El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 67.
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—Mierda —susurra una voz junto a mi oído, despertándome de golpe.

Tardo un instante en procesar que se trata de Marcos. Me quita la mano de encima, y entonces me doy cuenta de que realmente estábamos durmiendo abrazados. Me doy la vuelta para mirarlo, confuso.

—¿Qué pasa?

—Me he dormido —responde mientras le echa un vistazo al reloj—. Joder. Son las siete.

Siento una punzada de pánico atravesándome el pecho.

—No se habrán despertado todavía, ¿no?

—No creo, es domingo. Pero mejor me voy, ¿vale?

Odio que se vaya, pero sé que no hay otra opción. Observo su silueta en la oscuridad mientras se pone en pie.

—Vale.

Apenas oigo el sonido amortiguado de sus pisadas y después el pestillo de mi puerta deslizándose.

Aguzo el oído para tratar de escuchar algo, pero está siendo muy silencioso.

De pronto, oigo el sonido del colchón cediendo bajo su peso al otro lado de la pared; ha tenido tanto cuidado que ni siquiera he oído las puertas.

Entonces, me doy cuenta de que no nos hemos dado las buenas noches, a pesar de que ya habrá amanecido, así que le doy tres golpecitos rápidos a la pared.

Un segundo después, Marcos me responde con los mismos tres golpecitos, arrancándome una sonrisa.

Vuelvo a abrazarme a la almohada, incapaz de dejar de sonreír.

Hemos dormido juntos. Y no juntos como en el hotel, cada uno en su lado de una cama enorme, por mucho que esa última noche me quedara dormido encima de él.

No, esta vez hemos dormido pegados y abrazados.

Y tampoco ha sido algo deliberado ni forzado; es evidente que Marcos se sentía tan a gusto como yo y que por eso le ha vencido el sueño.

Con el recuerdo de su cuerpo contra el mío y su brazo rodeándome, no tardo en volver a quedarme dormido.

Cuando vuelvo a despertar varias horas más tarde, lo primero que noto es la erección.

Supongo que no debería extrañarme; después de tantas noches con Marcos, mi cuerpo debe de echar en falta que anoche no hiciéramos nada.

En otra situación, tal vez habría solucionado el problema al momento, pero oigo ruido en la casa y sé que no podría concentrarme.

Así pues, me meto en Instagram para distraerme un rato, hasta que al fin se me pasa y puedo salir sin peligro hasta el cuarto de baño antes de ir a desayunar.

No tengo nada mejor que hacer por la mañana, así que me siento en mi puf de confianza para jugar a la consola. Apenas un rato más tarde, recibo un mensaje de Marcos.

Recuerdas que esta tarde teníamos planes, no?

A decir verdad, se me había olvidado. Aunque no pienso decírselo, por supuesto.

Claro

Todavía no me has dicho qué vamos a hacer

Ni te lo voy a decir jajaja

Es sorpresa

Venga ya, no seas así

Ni una pista?

No, lo siento

Ya lo descubrirás cuando lleguemos

Pero algo le tendremos que decir a nuestros padres

Si nos vamos a ir los dos juntos…

Tranquilo, ya he pensado en eso

Les decimos que vamos al cine y ya está

Bueno, vale

Pero y si tu hermana quiere ir?

No te preocupes, ya lo tengo planeado

Ooook

Tenemos que salir a las 17:30 clavadas, así que tienes que estar preparado a esa hora, vale?

Pero al menos dame una pista, anda

Nop

Y cómo voy a saber qué ponerme?

Ropa normal

Tampoco te esperes nada del otro mundo, eh?

Pero, para ser sincero conmigo mismo, la verdad es que esto me resulta emocionante.

Creo que nunca me habían preparado una sorpresa y me emociona saber que Marcos lo ha hecho, por mucho que diga que no va a ser nada del otro mundo.

El problema es que todavía quedan varias horas para las cinco y media, y no sé cómo voy a poder aguantar los nervios.

Cuando nos llaman para comer y nos cruzamos en el pasillo, los dos intercambiamos una sonrisa silenciosa, pero por lo demás, no decimos nada.

Hoy mi madre ha preparado su mítica lasaña, tal como suele hacer los domingos desde que tengo uso de razón, así que nadie habla apenas mientras disfrutamos de la comida.

—Por cierto —dice Marcos cuando se termina su segundo plato—. Fran y yo tenemos planes esta tarde.

—¿En serio? —pregunta mi madre, sonriente—. ¿Qué vais a hacer?

—Vamos a ir al cine —respondo, siguiendo la coartada que me ha dicho Marcos.

—¡Qué morro! —se queja Natalia—. ¿Puedo ir?

—Vamos a ver la última de los Vengadores, que las están reestrenando en el cine —responde Marcos, que efectivamente ya lo tenía todo planeado.

—Uf. Prefiero tirarme por un puente.

Tenía razón: hemos esquivado la bala.

—Me alegra mucho que hagáis planes juntos, chicos —dice Antonio, tan sonriente como mi madre.

—Y a mí —añade ella—. Pasadlo muy bien, ¿vale?

Asiento con la cabeza, contento a pesar de no saber qué es lo que habrá planeado.

Después de comer y recoger la mesa y la cocina con Marcos, vuelvo a mi habitación para seguir con mi videojuego; me he empezado el Resident Evil 3 después de terminarme el segundo.

Me quedo jugando hasta las cinco, cuando voy al cuarto de baño para ducharme.

Después, me ato la toalla a la cintura y regreso a mi habitación.

Al principio no sé muy bien qué ponerme, pero Marcos me ha dicho que me vista normal y se supone que vamos a ir a ver una película de Marvel, así que me pongo unos vaqueros y una camiseta de Spider-Man.

A las cinco y veinticinco, ya estoy esperando en el salón con el móvil en la mano a que Marcos termine de prepararse mientras nuestros padres ven una película en la tele.

Un minuto después aparece por la puerta, y sonrío al ver que se ha puesto una camiseta del Capitán América.

No sé cuál será en realidad el plan misterioso, pero desde luego está claro que los dos nos hemos currado la coartada.

—¿Preparado? —me pregunta, y yo asiento con la cabeza mientras me levanto del sofá—. Bueno, pues vamos.

—Un momento, un momento —dice Antonio, poniéndose en pie él también. Se dirige hacia la mesa donde siempre deja la cartera y saca un billete de veinte euros. Se lo tiende a Marcos, que lo acepta sorprendido—. Para que os podáis pedir unas palomitas y un par de refrescos, que está el cine muy caro.

—Gracias, papá.

—Pasadlo bien.

—Gracias —respondo desde la puerta del salón—. Adiós, mamá.

—Adiós, cariño.

Y, entonces, salgo por la puerta con Marcos.

Lo observo mientras presiona el botón del ascensor, consciente de que mi corazón ha comenzado a latir a toda velocidad.

Unos segundos después, se abren las puertas, entramos y comenzamos el descenso.

La tentación de besarlo ahora que estamos solos en este espacio reducido es demasiado fuerte, pero logro contenerla.

—¿Llevas el DNI? —me pregunta.

—Eh… Sí. ¿Por?

—Por si acaso —responde simplemente, pero no dice nada más.

—¿Para qué es la mochila? —le pregunto al fijarme en ella.

—Para meter a escondidas las chuches y los refrescos en el cine, que está todo muy caro.

Pongo los ojos en blanco.

—No me vas a decir adónde vamos, ¿verdad?

—Por supuesto que no.