El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 68.
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No consigo arrancarle ni una palabra durante todo el trayecto en metro.

Cuando nos bajamos, no tengo ni idea de adónde me puede haber traído.

No me suena que haya ningún cine cerca por si la excusa es real después de todo, y tampoco creo que haya ningún sitio especial para cenar, aunque de todos modos es demasiado pronto para eso.

Creo que hay un parque cerca, pero hay muchos más en la ciudad como para haber venido hasta aquí.

Me quedo de piedra cuando veo que entramos en un hotel. No hay nada lujoso en él, pero tiene cierto encanto.

—¿Un hotel? —susurro mientras nos dirigimos hacia la recepción—. ¿En serio?

—Sorpresa.

Por supuesto, no necesito mucha imaginación para suponer lo que pretende que hagamos en un hotel.

De forma automática, toda la sangre de mi cuerpo parece concentrarse en un punto muy concreto y muy poco apropiado para estar en público.

Por suerte, mis vaqueros son anchos y el abrigo me cae un poco por delante.

Aguardo mientras Marcos le da sus datos al chico de la recepción. Un momento más tarde, este nos pide los DNI, así que saco el mío de la cartera y se lo tiendo. Lo observa durante unos segundos antes de devolvérnoslos.

—Veo que ya habéis pagado por la web, así que aquí tenéis la tarjeta —dice el recepcionista—. Segunda planta, habitación veintisiete. Recordad que la hora de salida es a las once. Si os quedáis más tiempo, se os cobrará un recargo.

—Gracias —dice Marcos mientras coge la tarjeta.

—Que disfrutéis.

Enrojezco ligeramente ante sus palabras, y me doy cuenta de que Marcos también lo hace. ¿Por qué parece que el recepcionista sabe perfectamente lo que vamos a hacer?

Nos metemos en el ascensor y miro a Marcos, incrédulo.

—Me has traído a un hotel.

—Muy perspicaz.

—¿Estás loco? ¿Por qué? Te tiene que haber costado un pastón.

—Porque no podía esperar a que llegara el jueves para que volvamos a estar solos —responde con sinceridad—. Y por el dinero no te preocupes, que tampoco ha sido tan caro.

—Si tú lo dices. —Mientras el ascensor abre sus puertas, me doy cuenta de otra cosa—. Pero, escucha, no podemos pasar la noche aquí. Nuestros padres…

—No vamos a pasar la noche aquí —responde mientras recorremos el pasillo, y me da la impresión de que parece algo avergonzado—. Solo tenemos hasta las once de la noche.

Lo miro mientras introduce la tarjeta en el lector de nuestra puerta, y entonces lo comprendo: esto no es un hotel normal y corriente.

—¿Estamos en un hotel por horas? —pregunto cuando abre la puerta.

—Sí —responde mientras entramos—. A ver, ya sé que es un poco cutre y tal… pero es que tampoco tenía dinero para más —admite, claramente avergonzado.

Pero no es cutre para nada. De hecho, me esperaba tan poco este gesto que las ganas de besarlo vuelven con más fuerza que nunca.

—Es genial, en serio. —Miro a mi alrededor, a la habitación sencilla pero funcional. Para lo que queremos hacer aquí, la verdad es que no está nada mal—. Y no te preocupes por el dinero. Yo te pago la mitad, es lo justo.

—No, no —dice con tozudez—. Es una sorpresa, así que no tienes que pagar nada.

—Bueno, ya veremos.

Nos adentramos en la habitación y miro a Marcos mientras deja la mochila junto a la cama. Ahora que sé adónde hemos venido y lo que pretende que hagamos aquí, empiezo a imaginarme lo que puede haber ahí dentro.

Abro la única puerta que hay en la habitación y me asomo al cuarto de baño.

—¿Me das cinco minutos? —le pregunto—. Para prepararme un poco y tal.

—Vale, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Déjame quitarte la ropa.

Trago saliva y asiento con la cabeza, sin palabras; nunca me había pedido algo así.

Se acerca a mí y, poco a poco, comienza a desvestirme sin dejar de mirarme a los ojos en todo momento.

Hay un fuego ardiendo en su mirada, y una vez más, tengo la sensación de que esto es mucho más que sexo, que no es solo un desahogo entre dos personas invadidas por un ejército de hormonas.

Sus manos se deslizan sobre mi cuerpo con suavidad, despojándome de una prenda tras otra.

Sus dedos sobre mi piel desnuda hacen que me recorra una tormenta de escalofríos, erizándome el vello y endureciéndome los pezones.

Cuando termina de quitarme la ropa, yo hago lo mismo con él, con la misma lentitud y el mismo cariño.

Al bajarle los calzoncillos y descubrir su polla semierecta, la tentación de metérmela en la boca es demasiado fuerte, pero me obligo a esperar.

De algún modo, eso hace que lo que sé que va a ocurrir entre nosotros dentro de un rato sea más especial.

Una vez en el cuarto de baño, me percato de que tengo las mejillas sonrojadas y el corazón acelerado.

Me lavo la cara con agua fría y respiro hondo varias veces para tratar de calmarme un poco antes de meterme en la ducha.

Cinco minutos más tarde, tal como he prometido, vuelvo a salir por la puerta.

Marcos está esperándome en la cama, tan desnudo como lo he dejado, y con una sonrisa en los labios mientras me observa con esos ojos ardientes.

Me subo a la cama y me acerco un poco a él, sintiéndome un poco torpe. Solo cuando su rostro está a unos centímetros del mío me doy cuenta de que hay cierta timidez en su sonrisa. Y ya sé que eso solo ocurre cuando tiene algo dándole vueltas por la cabeza.

—¿Pasa algo? —le pregunto.

—No —responde—. Es solo que…

Deja la frase inconclusa y aparta la mirada, claramente azorado.

—¿Qué pasa? —Llevo la mano a su mejilla y le acaricio con suavidad el vello incipiente—. Puedes decírmelo.

—Es que me gustaría probar una cosa —dice. Acto seguido, se apresura a añadir—: Pero solo si tú quieres.

—¿El qué?

Permanece en silencio unos instantes, y entonces…

—Me gustaría besarte —responde al fin, con un hilo de voz, y el corazón se me detiene en este preciso instante.

—¿En serio? —acierto a preguntar, contemplando el rubor de sus mejillas.

—A ver, pero solo si tú quie…

Interrumpo sus palabras al besarlo directamente en los labios.

Él se queda paralizado un segundo, claramente sorprendido, pero entonces me responde con entusiasmo y un fuego ardiente se extiende entre nosotros.

Por fin ha llegado este momento que tanto deseaba, y ahora que está sucediendo, me doy cuenta de que es mil veces mejor de lo que me había imaginado.

No necesito preguntárselo para saber que es la primera vez que besa a un chico.

Hay cierta torpeza en sus movimientos, pero también ganas.

Pronto encontramos un ritmo que funciona para los dos y, enseguida, el beso se vuelve más profundo.

Cuando noto su lengua acariciando la mía por primera vez, me invaden tantas sensaciones que me siento como si estuviera a punto de estallar.

Es como si tuviera la mente envuelta en una especie de neblina de felicidad.

Hay roces y caricias, hay olores y sabores familiares, sensaciones ya conocidas pero que con él es como si fueran nuevas.

Pero, por encima de todo, hay besos. Por fin hemos roto esa última barrera que quedaba entre nosotros, y ahora es como si no pudiéramos parar, como si no fuéramos capaces de separar nuestros labios.

Sentir cómo entra en mí con lentitud mientras su boca se traga mis jadeos directamente de mis labios es sencillamente indescriptible.

Tras un tiempo que no sabría precisar, tal vez minutos o tal vez horas, llega el momento del clímax.

No sé cómo lo hacemos, pero terminamos los dos al mismo tiempo, y todo sin dejar de besarnos, cada uno gimiendo contra la boca del otro.

Nos miramos a los ojos durante un largo momento, sudorosos y temblorosos, y entonces, su cuerpo se derrumba sobre el mío y Marcos me abraza con fuerza.

Podría quedarme a vivir en este momento eternamente.