Supongo. Ayer no nos pilló nadie… A lo mejor podríamos repetir.
—A lo mejor —repito con una sonrisa.
—¿A ti qué te apetece hacer?
—Pues… La verdad es que he estado pensando una cosa.
—¿El qué?
De nuevo, un rubor aparece en sus mejillas. Tarda un instante en responder.
—¿Quieres que te la chupe?