El chico de la habitación de al lado (El chico de al lado 1) 66.
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Cuando me quiero dar cuenta, Marcos me está zarandeando suavemente.

—¿Qué pasa? —le pregunto, un tanto confuso.

—Te has quedado dormido.

Parpadeo un par de veces y, al mirar la pantalla, veo que ya están pasando los créditos.

—¿Ya se ha terminado?

—Pues sí.

—¿Y al final quién era el asesino?

—Eran tres. La compañera de piso asesinada, que en realidad no estaba muerta. El chico del pelo rizado, que en realidad era su hermano, y el policía, que en realidad era el padre de los dos.

Pestañeo otra vez, tratando de procesar sus palabras.

—Joder. Estas películas son ridículas.

Él se ríe.

—Ya, bueno. Es que si no has visto las anteriores…

—Creo que paso, la verdad. —Me estiro un poco y entonces me doy cuenta de que estaba mucho más apoyado en él de lo que pensaba—. Uy. Perdona. ¿Te he molestado?

—Tranquilo. Solo ha sido un rato.

Miro a mi alrededor y veo que estamos los dos solos en el salón.

—¿Y los demás?

—Se han ido nada más terminar la película; han dicho que tenían mucho sueño. De hecho, tu madre también se ha quedado dormida… se ve que os viene de familia —añade entre risas.

—Ah, vale. —A continuación, en voz más baja, añado—: ¿Te vienes ahora a mi cuarto?

—¿Estás seguro? —me pregunta, arqueando una ceja—. Tienes cara de estar cayéndote de sueño.

—Sí, sí. No te preocupes. —Me pongo en pie, y entonces añado—: Déjame que vaya al baño primero, ¿vale? Nos vemos ahora.

—Vale.

Me marcho del salón y lo dejo allí recogiendo las cajas de las pizzas y las botellas vacías.

Una vez en el baño, me lavo la cara con agua fría; necesito despejarme antes de que Marcos venga a verme.

Un par de minutos más tarde, salgo de allí y me voy a mi habitación.

Me quito el pijama, como de costumbre, y me meto en la cama.

Oigo la puerta del cuarto de baño cerrándose al otro lado de la pared y sonrío, feliz al saber que vendrá dentro de apenas unos minutos.

Las manos de Marcos me despiertan zarandéandome con suavidad por segunda vez en menos de media hora.

—Fran, te has dormido —susurra, muy cerca de mí. Tardo un momento en darme cuenta de que está arrodillado junto a mi cama.

—Joder. Perdona.

—No pasa nada —me asegura—. Pero creo que mejor lo dejamos para mañana, ¿vale?

Quiero negarme, pero es que tengo tanto sueño ahora mismo… Se supone que estas cosas están para disfrutarlas, no para hacerlas estando medio dormido y con ganas de irte a dormir cuanto antes.

—¿Seguro?

—Vamos a ver, que estás dormidísimo —dice entre risas—. No me voy a morir por tener que esperarme hasta mañana.

—¿No tienes ganas? —Insisto.

—Estoy bien así, tranquilo —me asegura él.

—Bueno… Pues vale.

Me da un apretón en el brazo y se pone en pie para irse.

—Buenas noches, Fran.

—¿Marcos? —lo llamo antes de que pueda alejarse.

—Dime.

Trago saliva antes de decirlo. ¿Por qué me cuesta mucho más esto que todos los escarceos sexuales que hemos tenido durante la última semana?

—¿Me das un abrazo?

No estoy del todo seguro por la oscuridad, pero juraría que sonríe.

—Claro.

Y, entonces, se agacha para rodearme con los brazos. Sin embargo, niego con la cabeza.

—No, así no.

—Entonces, ¿cómo?

—Métete en la cama conmigo —le pido con un hilo de voz—. Solo un momento.

Duda un instante, pero entonces asiente con la cabeza.

—Vale. ¿Me haces hueco?

Mi cama tampoco es que sea demasiado grande, así que apartarme significa pegarme a la pared.

Se mete en la cama conmigo, y solo entonces me doy cuenta de que está en calzoncillos, al igual que yo.

No debería extrañarme a estas alturas, pero eso hace que el contacto físico vaya a ser mucho más íntimo de lo que esperaba y pretendía.

Sin embargo, él no titubea. Sin pensárselo dos veces, pega su cuerpo al mío y me rodea con los brazos mientras yo hago lo mismo.

En otra situación, esto habría bastado para encenderme por completo, pero ahora no.

Ahora, lo único que necesito son sus brazos rodeándome.

El corazón me late a toda velocidad, y no puedo evitar preguntarme si será capaz de oírlo.

—Se está muy a gusto así, la verdad —susurra muy cerca de mi boca, y su respiración contra mis labios me provoca un estremecimiento.

—Pues quédate.

—No estamos en el hotel —me recuerda con esa sonrisa que tantas ganas de besarle me provoca.

—A ver, que no digo que te quedes a dormir. Pero te puedes quedar un ratito, ¿no? Solo si quieres —me apresuro a añadir.

—Venga, va. Pero solo diez minutos, ¿vale?

—Vale.

—Lo malo es que, si te duermes, te voy a despertar cuando me vaya.

La solución es fácil: que no se vaya. Pero, por supuesto, eso no puedo decírselo.

—No pasa nada —digo en su lugar.

—Mira, haz una cosa. Ponte como duermes siempre.

—Eh… Vale.

Entonces, me separo de él y me doy la vuelta para quedar de cara a la pared.

A continuación me abrazo a la almohada, tal como hago siempre.

Me quedo inmóvil durante un segundo, expectante, y entonces siento que Marcos pega su cuerpo al mío por detrás, sin dejar ni un solo centímetro de espacio entre nosotros.

Con cierta torpeza, me rodea con el brazo y deja la mano sobre mi pecho, directamente encima de mi corazón palpitante.

Noto su respiración contra mi nuca, y vuelvo a sentir ese estremecimiento que recorre mi cuerpo por completo.

En este momento, podría derretirme de pura felicidad.